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Lunes 24 Julio 2017

Economía

“Los ciudadanos tenemos que ser los agentes principales contra el cambio climático”

Expertos del Grupo Intergubernamental sobre Cambio Climático de la ONU instan a hacer pedagogía sobre los efectos del consumo y fomentar las energías renovables

10 Junio 2014
09:51
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“Los ciudadanos tenemos que ser los agentes principales contra el cambio climático”
Ignacio Pérez Arriaga, profesor de la Universidad Pontificia de Comillas.

MADRID// Esfuerzo e inversión. Son dos de los requisitos necesarios para mitigar los efectos del calentamiento global. Para lograrlo, habría que fomentar las energías renovables en detrimento de los combustibles fósiles, incentivar la captura de gases contaminantes o promover la eficiencia energética. Herramientas que ya están a nuestro alcance pero que no serán demasiado útiles si la comunidad internacional decide no utilizarlas. Estas son las conclusiones a las que se puede llegar tras leer el informe del Grupo III del IPCC (Grupo Intergubernamental sobre Cambio Climático de la ONU) que se presentó el 14 de abril en Berlín.

En una entrevista concedida a la Agencia EFE a principios de ese mismo mes, el profesor de la Universidad Pontificia de Comillas, Ignacio Pérez Arriaga, revisor editorial del capítulo sobre temas transversales financieros y de inversiones del Grupo III, explicó que es la primera vez que se habla sobre la financiación necesaria para mitigar el cambio climático. ¿Por qué nadie se había preocupado, hasta entonces, por saber cuánto podría costar frenar el calentamiento, si hace años que se lleva tratando este tema?

La catedrática de la Universidad de Lleida, Luisa F. Cabeza, que participó en el grupo de trabajo del IPCC que analizaba la mitigación del cambio climático, considera que el hecho de que no se hubiera hablado hasta ahora de estas cuestiones económicas responde a la dificultad existente para hacer este tipo de estimaciones. Una afirmación que se sitúa en la línea de lo declarado por Pérez Arriaga, que reconoció no fue fácil elaborar el capítulo relativo a inversiones, ya que “no existía ningún documento previo sobre el que basarse”.

Según explicó, no hay ninguna organización que esté trabajando “seriamente” para establecer qué fondos “se dedican de verdad al cambio climático”, por lo que los datos incluidos en su capítulo “están poco desagregados”. A pesar de ello, tal y como explica Luisa F. Cabeza, dado que los informes del IPCC “solo incluyen datos que hayan sido publicados previamente en literatura con revisiones por pares (peer-reviewed literature)”, sí se cuenta con referencias revisadas y validadas por varios expertos en el tema. “Por tanto, los datos que se usan son tan concretos como se puede encontrar en la literatura previa”.

Lo que sí está claro, al menos para otro de los autores españoles que ha contribuido a realizar este tercer informe del IPCC, el catedrático de Economía de la Universidad de Vigo Xavier Labandeira, es que “cuanto más tardemos en aplicar las medidas de mitigación, las necesidades de reducción de emisiones serán mayores y, por tanto, los costes serán más elevados”. De todos modos, “las tecnologías bajas en carbono también van reduciendo sus costes, por lo que hay que buscar un equilibrio entre los ahorros por una mitigación temprana y sus costes asociados”.

Además de la dificultad para calcular cuánto dinero hay que invertir para frenar el cambio climático, la lucha contra este fenómeno se ha visto obstaculizada también desde el ámbito político. En ninguna de las cumbres internacionales en las que se ha tratado este problema se ha llegado a acuerdos concretos o eficaces. Al contrario, se han caracterizado por ofrecer una larga lista de declaraciones de intenciones, otras tantas omisiones pero ninguna medida concreta a partir de la cual se pudiera combatir el calentamiento global de forma efectiva.

Algo que se explica porque, como afirma Labandeira, es un “problema especialmente complicado: tiene carácter global, todos los países del planeta generan emisiones y reciben impactos”. Asimismo, “existen incertidumbres sobre la magnitud de sus efectos y de las políticas correctoras y tiene un carácter intergeneracional: los beneficios de su control se producirán en el futuro y los costes de su control se comenzarán a sufrir ahora”. Todos estos factores agregados provocan que “los decisores políticos se enfrenten a importantes dificultades y no estén incentivados para avanzar, lo que quizá explica el fracaso de muchos de los acuerdos internacionales y de las propias negociaciones en este ámbito hasta el momento”.

Qué se puede hacer

Ya se ha señalado que, actualmente, es la comunidad internacional la que tiene que soportar gran parte de la responsabilidad asociada a los cambios que es necesario acometer para mitigar el calentamiento global. Un ejemplo de estas medidas podría consistir en fomentar la producción y utilización de las llamadas energías limpias, aunque, por el momento, tal y como señala la catedrática Luisa F. Cabeza, todavía se enfrentan a tres grandes problemas. El primero de ellos es que, dado que la tecnología aún no se ha desarrollado del todo, presentan rendimientos muy bajos, por lo que, para que pudieran alcanzar su máximo grado de eficacia, “se necesita más inversión en investigación, desarrollo y demostración en las energías renovables, pero también más formación y concienciación de la sociedad, tanto en renovables como en eficiencia y ahorro energéticos”.

El segundo problema es el coste. Según Cabeza, si bien es cierto que “la cantidad de energía que aporta un litro de petróleo es difícilmente conseguible con otras fuentes de energía”, también lo es que “no se paga el precio real del litro de derivados del petróleo”, como la gasolina, dado que no se contemplan “los costes de la contaminación ambiental derivados del procesado y uso de estas fuentes energéticas”. Un concepto difícil de cuantificar pero que, para esta experta, “mejor que se pagara un precio no ajustado que no pagar nada. Hoy se está pagando, pero a través de nuestros impuestos, por tanto contruibuimos todos, no los que más gastan”. Precisamente, contemplar los costes asociados al cambio climático es una de las soluciones que propone el economista Xavier Labandeira, que considera que si, por ejemplo, se impusieran impuestos sobre el carbono, tanto los productores como los consumidores lo tendrían en cuenta a la hora de tomar sus decisiones. “De ese modo –sostiene- se producirían cambios en el comportamiento y se desarrollarían y adoptarían tecnologías bajas en carbono”.

El papel de los ciudadanos

El tercer problema que, según Luisa F. Cabeza, tienen que superar las renovables para dominar el mercado energético, pasa por la conciencia social. Como apuntaba Labandeira, el comportamiento de los ciudadanos como consumidores, pero también respecto a sus hábitos de vida, es un elemento fundamental para frenar el cambio climático. De hecho, para Cabeza, “el desarrollo de la tecnología es necesario, pero no es suficiente; necesitamos cambiar nuestros hábitos de vida, necesitamos más concienciación social, más formación en estos temas”.

En la misma línea, Xavier Labandeira afirma que “los ciudadanos tienen un papel fundamental”. Primero porque “todos los bienes y servicios que se producen nos tienen como destino y podemos influir bastante con nuestros hábitos, en lo que escogemos y cómo lo usamos”. Pero también porque somos quienes debemos elegir a los representantes políticos encargados de introducir los mecanismos correctores necesarios para mitigar las consecuencias del calentamiento. “Los ciudadanos tenemos que ser los agentes principales en la lucha contra el cambio climático aunque, en ocasiones, somos renuentes a aceptar este hecho y las responsabilidades que implica por los efectos que esto tiene sobre nuestra forma de vida actual”.

Efectos relacionados, por ejemplo, con nuestra alimentación. Cabeza explica que le genera mucha sorpresa que “muchos jóvenes de hoy no saben que la comida es de temporada, desconocen que no es “normal” comer fresas todo el año. Y para conseguir comer fresas todo el año tenemos que transportarlas desde largas distancias -con un importante coste energético en el transporte- o producirlas en invernaderos –a veces, también, con un importante coste energético en climatización-. Ahora bien, ¿estamos dispuestos a enseñar a nuestros jóvenes que los alimentos se deben comer sólo de temporada?”, pregunta.

Pero nuestros “hábitos contaminantes” no se limitan a la comida. Ambos expertos coinciden en señalar que casi todo lo que hacemos está relacionado con la emisión de gases de efecto invernadero, “desde conducir un coche hasta encender la luz, pasando por la producción de casi cualquier producto”, explica Labandeira. Por este motivo, Cabeza destaca que es fundamental que “los ciudadanos empecemos a pensar que hay que gastar menos energía. Por ejemplo usar temperaturas adecuadas en la calefacción y el aire acondicionado”. Es decir, una climatización apropiada para que, dentro de casa, no necesitemos “ponernos una chaqueta en verano ni ir en manga corta en invierno”.

Además, hay otra serie de cambios muy fáciles de realizar para ayudar a luchar contra el calentamiento global, como “usar más el transporte público, compartir más el coche para ir al trabajo o ir andando a nuestros destinos”. Incluso otros relacionados con los electrodomésticos y los equipos electrónicos. “Cuando nos vamos de casa durante un período largo de tiempo, una semana o más, se pueden apagar los equipos para que no gasten el stand-by, la lucecita roja que queda en la televisión cuando la apagamos con el mando a distancia”, señala.

Unos cambios aparentemente sencillos que no llevamos a cabo, más que porque sean costosos o supongan un deterioro en nuestra calidad de vida, porque carecemos de una formación adecuada al respecto. Cabeza recuerda que “hace 20 años nadie reciclaba la basura, parecía una utopía. Sin embargo, hoy es una costumbre generalizada. Incluso es normal que los niños les digan a sus padres que hay que separar la basura porque en el colegio se lo explican muy a menudo”. Por eso está convencida de que podemos hacer lo mismo con la eficiencia energética y el uso de renovables. “¡Por supuesto que sí! –exclama-. Cualquier cambio en el estilo de vida es difícil pero es posible. Si lo hemos conseguido con el reciclaje, podemos hacer lo mismo con la eficiencia energética y el uso de renovables”.

 

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Maria Cappa

Maria Cappa

  • María

    Tal como apunta Juanma, mientras estemos bajo la dictadura capitalista que a todas las horas y de todas las maneras nos incita a consumir para que unos cuantos desequilibrados que lo dirigen vivan opíparamente a cuenta de la salud del Planeta y de nuestra necedad, no creo que logremos cambiar nada.
    El planeta está muy enfermo y aún así la gente no parece darse cuenta. No debería extrañarle que cada día surjan nuevas enfermedades.
    ¿Y qué decir de la energía nuclear?

  • El binomio capitalismo+consumismo hace imposible el cambio. Si no pasamos de competir a colaborar no podremos parar esta sangría.

LM51 – Julio/Agosto 2017

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