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sábado 23 junio 2018

Opinión

Open Society: ¿derechos humanos y democracia o ingeniería social neoliberal? (y 2)

“Mientras los medios creen que su independencia particular no se ve afectada porque un filántropo financie sus actividades, cada vez se encuentra más presente en el imaginario colectivo que colocar determinados temas sobre el foco público dependa de la generosidad privada”.

02 junio 2018
11:50
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Open Society: ¿derechos humanos y democracia o ingeniería social neoliberal? (y 2)
El filántropo George Soros. | Fundación Soros

Una vez derribado el muro de Berlín, el capitalismo se convirtió en el sistema de producción imperante a nivel mundial. Aquellas cuestiones nacionales que preocuparon a filántropos como Henry Ford o John D. Rockefeller durante el periodo comprendido entre1910 y 1940 pasaron a tener una relevancia mundial. Como las intituciones para dar forma al nuevo orden internacional aún estaban en desarrollo incipiente, la iniciativas filantrópicas cubrieron ese vacío haciendo coincidir las políticas globales con los intereses estadounidenses. La democracia y los derechos humanos tan solo fueron máscaras bajo las que el orden mundial yanqui trataba de recluir el fantasma del comunismo a los confines más profundos del pensamiento.

Digamos que los países europeos corrían el riesgo de volver al redil comunista y, se creía, había que inmunizarles. Para ello fue necesaria la producción y reproducción incesante de un tipo de conocimiento que legitimara esta hegemonía cultural dominante en el nuevo orden social. Bajo la farsa aún presente de establecer una verdadera sociedad abierta fue fundada la Open Society. Aunque para entender la labor que jugó desde sus inicios la fundación que en la actualidad participa de forma activa en 60 países quizá fuera conveniente recordar aquella descripción que alguien hiciera sobre George Soros en 2012: “[Es] el agente catalítico que ayudó a derrocar definitivamente a los gobiernos comunistas tras la caída del telón de acero”.

De Karl Popper a George Soros

El científico político de la Universidad de Sussex, Kees van der Pijl, narraba en una ocasión que Soros creó la Open Society “como un vehículo para que la sociedad civil del antiguo bloque soviético fuera transformada en líneas neoliberales con el fin de socavar cualquier protección social restante que pudieran imponer los Estados”. Así, las grandes sumas de dinero desembolsadas a grupos de la oposición en esa transición hacia una sociedad capitalista convirtieron al filántropo en un elemento clave en la resistencia al golpe comunista de 1991 contra Gorbachov. Concretamente, un total de 30 millones fueron invertidos entre la creación de la fundación en 1984 y la caída del muro de Berlín en donaciones académicas o en apoyo a grupos de la oposición, como fue el caso de Carta 77 una declaración que pedía a los dirigentes de la antigua Checoslovaquia unirse a los principios a los que se habían comprometido tras ratificar la Declaración de la ONU sobre los Derechos Humanos. La ruptura del bloque soviético, como databa van der Pijl en Transnational Classes and International Relations, incrementaría los subsidios anuales de la fundación hasta los 300 millones.

Tal era el momento de júbilo entonces que los ambiciosos tentáculos de Soros trataron de rodear a Russia Today para evitar la llegada de Vladimir Putin al poder. El capitalista suele mostrarse reacio a reconocer las conexiones que trató de crear durante los días del idealismo ruso y las protestas en la calles de Moscú, pero le delatan sus propias declaraciones, recogidas por Anna Porter en Buying a Better World: George Soros and Billionaire Philanthropy: “Cuando pienso en Russia Today, el tiempo y la energía, el dinero que gasté aparentemente en vano…”. Sirva la anécdota para prestar atención a la cuestión de cómo un inmigrante húngaro de origen judío, un supuesto outsider, llegó a participar de manera tan influyente en la transformación neoliberal de los países postsoviéticos.

El sociólogo Nicholas Guilhot, autor de un trabajo llamado Reformando el mundo: George Soros, el capitalismo global y la gestión filantrópica de las ciencias sociales escribe que todo comenzó cuando el padre de Soros logró documentos falsos para su familia, lo que significó su supervivencia durante la invasión de las tropas nazis en Budapest durante marzo de 1944 y enero de 1945. Posteriormente, el padre de Soros se convirtió en asesor de la embajada suiza y comenzó a representar los intereses de Estados Unidos, motivo principal por el que su hijo acabó logrando una plaza para estudiar en la London School of Economics (LSE), donde forjó buena parte de su pensamiento.

Esta escuela fue fundada en 1895 en oposición tanto a la aristocracia de ‘Oxbridg’ [sobrenombre con que se conoce a las universidades de Oxford y Cambridge] como a la doctrina individualista del laissez-faire. Sin embargo, las ideas de la corriente económica de la escuela austriaca penetraron fuertemente en el esqueleto de la institución con la llegada de un pensador de la talla de Friedrich Hayek, quien encontró posteriormente en el filósofo Karl Popper un gran compañero de viaje con el que comenzar la hazaña de crear un plan para reconstruir la supuesta hegemonía liberal perdida en Occidente. Ambos publicaron sus obras de referencia en 1944, convirtiéndolas en un manifiesto para el movimiento neoliberal, y participaron durante 1947 en la creación de la Sociedad Mount Pelerin, diseñada para promover sus ideas por todo el globo.

George Soros entró en escena cuando se convirtió en alumno de Karl Popper durante su tiempo en la LSE. El filósofo le influyó hasta el punto de que su gran obra, La sociedad abierta y sus enemigos, terminó siendo el nombre que le otorgaría a su fundación, la Open Society. Pese a que su visión sobre el mercado naciera en los muros de esta universidad, el filántropo ha tratado siempre de trasladar una imagen hereje, como si estuviera en contra del fundamentalismo económico imperante, y ofrecer un rostro progresista. En el Foro de Davos de 2012 incluso llegó a expresar que era un “traidor” de su clase.

Siguiendo esta línea, tras el colapso financiero de 2008 denunció la idea de que los mercados se autocorrigen. Todo ello había llevado, en palabras de Soros, a una expansión masiva del financiamiento de la deuda, lo cual culminó en hipotecas de alto riesgo que personificaban la mentalidad de dinero fácil y que estuvieron en la raíz del desastre. “Esta creencia se convirtió en el credo dominante. Lo cual condujo a la globalización de los mercados, su desregulación y el uso posterior de la ingeniería financiera”. Como ilustramos en el anterior artículo, esta ha sido empleada por Soros para minimizar su aportación al fisco gracias a su fundación filantrópica. El banquero anarquista de Fernando Pessoa parece una historia propia de aficionados en comparación con este especulador progresista.

Este particular contexto histórico describe a un personaje que maquilla una fe impertérrita en un mercado libre de toda atadura estatal con una tendencia a instrumentalizar las instituciones políticas y nos permite entender la forma en la que Soros trata de usar la filantropía como forma de organizar la sociedad.

La verdadera filosofía de la Open Society

La obsesión de George Soros con la lucha de clases debió de ser aún más sorprendente para Eric Hobsbawm, uno de los grandes historiadores marxistas del siglo XX. Según señala en How to Change the World, el filántropo le preguntó durante un almuerzo qué pensaba de Marx: “Sabiendo cuánto diferían nuestros puntos de vista, quise evitar una discusión, así que di una respuesta ambigua”. “Ese hombre”, le insistió Soros, “descubrió algo sobre el capitalismo hace 150 años que debemos tener en cuenta”. Sin embargo, la lección sobre materialismo histórico que aprendió el filántropo se asemejaba más a la crítica de Marx que hizo el mismo Karl Popper para defender su obra: “Lo que necesitamos no es holismo. Necesitamos establecer una ingeniería social de forma gradual y caracterizada por medidas parciales, no decisiones sistemáticas tomadas en un período de tiempo reducido”. Al contrario de los exponentes del nuevo marxismo de la Escuela de Frankfurt, Popper reivindicaba que eran las sociedades abiertas las únicas capaces de conservar la crítica. Estas eran civilizadas, decía, porque pueden dedicarse a la búsqueda racional de la verdad científica de manera objetiva, garantizada esta por la competencia entre científicos y la discusión libre.

Según la herencia reivindicada por Soros, la ingeniería social requiere de la transformación progresiva de la sociedad en líneas neoliberales. Se trata de superar la lucha de clases en favor de un reformismo tecnocrático y de externalizar después la tarea de dar forma a la gobernanza a los científicos financiados por este. En este sentido, para Soros la filantropía es solo un instrumento que se enfrenta a los dos obstáculos que supuestamente impiden hacer realidad la utopía del capital global: los “fundamentalistas del mercado” y los “activistas antiglobalización”. En contra del primer grupo, el filántropo presenta siempre en sus libros e intervenciones públicas la necesidad de regular la economía global a fin de garantizar su sostenibilidad y minimizar sus contradicciones inherentes. Contra el segundo grupo, el desafío para Soros es asegurarse de que las nuevas áreas que plantean una regulación del sistema global, como los derechos humanos, las cuestiones de género o la protección del medio ambiente, no pongan en tela de juicio la globalización económica, sino que, por el contrario, la protejan.

Lejos de oponerse al cambio social, señalaba el historiador Peter Dobkin Hall en un trabajo sobre la Fundación Rockefeller, los filántropos promovieron soluciones reformistas que no amenazaban la naturaleza capitalista del orden social, sino que constituían una “alternativa privada al socialismo”, uno similar a aquel socialismo conservador criticado por Karl Marx y Friedrich Engels en el Manifiesto Comunista. Esto significa que más allá de intentar frenar los excesos de la globalización económica, los esfuerzos de Soros tratan de institucionalizarlos, crear su propio orden autoregulador y establecer los límites de un proyecto reformista para preservar los intereses económicos de su clase. En otras palabras: confinar la reforma social dentro de los parámetros del orden económico y geopolítico existente.

Al intervenir en las áreas problemáticas donde la globalización es potencialmente desafiada, explicaba en otro libro llamado Creadores de democracia el sociólogo Nicholas Guilhot, la filantropía de Soros “contribuye al desarrollo de visiones alternativas de la globalización, pero también da forma a las estrategias y modelos a los que las críticas de la globalización deben conformarse para poder ser escuchadas”.

Los derechos humanos y la democracia como ‘política del capital’

Aquí es donde juegan un papel capital las nociones de democracia y derechos humanos que constituyen buena parte de los focos en los que se centran las iniciativas de Soros, incluidas las concernientes al periodismo. Guilhot resumía que después de la Segunda Guerra Mundial la lucha por los derechos humanos se convirtió en la forma que adoptaba el discurso hegemónico para luchar contra el comunismo. Por otro lado, señalaba, la democratización se convirtió en una “política del capital”. Estas iniciativas formaron parte de un proceso de ajuste a los nuevos requisitos del capital, que solicitaba sociedades abiertas y estados plenamente integrados en el sistema internacional. “La democracia y los derechos humanos, una vez armas para la crítica del poder, se han convertido en parte del arsenal del poder mismo”.

Así se entiende la visión de Soros de la democracia, la cual no surge simplemente como un producto del desarrollo histórico de las sociedades, sino más bien como una idea que debe defenderse y promoverse a través de los medios modernos de comunicación, las instituciones académicas o las organizaciones de la sociedad civil. En palabras de nuevo de Karl Popper en el segundo tomo de su famosa obra, “aunque la historia no tiene fines, podemos imponerle los nuestros; y aunque la historia no tiene ningún significado, podemos darle uno”.

Según los datos que la propia Open Society ha entregado a La Marea, desde 2012 la fundación ha otorgado cerca de 12 millones de euros en subvenciones solo en la Unión Europea* a organizaciones que transmiten o publican noticias sobre estas cuestiones, entre los que destacan varias fundaciones y medios españoles. A falta de datos más completos, la Fundación Open Society explica que en 2017 concedió 108.000 euros a Alter-Medias, organización con sede en Francia, para el desarrollo de investigaciones colaborativas sobre corporaciones multinacionales a nivel europeo. Por su parte, Desalambre, la sección especializada en derechos humanos y migraciones de eldiario.es recibió 98.000 euros para un proyecto de dos años. El subdirector de esta publicación Juan Luis Sánchez -que ha colaborado con la rama europea de la OSF- explicó en este post cómo esta cantidad ha ayudado a financiar la cobertura de dicha sección y que la cantidad apenas “representa el 1,5% de los ingresos” de dicho diario.

Por otro lado, el grupo belga EU Observer recibió 45.000 euros para seguir las elecciones francesas mediante trabajos de investigación que pudieran llegar a audiencias más amplias. Otro grupo establecido en Alemania, el Krautreporter eG, también se benefició de 42.500 euros simplemente para que pudiera ser sostenible en 2018. Por último, la fundación concedió a la Asociación del Centro de Prensa de Roma, pero con sede en Hungría, una subvención de 21.000 euros para su desarrollo institucional a corto plazo y estabilizar la organización para que fuera más resistente a largo plazo.

Como señala una portavoz de la fundación, “la Open Society no financia a los medios masivos, pero sí contribuye con fondos limitados (junto con muchos otros financiadores) a algunos sitios web de noticias en línea en partes de Europa Central y Oriental, como el único sitio web que cubre asuntos romaníes en Europa (Romea.cz)”. Lo hace a través de una iniciativa establecida en 2013 con el fin de “contribuir al establecimiento de democracias más entusiastas y a la legitimidad de éstas mediante el apoyo a activistas y la sociedad civil”.

Digamos que mientras los medios creen que su independencia particular no se ve afectada porque un filántropo financie sus actividades, como señalábamos en el anterior artículo, lo cierto es que cada vez se encuentra más presente en el imaginario colectivo que colocar determinados temas sobre el foco público dependa de la generosidad privada. Se une el problema que supone haber convertido a nivel global los derechos humanos, la democracia, o cualquiera de las otras áreas en la que Soros invierte, en conceptos hegemónicos en el sentido analizado por Guilhot: “Tienen la forma de universalidad pero, al mismo tiempo, se prestan a ser instrumentalizados por intereses particulares y objetivos de seguridad nacional”.

El profesor de Derecho de la Universidad de Minnesota Garry W. Jenkins, en el libro Who’s Afraid of Philanthrocapitalis?, iba más allá a la hora de denunciar la financiación hacia este tipo de organizaciones mediáticas. Preocupado porque el modelo de filantropía privada y los valores democráticos pudieran chocar, señalaba que “los filantrocapitalistas más ambiciosos están llevando a cabo proyectos centrados en abordar la pobreza mundial, la educación, el terrorismo, las cuestiones medioambientales y la democracia, todos profundamente relacionados con asuntos que podríamos considerar como gubernamentales”.

De esta forma, los medios de comunicación contribuyen a personificar el aviso que realizara el filósofo francés Michel Foucault al señalar que si bien los derechos humanos han surgido como un arma contra todas las formas posibles de dominación y poder, existe el riesgo de “reintroducir una doctrina dominante bajo el pretexto de presentar una teoría o política de los derechos humanos”.

Una falsa dicotomía

Otro de los campos cruciales señalados por Nicholas Guilhot en la investigación previamente citada sobre el rol de la fundación de George Soros en la promoción de la democracia y los derechos humanos es la Universidad Centroeuropea (CEU), la cual se estableció en 1991 en Budapest para “ayudar a educar a un nuevo cuerpo de líderes”. La universidad, que en 2017 recibió cerca de 90.000 euros fruto de las becas que Soros destina específicamente a Hungría, también desarrolla sus investigaciones y proyectos en las principales áreas temáticas de la globalización: la ecología tuvo cabida desde el principio en el departamento de Ciencias Ambientales; los derechos humanos fueron un foco importante del departamento legal; y también esta es la única universidad en Europa del Este con un departamento de Estudios de Género. En un trabajo sobre la ambivalencia de la filantropía privada, la profesora de la Universidad de Georgetown Evelyn Brody señalaba: “Esperamos que los hombres ricos sean generosos con su riqueza, pero no cuestionamos sus motivos, deploramos los métodos por los cuales obtuvieron su abundancia y evitamos preguntarnos si sus dinero no hará más daño que bien”.

Aunque, al parecer, ello incomoda únicamente a Viktor Orbán, el primer ministro húngaro que, ha obligado a la Open Society Foundations a trasladar sus operaciones y personal internacional con sede en Budapest paradójicamente a Berlín. “La idea [de Soros] es la de que los Estados europeos se vuelvan irrelevantes. Si no defendemos a Europa, el continente no será más la Europa de los ciudadanos que vivimos en él, sino que servirá para cumplir los sueños de algunos grandes empresarios, de activistas transnacionales y de funcionarios que nadie eligió”, señaló con un tono populista quien ha establecido políticas prefascistas en materia de refugiados.

La Comisión Europea (CE) tomó cartas en el asunto mediante un comunicado de su vicepresidente primero, Frans Timmermans: “La sociedad civil constituye el tejido mismo de nuestras sociedades democráticas; sus actividades no deberían ser objeto de restricciones injustificadas”. Sin embargo, Timmermans equiparaba de esta forma la sociedad civil con los proyectos filantrópicos de Soros. Esto es relevante si tenemos en cuenta que es el presidente de un grupo donde 28 Estados solo lograron ponerse de acuerdo en 2015 para establecer un sistema de cuotas para la llegada de refugiados, y no un mecanismo permanente para el reparto de los demandantes de asilo mediante la creación de rutas de llegada legales y seguras. Y más aún si nos fijamos en un documento de la Open Society de 2016, cuando la fundación abogaba por “aceptar la crisis actual como la nueva normalidad” e ir “más allá de la necesidad de reaccionar”. Se referían a producir bases de evidencia para soluciones políticas, ese proceso tecnocrático heredado de Karl Popper que suele obviar algo muy básico: la llegada de personas que escapan de una guerra responde a una crisis humanitaria y de civilización que no puede aguantar a que el sistema sea reformado de manera prolongado en el tiempo.

Volviendo al asunto, lo inquietante es que Viktor Orbán asistió a Oxford con una beca financiada por Soros. El filántropo también fue uno de los principales patrocinadores financieros del Fidesz (Unión Cívica Húngara) que Orbán fundó junto con otros líderes estudiantiles en 1998, momento en el que eran favorables a la democracia. Incluso proporcionó financiación para un grupo llamado Black Box que hizo un documental sobre Orbán.

Pero ha llegado un punto en el que las inversiones educativas y científicas como motor de transformación de las sociedades postsoviéticas chocan frontalmente con los intereses de uno de los gobernantes más autoritarios de la Unión Europea. Como lo decía Grigory Yavlinski, acérrimo defensor del liberalismo económico, cuando criticaba en 1998 el “falso capitalismo de Rusia” con una frase del mismo George Soros: en el proceso de privatización, primero “los activos del Estado fueron robados, y cuando el Estado mismo se volvió valioso como fuente de legitimidad, también fue robado”. Podría fácilmente intercambiarse el sentido para observar lo que a Viktor Orbán le preocupa de la ingeniería social de Soros.

Los planes norteamericanos para luchar contra el comunismo durante la Guerra Fría han desembocado en sociedades cada vez más autoritarias y arraigadas a la identidad nacional, cuyos líderes ahora dudan de la estrategia de promover la ideología de la globalización mediante las ciencias sociales. Fruto de ese mismo proceso de globalización, las jerarquías en el orden social existente siguen creciendo, los recursos cada vez se encuentran más limitados para un número mayor de personas y las democracias liberales —que apostaron por la mano invisible de las corporaciones privadas para construirse— se diluyen en la mitad de los países de Occidente. Tampoco los derechos humanos encuentran una manera de ponerse en escena más allá de tibias declaraciones políticas.

En definitiva, el sistema de gobernanza neoliberal no ha dado lugar a sociedades abiertas, ni a democracias consolidadas, sino a aquellas que anteponen las consideraciones del mercado y el libre flujo de capital al compromiso con los derechos humanos y la libertad de movimiento. Lo resumía perfectamente The Economist en un artículo del año 2000: “La democracia pierde, el capitalismo que no entiende de fronteras gana”. Cabría preguntarse si contraponer esta idea al nacionalismo xenófobo no nos lleva a un callejón sin salida. Viktor Orbán ha elegido la segunda opción para asegurar los muebles en casa, una opción que han escogido muchos otros Estados. Y seguirán haciéndolo mientras la alternativa al autoritarismo reaccionario sea únicamente la ingeniería social neoliberal.

La problemática fundamental que esconden todas estas iniciativas filantrópicas es que se desvanece la política, si esta se entiende como expresión de la voluntad popular. El concepto democracia se diluye al tiempo que lo reivindican gestores privados que solo tratan de avanzar en los intereses de una clase global cada vez más reducida. Lejos de servir a alguna suerte de revitalización democrática, el periodismo contribuye a ello con la excusa de que la crisis requiere explorar nuevas fuentes de ingresos.

*Actualización: 10 de junio de 2018, a las 19.15 horas. En el párrafo publicado inicialmente, las cuantías ofrecidas por la OSF no había sido sido convertidas a euros. Asimismo, se ofrece información adicional a la espera de publicar un tercer capítulo de esta serie.

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Ekaitz Cancela

Ekaitz Cancela

Periodista. Ha publicado dos libros, El TTIP y sus efectos colaterales (Planeta, 2016) y La imprenta digital (próxima publicación). Actualmente investiga de manera independiente sobre el declive de Europa, los cambios estructurales del capitalismo y el contexto geopolítico.

3 comentarios

  1. Yo no estoy aquí
    Yo no estoy aquí 06/06/2018, 05:15

    Buenos artículos, aunque sacar los vínculos de la Open Society Fundation con el diario.es mientras se “olvidan” los vínculos de la OSF con otros medios como “Diario Público”, “La Sexta” y otros… o incluso con organizaciones y asociaciones relacionadas con la bomba mediática el 15M y Podemos, hace que este artículo acabe pareciendo una suerte de cortina de humo para despistar.

    Responder a este comentario
  2. toni
    toni 05/06/2018, 16:02

    Porque dices eso Ignacio??
    que tiene de malo el diario.es?

    Responder a este comentario
  3. ignacio
    ignacio 03/06/2018, 23:07

    ¿Ingeniería social neoliberal?. Qué espanto. Si los términos utilizados para localizar a las organizaciones ultralibetales son estos, mal vamos. Orbán y Soros son distintas caras de una misma moneda. La cuestión que plantea artículo es dolorosa, por mucho que las conclusiones sean las que son. Estas deformaciones de la verdad llevan a que el subdirector de eldiario.es sea partícipe de la Open Society, por poner un ejemplo. Gracias

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