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miércoles 14 noviembre 2018

Opinión

El cuerpo que me devolvió la autodefensa feminista

“Porque para ellas, aprender autodefensa no era un paso más en la formación feminista, sino una necesidad de pura supervivencia”, explica la autora sobre su participación, junto a otras mujeres, en un curso impartido por Médicos del Mundo.

27 abril 2018
16:24
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El cuerpo que me devolvió la autodefensa feminista
Un curso de autodefensa en la 'Casa Revolucioná', en Sevilla. O. CARBALLAR

Me atrevo a afirmar que todas las mujeres hemos pensado sobre cómo reaccionaríamos si nos violasen. Y me atrevo a afirmar también que la mayoría concluimos que en esa situación lo mejor sería no resistirse para que fuese más rápido, para evitar que nos hicieran aún más daño, para evitar que nos asesinaran.

Sin embargo, antes de recibir clases de autodefensa gracias a un curso impartido por Médicos del Mundo en Oviedo, pocas veces me había planteado que mi cuerpo, mis dientes, mi llavero, mi capacidad de reacción y mi propia fuerza podrían ser unos aliados para, antes de que ocurriera, quizás lograr huir. Aprendimos que lo importante era conseguir escapar, no enzarzarnos en una pelea con nuestro agresor, pero la constatación de que mi cuerpo puede no solo ser objeto de agresiones, sino también un arma de defensa fue una revelación que me cambió la forma de concebirlo y de estar en el espacio público. Ya no era solo carne que otros podían ver, desear, ocupar o violentar, sino que esas clases supusieron una reapropiación de mi cuerpo, una reconceptualización que me llevó a quererlo, cuidarlo y fortalecerlo. Brazos que pueden dar un codazo antes de huir, piernas que pueden dar un rodillazo donde más duele, cintura que puede doblarse y permitirme esquivar un zarpazo. No se trata de que ahora me crea una Beatrix Kiddo a lo Kill Bill, pero sí comparto su rabia por haber tenido que cumplir más de treinta años para interiorizar algo con lo que los niños –varones– crecen: que mi cuerpo es mi aliado y no una debilidad o un flanco débil por ser mujer y tener orificios que una sentencia basada en la concepción patriarcal considera que si se penetran sin el consentimiento por parte de su dueña, no es una violación sino un abuso.

Para mí, las situaciones a las que el profesor de artes marciales nos hacía enfrentarnos eran pura suposiciones teóricas: “Si te agarran por el pelo”, “si te retienen por la cintura”, “si te golpean en la cabeza”… Pero para muchas de mis compañeras de taller eran situaciones que habían vivido a manos de sus parejas, de sus clientes cuando ejercen la prostitución, de agresores callejeros… Y era con ellas con las que practicaba lo aprendido, y por eso ellas siempre ganaban, porque ya sabían por dónde les vendría el siguiente golpe, porque los habían tenido que frenar muchas veces. Porque para ellas, aprender autodefensa no era un paso más en la formación feminista, sino una necesidad de pura supervivencia. A ellas nadie les puede decir que no hay una guerra contra las mujeres, porque ellas ya han sido botín, víctimas y supervivientes. Según avanzaban las clases, más duro nos dábamos, y más fuertes nos sentíamos cuando salíamos a las calles.

Sin embargo, algunas personas a las que les conté mi transformadora experiencia aprovecharon la oportunidad para decirme lo que que yo sabía que pensarían si me agredían o violaban:

Que dejase de viajar sola porque eso era tentar a la suerte.

Que dejase de ser tan confiada y quedar con desconocidos –véase colegas de profesión, entrevistados, fuentes…– a solas, porque podían confundirse y esperar algo distinto de nuestros encuentros.

Que dejase de meterme en líos publicando reportajes sobre las violencias racistas, machistas, clasistas…. porque nunca se sabe a quién pueden incomodar.

Que dejase, en definitiva, de actuar como si fuese un ser humano libre, que dejase de reportear como si fuese un hombre, que dejase de jugar a que las mujeres tenemos los mismos derechos y oportunidades que ellos.

Para estas personas, desde su cariño y preocupación por mi integridad, soy yo la que favorezco con mi actitud y estilo de vida unas situaciones de riesgo de las que me hacen, así, corresponsable. Nada nuevo bajo el sol. Pero lo más grave es que casi ninguna de ellas supieron responderme qué entendían por consentimiento –cuestión que sobrevolaba, a la vez que omitían, en sus advertencias–, algo lógico teniendo en cuenta que siendo uno de los pilares imprescindibles para la consecuención de la libertad y emancipación sexual, en este país sigue siendo un concepto tan desconocido que hasta hay jueces que firman sentencias contrarias al mismo.

Los organizadores de Burning Man, un evento lúdico que reúne anualmente a decenas de miles de personas durante una semana en el desierto de Nevada, siempre incluyen en las primeras páginas de su folleto informativo una guía explicando qué es el consentimiento. Resumimos algunas de sus claves:

Consentimiento es:

-Que las partes implicadas en el encuentro sexual consensúen los deseos y límites. Clarificarlos con antelación ahorra malos entendidos, tener que adivinarlos y aumenta las posibilidades de satisfacer mutuamente los deseos y respetar los límites. Este proceso contribuye a alcanzar una confianza que hará la experiencia más placentera. ¿Qué tiene de divertido participar en un encuentro en el que la o las otras partes no disfrutan?

-No se trata de esperar a que te digan ‘No’, sino de recibir un entusiasta ‘Sí’. Si no recibes ese ‘Sí’, detente y reevaluad la situación.

-Hay que esperar a recibir confirmación ante cada nuevo paso: el consentimiento ante un acto (como un beso) no significa consentimiento hacia otro.

Consentimiento no es:

– Vestir sexy, ir en ropa interior o desnudo/a.

– Flirtear, bailar o cualquier comportamiento sexy.

– Aceptar una bebida, un paseo o un regalo.

– Abrazarse, acurrucarse en el otro o compartir cama.

– Haber consentido un encuentro sexual previo o, incluso, durante el mismo encuentro, en un paso previo. El consentimiento puede ser retirado en cualquier momento.

– Tener una relación sentimental con una persona (muchas de las violaciones se dan en el marco de la pareja).

– Un ‘Sí’ de una persona borracha, drogada o adormilada.

– Silencio, un asentimiento de hombros, un ‘Quizás’ evitando mirar a los ojos, un lenguaje corporal reticente o cualquier gesto de incomodidad.

– El consentimiento no se puede basar en el miedo o la presión. Si tu compañera/o rechaza tu interés, respeta su decisión y retírate educadamente y sin resentimiento.

No se trata de descargar de responsabilidad a la judicatura, al poder legislativo y a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. Exigimos que la normativa se reforme para que una violación sea considerada una violación, que la judicatura nos proteja y que en las comisarías, por ejemplo, no se nos obligue a compartir sala de espera con nuestros agresores. Pero mientras ellos pasan de la Edad Media al siglo XXI, y mientras nos sigan discriminando, agrediendo, violando y asesinando, tenemos que defendernos. Y para ello, es urgente reconciliarnos con nuestros cuerpos ninguneados y debilitados, aprender que son nuestra arma de defensa y formar y formarnos en una educación sexual libre, satisfactoria y consensuada. Nos va la vida en ello.

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Patricia Simón

Patricia Simón

Reportera transfronteriza especializada en derechos humanos y enfoque de género. Premio de la Asociación Española de Mujeres de los Medios de Comunicación. Me apasiona tanto viajar para reportear al otro lado del mundo, como descubrir y contar los mundos que conviven en la esquina del barrio.

1 comentario

  1. Lucamiable
    Lucamiable 29/04/2018, 17:03

    Creo que hay que darles donde más les duelen, y tu sabes dónde experimentan más dolor, en lo que sienten más virilidad…

    Responder a este comentario

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