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lunes 10 diciembre 2018

Cultura

Joan Ramon Resina: “No hay que confundir la historia con la realidad”

En las universidades extranjeras hace un siglo que se estudian todas las lenguas y culturas de España.
El carácter plurinacional de Iberia se asume con una naturalidad que, hoy por hoy, resulta impensable en la propia Península.

17 octubre 2015
10:25
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Joan Ramon Resina: “No hay que confundir la historia con la realidad”
Joan Ramon Resina. STANFORD UNIVERSITY

En las universidades extranjeras hace un siglo que se estudian todas las lenguas y culturas de España. El carácter plurinacional de Iberia se asume con una naturalidad que, hoy por hoy, resulta impensable en la propia Península. ¿Los modelos de fuera pueden ofrecer una salida al dilema político español? Así lo cree Joan Ramon Resina, catedrático en Stanford y fundador de los Estudios Ibéricos. La idea es sencilla: mientras los españoles desprecien lo que ignoran, no se resolverá el problema de la convivencia. Porque según él, “siempre que prescindimos de una realidad cultural, estamos sacrificando un valor de conocimiento”.

Hace tiempo que los hispanistas extranjeros tenemos una cosa muy clara: imposible, a estas alturas, ser especialista en la cultura de España sin conocer al menos dos de los idiomas oficiales del Estado. No basta con dominar el castellano; hay que saber leer —y, a ser posible, hablar y escribir— también el catalán, gallego o euskera. Es normal. A muchos nos sorprende, en cambio, que tantos españoles sean tan reacios a aprender más de un idioma estatal. ¿Cómo es que los escolares en todo el país no aprenden al menos dos, como en Suiza o Canadá? (“Es más práctico saber inglés”, me dicen mis amigos madrileños. “Puede ser”, les contesto, “pero entonces ¿por qué no aprendéis inglés además de otra lengua peninsular? Yo en Holanda tuve que aprender cinco idiomas…”).

Esa normalidad con que los hispanistas asumimos la plurinacionalidad ibérica se debe en gran parte a Joan Ramon Resina, catedrático en la Universidad de Stanford, una de las cinco mejores del mundo. Doctor en Literatura Comparada por la Universidad de Berkeley, Resina (Barcelona, 1956) ha dedicado buena parte de su vida profesional a la cultura catalana y el estudio comparado de las culturas de la Península. Como fundador de los Estudios Ibéricos en Estados Unidos —donde lleva más de 35 años— ha ayudado a redefinir todo un campo. Nos habla desde la tranquilidad matutina de su despacho californiano, rodeado por los 47 volúmenes de las Obras Completas de Josep Pla (“el mejor periodista de la Península Ibérica de su momento”), al que está dedicando su último libro.

“Para mí los Estudios Ibéricos son una apuesta de pasar por encima de las diferencias políticas”, señala Resina, “incluso aquéllas que están aparentemente reificadas en forma estatal. En el ámbito cultural se han producido unas dificultades de transmisión de las culturas no castellanas hacia la gran mayoría castellanohablante de la Península, de manera que ignoran totalmente las producciones lingüísticas de estas culturas. Hay un contraste enorme entre lo expresado por la Constitución del 78 —que reconoce a España como un Estado que incluye diversas colectividades y diversas culturas— y la realidad del gran vacío institucional y mediático a estas culturas. Es una paradoja: en un Estado plurinacional y plurilingüístico, donde hay varios idiomas que son también oficiales, estos son ignorados completamente por la población que no vive directamente en los espacios de esas lenguas, e incluso por parte de la población que vive en esos espacios. Quise crear un paradigma cultural que respondiera a este problema sin necesariamente tener que pasar por todo el trabajo enorme de reestructuración política del Estado. Por cierto, mi visión de los Estudios Ibéricos incluye también a Portugal. Me tomo en serio la noción de Iberia como espacio geográfico que percibimos fragmentado o separado por puras razones institucionales y políticas.”

¿Habría sido posible montar un proyecto así en España o Cataluña?

No. El sistema norteamericano es un sistema mucho más abierto, mucho más dispuesto a experimentar. En España no se habría podido, y por cierto tampoco en Cataluña. Allí, como en Galicia y el País Vasco, desgraciadamente también se impuso el modelo de la filología nacional: la idea de que la cultura y la literatura se transmiten a través del espacio exclusivamente nacional. Para mí, el modelo estrictamente filológico está obsoleto. Fíjate que no estoy proponiendo la simple suma de las diferentes culturas. Tampoco hablo de yuxtaposición, ni de cuotas. Se trata de estudiar y comprender la interrelación cultural, que viene mediada a través de los idiomas. Aquí en Estados Unidos, el modelo filológico, estrictamente diacrónico dentro de un único sistema lingüístico, hace tiempo que está superado por el de los estudios comparativos, que también es el mío. Saber comparar, en este caso unas culturas muy próximas entre sí, ayuda a entender que toda la cultura, en sentido general, es una red de interrelaciones. Genera una apertura de miras.

¿Cómo explicas la estrechez de miras que todavía predomina en España, la resistencia a conocer y reconocer las realidades culturales del Estado, incluso entre personas por lo demás muy ilustradas?

Son un par de siglos ya de enseñanza performativa de un proyecto nacional de ámbito estatal, del cual se han eliminado u obliterado toda una serie de componentes que, debidamente presentados, habrían permitido en su momento una comprensión de esa pluralidad, y una aceptación de ella como realidad contextual de los españoles. Todos, también los catalanes, tenemos una actitud ingénita de autodefensa: una necesidad de justificar aquello que nos favorece. Y claro, la historia de la Península Ibérica explicada desde la visión centralista del Estado es una historia, como decimos en inglés, self-serving. A la mayoría de las personas educadas en esa visión de las cosas, no es que les choque, es que debe de ofenderlas profundamente que alguien les diga que las cosas son de otra manera. Y cuando desde Cataluña o el País Vasco les dicen: tenemos otra visión, otra mirada histórica sobre las cosas, una mirada que también es nacional, eso les resulta inaceptable. Y aquello que no es aceptable y que creemos innegociable genera, lamentablemente, violencia: verbal casi siempre y, en el peor de los casos, física.

Hablando ya del ámbito estrictamente intelectual, me resulta sorprendente que personas muy inteligentes encuentren imposible modificar esta visión, digamos absoluta, de las relaciones culturales. Y resultan a veces muy agresivos respecto a otras visiones, tal vez por convencimiento de que si alguien tiene otro relato tiene que estar falseando las cosas. Tocar los puntos de anclaje de la historia nacional española les parece un atentado contra la realidad. Pero todos sabemos que la historia no es real. La historia es un relato: una construcción retrospectiva a base de seleccionar elementos susceptibles de plasmar una cierta coherencia y de descartar otros que no encajan en la trama escogida. Confundir el producto historiográfico con la realidad es siempre peligroso. Hay que tener cierta capacidad de reflexión para darse cuenta de esto y aceptar que, una vez comprendida la relatividad y apertura de los relatos históricos, esto tiene consecuencias para la forma de relacionarse con los otros relatos. La historia, como cualquier disciplina con ínfulas de ciencia, hace necesario negociar algunos puntos en común, algunas premisas fundamentales, y cuando eso no es posible, lo correcto es no intentar destruir el otro relato sino asumirlo como una realidad con la que uno tiene que contar, aunque sea desde el desacuerdo educado.

Para alguien que no comulga con el nacionalismo español, es muy chocante lo que se publica en la prensa madrileña. La capacidad de distorsión, de ocultación interesada de información, de erosión de la convivencia, incluso del civismo, es tremenda. La intención parece ser mantener a las personas en un estado de opinión de constante rechazo de la pluralidad, a veces, paradójicamente, en nombre de ella. Rige aún una idea metafísica de España, que por definición está más allá de la historia y por eso es innegociable.

¿Se puede llegar a una situación en que los idiomas estatales de la Península Ibérica se enseñen en las escuelas primarias y secundarias de todo el Estado?

Sería deseable, claro. Pero será difícil dado cómo funcionan ahora las llamadas competencias en educación en las comunidades autónomas. Son competencias ficticias, porque en realidad los planes de estudio vienen aprobados y por tanto determinados por el Ministerio de Educación en Madrid. Entonces, ¿qué ocurre? Volvemos a lo de siempre. Si en estos ministerios hay una visión centralista y culturalmente unificadora del Estado, el producto a nivel social será el que tenemos. Hay muchas personas que dicen: Bueno, esto es una pérdida de tiempo, porque son lenguas que tienen muy poca aplicación práctica. ¿Qué es lo práctico? Yo diría que el catalán ciertamente, y el euskera cada vez más, son idiomas útiles en los espacios respectivos. Claro que en Cataluña hay mucha gente que vive sin aparente necesidad de emplear el idioma catalán. Pero también es evidente que esta gente vive de manera muy parcial la realidad social y económica de Cataluña. La distribución social del idioma es elocuente. Hablan sólo castellano la clase más alta y la más baja, la de los barrios más privilegiados de Barcelona y la de los guetos postindustriales donde apenas tiene contacto con la población autóctona y a donde no llegan los medios de comunicación catalanes. Las clases medias, la clase trabajadora educada, la clase empresarial de base familiar, son catalanohablantes o dominan el catalán. Y creo que lo mismo ocurre cada vez más en el País Vasco. Galicia es lugar aparte. Allí aún domina la idea de que hablar gallego es propio de personas humildes.

El aspecto pragmático del idioma, por tanto, es discutible y está a merced de la política monolingüe del Estado. Ahora, si entramos en el plano cultural, que es en el que yo me muevo, allí las cosas están mucho más claras. Es una cuestión de conocimiento o desconocimiento. ¿Por qué? Porque uno no tiene necesidad de leer, por ejemplo, la obra de Pla en catalán. Ha escrito también en castellano. Uno se puede limitar a eso, o simplemente prescindir de Pla por puro rechazo de lo catalán. Pero siempre que prescindimos de una realidad cultural, estamos sacrificando un valor de conocimiento.

Las noticias sobre el proceso soberanista de los últimos cinco o seis años, ¿ha cambiado la manera como tu entorno aquí en Estados Unidos ve a Cataluña y se relaciona contigo?

Una de las cosas que me alegran de las consecuencias a nivel internacional del fenómeno político catalán es que algunos colegas han dejado de hablarme del Barça cuando quieren entablar conversación conmigo. Han pasado o bien a no decir nada al respecto, o bien a preguntar precisamente sobre el proceso político. Ya es algo. Porque reducirlo todo siempre al fútbol es lamentable.
Ahora, si Cataluña llegara a independizarse, no sé cuáles serán las consecuencias en mis relaciones con los colegas. Alguna vez he dicho, citando a Rubert de Ventós, que, para que dos se abracen, primero tienen que separarse; esto es, mirarse de frente, a la cara, y considerarse entidades independientes y completas. En esas condiciones de mutuo reconocimiento, la separación entre Cataluña y España podría regenerar las relaciones y eliminar los conflictos. Sin embargo, también puede ocurrir que la reacción de España sea de rechazo. Lo mismo puede ocurrir dentro de nuestro ámbito académico. Por tanto nunca me he esforzado en crear cátedras o programas de estudios catalanes en los departamentos en que he trabajado. En cambio sí he trabajado y sigo trabajando por un paradigma ibérico, que está por encima de la organización vertical del Estado, un espacio en que, dependiente o independiente, la cultura catalana siempre estará allí en cuanto cultura, de la misma manera que está la cultura portuguesa, por muy independiente que sea Portugal del Estado español.

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