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Jueves 27 Julio 2017

Cultura

‘Llave maestra’, por Isaac Rosa

Algo muy raro está pasando en este hotel de ‘Welcome’, el libro de relatos del escritor sevillano: “¿Usted cree? ¿Hackean las cerraduras y también manipulan las cintas de vídeo? ¿Solo para dejar una reivindicación laboral?”.

15 Julio 2017
22:49
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‘Llave maestra’, por Isaac Rosa
Ilustración de Diego Quijano.

Este relato publicado originalmente en ‘La Marea’ forma parte del libro de relatos de Isaac Rosa Welcome. Por 3,90 euros en PDF y 9,90 en papel

En los años que llevo en esta cadena de hoteles he visto de todo, ya imaginarán. Desde que entré como vigilante nocturno de uno de ellos, hasta ser hoy jefe de seguridad en la sede central, tengo historias como para amenizar varias cenas. Empezando por robos, por supuesto: joyas que desaparecen de una habitación, incluso de la pequeña caja fuerte del armario; una banda que una noche consiguió asaltar todas las habitaciones de una planta entera; y, por supuesto, los que cometen los propios clientes. La mayoría se conforma con un cenicero o un albornoz, pero otros se llevaron el televisor, el espejo de cuerpo entero, la grifería y hasta una cama completa. Como lo oyen. Otro día se lo cuento.

Aparte de robos, unos cuantos cadáveres. Amantes infartados, suicidas que prefieren un hotel a su casa, ancianos que no se despiertan por la mañana, y hasta un asesinato, un marido que estranguló a su mujer y luego llamó a recepción para contarlo. Lo encontramos sentado al borde de la cama, cabizbajo, su mujer cubierta por la sábana.

Y todo tipo de situaciones chuscas, no se hacen una idea lo que da de sí un hotel. Adúlteros pillados, gente en busca y captura, pederastas que simulan viajar con una sobrina, borrachos que se lían a patadas con el mobiliario o se caen por el balcón, exhibicionistas que van de habitación en habitación, y un interminable listado de clientes alterados que pierden los nervios. Y en todos los casos, es mi teléfono el primero que suena.

Sí, y problemas con los trabajadores también. Los directores de cada hotel marcan también mi número cuando hay un aviso de huelga, un piquete a la puerta, un sindicalista al que hay que poner seguimiento, una asamblea a la que enviar un informador discreto. Normalmente reparto juego, pero cuando es un tema gordo me ocupo personalmente.

El que hoy me ocupa lo es. Un tema gordo. Mucho.

****

Al primer aviso pensé que estábamos ante un caso rutinario: el típico extrabajador resentido que se dedica a esparcir mierda sobre la empresa. Ocurre a menudo, aunque en este caso no era el habitual comentario en redes sociales. Esta vez era diferente:

No ha sido en Facebook, ni tampoco se lo ha enviado a un periodista–, me explicó el director del establecimiento afectado.

¿Entonces? ¿Ha repartido octavillas en la acera de enfrente?

Ojalá fuera eso. Las ha dejado en las habitaciones.

¿En qué habitaciones?

Una planta entera. Nos enteramos porque varios clientes, al hacer el check-out, preguntaron en recepción si aquella historia era cierta. Y luego hemos visto que otros lo han comentado en Tripadvisor.

Una octavilla que tampoco era la típica acusación gruesa y victimista contra la malvada empresa. Era más refinada: una copia íntegra de la sentencia que una extrabajadora le había ganado al hotel por acoso laboral. A disposición de los clientes en su propia habitación, para que la leyesen antes de apagar la luz.

¿Han revisado las cámaras del pasillo? Si la metieron por debajo de la puerta, no será difícil…–, dije tras encestar la octavilla en la papelera.

Ahí está el problema. No la metieron bajo la puerta.

¿Entonces?

La dejaron en la almohada. Junto al bombón de cortesía. “El hotel le desea felices sueños”, y esta sugerencia de lectura para que vea lo mal que tratamos al personal.

Es más grave de lo que pensaba. Y quien haya sido, se ha metido en un buen lío. Entrar en una habitación por la fuerza… Mal asunto.

No han forzado ninguna cerradura.

¿Las ventanas entonces?

Tampoco. Han debido de hacerse con una llave maestra. Hemos revisado las existentes, no falta ninguna. Pero si es alguien que conoce el hotel desde dentro, pudo coger una en recepción en algún descuido. O contar con un cómplice dentro.

Así que teníamos a un revoltoso colándose en las habitaciones y dejando la mierda directamente sobre las almohadas. No era ya un problema de reputación, sino de seguridad: si se corría la voz de que cualquiera podía entrar en las habitaciones, perderíamos clientes. Hoy dejan una octavilla, mañana se llevan un ordenador portátil o violan a una mujer mientras duerme.

La primera sospechosa era, claro, la propia extrabajadora que denunció a la empresa y ganó en el juzgado. Pero era demasiado evidente, podíamos descartarla. Aun así, envié a uno de mis hombres a seguirla unos días, por si se relacionaba con algún otro trabajador del hotel.

Después sacamos un listado de empleados con acceso a las llaves maestras de esa planta. Pocos: personal de dirección y recepción, gobernanta, dos limpiadoras y el de mantenimiento. Pensaba poner a alguien a averiguar sobre ellos, y a otro a investigar a los del comité de empresa, cuando llegó el segundo incidente.

****

En un hotel diferente, en otra ciudad, lo que liberaba de sospecha a los empleados del primer hotel. Esta vez no habían dejado la mierda sobre la almohada, sino tras la puerta. En el pomo interior habían sustituido el habitual colgador que por un lado dice “No molestar” y en el reverso “Por favor, limpien mi habitación”, y en su lugar habían enganchado un colgador idéntico en forma y tamaño, pero con la leyenda “Este hotel explota a sus trabajadores” por una cara, y por la otra unas breves informaciones sobre el uso de empresas externas y no sé qué violación de derechos laborales y persecución antisindical.

Algunos clientes los pusieron en las puertas, y ya han circulado fotos en redes sociales–, me explicó el director del segundo hotel, girando entre los dedos uno de los colgadores.

Hay que reconocer que son ingeniosos.

Mucho. Encuéntrelos, que tengo ganas de felicitarlos.

En la sala de seguridad, revisamos dos días completos de videograbación. A cámara rápida se veía el movimiento de clientes entrando y saliendo de sus habitaciones, pero ningún sospechoso, y menos alguien que hubiese abierto todas las puertas de la planta.

Había que encontrar la conexión entre los dos hoteles, así que puse a dos empleados a cruzar datos de personal, incluyendo trabajadores que hubiesen sido despedidos en el último año.

Pero son demasiados–, protestó un administrativo. Con la rotación que tenemos, más los servicios externalizados y los de ETT, hablamos de muchos trabajadores.

No habíamos encontrado nada aún, cuando llegó la tercera acción.

****

No puede ser un individuo solo, ni dos, sino un grupo organizado. Capaz de desplazarse de un hotel a otro, en distintas ciudades. Es demasiado sofisticado para ser un resentido–, expliqué al desconcertado director de operaciones del grupo.

Ahora no era una planta, sino un hotel entero. Ciento veinte habitaciones. Solo había una llave maestra que abriese todas, y se guardaba en una caja de seguridad para casos de emergencia. Así que había dos posibilidades, a cual peor: o habían conseguido todas las llaves de planta, o eran capaces de hackear el sistema de cerradura electrónica. En cualquiera de los casos era una pésima noticia para la cadena, a poco que los clientes difundiesen lo sucedido.

Esta vez no había sido una octavilla, ni un colgador. Habían sustituido la carta de precios del minibar, esa que todo cliente ojea por curiosidad aunque no tome nada. En su lugar, una hoja plastificada detallaba los beneficios del grupo empresarial en los últimos cinco años, las retribuciones y bonus de los ejecutivos, y los sueldos del personal, desde el gerente hasta el último botones, incluidos los trabajadores de empresas externas.

Imaginen el efecto: llegas a tu habitación después de un largo día de reuniones, comida de trabajo y llamadas; o tras haber paseado las calles turísticas y visitado un par de museos. Te descalzas, enciendes la tele, te tumbas en la cama y coges de la mesilla la carta del minibar, que a todos nos gusta pensar que abriríamos la neverita y nos serviríamos una copa si no fuese por los precios escandalosos. Y entonces te enteras de que la empresa lleva cinco años aumentando beneficios, mientras los sueldos, ya de por sí bajos, permanecen congelados o no dejan de menguar en el caso del personal externo. Y comparas lo que se lleva al año el consejero delegado, con lo que cobra un ayudante de cocina o una camarera de piso. Yo mismo me cabreé cuando el director de operaciones del grupo puso en mi mano el papel y vi lo que gana él, comparado con mi propio sueldo.

De nuevo, revisamos vídeos de seguridad durante horas sin ver a nadie sospechoso, a nadie que además entrase en todas y cada una de las habitaciones de las seis plantas del hotel. Cómo era posible. El registro electrónico de las cerraduras tampoco mostraba ninguna apertura anómala en los últimos días. No habían dejado rastro.

No sé. Puede que hayan manipulado las grabaciones de videovigilancia–, propuse al director de operaciones.

¿Usted cree? ¿Hackean las cerraduras y también manipulan las cintas de vídeo? ¿Solo para dejar una reivindicación laboral?

No, no era creíble. Pero no teníamos otra explicación, salvo que fuese un enemigo invisible. Salí del cuarto de monitores y decidí dar una vuelta por el hotel. Es lo que hacen los detectives en las películas, ¿no? Se pasean por el lugar del crimen y acaban encontrando una huella, un resto de polvo extraño, una baldosa que al pisarla se mueve y al levantarla aparece el arma del delito. Además, el asesino siempre vuelve al lugar del crimen, eso dicen. Es una tontería, lo sé, pero yo estaba desesperado.

Subí a la primera planta. Ante mí, un largo pasillo que al final se prolongaba tras un ángulo recto. Vacío. Sucesión de puertas iguales. Silencio de moqueta. Lo recorrí a paso ligero, acariciando las puertas al pasar, tocando las cerraduras, mirando las bisagras, las manchas de la moqueta. Hasta me fijé en las rejillas del aire acondicionado, y yo mismo me dije imbécil por pensar que alguien pudiera colarse por los conductos del aire. Demasiadas películas.

Al girar la esquina, más de lo mismo: otro pasillo igual, con moqueta, puertas, algún extintor. Al fondo, un carro de limpieza cargado de toallas. Nada más.

Escuché a mi espalda una puerta abrirse y cerrarse, me sobresalté. Volví sobre mis pasos, miré el pasillo anterior, no había nadie, pero yo lo había oído. Como un patético sabueso de mala película, caminé de puntillas, acercando la oreja a las puertas, como si fuese a pillar al culpable en plena acción. Tras una puerta escuché ruido. Pegué la oreja a la madera, sin pensar en qué diría a un cliente que en ese momento apareciese por el pasillo y me viese. De pronto se abrió la puerta, casi me caigo hacia dentro al perder el equilibrio. Desde dentro de la habitación, una limpiadora se sobresaltó al verme. Balbuceé, para tranquilizarla:

Perdone, estaba… Soy de seguridad del hotel… ¿Ha visto algo sospechoso últimamente?

No, yo… Estaba cambiando las toallas…

La mujer salió, con un fardo de ropa sucia en las manos, y se alejó a paso rápido hasta desaparecer por la esquina. Y yo me quedé ahí, con mi cara de detective de comedia boba, mirando el pasillo y preguntándome quién estaba jugando con nosotros.

Este relato publicado originalmente en La Marea forma parte del libro de relatos de Isaac Rosa Welcome. Por 3,90 euros en PDF y 9,90 en papel

Isaac Rosa

Isaac Rosa

LM51 – Julio/Agosto 2017

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