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Lunes 24 Julio 2017

Opinión

La precaución y el ‘youtuber’

“Cuando en el ámbito del entretenimiento, pensado a menudo para ocultar las tensiones subyacentes, estas se empiezan a manifestar de forma clara es que tenemos un problema con nuestros valores, pero sobre todo con el aparato ideológico que los genera”, escribe el autor.

15 Febrero 2017
12:52
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La precaución y el ‘youtuber’
Pantallazo del canal del 'youtuber' ReSet, denunciado por humillar a un mendigo.

La precaución es una excelente cualidad adaptativa, esa que nos anticipa los peligros para que podamos hacerlos frente. No es ningún sexto sentido sino tan sólo un análisis casi automático de las amenazas posibles basado en experiencias anteriores. En ocasiones nos negamos a ser precavidos porque la comodidad de lo que creemos estable se ha hecho fuerte en un mundo demasiado autosatisfactorio y a menudo estúpido, donde pensamos que podemos conjurar los problemas con cuadritos de frases motivacionales en tipografías variadas.

Ya es raro no ver cada mes a uno de esos anémicos emocionales llamados youtubers metido en la espiral de la polémica tras subir un vídeo donde ejecutan lo considerado por ellos como bromas. Raro sería que no hubieran visto al cara-anchoa, al niñato que daba galletas rellenas de pasta de dientes a un mendigo o al último gracioso que ha atacado con un spray urticante a un repartidor de pizzas. Raro será que en quince días no suceda otro caso similar donde, sin broma ni gracia, tenga lugar otra agresión moral o física grabada para ser distribuida en la plataforma de vídeos. Puede que el asunto nos parezca poco relevante o que lo despachamos con una ristra de adjetivos e insultos —merecidos— hacia los perpetradores. Puede incluso que nos conformemos con esa versión de columnista conservador que habla de que nunca nuestra moralidad estuvo tan por los suelos, en esa versión interesada en la que existe un supuesto progreso o modernidad que en esencia siempre es negativo porque atenta contra las tradiciones que son las que nos han mantenido a salvo.

El caso es que estos columnistas me recuerdan a esos propietarios de taberna mohosa que intoxican a medio barrio con una tortilla en mal estado y al final echan la culpa a cualquiera menos a ellos mismos, que son los que tenían los alimentos en condiciones deficientes sin importarles demasiado. Es curioso que para los conservadores cualquier síntoma evidente de degradación social siempre pertenece al ámbito individual y de la modernidad. Nunca, en todo caso, la relación será directa con su modelo de sociedad, el único, por otro lado, a considerar y existente. Una transposición, no sé si obvia o inteligente, de la mitología judeo-cristiana, donde Dios es responsable de todo lo virtuoso que ocurre en el mundo y el hombre, con su libre albedrío, el único causante de sus desgracias. La moralidad, para los conservadores, funciona de la misma forma que el Estado con la economía: mientras que obtienen beneficios con sus empresas no debe inmiscuirse, pero ahí debe estar siempre raudo al rescate con el dinero de todos cuando el negocio marcha mal.

El tipo que se dedica a agredir a los demás con una cámara en la mano a mí me parece una destilación bastante pura de criterios que definen bien nuestro estado de las cosas. No se trata de eximirles de lo que son, cretinos de primer orden cuando no delincuentes, sino de entender que su estupidez y su delito son consustanciales a los valores dominantes en nuestra sociedad. Para empezar chapotean gustosos en esa postura fanática que asume que el mero hecho de captar una imagen significa poder apropiarse del objeto, en este caso la persona, que posee su derecho. De ahí que el desconocido pase a ser una materia prima en la producción de sus aberraciones, carente del más elemental derecho no ya a la rectificación, sino a decidir si quiere formar parte de las mismas. Pocas veces se ha explicado, en aquellos extintos programas de bromas con cámara oculta y en cualquier otro, que quien aparece en televisión firma siempre un papel donde da el consentimiento para ceder su imagen.

Y aquí entraría el siguiente elemento, ya apuntado en la lucha por los derechos de autor, de cómo las empresas que prestan servicios en Internet parecen estar exentas de cumplir leyes que son de uso común por parte de todos. Con la invención del usuario se dio una paradoja exitosa, ya que millones de personas en todo el mundo, pensando que utilizaban gratis una serie de servicios estaban a su vez trabajando para determinadas compañías, bien cediéndoles sus datos, gustos y tendencias, bien creando contenidos para las mismas. Algo así como si los inventores del cinematógrafo hubieran cedido su sistema gratis a condición de que todos los derechos de explotación de las películas hechas en la historia fueran suyos. Además, y aquí viene lo relevante para el asunto, siempre sin hacerse responsables de los contenidos de sus redes o plataformas. De esta forma las compañías actúan tan sólo a posteriori de las denuncias de otros usuarios, siempre con arbitrariedad y opacidad, alegando una imposibilidad técnica que no parece tal cuando en YouTube se puede encontrar la violencia más explícita pero no hay un solo desnudo en toda su plataforma. Sea como fuere, la primera compañía de vídeo en streaming se pone de perfil ante el derecho a la imagen y la dignidad, así como el debate social nunca se acuerda de ella.

Por otro lado existe una especulación de lo tecnológico en términos de ascenso social. El hecho de poner como ejemplos de éxito a unas cuantas decenas de individuos que consiguen vivir de sus astracanadas en Internet es tendencia porque vale para justificar ese presunto emprendimiento frente a una juventud machacada laboralmente. El problema es que el invento da para lo que da y siempre es necesario ir un paso más allá para destacar entre los miles de aspirantes a vivir de esta fantasía. Es cierto que no todos los youtubers producen contenidos ofensivos, como también que hay una competición permanente para no quedarse atrás, con frecuentes enganchones entre ellos. Así, la simple broma entre amigos —que puede suceder tan sólo unas pocas veces— acaba traspasando por necesidad las fronteras del entorno y de lo razonable, teniendo que tirar de desconocidos y volviéndose más cruenta para resultar efectista y destacar entre los miles de competidores. La cultura del youtuber es cultura basura no por comparación con una serie de criterios elevados y estéticos de la cultura formal, sino porque es tremendamente autorreferencial y cerrada, no enlazando nunca a elementos de fuera de la misma, sino replicando sus propios esquemas llegando, tarde o temprano, a ese punto en que se cruzan las barreras. Y en eso es bastante deudora de la telebasura televisiva.

Por último, y este es quizá el punto más importante y ajeno al propio medio en que se produce, el youtuber refleja nuestro momento en la sociedad de clases y sus relaciones de dominación. No solo por la competitividad intrínseca a la que hacíamos referencia, sino en el propio contenido de sus producciones. Son habituales los comentarios machistas donde la mujer es tan solo un objeto seleccionable, siempre al servicio instantáneo de la sexualidad masculina, provocando incidentes como el de la pasada Feria del Libro de Madrid —interesante ver cómo el youtuber necesita legitimarse con el formato de libro físico— donde una serie de feministas tuvieron que explicar, en términos analógicos, a uno de estos individuos en qué se equivocaba. El clasismo, exarcebado, se refleja en cada una de las agresiones, siempre dirigidas a colectivos susceptibles de ser considerados inferiores en la escala social. Las supuestas bromas no son nunca contra figuras de autoridad como un policía o un juez, ni contra profesiones bien consideradas y remuneradas. Se atenta contra la dignidad del repartidor, no contra la de un banquero. Que quien se ríe de un sin techo, con un elemento tan doloroso y primario como la comida, se justifique diciendo que al menos le dio una buena limosna expresa con claridad la percepción de que, en último término, hasta los derechos más básicos pueden ser burlados previo pago.

Quizá el asunto en sí no tenga más recorrido, quizá en poco tiempo alguien defienda, como se hace en otros ámbitos, que la libertad de negocio está por encima de la dignidad de las personas, quizá alguien responda a una de estas agresiones y la cosa termine mal. La precaución nos dice que cuando en el ámbito del entretenimiento, pensado a menudo para ocultar las tensiones subyacentes, estas se empiezan a manifestar de forma clara es que tenemos un problema con nuestros valores, pero sobre todo con el aparato ideológico que los genera. Tómenselo como quieran, pero nunca dar al play fue menos inocente.

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Daniel Bernabé

Daniel Bernabé

LM51 – Julio/Agosto 2017

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