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Ciudad Viva

El milagro del documental ‘Ciutat Morta’ es, para el autor, la organización múltiple que permitió su elaboración

<em>Ciudad Viva</em>
Los directores de ‘Ciutat Morta’ rechazaron recoger el premio Ciutat de Barcelona de manos del alcalde Xavier Trias

Artículo publicado en el número de enero de La Marea, disponible en nuestra tienda virtual

Mientras escribo estas líneas, Cataluña sigue conmocionada tras la proyección en TV3 y con récord de audiencia del documental de Xavier Artigas y Xapo Ortega Ciutat Morta, sobre el caso 4-F. Por si no han podido verlo o no recuerdan los hechos: en 2006 y durante el desalojo de una fiesta, un guardia urbano quedó en coma por el impacto de una maceta. A partir de aquí, una espiral de represión, estupidez y maldad acaba con cuatro jóvenes inocentes en prisión después de haber sido torturados y con el suicidio de Patricia Heras, una de estas víctimas.

Fue un caso escandaloso que movilizó a los movimientos sociales de la ciudad, indignados pero no sorprendidos con la actuación fascista de los mossos y la Guàrdia Urbana en Barcelona. Pero que, sin embargo, dejó absolutamente fría a la prensa mainstream (El Periódico, El País, La Vanguardia y TV3), que sabían del caso y no sólo lo ignoraron sino que lo enterraron gustosísimos.

Eran años sin crisis ni corruptos, puesto que había dinero suficiente para todos, y no iba uno a meterse a defender a perroflautas frente a tanto hotel en construcción. Quién querría escuchar a chicos “de estética antisistema” entorpeciendo el relato del entonces munífico ayuntamiento inmerso en esa gran operación, Marca Barcelona, de saqueo urbano. Hoy, mira tú, las lágrimas de cocodrilo-periodista nos inundan. Hoy todo el mundo se indigna al descubrir cómo se forjó (don’t ask, don’t tell) la unanimidad sobre el modelo de crecimiento. Hoy tienen que aceptar todo lo que no quisieron entender.

Y uno, desde Barcelona, piensa en Alfon, cómo no. Y en Resistencia Galega y l@s compañer@s anarquistas detenid@s en Zaragoza y en los de la operación Pandora y, claro, los 16 detenidos en Euskadi este mismo enero y en Arnaldo Otegi, que ahí sigue. Tantos y tantos nombres de represaliados, hostiados, torturados y traicionados por una entidad que nunca fue depurada de franquistas pero que sigue autodenominándose justicia democrática. Un poder que continúa tan campante haciendo eso que tanto le ha gustado hacer a lo largo de 200 años: juicios políticos. Porque ya se sabe, lo sabemos muy bien. La disidencia, por mínima que sea, en España se paga. Y bien pagá.

Y ahora la parte buena. El milagro del documental no es su pase en prime time por una tele pública. El milagro es la organización múltiple y constante que permitió su elaboración. La potencia simbólica y política de su estreno el verano del 2013 tras okupar y rebautizar un cine abandonado como Cinema Patricia Heras. La existencia (en Barcelona también y aún) de focos de vida. De vida resistente a todo asalto y a todo desaliento. La demostración palpable de que debemos seguir construyendo nuestras propias instituciones de organización y politización. De que debemos (es vital) construir nuestras propias herramientas, canales y armas periodísticas y de comunicación (besote a La Directa, que siempre estuvo ahí).

Y no estoy hablando ahora, quede claro, sobre la pertinencia y eficacia de ningún proceso de asalto a la institución burguesa por vía electoral ni tampoco de ninguna panoplia municipalista para la gestión de los recursos locales. Me refiero a lo que queda afuera. De aquello y de aquéllos que quedan siempre en el exterior, a la intemperie del sistema. Gente de todo pelaje, género e ideología. Gente que utiliza todo tipo de tácticas y prácticas. La gente que nos recuerda que siempre necesitaremos a personal bien formado en las calles. Siempre necesitaremos la intransigencia y la radicalidad. Y es y será así porque ellos nunca renunciarán a la violencia que es, bien sabemos, la esencia misma de todo Estado.

Como barcelonés que se siente a menudo un espectro vagando por una ciudad, no muerta, sino asesinada, el docu de Artigas y Ortega es una señal potente de vida política. En estos tiempos de fe absoluta en el método electoral/pactista/institucionalista como generador de cambio, Ciutat Morta nos pone alerta. Alerta sobre luchas que sólo podremos ganar desde abajo y usando las uñas y los dientes.

Antonio Baños

Antonio Baños

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