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“Hacer un ERE teniendo beneficios, eso sí que es un trabajo indigno”

“Hacer un ERE teniendo beneficios, eso sí que es un trabajo indigno”
El autor del libro, Javier López Menacho. ANA PORTNOY
04 de abril de 2013
18:47

BARCELONA // Javier López Menacho tiene 30 años y ha pasado el último año y medio transitando entre empleos precarios. Promocionando una marca de chocolatinas vestido de chocolatina gigante, como auditor de máquinas de tabaco de bar en bar o de speaker de los partidos de la selección en el cine de un centro comercial. En algunos empleos le pagaban menos de 5 euros la hora, si llegaba a cobrar, y siempre estuvo contratado por una empresa que a su vez estaba subcontratada por otra, que a su vez lo estaba por una tercera… Recopiló todas esas experiencias y las ha plasmado en el libro Yo, precario, que tras sólo dos semanas a la venta ya prepara su segunda edición.

Tras estudiar la carrera de Turismo, dejó Andalucía y se marchó a Barcelona “liándose la manta a la cabeza” y persiguiendo su sueño de ser escritor. Nunca dejó de escribir, aunque confiesa que tras publicar su primer libro está “más cerca que nunca” de lo que quería hacer. Conversa con La Marea en una cafetería del barrio de Gracia, donde vive. Pide una tapa de tortilla porque ha encadenado varias entrevistas y aún no ha comido, aunque son las ocho de la tarde.

¿Qué te impulsó a escribir tus experiencias como trabajador precario?

Me sirvió de catarsis personal. Estaba pasando un complicado momento laboral y, de alguna manera, la literatura me recogió y me dio un sitio donde establecerme y donde pensar qué diantre estaba sucediendo. Me dio una oportunidad.

¿Solías escribir?

Llevo 15 años escribiendo. Para mí es una manera de vivir. Lo que pasa es que por entonces sólo había publicado un micro relato, artículos y poca cosa más. Siempre digo que un escritor no sólo es el que publica, un escritor puede serlo aunque no publique. Yo me siento escritor. Lo que pasa es que hasta este momento no había tenido la oportunidad de editar. Y ahora, además, un poco a lo grande, con Manuel Rivas de prologuista, Miguel Brieva haciendo la portada… Enrique Murillo, que es un dinosaurio de la edición en España… ha sido un cúmulo de circunstancias en este caso muy favorables para mí.

Entrando en lo que cuentas en el libro, ¿cómo se gestiona la angustia por la inseguridad laboral?

Te agarras a tus deseos y a tus ilusiones y buscas la manera de hacerlas posibles. Yo me vine a Barcelona después de haber emprendido como socio en una empresa de proyectos educativos, y vine liándome la manta a la cabeza intentando ser escritor, que era mucho más complicado. Yo no creo que la solución a los problemas laborales de nuestra generación sea huir. Ni ese viaje aventurero al que los políticos aluden. No es aventurero, es necesidad.

¿En algún momento piensas que quizás esa situación no será temporal, sino que puede convertirse en la habitual?

Te autoengañas un poco. Te crees que vas a pasar esa racha, que son dos días, dos meses, medio año, y al final te tiras un año, que es lo que estuve yo, en una situación laboral durísima. Aprendes a sobrevivir, rebajas el gasto, no sales tanto, no compras tantos libros, y te terminas acostumbrando de alguna manera. Y luchas cada día, te levantas y tiras para adelante, y coges trabajos que a lo mejor no hubieras hecho en otra época de tu vida.

¿El humor ayuda a sobrellevar este tipo de situaciones?

Sin duda, te ríes de ti mismo, y te ríes de situaciones, de ese tipo de trabajo, y de las situaciones que se dan en ese tipo de trabajo. Y es, como era la literatura, agarradero, donde te sujetas fuerte para pasar esa situación y seguir camino de lo que quieres hacer con tu vida, que es, ni más ni menos, ganártela dignamente.

Parte de ese humor se refleja en el libro

Escribía las crónicas muy a lo gonzo, es decir, llegaba a casa y escribía. Y luego, cuando me di cuenta de que había un material importante, ya pensé en el libro como una novela. Las crónicas eran mucho más sesudas, más pensadas. En el principio, sobretodo son crónicas más duras. Pero la gente me dice que es un libro lleno de humor. Si hace reír, bienvenido sea. Yo creo que se maneja entre el humor esperpéntico y la ironía, o quiero creer que ahí es donde se maneja, porque ser precario no es una cosa que haga reír. Todo lo contrario.

¿En estos empleos coincidiste más con gente joven o con gente mayor?

De todo. Desde el chaval de 18 años, hasta la mujer que tiene un niño y han echado al marido de la empresa de arquitectura y no le queda otra. Te encuentras muchísimos perfiles sociales, porque la precariedad, por desgracia, hoy en día no es una propiedad absoluta de los jóvenes, es una cosa que está en todos los regímenes sociales.

¿Viven distinta su situación?

Los más jóvenes no dudaban en dejar el empleo. Los más mayores tenían la perentoria necesidad de cobrar un dinero para llevar todo lo que tienen encima. Los jóvenes, como no tienen esa presión, lo dejaban con mucho menos reparo.

¿La dignidad de la persona sufre más estando en paro o en un empleo precario poco valorado socialmente?

Depende del caso. En general, el paro te hace una herida lenta y muy difícil de cicatrizar, porque has perdido tiempo de tu vida, no te encuentras, es una mala época. Y en general creo que el paro es más duro. De hecho, había trabajos en los que trabajaba aún cobrando menos que la posible ayuda que podía tener. Uno se siente trabajador en cualquier trabajo. Y eso te hace sentir bien, sales de casa, te aireas, te relacionas con personas y haces algo que en teoría es productivo. Entonces te sientes bien. Pero claro, en la precariedad, cuando llega este día veintitantos y ves ese poco dinero que te pagan, si es que te pagan, te vuelves a sentir mal. Pero no tanto como un parado, yo creo que el paro es el abismo.

Hablas del cambio de percepción sobre el paro, de lacra a “tabla de salvación”…

Antiguamente el paro era una cosa que se ocultaba. Tú estabas en paro y no lo decías, no te gustaba… hoy en día es la salvación. Muchas veces contaba los días que me quedaban para tener paro. Claro, son seis meses como poco en los que recibes una compensación económica, y con eso pagas las cosas básicas: tu habitación y tus gastos de comida. Además, si tienes alguna idea lo mismo se te ocurre la manera de emprender mientras pasa ese paro. De alguna manera ha cambiado la percepción del paro, y creo que eso no es nada bueno, sino un drama social enorme en el que la gente está viendo el paro como un lugar donde descansar de un sufrimiento lineal.

¿Indicativo de cómo está la situación?

Totalmente, estamos hablando de cinco millones de parados. El año que viene muchísimos de ellos no tendrán ya ninguna compensación económica. Serán personas abandonadas a la mano de dios y a ver quién ampara a esas personas y quién les da las condiciones sociales mínimas dignas. Y es que eso es un drama.

¿Puede haber vergüenza, o pudor, a trabajar en según qué empleos, sobre todo por cómo puede verse en el ámbito familiar, los amigos…?

Totalmente. Hay empleos que están mal considerados, que parece que son indignos. En el libro hablo bastante de la dignidad laboral, que es casi cualquier trabajador que haga algo digno. Menos extorsionar o robar, o algo así, caso todos los trabajos me parecen dignos. He aprendido a respetar todo tipo de trabajos. Ahora, la sociedad está a años luz de hacer eso. Estando disfrazado de mascota, en el descanso, vi como un amigo mío estaba en el mismo centro comercial. Mi primera reacción fue vergüenza absoluta. Porque había interiorizado que eso es un trabajo del que te tienes que avergonzar. Y para nada. Hoy en día me parece un trabajo absolutamente digno y del que me siento muy orgulloso de haber pasado.

De hecho, en el que muestras un poco de contradicción interna es en el trabajo para una gran compañía telefónica…

Me consideraba un poco topo. No estoy a favor de determinadas empresas que hacen un ERE teniendo beneficios. Eso si que lo veo un trabajo indigno, esa persona que decide hacer un ERE para muchas personas, que es el sustento principal de su vida, y lo hace desde un despachito con su amigos empresarios, aun teniendo beneficios.

¿Cómo tratabas de solventar esa contradicción?

Yo tenía que dar una bicicleta, sortearla, y buscaba los perfiles sociales bajos, que necesitaran una bici para ir al trabajo, para los niños… para que no se tuvieran que gastar dinero en un regalo. Tenía dudas de mí mismo, y eso lo tenía que solucionar de alguna manera. Mi única manera fue buscar a alguien que le pudiera ser útil la bicicleta.

¿Has experimentado competencia entre los trabajadores precarios?

En la precariedad existe más el compañerismo que la competencia. La mayoría de compañeros eran muy buenas personas. El problema no es el precario sino el que está encima del precario. Ese es absolutamente competitivo. Un animal voraz y capitalista que lo único que quiere es el máximo beneficio económico. Y en esta escala sí que vi cosas que me parecían lamentables.

¿Como cuáles?

Por ejemplo, una de las bicicletas se la quedó uno de la tienda de la compañía de teléfonos. Esas bicicletas no estaban para esto, estaba para que se las llevaran personas de la calle. Cosas así, o algún coordinador que esté ahí pendiente de irse pronto, de que tú te quedes, cosas de no excesivo compañerismo. Esas cosas se ven y el precario lo padece.

Hace apenas un año trabajabas vestido de chocolatina gigante y ahora vas de plató en plató presentado el libro…

Sí, y de lo que me he dado cuenta es que determinada prensa tiene un tono muy destructivo. Busca el morbo, y me preguntan con cuánto dinero pasaba un mes, cómo era el cuartucho en el que vivía… El libro es un testimonio para que se debata sobre lo que está pasando, no para cebarse con una persona.

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