La memoria de las fronteras

Un soldado monta guardia a lo largo de Kitton en la frontera con Afganistán en Waziristán del Norte, Pakistán. REUTERS / CAREN FIROUZ

"Europa está trufada de heridas abiertas, fronteras sangrantes, resentimientos y odios atávicos", escribe el autor

Las fronteras son las cicatrices de los territorios, testimonios indiferentes del dominio de príncipes, invasiones de reyes o tratados de ministros. Desde el limes romano, simple observador de la expansión bélica del Imperio, las fronteras siempre han soportado guerras, expolios coloniales, abusos de los poderosos y hegemonías nacionales. Es en siglo XIX cuando la nación en el sentido moderno se afianza y se consolida con la irrupción del Romanticismo en el continente. Surgen las historias nacionales que ensalzan el pasado épico y las glorias medievales, renacen las lenguas nacionales –bretón, gaélico, catalán, vasco…- y se pergeñan las identidades nacionales. Ha nacido, en fin, el nacionalismo. Europa, además, cambia radicalmente su fisonomía con el surgimiento de nuevos Estados: Alemania –que aglutinará 40 Estados hanseáticos, ducados, principados y electorados–, Italia, Grecia y Bélgica. Las naciones, pues, son mucho más jóvenes de lo que suelen relatar las historias nacionales. La locomotora europea, por ejemplo, apenas tiene 150 años.

El colonialismo europeo se encargó de propagar urbi et orbe uno de sus productos estrella. A fin de administrar más eficazmente la tarea civilizatoria y su consiguiente afán depredador  –“la pesada carga del hombre blanco” a la que aludía el muy imperial Rudyard Kipling– los recién llegados se afanaron, compás y cartabón en mano, en rotular con líneas arbitrarias el territorio asignado con consecuencias tan desastrosas, incluso hoy en día. El reparto de África se tradujo en la exclusión y el aislamiento de comunidades, pueblos y regiones que ha provocado conflictos territoriales y guerras sangrientas. Desmantelar las fronteras coloniales fue un proyecto panafricano presente en los anhelos emancipadores  de los padres de las independencias del continente, convenientemente extirpado desde las metrópolis coloniales. La británica Línea Durand, frontera entre Afganistán y Paquistán, se perfila en 1893 a través de casi 3.000 kilómetros, dividiendo en dos la nación pastún y convirtiéndose en una de las causas de la guerra permanente que se vive en la región. Mark Sikes y François Picot, diplomáticos británico y francés respectivamente, se repartieron con tiralíneas las áreas de influencia de Oriente Medio que correspondían a cada potencia. La tragedia palestina y la barbarie sin salida de la región son el resultado. Una de las reivindicaciones de Dáesh, precisamente, es revertir los efectos de Sykes-Picot.

El Estado-nación y sus mecanismos subordinados –las fronteras, entre otros- alcanzó especial fulgor  en Europa a lo largo del siglo pasado y es en Europa donde se decide también superar esa etapa. Según el historiador Tony Judt, “la Europa posnacional pacífica y cooperativa de los Estados providencia no ha nacido del proyecto optimista de los euroidealistas. Es la hija vulnerable de la angustia”. En 1945, el expansionismo, los “espacios vitales”, el militarismo y la barbarie fascista convirtieron Europa en un territorio mísero y devastado asentado sobre un camposanto de 50 millones de muertos. Ya desde entonces, los fundadores de la idea paneuropea –Schuman, De Gasperi, Adenauer, Monnet…– se dieron a la tarea de reconstruir un espacio libre de las causas de la ignominia. De hecho, en Europa, desde 1815, se han producido 67 alteraciones fronterizas y a lo largo del siglo XX se han sufrido 17 conflictos bélicos, además de las dos guerras mundiales.

Viejas rencillas greco-turcas

No hace demasiado, los Acuerdos de Dayton cerraron en falso el drama yugoslavo. Han pasado casi 25 años y las elecciones en Bosnia-Herzegovina siguen mostrando la prevalencia del voto étnico y no hay día que no se especule con la integración de la República Srpska en Serbia y la asimilación del territorio étnicamente croata de la Federación croato-musulmana en Croacia, lo que dinamitaría la joven república de Bosnia-Herzegovina. Otra exrepública yugoslava, Macedonia, ha creado una grave crisis en el gobierno griego –la formación Griegos Independientes, que apoyaba al presidente Tsipras, ha abandonado recientemente la coalición de gobierno- y manifestaciones multitudinarias en Atenas.

En este caso, el contencioso radica en la nomenclatura utilizada para designar la nueva república, inadmisible para los griegos que consideran que usurpa la identidad y los símbolos helenos y, por otro lado, podría desembocar en reivindicaciones territoriales por parte de la nueva república de un territorio histórico compartido por Bulgaria, Grecia y la actual Macedonia del Norte.

Los nacionalistas griegos de hoy mantienen viva lo que se dio en llamar la “Gran Idea”, un proyecto surgido en el siglo XIX, presente en la política exterior desde entonces, que consiste en unificar a todos los griegos en un solo Estado-nación con capital en Constantinopla. El delirio irredentista tomó fuerza tras el Tratado de Lausana de 1923, que revalidó el fin del imperio otomano, pero que se tradujo en un descomunal intercambio de poblaciones: 1,7 millones de griegos que habitaban desde hacía 3.000 años en Asia Menor fueron expulsados de sus casas y 700.000 turcos de Grecia tuvieron que regresar a Turquía. Ninguno de los dos pueblos ha olvidado el dolor de las deportaciones masivas que terminaron con comunidades con presencia milenaria y los rescoldos de odio siguen encendidos en el caso de la parte septentrional de Chipre, que el ejército turco ocupó en 1974.

El irredentismo turco, a su vez, basa su relato en el “Juramento Nacional”, una solemne declaración del último parlamento otomano el 12 de febrero de 1920. El documento menciona a aquellos territorios arrebatados que jamás serán olvidados: Tracia occidental, las islas del Dodecaneso y Chipre, bajo actual soberanía griega, el norte de Siria (Alepo, Idlib…) y el norte de Iraq (Mosul). Hace justo un año, en febrero del 2018, el presidente Recep Tayyip Erdogan pronunció un discurso a raíz de una ofensiva militar al norte de Siria que demuestra la vigencia de la memoria imperial otomana: “Se equivocan los que creen que hemos borrado de nuestros corazones las tierras de donde nos retiramos llorando hace 100 años. Decimos en cada ocasión que Siria, Iraq y otros lugares del mapa de nuestros corazones no son diferentes de nuestra propia patria. Donde quiera que se oiga el llamado a la plegaria, nosotros luchamos para que no se agite una bandera extranjera”. Meses antes de ese discurso, Kemal Kiliçdaroglu, líder del Partido Republicano del Pueblo (CHP, laico), anunciaba que en 2019 Turquía invadiría 18 islas griegas en una acción similar a la invasión de Chipre. El “Juramento Nacional” en todo su esplendor…

El primer ministro húngaro, Victor Orban, durante una declaración en Alemania, en enero de 2018. REUTERS / MICHAELA REHLE

El frenesí ultranacionalista en el centro de Europa está personificado en el veterano presidente húngaro Viktor Orbán, líder del conservador Fidesz (Unión Cívica Húngara) en el poder desde 2010 y nostálgico de la “Gran Hungría”, aquel Reino de Hungría que el Tratado de Trianón (1920) amputó en sus dos terceras partes. El pensamiento de Orbán, ultranacionalista, xenófobo y furibundo anticomunista, reivindica un pasado más que polémico, con figuras como la del regente y colaboracionista del régimen nazi Miklós Horthy.

Los libros de texto no se han librado de la cruzada del gobierno de Orbán: los estudios de literatura han incorporado numerosos autores abiertamente antisemitas y pronazis del período de entreguerras. Su guiño a la diáspora cercana de magiares ha provocado no pocos conflictos con los países vecinos. El gobierno húngaro ha repartido pasaportes a los 2,5 millones de magiares que viven en las regiones fronterizas que hoy pertenecen a Rumania, Ucrania, Eslovaquia y Serbia. Los odios encontrados entre rumanos y húngaros sobre la propiedad de la región rumana de Transilvania en las redes sociales y en los foros son especialmente reveladores. Lo llaman la “guerra de los dacios”. En este sentido, Orbán dispone de un aliado excelente en el partido ultraderechista Jobbik (Movimiento para una Hungría mejor) que reivindica sin ambages la Voivodina serbia, Burgenland, una región austríaca, el 66% de Croacia, la Transilvania rumana y la totalidad de Eslovaquia. Poca broma: en las elecciones de abril de 2018 obtuvo el 20% de votos y es la segunda fuerza de la Asamblea Nacional.

En Holanda, la segunda fuerza de la Cámara de Representantes, el Partido por la Libertad de Geert Wilders, islamófobo, antiinmigración y nacionalpopulista, ha solicitado abiertamente la partición de Bélgica y la anexión de Flandes, con el aplauso entusiasmado de los ultras flamencos del Vlaam Belang. Si así fuera, el movimiento rattachiste(“reunionista”) ganaría adeptos y Valonia pasaría a ser un departamento francés más.

La Gran Albania también provoca inquietud. El anterior primer ministro Sali Berisha no dudó en reivindicar en 2012 una patria “desde Preveza a Presevo, y desde Skopje hasta Podgorica”. Conviene aclarar que esta nueva patria arrebataría miles de kilómetros cuadrados de territorio griego, serbio, macedonio y montenegrino. 

La cultura devaluada

El listado no es exhaustivo. Donbas, Gibraltar, Ceuta y Melilla, Transnitria, Osetia, Abjasia…  El continente es un campo propicio para repetir pasados indeseables. Más allá de los contenciosos territoriales más conocidos y de diversa índole –Bretaña, la Padania italiana, Irlanda del Norte, Flandes, Euskadi, Cataluña, Escocia…–, Europa está trufada de heridas abiertas, fronteras sangrantes, resentimientos y odios atávicos. Solo falta añadir ese líder carismático que inflame los ánimos, apele al pasado mítico y reivindique territorios irredentos para que Europa, de nuevo, se incendie.

Europa, hoy, está gravemente herida. En paralelo a la apertura del espacio Schengen, presidencias, parlamentos, alcaldías y organismos diversos han sido sutilmente corroídos por los mismos valores abyectos que precipitaron Europa al abismo. El 26 de mayo hay elecciones europeas y los sondeos no auguran resultados esperanzadores. El Parlamento europeo albergará otro aluvión de diputados de extrema derecha, ultranacionalistas, populistas o abiertamente fascistas que podría finiquitar la placidez –cuestionable, eso sí– del bipartidismo –populares y socialdemócratas– que durante los últimos 40 años ha dominado Europa. Y la novedad radica en que, en esta ocasión, también podrían copar un buen puñado  de comisarías de la Comisión.

El proceso de erección del edificio europeo no ha sido nada fácil. La Europa de los mercaderes, finalmente, ha prevalecido sobre la Europa de los pueblos,  y la cultura, argamasa fundamental para la obra, se ha convertido en un insignificante valor fiduciario de la economía. Una casa común requiere de sosiego, deconstrucción y generosas concesiones. Y, precisamente, en estas tierras belicosas el héroe victorioso ensalzado por nuestros vecinos es el verdugo de nuestros abuelos. Y viceversa. Así consta en demasiados manuales escolares de todos los rincones de Europa. 

aportacion la marea

Joan Palomés

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Comentarios

3 respuestas a “La memoria de las fronteras”

  1. Ahora hace un siglo; terminada la Iª gran confrontación bélica y, la conquista de la Democracia Consejista en el país + viejo y atrasado de La SooZiAl EuriOpa. El ejer. ErroJo de los Soviet y del General de generales el Comisario Trotsky, fue atacado x 21 ejer al mismo tempo pero no pudieron. Lo q si pudieron a partir de ahí, el ir Matando hasta cien millones de PaArTiZaAn@z, para q a la OlIGaArKiA local y global, no le hicieran revolución. Aquello y su consiguiente destrucción, hizo posible su criminal milagro económico y, les dio otro siglo + de tiempo.. Pero hoy; la cultura productiva superior de los chinos, ha puesto de nuevo a rodar a paso de vértigo, la rueda de la DiAlEzTiKa de la vida.. Serán capaces de MaTaAr a cuatro mil millones si fuera necesario para seguir sojuzgando??? Ya será demasié..

  2. Bértol Brecht nos dijo, q aquellos representante elegidos en el emergente fascismo; solo eran muñecos de ZiIrko, q el OrIGen estaba en LaKaAzTa dominante.. Sigmund Freud, ante el emergente fascismo y, con cuidado x q el S. «Oficio» seguía vigilando, dijo aquello, de q en un mundo de IdDioTaAz, el q no lo fuera, mejor lo aparentase…X cierto, ElAteLaAnTiKo, AteEnAz, LaErroMa, AlEmanIa, OlAnDa, IzLaAnDiA, IrLaAnDa, PaRiIz FeRaAnZiA, MaDiRiIz EzpaÑa, y mil +, son epónimos sinónimos NaBaArZaAlEz, de LaAnTiGuA LeEnGuA y, nomenclátor ZiLaBiKo. Del comunismo primitivo. De ahí la palabra Revolución Volver, y de nuestra ancestral consigna AmaIaDaAsierRa, donde dice Fin Principio ó, viceversa.. En la esclavocracia y servilismo, una parte de las MaZaAz no engañadas, querían volver a.. Hasta entonces habían convivido SooZiAlMenTE constituidas..

  3. Al fín y al cabo, los amos del mundo, los amos de las naciones, son los dictadores capitalistas. Los mercados, como también se les conoce.
    Proletarixs del mundo entero, ¡unámonos! para hacerles frente todxs juntxs.
    Estamos ante una grave emergencia en la que nos jugamos derechos, libertades, equilibrio y salud del planeta y por tanto la nuestra propia.

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