La agricultura que se resiste a ser engullida

Jordi trabaja en su campo. Al fondo, el barrio Ciudad Cooperativa de Sant Boi. BRU AGUILÓ

El Parque Agrario de Baix Llobregat, uno de los últimos oasis verdes cercanos a Barcelona, resiste el enjambre de autovías y la proliferación de polígonos industriales

QCerca de Barcelona, a pocos kilómetros de un aeropuerto que recibe millones de personas a la semana, en la ribera del río Llobregat, crece la vegetación espontánea y terca, sin asustarse por las capas de cemento que han conquistado la línea del horizonte. Cañizos, juncos y prados húmedos se abren paso. Al río, vía de comunicación y comercio de primer orden durante la época romana, lo llamaban Rubricatus (río rojo), por el color rojizo que teñía sus aguas. Ahora su tono es más bien marrón y se ven densas algunos días del año, aquellos en los que los baixllobregatins prefieren mirar hacia otra parte para no ver cómo su río arrastra residuos de los polígonos aledaños. Sin embargo, esa es el agua que riega los cultivos de las parcelas del Parque Agrario del Baix Llobregat, un ejemplo de agricultura periurbana que se resiste a ser engullida por la voracidad turística de Barcelona. 

La buena calidad del suelo y la proximidad a la capital hizo que los productos procedentes de la agricultura del delta fuesen los principales proveedores de la ciudad hasta principios del siglo XX. Estos productos hortofrutícolas llegaron a venderse incluso en mercados europeos. Los campos del Parque Agrario en el área metropolitana de Barcelona son un oasis en medio del ritmo frenético y las prisas. La dimensión urbana de la capital catalana y su ruido desaparecen aquí y, como un espejismo, se aprecia un delicado equilibrio entre ciudad y campo. Y es en ese campo, en esas parcelas, donde un escuadrón de payeses, algunos jóvenes y otros con la jubilación en los talones, resisten y continúan trabajando en un negocio a la baja: la agricultura. A un lado, tomateras, lechugas, cebollas, calçots, habas y frutales; al otro, las vías del AVE, un puñado de rascacielos que anuncia la entrada a Barcelona y la metrópoli en sí misma, imponente.

Una vida entre cultivos

Ciscu tiene 62 años y más de dos décadas a sus espaldas cuidando del terreno familiar. Le ayudan sus hermanos, Jordi y Josep. “Aunque Josep cada vez menos”, dice entre risas y reproches. Se mueve despacio entre los cultivos y los mira con cariño, los conoce al milímetro. También los mira con tristeza: este año los calçots y las cebollas no han funcionado. “No sé qué ha pasado con los calçots, quizás la semilla fuese mala. Lo de las cebollas… Bueno, han ido mal porque las planté fuera de tiempo y me cogió el frío”. Aquí, en el término municipal de Santa Coloma de Cervelló, colindante con Sant Boi, algunos campos quedan demasiado apartados del Llobregat para beneficiarse de la humedad, que es la que evita que las frutas y verduras se hielen durante las noches de invierno. Ciscu vende sus productos en Mercabarna y a los vecinos y vecinas del barrio, ya que monta un puesto en su casa semanalmente, pero “ahora en invierno hay poco movimiento”, se queja, al tiempo que dirige la mirada hacia los árboles frutales. Los señala: “Son los de mi padre, yo no he plantado ningún frutal nuevo.

Ahora están viejos”. Tiene ciruelos de varias clases, higueras y algunos perales repartidos entre varias parcelas, pero los árboles se están empezando a morir de viejos. “Ahí tengo la ciruela japonesa, que se vuelve grande y amarilla. Es muy delicada. A veces, si la coges demasiado madura, con el vaivén del coche se abre. Y por allí tengo la claudia, no es auténtica, pero se vuelve grande y dorada. Las higueras [resopla, cansado], las higueras han crecido demasiado”. Ciscu no come ciruelas y es alérgico a los higos

agricultura
Ciscu posa en el campo familiar en el término municipal de Santa Coloma de Cervelló. BRU AGUILÓ

José, de 78 años, también tiene una pequeña parcela en el Parque Agrario, pero solo produce para consumo propio. La alquiló hace más de 20 años y a pesar de que le da “más disgustos que alegrías” está contento con lo que va produciendo. Tiene un huertecito con hortalizas, que se le inunda cada dos por tres. «Lo hago por hobby, me gusta venir aquí y cuidar de mis verduras, pero no me sale demasiado a cuenta, ya que se inunda con facilidad. El terreno no es poroso, pero ¡qué le vamos a hacer!”. Se queda pensativo unos segundos: “Este año había plantado 12 kilos de calçots y estaban preciosos, pero se inundó la parcela hace unas semanas, cuando hubo una tromba de agua. ¿Qué hago? ¿Dejo de tener huerto?”. 

La tierra que Ciscu cultiva era de sus abuelos, pero su padre adquirió una parcela más en 1979. “Mi madre tenía una tiendecita, y pensaron que podrían vender lo que cultivasen en la tienda. Pero al año de adquirir la parcela mi madre murió”. Ciscu, que había estudiado arquitectura técnica, volvió al campo cuando ya tenía 40 años. 

Se acerca la hora de comer y Ciscu responde a una pregunta compleja: “No sé quién se quedará todo esto cuando yo me muera, quizás mi sobrino, pero no creo que quiera venir aquí a trabajar”. La pérdida de trabajadores y el envejecimiento de estos en las últimas décadas es uno de los retos del sector agrario. “Es fundamental incorporar gente joven, fomentar la competitividad de las explotaciones agrarias y dar más ayudas a la producción”, dice Josep Espluga, director de la Diplomatura de Posgrado de Dinamización Local Agroecológica de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) y colaborador del Grupo de Investigación sobre Agricultura, Ganadería y Alimentación en la Globalización (ARAG-UAB). 

Si bien hay una nueva generación de gente con estudios que se quiere dedicar al campo, esta opción es muy minoritaria. “Muchas de las personas jóvenes que deciden hacerse agricultores, lo hacen en condiciones de autoexplotación”, dice Espluga. El hecho de estar tan cerca de Barcelona, con una potente oferta de trabajos en el tercer sector, no ayuda: vincularse a la tierra no suele ser una opción laboral considerada por la juventud.

Otro de los problemas identificados por Espluga es la creciente presión urbanística y la especulación en la periferia de Barcelona: “En el área metropolitana de Barcelona ahora se están cultivando entre 4.000 y 5.000 hectáreas, y hay entre 4.000 y 5.000 más que se podrían cultivar pero que en estos momentos están abandonadas; y lo están porque algunos de sus propietarios quieren que se recalifiquen los terrenos para construir urbanizaciones y poder vender. Hay muchísima presión urbanística en la zona y eso hace que el valor del terreno sea muy alto. Con lo poco que da la agricultura, es comprensible que haya gente que quiera vender”, dice Espluga. 

No obstante, el Parc Agrari está sujeto a una serie de regulaciones que lo protegen de esta especulación urbanística que caracteriza la zona. “Hoy por hoy, el Parc Agrari está muy protegido territorialmente. Es así desde principios de los 2000”, asegura Gemma Francès, gerente del Consorci del Parc Agrari del Baix Llobregat, que prosigue: “Sí que es cierto que los alrededores están muy urbanizados pero el suelo del Parc Agrari está definido como rústico-agrícola, y todos los agentes que quieren hacer algo en él están sujetos a esa norma de uso”.

Cuando hace unos años el magnate Sheldon Adelson proyectaba construir Eurovegas, un complejo de ocio, juego y negocios, en terrenos del delta dedicados a la agricultura, la ciudadanía baixllobregatense levantó la voz en su contra y consiguió echar a los inversores. “Pero ¿qué pasará si se decide construir un complejo hospitalario en los terrenos agrícolas?”, se pregunta Espluga, quien se muestra más pesimista.

En lo que dura la conversación, pasan varios AVE a apenas unos metros. Cuando se recalificaron los terrenos para construir la línea del tren de alta velocidad, a los payeses de la zona se les pagó relativamente bien. Ciscu tenía un campo al lado del río, y Fomento se lo expropió forzosamente, así que no le quedó otra opción que vender.  “Ahora esas tierras no valen nada”, asegura.

Una oportunidad para la sostenibilidad

El cambio climático y la futura falta de petróleo obligan a promover políticas de adaptación y mitigación de sus efectos. Por ello, como destaca Espluga, “es conveniente y necesario tener tierra cultivable cerca de los núcleos urbanos, es decir, en las áreas metropolitanas”. Esto no solo pasa por mantener vivas las zonas verdes periurbanas y dar incentivos al suelo rústico, sino también por fomentar, por parte de la administración, el consumo de productos de kilómetro cero. En este sentido, los especialistas coinciden en que será importante fomentar la actividad agraria del área metropolitana de Barcelona.

En 2015, 139 ciudades del mundo (entre ellas 11 españolas) se adhirieron al Pacto de Política Alimentaria Urbana, también conocido como el Pacto de Milán, que formula recomendaciones a las ciudades para promocionar políticas alimentarias locales. Eso se podría hacer, según Espluga, identificando tierras cultivables, formando jóvenes que se quieran dedicar a la agricultura en las zonas periurbanas o estableciendo canales de distribución directos (cooperativas de consumo, mercados de payés, cestas ecológicas, comedores escolares…), entre otras medidas. En el caso de España, Valencia es la ciudad que más ha avanzado en esta línea. “En Valencia siempre ha habido un movimiento muy fuerte de protección y reivindicación de L’Horta. Ello ha encajado muy bien con las directrices del Pacto de Milán”, explica Espluga.

Llega la hora de comer, pero Ciscu no muestra signos de impaciencia. De hecho, resulta entre curiosa y extraña, incluso inquietante, la sencillez con la que parece tomarse la vida. Asegura que no tiene hijos porque nunca ha tenido un duro. “Para hacer dinero en el campo necesitas producir mucho, y ni aun así. Si tienes mucha producción de un producto y ese año falla, te quedas a cero. Si diversificas, nunca te sale a cuenta. A esto súmale sulfatos, el abono, los impuestos, la inestabilidad climática, las plagas… Y si tienes que contratar a alguien, mejor que te vayas a casa”. Ríe. A pesar de todo, Ciscu sonríe. Lanza una mirada al riachuelo que riega los cultivos, procedente del río Llobregat. “Mis abuelos bebían de aquí directamente, yo no lo haría ni muerto”, sentencia. 

aportacion la marea

Queralt Castillo Cerezuela

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Comentarios

3 respuestas a “La agricultura que se resiste a ser engullida”

  1. Miguel:
    Tu hablas de agricultores, digamos, solventes y yo estoy hablando de la agricultura de subsistencia, ésta no tiene medios para comprar la mecanización de la que disponen los agricultores solventes o «mediana empresa» ni tampoco tractores con aire acondicionado.
    Además la política agrícola de la UE va en contra del pequeño agricultor: le ha ido recortando las ayudas y subvenciones hasta sacárselas totalmente; mientras los más poderosos, tal como por ejemplo el ducado Alba, (vergonzoso que subvencionen a gente millonaria y ociosa; pero si a la sociedad le parece bien…) siguen disfrutando de ellas o tal vez incluso se las han aumentado.
    Luego se dice por ahí que están apoyando al medio rural y haciendo políticas para evitar la despoblación de los pueblos….

  2. Buen comentario, aunque no estoy del todo de acuerdo referente a las inclemencias climatológicas, la tecnología también ha llegado al campo y actualmente las máquinas tractores y cosechadoras llevan aire acondicionado, no tiene nada que ver con lo que se hacía hace 40 años, las explotaciones agrarias a gran escala
    siguen siendo rentables lo que hace falta son gente joven que quiera y se dedique a producir alimentos para la humanidad, es un trabajo de vocación, como todo trabajo en general, si no hay vocación y tradición si no vienes de familias relacionadas con agricultura es muy difícil introducirte en ese campo, primero porque se necesita mucha inversión y sobre todo tierra disponible de herencias de tus abuelos y padres a lo largo de varias generaciones porque partir de cenro es muy difícil, aunque no imposible, como todo negocio los principios son difíciles pero si tiene éxito es muy reconfortante, las agriculturas pequeñas son solo eso un hobby pero no general rentabilidad para poder vivir de ellas, son los grandes latifundios los que generan alimento y riqueza para que nos llegue a todos, esa es la realidad aunque nos duela pero los tiempos modernos han cambiado y en el campo como en la ciudad y en todo negocio se valora la rentabilidad qué es la que da trabajo y bienestar a la sociedad..

  3. Alguien que esté por hacer dinero que se olvide del campo.
    El campo es un trabajo duro, que te da para vivir con sencillez y sobriedad; pero tambien te da algo muy importante, independencia.
    En mi opinión es una de las mejores alternativas para desligarse de la dictadura del capital y una de las más positivas opciones en beneficio de la naturaleza, del medio-ambiente, del consumo local, de la necesaria cooperación entre trabajadorxs para cambiar el rumbo equivocado que llevamos.
    Por lo que veo y me explican algunos agricultores, la gente joven no está preparada para trabajar en el campo ni le gusta. Dicen que no pueden con los calores del verano y los ¿fríos? del invierno. Es normal, no están acostumbrados. Han estudiado y han vivido confortablemente.
    Hay gente que prefiere pedir en la ciudad antes que ir a trabajar al campo.
    Hoy la mano de obra campesina está formada por inmigrantes. latinos, árabes, balcánicos…
    Mientras que, salvo excepciones, la juventud no quiere cultivar la tierra, especuladores y grandes empresas del agribusiness están intentando hacerse con las tierras para hacer negocio con la comida.
    Hay que elegir entre SER o tener.

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