Nuestra guerra son las maras

Publicamos un adelanto del libro 'Buscamos refugio. Nuestras guerras son las maras', escrito por Patricia Simón, ilustrado por Rami Abbas y publicado por CEAR Madrid.

El libro, basado en testimonios reales y en el que cada capítulo está escrito a dos voces, estará disponible a partir del 27 de febrero en la web Maras, la guerra no encontrada.

Camila y Andrea

Vivir porque pensaron que estabas muerta

He visto morir gente delante de mí infinidad de veces. Así que si matasen a alguien aquí mismo, a mi lado, no gritaría ni lloraría. Crecí con eso de sentir que iba a morirme en cualquier momento, a la vuelta de la esquina.

Nunca voy a olvidar el día que vi machetear a ese hombre. Yo no lo vi mal, ¿te lo puedes creer? No grité, no me asusté. Miraba salir la sangre, callada. Tenía siete años. Mi madre me abrazó, lloraba y lloraba porque hubiese visto eso. A mis 31 años habré visto matar a unas 40 personas. Desde niña me la he pasado corriendo cada vez que escuchaba disparos para ver si al que habían matado era mi hermano. Hasta que lo asesinaron. Yo tenía 28 años.

Unos meses después de perderle, vi que en la terminal de autobuses había un muerto. Imagínate hasta dónde llega el prejuicio, que dije: «Debe ser un delincuente, está bueno». Es que yo quería que matasen a todos los mareros. Y cuando llegué a casa, Andrea me dijo que era Kevin, un niño vecino mío que era tan bueno. Le balacearon porque su papá era policía. Empecé a llorar y a maldecir todo lo que no había llorado y maldecido tras la muerte de mi hermano.

Para el mundo, Camila y yo éramos sólo las mejores amigas. Yo me tuve que echar hasta un novio para no levantar sospechas. Años atrás, cuando tenía 13 años y en mi pueblo descubrieron que tenía una noviecita, los profesores del colegio me intentaron expulsar. Gracias a las súplicas de mi mamá y a mis buenas cualificaciones, redujeron el castigo a cambiarme al turno de mañana y mandarme al psicólogo para que solucionase mi ‘desviación’. A la otra chica no le hicieron nada porque su familia tenía dinero. En mi país hay mucha doble moral. Al final mi mamá decidió llevarme con ella a Guatemala para que así se me pasase lo de mi bisexualidad.

Mi mamá fue una madre terrible, pero es mi madre. Mi padre nos abandonó cuando yo tenía dos años, y mi madre se fue a Guatemala tres años después. Así que me crié con mi abuela, mi tío, mi tía, siempre de aquí para allá, y todos eran muy pobres. A los diez años vi el primer asesinato a unos metros de mí: fue cuando mi madre me llevó a vivir con ella a Guatemala. Yo creo que fue entonces cuando me volví adulta, cuando vi la realidad de la vida, porque aquí no es así, pero allá sí.

Un año después, vi el segundo. Estaba en una habitación del burdel donde trabajaba mi madre, y un tipo que venía huyendo me encerró con él exigiéndome que le ayudase. Pero ¿qué podía hacer? Lo que me sigue sorprendiendo es que yo no lloraba: lo miraba, mientras los que le perseguían intentaban echar abajo la puerta. Lo mataron ahí mismo. Fue cuando le dije a mi madre que no quería seguir viviendo en ese agujero, donde además me habían violado. Me buscó un comedor donde trabajar como mesera por las tardes, después de ir al colegio. Así pasaba menos tiempo en el prostíbulo, pero me obligó a seguir yendo a dormir con ella. Pensaba que así me protegía. Es alcohólica y tiene problemas mentales. Pero es que ella también sufrió el maltrato de mi abuela, la que me dejó todo el cuerpo lleno de cicatrices –una vez, hasta un machete me tiró–. Pero es que mi abuela también tuvo una vida muy dura que le generó problemas de salud mental. Y así.

A los siete años me enamoré de mi compañerita. Yo rezaba para ser niño y que así ella se fijase en mí. No concebía que me pudiese querer siendo niña. A los diez, se me empezó a notar que era lesbiana y mi tía y otros miembros de mi familia empezaron a decirme que iba a ir al infierno por ser una ‘marimacha’, una ‘cochina’; me tiraban la comida en el suelo, me quitaban todas mis cosas y se las daban a mi prima, me decían que yo no merecía nada bueno. Pero no es que me vieran con noviecitas, ni que hiciera nada, porque era una niña. Es que en El Salvador, además de todo, hay un problema terrible con la religión: son fundamentalistas. Así que me convencieron de que debía odiarme, de que me merecía todo ese maltrato y desprecio porque, claro, si fuese heterosexual me querrían; porque mi hermano era delincuente y drogadicto, y mi hermana se la pasaba tomando, pero la mala era yo. Así que lo oculté.

Ahora hablo tan relajadamente de todo esto, pero llegó a apretarme tanto el alma que enfermé física y emocionalmente: empecé a somatizar y a tener taquicardias, dolores de todo tipo, a  no poder levantarme de la cama. Y también enfermé de desconfianza porque si la gente que tiene tu sangre no te quiere, ¿qué no haría alguien que no es nada tuyo?

Aunque gracias al apoyo de la psicóloga haya empezado a aceptarme, en el fondo sigo sintiendo cierto rechazo hacia mí, porque mi vida habría sido distinta de ser hetero, porque habría tenido las oportunidades para estudiar que les dieron a mis primas. Yo no me hice marera, ni drogadicta, pero caí en la droga de la mediocridad, de no luchar por mis sueños, de conformarme con un trabajo que me diese para comer. Empecé a estudiar Derecho mientras trabajaba y me di cuenta de que no era lo mío. Quería estudiar Psicología, pero enfermé y el sueldo no me daba para cubrir los gastos del tratamiento y de la facultad. Nunca se me va a quitar de la cabeza que no he cumplido mis sueños por mi culpa, porque conozco a personas que lo han tenido mucho peor que yo y lo han conseguido.

Cuando estaba sin poder salir de la cama, mi madre me llegó a decir que me casase, que eso me curaría. Cuando le contesté que no dijese tonterías, me propuso que entonces me metiese con un hombre, que, a veces, mantener relaciones la pone a una frondosa.

A los 13 años decidí dejar de vivir con mi madre y volver a El Salvador. Yo era una niña callada, tímida. A la salida del colegio, llegaban los chicos mareros para hacerse noviecitos de las niñas, meterlas en la pandilla, acabarlas. Yo los rehuía pero un día, una niña me esperó a la salida y cogiéndome de la mano me arrastró hasta donde había dos chicos que por su aspecto (camisetas y pantalones anchos, tatuajes…) y su forma de hablar, eran claramente pandilleros. Allí, entre ellos, me sentí fatal, consciente de que me harían hacer cosas que no quería y salí corriendo. Me quedé dos horas en la sala de profesores hasta que se marcharon. Los días siguientes fueron aterradores, sentía que aparecerían en cualquier momento. Un mes y algo después, yendo a la casa de mi abuela, que está a las afueras, apareció un coche con dos hombres, me atraparon y me violaron. Otra vez. Cuando recuperé la consciencia estaba tirada junto a un río. Lo más doloroso fue que llegué a casa y no se lo conté a nadie. Porque a mí no me hubiese importado denunciarlo y que todo el pueblo se enterase e hiciese burla sobre mí si fuese a servir para algo. Pero, ¿para qué iba a contárselo a mi tío, a mi abuela o a la Policía si no iban a hacer nada? No lo he compartido ni con mi psicóloga porque ¿para qué? Creo que no es bueno recordar, ni tener rencores: hay que olvidar. Si lo cuento ahora es porque quiero que la gente de España entienda por qué venimos.

A los pocos días encontraron a una niña muerta, a la que también habían violado. Se me ha quedado muy grabado porque yo creo que viví porque pensaron que estaba muerta, como ella. La desfiguraron tanto que no pudieron abrir el ataúd para que la vieran los que fueron a la vela. No la conocía, pero me contaron que era muy cristiana, que iba mucho a la iglesia, y sin embargo, lo que dijeron cuando la asesinaron fue que eso le había pasado porque andaba con un marero.

Como a los seis meses, mi mejor amiga se suicidó. Tenía dos años más que yo, quince. En las semanas anteriores, ella cambió mucho: dejó de hablar, de reír, de ser ella. Había empezado a salir con un marero que estaba siempre con otros drogándose en las esquinas. No sé si le habían hecho lo mismo que a mí, o la querían obligar a prostituirse o a vender drogas. A esa edad no tienes recursos para encontrar una salida, y muchas optan por suicidarse.

Todo empieza por la pobreza del país y la falta de buenos empleos, por lo que los padres y madres empiezan a trabajar duro y a dejar solos a sus hijos. Como pasó conmigo y con mis hermanos. Y los que ya están en las maras, aprovechan ese vacío para ir metiéndoles ideas y que se hagan pandilleros: que vas a tener dinero rápido, respeto, amor de familia, que te van a cuidar y proteger, que tu vida para ellos va a ser lo primordial. Te llevan a fiestas, te regalan ropa y celulares, y así se van ganando la confianza de los niños. Cuando llegan a adolescentes ya se han acostumbrado a ganar dinero fácil, a drogarse, y arrastran un montón de deudas con la mara, porque todos esos regalos del pasado los convierten en deudas, y o te saltas, es decir, o ingresas en la pandilla, o te matan.

Y así es como van perdiendo la humanidad, porque cuanto más sanguinario eres, más asciendes en la mara, más dinero ganas porque te encargan los trabajos más duros, y más respetado y temido eres.

Por eso querían fichar a mi hermano, porque era un buen delincuente. Pero él se negaba porque no era un asesino, ni quería estar a las órdenes de nadie. Mientras mi hermano vivía, yo estaba protegida porque le temían. E, incluso, cuando su mejor amigo, que era marero, lo mató a cambio de ascender en la pandilla, Andrea y yo seguimos viviendo tranquilas. Su asesino se había convertido así en jefe y ordenó que no nos tocasen. Es la esquizofrenia de los códigos de honor de la mara. Sólo él podía matar a mi hermano porque era una de las pocas personas en las que confiaba, y ya lo habían intentado finar en siete ocasiones. Aún así tuvo que tenderle una trampa con su ex, que le dijo que si no iba a ver a su hijo, el quinto que tuvo con distintas mujeres, no lo volvería a ver. Y ahí, con el bebé entre los brazos, lo mató. En los foros policiales contarían que lo habían matado ellos, que habían acabado con uno de los delincuentes más perseguidos de la zona. Así se está contando la historia de nuestro país.

En el entierro, su asesino, me abrazaría y me prometería que lo vengaría. Yo aún no sabía la verdad. Así de hipócritas son.

Llamaron al celular de la mamá de Camila. Yo estaba cortándole el pelo. «Ajá, ahora voy». Cogió el bolso y cuando estaba por salir de la casa, se volvió y me preguntó que dónde estaba su hija. «Debe estar saliendo del trabajo. ¿Qué pasó?», le pregunté. «Dispararon a El Gato». Así de preparada estaba para que matasen a su hijo como para que por su respuesta yo no pudiese advertir siquiera que le habían dado una mala noticia. Llamé corriendo a Camila para que se viniese a casa. Sabía que si se enteraba antes por otra persona, iría al hospital, donde habría mareros vigilando para matarla. Porque así hacen. Le dio la noticia su madre, que no se quiso ir hasta que no hubiese llegado su hija. Ella sí fue al hospital y llamó y dijo: «Ya, hija, ya estuvo». «¿Cómo que ya estuvo?, ¿qué estuvo?», Camila. «Lo mataron». Esa forma de canalizar el dolor, de mantenerse fuerte, era el resultado de años esperando esa noticia.

Y sí, durante los siguientes meses nos dejaron en paz gracias a la protección de su asesino, pero entonces a él también lo mataron, porque así es: a otro chico que entró en la pandilla le encargaron que lo asesinase como prueba para ascender. Porque no tardan tanto: tarde o temprano terminan todos muertos.

Fue cuando comenzaron todos los problemas.

Un día, un chico me detuvo en la calle para decirme que les tenía que devolver 25.000 euros que mi hermano se había quedado de la mara. Era mentira, pero era la forma de empezar la acosadera contra nosotras, que ya no teníamos protección. Poco después, Andrea y yo fuimos a pasar el día de Navidad con su familia en un lago cercano, como es tradición allá.

Varios chicos empezaron a decirnos «hijas de la gran puta, aquí se paran», nos enseñaron sus armas y a decirnos que si no pagábamos ya sabíamos lo que nos tocaba. Uno de ellos miraba fijamente a mi familia y ahí sentí de todo. Porque yo he superado un montón de cosas, lo que he contado apenas es una muestra, conmigo lo que quieran, pero con mi gente que no se metan. Por zafarnos de ellos, les dijimos que íbamos a ver qué podíamos hacer. Empezaron a llegarnos amenazas por carta, por teléfono, y después llegaron a casa, tiraron la puerta y nos dieron veinticuatro horas para pagar o nos matarían: «a vosotras, a vuestras madres, a tus tías, a todos; o bien te vienes con nosotros y sos la mujer del jefe», le dijeron a Camila. «Dice el jefe que te va a enseñar lo que es ser mujer, que sos marimacha porque no habés probado a un buen hombre». Huimos a donde mi mamá, que vivía en las afueras. Juntamos nuestros ahorros y un préstamo de su madre para que Camila se viniese a España.

No me pude traer a Andrea porque no alcanzaba el dinero. Además, se suponía que las amenazas eran sólo contra mí, pero cuando un primo mío les vendió la información de que yo ya estaba lejos de El Salvador, empezaron a ir a por Andrea. Y aquí estaba yo, trabajando en un bar, donde sufrí muchos abusos, para enviarle dinero y que pudiera venirse.

Me decían «panchita», trabajaba de doce de la mañana a las tres o cuatro de la madrugada por el mismo sueldo que mis compañeros, que hacían cuatro horas menos. Tras enfermar y que me echaran, no pude pagar el alquiler de la habitación y terminé durmiendo en la calle. Pero, una cosa que aprendí y que amo de Madrid es no tener que mirar atrás por si alguien me va a atacar. Es algo que me costó meses aprender: al principio, si alguien andaba lento detrás de mí, cogía las llaves para defenderme, me ponía muy nerviosa. Hasta que alguien me dijo «Tranquila, aquí no te van a asaltar», y empecé a perder el miedo y a disfrutar de la paz. Porque te juro que si hay un tesoro aquí es la paz.

Así que esa noche que tuve que dormir en la calle, no lloré ni nada. Me puse a leer hasta que amaneció.

No sé cuántos días estuve así, durmiendo en la calle y huyendo. Creo que he borrado cosas de mi memoria y que por eso no consigo recordarlas. Fue cuando hui a Guatemala después de que me fuesen a buscar y a decirme que si no pagaba «puta, el jefe te quiere». Y no es que me quisiera para ser su mujer, y limpiarle la casa y cocinarle y limpiarle como una sirviente. Te quieren para enviarte al penal a llevar droga a los mareros presos, para prostituirte, y nadie quiere eso. Hui por una de las tantas fronteras que tiene El Salvador con Guatemala por las que entras en un comedor, subes y bajas escaleras, y ya estás al otro lado. No quería pasar por un control policial porque allí están muy conectados con las maras. Y aún así, me encontraron. Una noche, fui a cenar sola a un bar y vi entrar a dos chicos. Se sacaron el arma y salí corriendo. Yo creo que así es como se siente la muerte, un frío y un calor en el cuerpo, es como que ves la muerte viva en el rostro de la persona que te va a asesinar. Corrí y corrí, perdí un zapato en la huida y seguí corriendo, me lancé a un monte, y seguí corriendo, hasta que se hizo de noche y los perdí. Me sangraba el pie, salí por otra parte de la ciudad y nadie me ayudaba ni me miraba. Supongo que parecía una persona de la calle, toda sucia y desarrapada. Sentía que cualquiera me podía atacar, así que busqué un rincón, me cubrí la cabeza como si fuese una mendiga, y me dormí. Por la noche volví a caminar. No sé cuánto tiempo estuve huyendo porque cuando conseguí que una mujer me dejase su celular para llamar a un amigo y le pregunté dónde estábamos, me dijo el nombre de una ciudad que estaba muy lejos de donde empezó mi huida. Y fíjese que no consigo acordarme del nombre de esa mujer que me ayudó, parecía indígena porque iba con su traje tradicional.

Yo no podía ir así en El Salvador, con camisas anchas y el pelo corto. Fue aquí en España, cuando un amigo gay que se había venido antes me vio un día en una tienda mirando con atención una camisa de chico. Me la regaló porque dice que en ese momento se me veía feliz. Allí tenía que vestir bien femenina, porque si no te acusan de ser marimacha, y no te dan trabajo. De hecho, a mí me echaron de un empleo en el que laboraba como gerente de compras porque se enteraron de que era lesbiana y los dueños son muy cristianos. Mi familia no me dejaba tocar a mis primitos porque decían que les podía transmitir enfermedades. Cuando empecé a vestirme con camisas y con mi pelo así, corto, me di cuenta de cuánto odiaba a la que veía antes en el espejo, y me enamoré de mi nuevo reflejo. Recuerdo que escribí un poema de lo liberada que me sentí.

El chico que me fue a buscar a Guatemala me escondió en su casa, que era tan pobre que el suelo era de tierra. Me trataba tan bien que llegué a quererle porque allá es muy raro que alguien te cuide así. Sentí rabia porque mi país esté tan mal como para que no me pudiera quedar con esa persona, e intentar salir adelante juntos, y que tuviera que abandonar a mi familia y a mi hermanito pequeño, que es como mi hijo porque lo crie yo. Me lo quiero traer a España porque si sigue viviendo con mi madre, con su alcoholismo y su pobreza, va a terminar siendo marero. Ahora tiene seis años y si sigue allí, a los once estará maleando y a los trece o catorce, muerto.

Y es que, aunque surgiese una persona en El Salvador que animase a la gente a rebelarse contra las maras, que organizase una protesta para exigir, no va a ir nadie porque saben que pueden poner una granada y ahí mueren todos, porque la religión está en todas partes y se resignan con el ‘Dios proveerá’, porque todo salvadoreño tiene un hijo, primo o vecino marero… Y, sobre todo, porque no conocen la libertad. Yo conocí la libertad en España. Allá nos creemos que somos libres, pero es porque no conocemos la libertad de verdad. Aquí veo cosas que pensaba que no existían: hombres cogidos de la mano o gente celebrando con globos un cumpleaños en el Retiro. En El Salvador la gente no sabe que hay otra forma de vida, entonces, ¿cómo van a aspirar a ella?

A veces siento que, al final, voy a terminar agradeciendo la amenaza de las maras porque sin ella no hubiese salido de mi país y no habría sabido lo que es la libertad. Aquí soy feliz: poder vestirme así, reírme a carcajadas, andar sola por la noche. A veces sueño que me han denegado el asilo, que me han mandado de regreso y siento un miedo… Me despierto con el corazón a mil.

Las maras controlan todos los aspectos de nuestras vidas: nuestra forma de vestir, el color que podemos llevar de cabello, las marcas admitidas de ropa.. Si hasta te golpean si llevas una camiseta con números por si estás formando otra mara. Y no puedes entrar en los barrios que controla la pandilla rival de la que domina el tuyo. Crecimos aprendiéndonos el callejero que han establecido la MS-13 y la 18, y sabiendo por qué calles podemos andar y por cuáles no. En un velatorio de una niña, llegaron para sacar a los que no eran de ese barrio y advertirles que tenían que cerrar la casa a las diez de la noche.

Andrea y yo ya no somos pareja, pero seguimos siendo muy amigas porque es la persona con el corazón más grande que conozco. Ahora lloro por muchas cosas que antes no me habrían inmutado. Andrea bromea diciéndome que estar aquí me ha hecho humana.

Nunca sabré si los que me violaron fueron los mismos que me esperaban a la puerta del colegio. Pero aunque lo supiese, ¿qué iba a cambiar? ¿Que mis pesadillas tendrían rostro? Sueño a menudo con el primero que me violó, con el que me encerró en la habitación del burdel antes de ser asesinado, con los otros dos que me volvieron a violar y con el vuelo en el que vine: aquella sensación de llegar a lo desconocido. No duermo más de una o dos horas al día por no soñar. ¿Te puedes creer que en toda mi vida no recuerdo haber soñado algo bonito? Mi psicóloga me mandó al psiquiatra para que me medicase algo para dormir. Me han diagnosticado depresión y trastorno vincular, aquel que se produce cuando ha habido rupturas del vínculo con el padre y, especialmente, con la madre.

Es que estoy aquí y se supone que debería estar bien y ser libre. No lo soy: sigo siendo presa de todo lo que viví. Cada día me siento peor. Vivir todo esto te deja marcado de por vida: no basta con abandonar tu país y a tu gente, es algo que llevas dentro.

Mi sueño es ser psicóloga y escritora. Estoy escribiendo un libro con todo lo vivido para dejarlo salir y abrir espacio a cosas nuevas. Antes escribía poesía para inventarme otras vidas. Ahora escribo de la mía para recordarme que puedo hacer algo distinto con ella.

(Suena el teléfono)

Es Andrea, viene para comer. Ahora verás: es la mujer con el corazón más bondadoso del mundo.

                                 *             *   *

«Haz patria: mata a una lesbiana y a un gay»

En los años ochenta, las calles de San Salvador solían amanecer con la pintada «Haz patria: mata a un comunista». Sus autores, los escuadrones de la muerte de extrema derecha, no sólo se comunicaban así con la población y le transmitían órdenes, sino que también sembraban el terror con la advertencia de lo que se hacía con el disidente, el distinto, el ‘traidor’ a la patria. Cuarenta años después, los nuevos escuadrones de la muerte, las ‘clicas’, las células de las maras, siguen lanzando el mismo mensaje, ahora dirigido a los nuevos traidores del orden social que han impuesto: todo aquel o aquella que desafía al macho-violento-marero en el que se sustenta el modelo patriarcal y homófobo de las pandillas. «Haz patria: mata a una lesbiana y a un gay», se ha leído en alguna pared.

En El Salvador, como en el resto del Triángulo centroamericano, hay un silenciamiento en torno a la sexualidad. La fuerte influencia de las Iglesias católica y evangélica en la sociedad y en las políticas institucionales han impuesto tradicionalmente un velo sobre esta cuestión que se traduce en la ausencia de educación sexual y reproductiva, la prohibición del aborto, la asignación a la mujer del rol tradicional de sumisión a los deseos, voluntades e imposiciones del hombre; y la proscripción y persecución de cualquier otra identidad de género y orientación sexual que no se corresponda con la heteronormativa.

A lo largo de los cuarenta años de existencia de las maras en Centroamérica se han apropiado de esta jerarquización del género y la sexualidad, promoviéndola y acentuando el modelo masculino agresivo y con poder, y la mujer obediente y sufriente. Fuera de esto sólo caben la muerte o el exilio.

Tanto es así que la Clínica Internacional de Derechos Humanos, un prestigioso departamento de la Escuela de Derecho de la Universidad de Stanford, incluye la violencia sufrida por las personas del colectivo LGTBIQ+ entre los cuatro criterios básicos para el análisis de las maras:

  • el asesinato de una persona como ritual de iniciación para ser aceptada en una mara,
  • la impunidad de los crímenes perpetrados contra los no heterosexuales
  • el rechazo a las personas gais, lesbianas, trans y bisexuales,
  • la práctica de la extorsión.

Como hemos visto en el relato de Andrea y Camila, el hostigamiento que las maras practican contra las mujeres lesbianas y bisexuales incluye chantajearles con una supuesta redención a cambio de convertirse en las parejas de los jefes o amenazarlas con hacerles saber «lo que es un hombre de verdad», lo que seguro las ‘curaría’ de esa desviación que supone ser «marimachas». Después de eso, según sus esquemas, deberían volver al redil binario en el que cumplir con su rol de ‘mujer de verdad’.

Con su huida, Andrea y Camila se salvaron del destino que las maras tienen asignado a las personas LGTBIQ+: ser asesinadas tras ser violadas y torturadas colectivamente y durante días, uno de los ritos de ingreso e iniciación más comunes en las maras. Desgraciadamente, la mayoría no logra reunir los recursos necesarios para emprender la búsqueda de un lugar seguro.  

A la mara no le puedes contradecir, por lo que muchos de sus integrantes nunca desearon convertirse en pandilleros y pandilleras, pero no tuvieron otra salida para proteger sus vidas y las de sus familias. Entre ellos y ellas, gais, lesbianas y transexuales que, de levantar alguna sospecha sobre su orientación e identidad sexual, serían ejecutados inmediatamente. Ese fue el caso de dos jóvenes adolescentes, encarcelados en un centro de menores, que fueron asesinados por sus compañeros de la Mara Salvatrucha en 2010 después de que se supiese que solían dormir juntos. Las relaciones entre hombres sólo están aceptadas en la mara como forma de castigo: la penetración masculina sólo la aceptan como forma de humillación y degradación. Un arma de guerra ya reconocida en otros conflictos como parte de la violencia sexual. Porque, como ya hemos dicho, Centroamérica sufre una guerra, en la que las maras a veces combaten entre ellas, a veces contra el Estado, a veces aliadas con él. Pero en la que, como en cualquier conflicto, quien más sufre es la población civil. Y también, muchos de los integrantes de las maras, que fueron reclutados forzosamente como niños y niñas soldado. Por mucho que cueste recordarlo a veces.

El destierro institucionalizado

Sin embargo, la LGTBIQfobia está tan extendida en las sociedades centroamericanas que ni siquiera cuentan con estadísticas institucionales sobre las violencias y asesinatos sufridos por este segmento de la población. De hecho, si ya es alta la desconfianza que tiene la sociedad centroamericana en sus instituciones y Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, permeados por las maras, aún es mayor entre las personas del colectivo LGTBIQ+, conscientes de la discriminación, la desprotección y la impunidad que sus casos sufren en sus países.

Ante este abandono, como a Andrea y Camila, sólo les queda la huida, el exilio. Nunca sabremos cuántas de las 22.917 solicitudes de asilo que, según Amnistía Internacional, los salvadoreños interpusieron en 2015 en todo el mundo, estaban relacionadas con su identidad de género y orientación sexual. Lo que sí podemos advertir es que, al menos en los próximos años, cada vez serán más, dado el aumento de la violencia en estos países. Así lo demuestra la escalada hasta el momento: los salvadoreños residentes en otros países han pasado del 15,27% en el año 2008 al 24,7% en 2017, según datos de las Naciones Unidas.

Lo más aterrador de esta cuestión es que, como apuntan todas las personas entrevistadas, aunque las maras y su violencia endémica desapareciesen de Centroamérica, la mayoría de ellas no podrían volver a sus países porque no sólo fueron expulsadas por la violencia de las pandillas, sino que antes ya fueron rechazadas por sus familias, discriminadas y hostigadas por las instituciones públicas y religiosas, expulsadas por el mercado laboral –condenándolas a la exclusión–, y violentadas por cualquiera que pensase que tenía el derecho y el deber de reeducarlas.

El exilio y el asilo no sólo les ha permitido seguir vivas, sino también sentir por primera vez que no hay nada malo en ellas, en ser quienes son, en sentir como sienten, en amar a quienes aman. Que la libertad, a veces, es algo tan sencillo como poder ir de la mano de quien quieres, dormir con la persona que elijas, besar los labios que te gusten. Qué paradoja que la libertad de amar y desear a quien le plazca a cada uno esté mucho más restringida y perseguida en la mayoría de los países del mundo que el delito de destruir, asesinar, violar y bombardear.
*             *  *

El libro, en el que cada capítulo está escrito a dos voces, estará disponible a partir del 27 de febrero en la web Maras, la guerra no encontrada.

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Patricia Simón

Reportera transfronteriza especializada en derechos humanos y enfoque de género. Premio de la Asociación Española de Mujeres de los Medios de Comunicación. Me apasiona tanto viajar para reportear al otro lado del mundo, como descubrir y contar los mundos que conviven en la esquina del barrio.

Comentarios

3 respuestas a “Nuestra guerra son las maras”

  1. “Querían obligar a ingresar en una mara a mi hija de 11 años, cuyo ritual consiste en ser violada por 13 hombres”
    Una noche nos dispararon como advertencia “si no es mía no es de nadie” Como si las niñas y las mujeres no tuviésemos otro destino que ser su propiedad, como si fuésemos mercancías”
    (CEAR: Mujeres que huyen y salvan sus vidas)

  2. En estos momentos la violencia producida por las maras está provocando que miles de personas, principalmente de Centroamérica, tengan que huir para salvar sus vidas porque si se niegan a colaborar son sometidas a brutales represalias. Pero a la mayoría se les niega un refugio.
    Según datos recopilados por CEAR, el año pasado en El Salvador, Honduras y Guatemala se contabilizaron 13.129 homicidios.
    Esto supone 36 asesinatos al día.
    ¿De ésto no dicen ni mú los capitostes del capital obsesados con los recursos venezolanos?

  3. “Qué paradoja que la libertad de amar y desear a quien le plazca a cada uno esté mucho más restringida y perseguida en la mayoría de los países del mundo que el delito de destruir, asesinar, violar y bombardear”.
    *****
    Estas durísimas experiencias, este mundo de maras, es como una descripción del infierno real, el de las llamas y los diablos con rabo es alegórico.
    Injusticias, pobreza, incultura, fanatismo religioso,violencia extrema, la ley del más bestia, todo esto y más son los frutos de la dictadura del capital. Y luego nos dicen que vivimos en una “democracia” y la gente se lo traga. Ya lo creo. Y que orgullosa y contenta se queda.
    (lo mismo pasa cuando el trifachito dice viva España. Que más da que ellos mismos la hayan dejado saqueada)

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