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miércoles 21 noviembre 2018

Internacional

Oceanía, espíritu de las antípodas

“Viajando ves cómo cambian los árboles, la tierra. Luego vuelves a casa y eres feliz”, dicen los aborígenes australianos, nómadas cada vez más sedentarizados que aún comparten con sus vecinos neozelandeses una profunda relación con la naturaleza.

26 agosto 2018
12:11
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Oceanía, espíritu de las antípodas
Parque Nacional de Kadakú. Foto: H. Bieser*

 

AUSTRALIA

Lengua oficial: Sin idioma oficial. Inglés

como idioma mayoritario y lenguas aborígenes

Tipo de gobierno: Monarquía constitucional

federal parlamentaria

Máximo mandatario: Isabel II de Reino Unido

Población: 25 millones de personas

Moneda: Dólar australiano

PIB: 1.258.572M€

Puesto que ocupa en el Índice de Desarrollo Humano: 2

“Viajando ves cómo cambian los árboles, la tierra. Luego vuelves a casa y eres feliz”, dicen los aborígenes australianos, nómadas cada vez más sedentarizados que aún comparten con sus vecinos neozelandeses una profunda relación con la naturaleza. Recorrer ambos países siguiendo el rastro de sus pueblos primitivos aborígenes y maoríes es una impresionante experiencia física y emocional que introduce a colosales espacios naturales y a dos espiritualidades que luchan de manera bien distinta por preservar sus derechos sobre la tierra que los colonos les expoliaron.

En el Parque Nacional de Kakadú se han hallado restos que certifican la presencia de aborígenes en el subcontintente desde hace 65.000 años, si bien este pueblo no tiene aún grupo propio en el Parlamento australiano, frente a cuya sede en Canberra acampan representantes aborígenes desde 1972 para reclamarlo. Kakadú y el Parlamento son visitas clave para conocer el origen y la actualidad política de una historia que se visualiza, sobre todo, en la periferia de las ciudades, pueblos dispersos y reservas. Por supuesto que en las grandes urbes como Sidney, Melbourne o Perth hay aborígenes establecidos, algunos incluso gozan de buenos empleos o venden caras sus creaciones artísticas, pero es demasiado habitual verlos deambular taciturnos y escuchar historias de alcohol y agresiones. Para aproximarse a su esencia es mejor adentrarse en el outback, las descomunales extensiones semidesérticas que les han forjado el carácter.

Una forma de conectar con los aborígenes es a través de sus pinturas basadas en la técnica puntillista, que bebe de las hormigas. O hablar de sus canciones, con las que han creado mapas invisibles que les sirven para viajar. Y desplazarse en autobús con ellos, a ser posible de noche. Caminar por su barrios o poblados conversando sobre el día a día es otro modo de tender un puente, aunque en general aprecian más compartir un buen rato de silencio observando la jungla o el mar.


NUEVA ZELANDA

Lengua oficial: Inglés, maorí y lengua de señas de Nueva Zelanda

Tipo de gobierno: Monarquía parlamentaria

Máximo mandatario: Isabel II de Reino Unido

Población: 4,7 millones de personas

Moneda: Dólar neozelandés

PIB: 182.248M€

Puesto que ocupa en el Índice de Desarrollo Humano: 13

Moas de Nueva Zelanda

Los maoríes son otro mundo. Al avasallamiento de los invasores opusieron una fiereza radical y hoy disponen de, por ejemplo, una capital maorí: Rotorúa. Los polinesios de Nueva Zelanda también padecieron las especies invasoras y las expropiaciones territoriales, los telepredicadores triunfan en televisión, y el casino, la licorería y el hipódromo son constantes del entorno maorí, pero su capacidad de autogestión e influencia política no solo les ha permitido recuperar tierras y ser compensados por el Tratado de Waitangi sino que ha moderado los impulsos racistas de una sociedad hoy gobernada por Jacinta Ardern, que ha tomado un permiso por maternidad de seis semanas.

Los neozelandeses se denominan kiwis debido a la fiereza de este pequeño pájaro autóctono sin alas, cuyo carácter halla un paralelismo perfecto en los maoríes. Pero el viaje ideal para penetrar las esencias maoríes apunta a otra ave: el moa. Fue el pájaro–también sin alas– más grande sobre la tierra, y los maoríes se lo comieron hasta exterminarlo, hace cuatro siglos. Hay yacimientos de moas repartidos por todo el país, de modo que un buen viaje puede despegar visitando el Museo de Auckland, donde se exhibe a un ejemplar de moa disecado junto a “familiares” suyos como el rhea, el casuario, el avestruz o el emú. Lo siguiente puede ser subir a la montaña sagrada de Hikurangi, próxima a varios cementerios de moas y primer lugar del mundo en ver la luz del día.

Aún en la isla norte, Rotorúa ofrece la vitalidad de una ciudad turística en clave indígena, con exhibiciones de hakas –la danza tribal popularizada por los All Blacks– o visitas a las rocas volcánicas donde los maoríes horneaban al Gran Pollo. Enclave apropiado también para ver un surtido de tatuajes en brazos, piernas y caras que van del lagarto a la ballena, cuyas migraciones condujeron a los polinesios primitivos hasta estas islas.

En el descenso a la isla sur vale la pena parar en la capital, Wellington, para empaparse de un cosmopolitismo que mezcla skaters con mochileros y ejecutivos antes de cruzar el Estrecho de Cook en barco. Luego, las grandes llanuras de Otago y la playa de Waikouaiti, cerca de Dunedin, figuran como espacios privilegiados en la caza del moa. Hay huesos por todas partes, y maoríes que los recuerdan sin reverencias, como simple alimento. Algunos de ellos se han implicado, eso sí, en el cuidado de los espacios naturales y velan por sitios como la Península de Otago, hogar de colonias de focas y pingüinos, o el Fiordland de las cordilleras heladas donde, cuentan, se refugió el último moa. A modo de homenaje a los pájaros no voladores, allí se encuentra un refugio que reúne al weka, el takahe o el kakapo, además del fiero kiwi que tan bien resume ese carácter maorí que, a su ruda manera, se ha ganado el respeto de los colonos.

Desafío en Cape York

 

Una estupenda ruta para intuir el espíritu aborigen son los 644 kilómetros que unen Cooktown con Somerset. El pueblo donde el capitán Cook desembarcó inaugura la incursión en Cape York, dominio del bosque tropical, los termiteros, los cocodrilos y los aborígenes que sobreviven entre las subvenciones gubernamenales y un tipo de caza que en ocasiones no renuncia al arco y las flechas. Es preciso todoterreno, y quizás un guía, pero así podrás visitar Weipa, villorrio hijo de las minas de bauxita, que junto al uranio, el plomo y el carbón, incluso el oro, son decisivos para entender por qué se arrebataron aún más tierras a los indígenas. Podrás lanzar la mirada al outback y al bosque que define el carácter de los pobladores; comprobar la presencia de gatos, que confirman su sedentarización; bañarte como hacen ellos en las minicascadas de Twin Falls; ver las plantas carnívoras que no tocarán; o mojarte los pies en el Estrecho de Torres, la única frontera no aérea de Australia, el hilo que lleva a otros indígenas: los de Papúa Nueva Guinea.

Foto de portada de H. Bieser

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Gabi Martínez

Gabi Martínez

Escritor.

1 comentario

  1. ArroyoClaro
    ArroyoClaro 04/09/2018, 20:57

    Interesante artículo.

    …en general los aborígenes, aprecian más compartir un buen rato de silencio observando la jungla o el mar.

    Esta actitud me recuerda a la sabiduría interior de los aborígenes cuya historia relata el libro “Voces del desierto”, narra la increíble leyenda de una comunidad indígena australiana que … Se vende como novela para proteger a la pequeña tribu de aborígenes de …… Según esta tribu, la vida y la vivencia se mueven, avanzan y cambian.

    Responder a este comentario

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