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jueves 19 julio 2018

70 años de la Nakba: El judío imaginario

Tras la Operación Margen Protector, muchos de sus miembros cargan las tintas contra la prensa “progre”.

14 mayo 2018
20:08
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70 años de la Nakba: El judío imaginario
La sinagoga de Madrid es un búnker al que sólo puedes acceder si te invitan. FCJE

[Artículo publicado en #LaMarea20]

 

Se oye el tono al otro lado de la línea. Descuelgan y me presento.

–Estoy preparando una crónica sobre la comunidad judía en España.

Me someto al mismo interrogatorio que ha acompañado a mis anteriores gestiones. Quedamos en hablar. Al minuto suena el teléfono desde el que he llamado, un fijo que sólo conoce mi familia. El número está oculto. Descuelgo. Pregunto. Silencio al otro lado. Cuelgan. Llamada de comprobación. En esos días de agosto, Israel ha puesto en marcha la Operación Margen Protector contra los lanzamientos de cohetes de Hamás. El mundo entero está horrorizado y dividido por este nuevo enfrentamiento, que deja más de 2.000 muertos en una Gaza arrasada y 66 soldados y seis civiles fallecidos en el lado israelí, según datos de la ONU, además de los miles de heridos, la destrucción, el terror y el odio que despierta en ambos lados.

–Los muertos no tienen DNI. Una muerte son años de resentimiento–. Jorge Burdman, argentino, 58 años, auxiliar del rabino de Barcelona y responsable de las relaciones interreligiosas en Cataluña, dice que los pueblos quieren paz a pesar de los desaciertos de los gobiernos. Habla de la convivencia ejemplar entre las tres grandes religiones de su comunidad, de las marchas por la paz que organizan juntos, de la conferencia que le invitaron a dar en un congreso de imanes, de la misa católica que ofició, de los chicos de otras religiones que participan en el Bar Mitzvah, la ceremonia de paso a la edad adulta de algún compañero judío. Habla del abrazo que le dieron sus hermanos musulmanes en esta guerra.

–No nos desune, nos une. Esto no es Medio Oriente. Somos ciudadanos de este país.

Le escucho casi hipnotizado por esa música alegre de su voz, que logra ver más allá del humo aún caliente de las bombas. Un optimista irreductible. Un judío fuera de lo común. Extraordinariamente confiado. Deshace el miedo con sus palabras. Sólo se agrava la melodía cuando recuerda que había objetivos judíos en España en la documentación de los autores del 11- M. Pero enseguida cuenta que el otro día tuvo que tranquilizar a una vecina inquieta porque unas personas hacían fotos a su sinagoga. “Serían turistas”, le dijo. Un judío fuera de lo común.

En Madrid, sin embargo, cancelan la jornada de puertas abiertas prevista para septiembre. Casi nadie quiere hablar, te hacen mil preguntas. Y alguna llamada de comprobación. El conflicto enciende las alarmas en todas las comunidades judías del planeta y los Estados activan los protocolos de seguridad ante posibles agresiones. “No es contigo, a ti te queremos, pero qué pena que Hitler no terminara su trabajo”. Mercedes Bendahan ha recibido correos como éste de conocidos suyos. Cuenta que incluso personas que sobrevivieron la Shoah, el término hebreo para referirse al Holocausto, escuchan en este agosto cruel ataques parecidos. Esta judía sefardí, nacida en Tetuán cuando esta ciudad de Marruecos era protectorado español y criada desde los tres años en Madrid, lamenta que nadie de su entorno les pregunte a ellos cómo se sienten. Su hija Luna, 21 años, recibió insultos en Facebook pero ningún mensaje interesándose por saber cómo vivía la amenaza en Tel Aviv donde estudia una carrera de psicología, criminología y sociología.

–Me llamó un día desde un tren. Sonaban las sirenas y cogió el teléfono para preguntarme: mamá, qué hago. Y yo no podía hacer nada.

La mayoría de los judíos tiene lazos con Israel. Casi todos cuentan con amigos o familia allí y lo visitan alguna vez en la vida. Es la patria espiritual, para algunos incluso una segunda nacionalidad. Una segunda piel por la que sangran cuando les pinchan.

–Un verano estábamos con mi hija aquí en la piscina –continúa Mercedes– y pasó una ambulancia con la sirena. Ella dio un salto y miró a todos lados hasta que se dio cuenta de dónde estaba: “Estoy en Madrid”. Su voz tiembla como un pájaro herido. Sus manos se contraen cuando habla del miedo constante a ser bombardeados por Hamás, de la claustrofobia de una población encerrada bajo una cúpula de hierro, de los jóvenes que tienen que ir a luchar porque cumplen el servicio militar obligatorio. Pero de eso no decimos nada en los medios. Los medios no hablamos de todos los niños, de todas las víctimas, repiten todos los entrevistados. Les pregunto también por las víctimas palestinas, los niños asesinados, las denuncias de apartheid, las bombas sobre hospitales… Me hablan de los túneles, del derecho a defenderse, del uso de civiles palestinos como escudos humanos, de las armas que escondía Hamás en clínicas y escuelas, de que quieren la aniquilación del Estado israelí. La herida se cierra en torno a Israel. La sangre coagula.

–¿En qué guerra se ha visto que avisen a los civiles de que iban a ser bombardeados? ¿Por qué los periodistas “progres” no muestran los ataques de los terroristas?– el padre de Mercedes pasa a hacerme a mí las preguntas aunque no espera contestación. La cita es en su casa, una antigua vivienda de clase media en la zona norte de Madrid. “No todos los judíos son millonarios, no se crea”. A su lado, fotografías suyas saludando a la reina Sofía y al ex primer ministro israelí y Premio Nobel de la Paz, Simon Peres, en sus visitas a la comunidad judía madrileña. Recuerda una reunión hace años con un enviado de Yasir Arafat a la capital: “Llegamos a la conclusión de que si nos hubieran dejado solos a palestinos y judíos, nos habríamos entendido. La solución está en dos Estados viviendo en paz”. En eso están todos de acuerdo.

El señor Bendahan es un sefardita orgulloso de sus raíces, de la nutrida comunidad de origen marroquí, muy activo en la recuperación de la memoria de los judíos españoles expulsados. No quiere que dé su nombre para no significarse aunque expresa su opinión con frecuencia para apostillar a su hija, que guarda un silencio respetuoso, obediente, cuando él habla. Bendahan padre es suave en las formas pero firme.

–Los medios de izquierdas envenenan.

–¿Cómo?

Confunden el Estado de Israel con todos los judíos. Pero los cañones no son judíos, los cañones no van a la sinagoga.

Es una queja extendida. El odio a Israel –insisten– permite sacar a relucir el odio a los judíos, es una nueva forma de antisemitismo que no sólo se manifiesta en la ultraderecha europea cada vez con más desparpajo, también en cierta izquierda. “Es últimamente una novedad su apoyo a grupos yihadistas como Hamás”, escribe Horacio Kohan en el editorial que abre el número 100 de la publicación que dirige, Raíces, revista judía de cultura con casi tres décadas de vida. Kohan, 68 años, agnóstico, es uno de los muchos judíos argentinos que viven en España. Participa en el círculo de Podemos en Collado Villalba pero eso no le impide criticar a Pablo Iglesias por hablar de la venta de armas al Ejército israelí pero no del comercio de armas en los países árabes. Dice que hay una izquierda antisemita que demoniza a Israel y sin embargo no se manifiesta contra las matanzas de palestinos en Siria ni contra el terrorismo del Estado Islámico.

Kohan habla pausado, como un cazador que buscase la palabra exacta para atrapar una idea: “No somos una raza, ni un pueblo, ni una nación… somos una tribu”. Explicar qué es un judío es complejo incluso para uno que lo es. Dos judíos son tres ideas, dicen ellos mismos. Además de los judíos laicos, algunos desarraigados de la tradición, hay tres corrientes religiosas en España. La ortodoxa, guardiana de las tradiciones como la comida casher y férrea observante de los mitzvot, los preceptos de la Torá. La reformista: liberal, más relajada en el cumplimiento de la norma, igualitaria para hombres y mujeres. Y la conservadora o masortí, que surge como respuesta a lo que se considera un excesivo aperturismo pero mantiene, por ejemplo, la igualdad entre mujeres y hombres, que pueden sentarse juntos a rezar en la sinagoga.

La observancia de la ley es una pesada carga. Horacio me cuenta en broma que hay judíos que le preguntan a Dios: ¿No podías haber elegido a otro pueblo? No sólo es el Sabbath o las tres oraciones diarias. Cada momento del día está reglado, lo que no ayuda a integrarse. Es difícil hacer vida social cuando tienes que cumplir hasta 613 preceptos. “Hemos sobrevivido por no integrarnos”, me decía Bendahan padre. “La comunidad se está abriendo”, replicaba su hija. “Tenemos que abrirnos más, los profetas caminaban con la gente”, remataba Burdman, invitándome a visitar su sinagoga. No todos lo ponen tan fácil. A la sinagoga de Madrid no puedes entrar si alguien no te lleva y ahora un invisible margen protector pone trabas a los forasteros. Es una mole cúbica, agazapada en una calleja recóndita y rodeada de cámaras. A simple vista no revela su identidad. Más que un templo parece un búnker.

–El judío es cauto –explica Kohan– porque lleva la persecución en la sangre.

–¿Se sienten perseguidos en España?

–Sólo cuando se habla de Israel.

Algunos prejuicios persisten. Para unos siguen siendo el pueblo deicida. No es tan lejano el recuerdo de Mercedes cuando en el colegio le hicieron girarse para comprobar que no tenía rabo. En 2009, el entonces presidente de los judíos españoles, Jacobo Israel Garzón, fue recibido en la Universidad Complutense de Madrid al grito de “usurero”.

–¿Y se sienten comprendidos?

–Se habla de un judío imaginario que nadie ha contrastado con el judío real.

Hay alrededor de 40.000 judíos reales en la tribu española. Tienen colegios, cementerios y sinagogas en algunas de las grandes ciudades del Estado. La comunidad se ocupa no sólo de los servicios religiosos, también y sobre todo, de los servicios sociales. La crisis ha afectado al 60% de la comunidad judía madrileña. “No todos los judíos son millonarios”. A mediados de este septiembre pasado, había un gran agitación para preparar sus dos grandes fiestas, Rosh Hashaná (Año Nuevo) y Yom Kipur (El Día del Perdón). A Jorge Burdman le gusta que vengan visitantes a su sinagoga y que se vistan con la kipá (gorro) y el talit (manto) de los rezos.

–Esto es muy bonito, ¿verdad? No les pregunto si son judíos o no. Yo no veo antisemitismo, yo veo abrazos solidarios.

Un judío fuera de lo común. Los Bendahan me desean feliz año nuevo en pleno septiembre y me agradecen la visita. Al despedirme, les pregunto por un pequeño cajetín rectangular, cobrizo, con la estrella de David, que hay colgado en el lado derecho del marco de la puerta de entrada. Guarda la mezuzá, un pergamino con dos versículos de la Torá que distingue las casas de los judíos y protege a sus habitantes. Ya no se esconden (tanto) pero se protegen.

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Javier Gallego

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