El reencuentro de Sabina y José

Historias como las de esta madre y su bebé forman parte de los escasos logros en migración a los que organizaciones como CEAR se aferran para seguir trabajando.

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Imagine que huye de su país. Imagine que en la travesía hacia un lugar seguro la violan. Imagine que, por el camino, da a luz un bebé. Imagine que logra atravesar el mar en una patera con su hijo en brazos. E imagine también que llegan sanos y salvos. Imagine que una vez en ese nuevo lugar del que nada conoce, nada más pisar tierra, le quitan a su pequeño porque dicen que puede que no sea suyo. Imagine que se lo llevan sin darle un beso, sin poder decirles cada cuánto toma el pecho, sin poder anotarles cuáles son sus mejores horas para dormir. Imagine, sí, imagine simplemente por un momento que se lo llevan. Que lo hacen, además, sin que conste en ningún sitio. Imagine, haga el esfuerzo. Se lo llevan. Y no sabe si volverá. Imagine todo eso por un segundo y luego lea la historia no imaginada, que es esta.

Ella se llama Sabina, tiene 25 años y nació en Senegal. Su bebé, José, aún no tiene ni doce meses. Ambos desembarcan en las costas andaluzas de Motril el 4 de julio de 2017. Durante dos días viven en un CIE. Luego pasan a un dispositivo de acogida de CEAR (Comisión Española de Ayuda al Refugiado), donde detectan que Sabina es víctima de trata. Atención. Un mensaje de las autoridades: la prueba protocolaria de ADN no concluye que ambos sean madre e hijo. La Fiscalía decreta la retirada inmediata del menor. Sabina no entiende qué pasa. La Policía se lleva al bebé. No hay traductores, nadie informa a Sabina de absolutamente nada, no hay ningún mediador, ninguna trabajadora social o ningún otro nombre amable que intervenga en el acto. Nadie pregunta qué come el bebé, si tiene algún problema, si hay algo que deban saber. El agente coge al niño y se lo lleva, como si fuera un objeto que Sabina, quién sabe dónde, ha robado. Nada explican a Sabina, como si no fuera un ser humano.

El personal de CEAR que la acompaña suplica –suplica, literalmente– que la deriven a un recurso específico de víctima de trata. Esta vez ha habido suerte. Oh, milagro. El ruego, a falta de las leyes, ha surtido efecto. Le dan la plaza. Tendrá que esperar 15 días, según le dicen a regañadientes, para conocer los resultados de la nueva prueba genética. Quince días para constatar una realidad de la que el Estado español, como mínimo, desconfía. Sabina no vuelve a ver a su hijo, nadie responde sus solicitudes, no sabe dónde está. Desde CEAR insisten, presionan, intentan agilizar el proceso. Sabina llora con la misma intensidad y angustia que cuenta los días que pasa sin él. Cuando va ya por el tercero después de un mes, la prueba confirma, esta vez sí, que Sabina y José son lo que siempre habían sido: madre e hijo. Un día después, ve a su bebé. Ahora se recuperan en una ciudad cualquiera de España.

Cuenta esta historia Lourdes Navarro, abogada de CEAR, que admite que si Sabina y José hubieran sido derivados desde un primer momento a un recurso específico de víctima de trata, no se habría producido esta situación. Puede, incluso, que sin la ayuda de CEAR hubieran continuado en manos de las mafias. La organización presentó una queja al Defensor del Pueblo andaluz para denunciar el trato dado a esta mujer y a su hijo y por la escasez de plazas de emergencia para víctimas de trata. “Es una historia desgarradora, pero en este caso lo conseguimos”, afirma la abogada, que se aferra a esos escasos logros en migración para seguir trabajando.

“Ayer vino Mohamed, un chico de Malí, para decirnos que le habían dado la protección subsidiaria después de cuatro años intentándolo y cuando la respuesta, en el caso de los ciudadanos de este país africano, suele ser siempre negativa”, prosigue esperanzada Navarro. Con esta protección se considera que hay motivos fundados para creer que si Mohamed regresa a su país de origen o de residencia habitual puede sufrir daños graves. “Le temblaban las manos al firmar. Aquí vino con su flamante resolución favorable”, concluye la abogada. Sabina, José y Mohamed. De todos ellos, lo único imaginado son sus nombres.

aportacion la marea

Olivia Carballar

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