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miércoles 18 julio 2018

Política

Web Summit: La otra cara del ‘Davos tecnológico’

La élite tecnológica y política mundial se reúne en Lisboa durante la Web Summit, un evento plagado de sombras y paradojas.

17 diciembre 2017
13:04
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Web Summit: La otra cara del ‘Davos tecnológico’
Paddy Crosgrave, responsable de la Web Summit, en una cena de gala en Lisboa 2018. WEB SUMMIT

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El empresario  J. C. (nombre ficticio) pagó más de 24.000 euros para poder entrar en el pequeño recinto en el que toman café o vino espumoso los directivos de las empresas tecnológicas más vanguardistas del momento y varias figuras públicas de alto nivel, como el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, el expresidente francés François Hollande y varios comisarios europeos, además de seis premios Nobel y una amplia lista de altos cargos de Google, Microsoft, Volkswagen, el banco británico HSBC y la consultora KPMG, entre otras compañías. Mientras fuma en la puerta de la pecera donde se reúne la gente importante, una joven portuguesa que trabaja de voluntaria consulta en su smartphone las conferencias más interesantes del día. Accedió a trabajar gratis porque era la única forma de superar el prohibitivo precio de las entradas y no esconde su malestar al descubrir que, para cuando termine su turno, habrán terminado todas las charlas que le interesaban. Son las dos caras de la Web Summit.

No se trata de la influyente Cumbre del G20, ni del selecto Club Bildelberg, ni del prestigioso EcoMod, sino de una feria tecnológica privada creada, en teoría, para que pequeños empresarios y grandes inversores se conozcan y anuncien novedades. El evento alimenta la ilusión de quienes sueñan con convertirse en el próximo Steve Jobs y creen que aquí podrán codearse con la élite política, tecnológica y financiera global. En apenas cinco años, se ha convertido en un referente mundial. Entre el pasado 6 y 9 de noviembre, logró reunir en Lisboa a casi 60.000 personas, entre ellas un amplio plantel de altos cargos públicos, reguladores e inversores.

Para la revista Forbes, se trata de “la mejor conferencia de tecnología en el planeta”; The Guardian la califica como “el Glastonbury de los frikis de la tecnología”, en referencia al famoso festival inglés; “El gran cónclave de los sumos sacerdotes de la tecnología”, apuntaba The New York Times. Con definiciones similares también se refirieron a la Web Summit el Financial Times, Reuters, Associated Press y otros medios de alcance planetario con acceso privilegiado a las dependencias VIP. Sin embargo, la buena prensa de este evento, los elogios de la élite global y el generoso apoyo del Estado portugués encubren una serie de aspectos cuestionables que pueden enturbiar la imagen del “Davos de la tecnología”, tal y como lo define la agencia Bloomberg. Los organizadores de la Web Summit informan de detalles banales: se consumieron 97.000 pasteles de nata, por ejemplo. Pero ocultan con recelo los datos más sensibles del encuentro, subsidiado por el erario de un país que trata de recuperarse de la crisis.

Al principio, la Web Summit se celebraba en Dublín y apenas congregaba a un centenar de perfiles de nivel medio del sector tecnológico. Desde 2016, su sede es Lisboa y reúne a la crème de la crème mundial, sin distinciones ideológicas. Este año, el astronauta Paolo Nespoli mandó su saludo desde la Estación Espacial Internacional. También pujaron por convertirse en “corazón europeo de la tecnología” Ámsterdam, París y Barcelona, pero ganó la capital portuguesa, que estuvo a punto de perder por la negativa inicial de Portugal a concederle exenciones en impuestos como el IVA, según admitió el representante del gobierno luso en esas negociaciones, Leonardo Mathias, a la agencia de noticias pública Lusa. Mathias aguantó hasta las tres de la madrugada del día previo a la firma del acuerdo, pero finalmente “cedió”, reconoce. Las autoridades lusas no explican qué ventajas fiscales ofrecieron a la Web Summit –en la que solo 40 de las 2.100 start-ups presentes eran portuguesas, según el diario Expresso– y se limitan a repetir que representa “una primavera en pleno otoño” para el sector turístico.

Un taxista de origen angoleño se muestra optimista ante la llegada de miles de extranjeros, pero lamenta los cortes de tráfico debido al desplazamiento de grandes personalidades. No sabe que el perfil de asistentes es más proclive a usar Uber y Cabify, dos plataformas que el Parlamento luso pretende legalizar, y que aumentaron su número de viajes en un 30% durante el evento. Tampoco sabe que, precisamente, a pocos metros se encuentra Jeff Holden, uno de los directivos de Uber, cuyas decisiones condicionarán el futuro profesional de este taxista optimista. Los primeros coches voladores de esta compañía llegarán en 2020, según adelantó Holden en Lisboa.

En la fórmula del éxito de la Web Summit también entran los proletarios millennials. Los organizadores decidieron fichar a 2.500 voluntarios, la mayoría estudiantes portugueses. Su tarea no fue remunerada ni incluyó gastos de transporte o alojamiento (solo les daban el almuerzo), pero se les obligaba a comprometerse a trabajar un mínimo de 15 horas en total. En la Web Summit es posible trabajar gratis sin perder la sonrisa. Todos los voluntarios consultados por La Marea se mostraron felices porque, si hubieran tenido que pagar para acceder, no habrían podido asistir, según explicaron. Las entradas para los tres días del evento han oscilado entre los 700 y los 24.000 euros (la más vendida ha sido la de 1.500 euros). Algunos voluntarios se quejaban, eso sí, de que la falta de organización y las colas para comer les dejaban sin tiempo para ver los stands de empresas como Tinder o Samsung.

Cargos públicos como reclamo

Una de las grandes bazas del capitalismo es su capacidad de adaptación y flexibilidad. Por ejemplo, cuando la ciudadanía empezó a tomar conciencia de cómo las multinacionales explotaban a sus plantillas o contaminaban el medio ambiente, las grandes corporaciones inventaron los programas de responsabilidad social corporativa. La Web Summit va más allá y es capaz de reunir en la misma sala a entidades relacionadas con grandes casos de evasión fiscal como el banco HSBC, empresas petroleras como Shell, organizaciones de defensa de los derechos humanos como Amnistía Internacional, y políticos progresistas y de ultraderecha para hablar, en un ambiente festivo, sobre la macrofiltración de los Papeles del Paraíso, los riesgos de la inteligencia artificial o la lucha contra el cambio climático. De fondo, un mensaje implícito: el Estado necesita a las grandes corporaciones y ha de facilitarles recursos para evitar males mayores. Altos cargos públicos como reclamo que, a su vez, refuerzan su imagen de figuras modernas y disfrutan de tres días de placer en compañía de multimillonarios.

El secretario general de la ONU y el congresista y exvicepresidente de EEUU Al Gore criticaron la desigualdad y el cambio climático delante de los directivos de algunas de las empresas más contaminantes y con más escándalos por delitos económicos; el columnista de The Guardian Owen Jones fue contundente contra el presidente de EEUU, Donald Trump, uno de los personajes más abucheados durante el evento junto con el de Rusia, Vladímir Putin, duramente criticado por el exajedrecista Kasparov y el oligarca Mijaíl Jodorkovsky. La comisaria europea de Competencia, Margrethe Vestager, presumió de las multas impuestas a Google y Facebook frente a directivos de ambas compañías y pidió “traer de vuelta la democracia y reconstruirla”. Aplausos del público, gran ausente en las cenas de gala que concedía el Gobierno portugués a los invitados más insignes de esta feria privada. La aparente enemistad entre ciertas élites políticas y empresariales es un papel de teatro innecesario cuando se está fuera del escenario.

El paisaje de la sala para periodistas sirve de metáfora visual. A un lado, cientos de comunicadores entre camareros que sirven café, dulces y nachos. Al otro lado, tras una larga pared de cristal y bajo un cartel en el que figuran los logos de entes tan dispares como los de la ONU, Facebook y Volkswagen (protagonista del Dieselgate), caras conocidas de la élite mundial y los asistentes platinum (con las entradas más caras) comparten canapés ante la mirada lejana de los periodistas, conscientes de que nadie puede escuchar lo que se dice dentro de la pecera. En el mismo recinto comparten sofá y brindan la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, el escritor Owen Jones, presidentes y directivos de IKEA y Master Card, el comisario europeo de Ciencia e Innovación, Carlos Moedas, el Nobel de la Paz Kailash Satyarthi (activista contra el trabajo infantil) o Nigel Farage, antiguo líder del ultraderechista UKIP y cara visible de la campaña pro Brexit –aunque no renuncia a su sueldo de eurodiputado–. En la edición más política de la Web Summit –primera en la que se permite beber alcohol– algunos cargos públicos justificaron su presencia con una charla, pero otros figuraban en la página del evento a modo de reclamo publicitario.

En la Web Summit también se habló de periodismo, fake news y opinión pública. Sobre el tema disertó, por ejemplo, Brad Parscale, jefe de campaña digital del presidente Trump: “Ganamos las elecciones con Facebook, y Twitter fue el medio para hablar con las personas, con la televisión nunca habríamos llegado”, reconoció. De los 2.600 periodistas acreditados en esta última edición, solo los de medios asociados tuvieron acceso a las personas importantes allí reunidas. En ese contexto, Joseph Kann, editor jefe de uno de ellos, el New York Times, sentenciaba que “el periodismo está bajo amenaza”.

En 2018 se espera que el evento vuelva a Lisboa. Uno de los empresarios que no regresará, como aseguró a La Marea, es el chileno de 35 años Philippe Delteil, creador de SERIE, una aplicación para reducir el tiempo de respuesta ante catástrofes naturales. Delteil y los dos socios que le acompañaron invirtieron en el viaje más de 4.000 euros: “Queríamos hablar con inversores pero al final solo fuimos atacados por spam digital y en persona. Mucho ruido y pocas nueces”.


Factura a cargo del Estado portugués

En 2016 el impacto económico de la Web Summit en Portugal fue de 200 millones de euros, según los organizadores. Este año acudieron 59.115 personas. La mayoría fueron pequeños empresarios al frente de una start-up (empresa emergente) que sueñan con la generosidad de alguno de los 1.400 inversores que viajaron a Lisboa –la suma de sus carteras de inversiones equivale a tres veces el PIB de Portugal–. La ocupación hotelera llegó al 88%, según la patronal de ese sector, que antes de que arrancase la Web Summit lanzó este llamamiento: “Si ven circular por la ciudad a miles de individuos desaliñados y con aspecto no muy agradable, trátenlos bien, podrían ser personas importantes”. La plataforma de alquiler de pisos Airbnb asegura que en los tres días que ha durado el encuentro ingresó un tercio de su facturación anual en Lisboa.

Paddy Crosgrave, cofundador y responsable de la Web Summit, califica la relación del evento y el Gobierno portugués como “un buen matrimonio”. Portugal paga la seguridad (dentro y fuera del recinto habilitado), corta calles, despliega servicios extra en aeropuertos y pone su cuerpo diplomático al servicio de los organizadores, pero no aporta más detalles. Todas estas gestiones se realizan a través de una comisión especial, tal y como figura en el Diario de la República (el BOE portugués). Forbes y otros medios asociados a la Web Summit publicaron amplios trabajos sobre los beneficios del evento para Portugal. Sin embargo, las autoridades se niegan a dar cifras y detalles sobre la cesiones del Estado luso a esta feria tecnológica privada, a pesar de las polémicas que salpicaron el encuentro, como la que ocurrió la última noche de la Web Summit.

En la última velada, en torno a 200 asistentes VIP escogidos a dedo disfrutaron de una cena a la luz de las velas en la sala central del Panteón Nacional de Portugal, donde yacen las tumbas y cenotafios de los grandes héroes de la historia lusa. Al día siguiente muchos portugueses se sintieron ofendidos y consideraron la cena una falta de respeto y un derroche innecesario. “Tengo un problema con la forma provinciana y deslumbrada con que la élite portuguesa mira la Web Summit; cómo todo el mundo, desde el primer ministro al presidente de la República, busca una photo opportunity con Paddy Cosgrave […]. Es reflejo de un país pobre y limitado, donde suceden pocas cosas, pues esta concentración absurda de élites y de atención mediática solo es posible aquí, o en Irlanda o en Grecia”, escribió el periodista João Miguel Tavares en el diario digital Publico.pt.

Ni la organización ni las autoridades accedieron a dar detalles sobre el número de policías desplegados, conscientes de las críticas que podía despertar esa ‘ayuda’ tras varios años de austeridad. “Nos jugamos la imagen del país y de la ciudad”, se limitó a responder el comandante de la policía en Lisboa, Jorge Maurício. La contradicción se hacía patente al ver cómo muchos agentes que ejercían de personal de seguridad dentro de la feria privada tenían que usar sus propios móviles para comunicarse entre sí debido a los fallos de su anticuado sistema de comunicaciones, víctima colateral de los recortes. Precisamente los problemas en las redes de comunicación de los cuerpos de seguridad lusos se encuentran bajo lupa tras el incendio de Pedrógão Grande en junio de este año, la mayor tragedia forestal de la historia de Portugal (64 muertos). La Web Summit no costea su seguridad, pero presume de solidaridad y asegura que plantará 95.000 árboles en suelo portugués.

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José Bautista

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