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martes 26 septiembre 2017

Opinión

Defender el derecho a decidir en Cataluña es defender España

“Puede ser un punto y seguido o puede resultar una radicalización aún mayor de las posiciones. Es sin duda una prueba de fuerza y legitimidad para ambas administraciones, sobre todo para el Gobierno central”.

06 septiembre 2017
10:44
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Defender el derecho a decidir en Cataluña es defender España
Banderas independentistas en la Diada.

El lenguaje nunca es neutro y en él se expresan las tensiones, intereses y fuerzas en torno a un asunto determinado. Cataluña, como tema, no es ninguna excepción. El referéndum que las fuerzas independentistas han planteado para este próximo 1 de octubre, en el mejor de los casos, se tacha de desafío soberanista, en el peor de golpismo. Así mismo se habla de choque de trenes, dibujando una situación en la que aparentemente existen dos entidades contrapuestas, unionistas y secesionistas, o yendo un paso más allá, los demócratas y los sediciosos. El movimiento, hasta el momento exitoso, consigue que exista la percepción de que el problema es solo de Cataluña y que, además, se circunscribe a un lapso temporal cortísimo donde solo importa un pasado reciente que se altera a voluntad.

El objetivo de este artículo es demostrar que la actual situación que se vive en Cataluña es solo comprensible, y potencialmente solucionable, entendiéndola como un conflicto derivado del tambaleante régimen del 78: en el plano largo, como la incapacidad de resolver su arquitectura territorial; y en el corto, como la consecuencia de una restauración reaccionaria, apresurada e involucionista que se ha dado como respuesta al intento constituyente, e irresuelto, que amplias capas populares y fuerzas de izquierda plantearon a raíz de la última gran crisis. La advertencia que este texto propone es que si esas mismas fuerzas constituyentes de toda España dejan a Cataluña a su suerte el resultado será potencialmente negativo, no solo para la parte sino para el todo y no solo en la cuestión territorial sino como validación de un proyecto de retroceso a todos los niveles. Solucionar Cataluña es solucionar España.

Lo nacional como proceso histórico y oportunidad política

El nacionalismo es una de esas ideas que tienen un acomodo material pese a ser una construcción meramente narrativa. Algo que es imaginario pero que tiene consecuencias reales, algo que dice basarse en unos hechos históricos pero que siempre se reproduce a posteriori, una mitología con raíces clavadas en la tierra. No el nacionalismo catalán, todos los nacionalismos, en cualquier latitud, incluido el español. Todo Estado comprende un territorio y necesita de un referente identitario para marcarlo, mantenerlo unido, dar a sus súbditos o ciudadanos una idea de pertenencia. Esa necesidad de cohesión no es gratuita, responde a un interés económico, que en un primer momento fue la de agilizar el comercio creando una sola unidad territorial que no tuviera que soportar monedas, impuestos y legislaciones diferentes.

Es a partir del siglo XIX, con las revoluciones liberales, cuando el nacionalismo es requerido con mayor fuerza para disputar al Antiguo Régimen la legitimidad sobre el aparato político, sobre el Estado. El nacionalismo fue arma de la lucha de clases, de la burguesía contra la nobleza. Si en Europa parece que siempre ha tenido un componente derechista, a raíz sobre todo del perverso pero exitoso uso que el fascismo hizo del mismo, en Latinoamérica o África valió como instrumento de liberación nacional contra el imperialismo. Leer de la misma forma el “Todo por la patria” que el “Patria o muerte” solo puede ser producto de la puerilidad, la maledicencia o la incapacidad política.

No hago comparaciones entre la Cuba del 59 y la Cataluña presente –a pesar del parecido evidente y lógico entre la bandera del país caribeño y la estelada– sino que intento hacer ver que el nacionalismo, y su correlato independentista, no pueden ser leídos en términos absolutos nunca, representado, según la época o el contexto, valores diametralmente opuestos. Quien desde la derecha vapulea al nacionalismo catalán con contradicciones históricas hace el ridículo –pues las mismas se encuentran en el español, igualmente construido, igualmente imaginado–, quien lo desprecia desde la izquierda, oponiéndolo al elemento social o de clase peca de reduccionista. La izquierda española no ha sabido o no ha podido históricamente asumir el nacionalismo como herramienta política, lo que la ha llevado a dejar este campo libre para la derecha y le ha provocado dificultades para encontrarse con las otras izquierdas nacionales. No se puede despreciar, aunque no se comprenda, aunque no guste, aunque no se comparta, una idea tan poderosa como la de nación, chutándola sin cuidado como un defensa asustadizo ante un balón difícil. Si la izquierda española quiere pintar algo en la actual coyuntura catalana no solo tiene que tener una postura sobre Cataluña, sino sobre el modelo que quiere para España, atreverse sin miedo a disputarle a la derecha la idea de nación.

El independentismo no surge en una noche, ¿de dónde venimos?

Si la derecha española había avanzado, obligada, al menos hacia las maneras demócratas, es en el aznarato, en su segundo gobierno, donde estos mínimos de convivencia se consideran complejos a eliminar. Es a partir de 2000 cuando Aznar, con ayuda de la FAES y de un grupo de notables donde se encuentran entre otros Savater, Azúa o Gorriarán, da salida a la idea del patriotismo constitucional, un concepto que en palabras del Presidente de las Azores surgía de la lucha contra el terrorismo y pretendía dar salida a “una identidad nacional renovada con el desarrollo de la Constitución” y que no trataba de “oponer un nacionalismo español al periférico”.

Aznar, al que le hizo falta hablar catalán en la intimidad para entrar en negociaciones parlamentarias con la derecha catalana y vasca, en su segunda legislatura, ya con mayoría absoluta, dio comienzo a algo que pese a las supuestas intenciones cívicas tenía como objetivo resucitar para la derecha un concepto de España que nunca habían abandonado, el de vía única, el de país no inclusivo sino excluyente. Fue la época en que los ojos estaban puestos en el País Vasco por el Plan Ibarretxe y donde en Cataluña una entente entre el delfín de Pujol, Mas, y Josep Piqué se daba por posible entre muchos analistas para las autonómicas de 2003, donde al final ganó Maragall en votos, lo que dio la posibilidad al gobierno tripartito.

Y llegó Zapatero. Un presidente con los consabidos debes donde no se encuentra, al menos, el no haber enfrentado el asunto autonómico, que es lo que, en ese momento, aún era. Entre el año 2005 y 2006 se aprueba el nuevo Estatuto de Autonomía para Cataluña, un texto que pasó por el Parlamento catalán, un referéndum y la aprobación de las Cortes y al que se opusieron el PP y ERC, los últimos por considerarlo insuficiente –y realmente como un intento de sorpasso a CIU– y los primeros por dar la lata. Sé que la expresión suena vulgar, pero no lo es menos que los motivos de un Rajoy que en el año 2006 declaraba que “lo que exige un mínimo de patriotismo y de sentido común es paralizar esta operación de liquidación de la nación española”. Ante una supuesta buena economía al PP solo le quedó agitar la calle contra cualquier propuesta del gobierno Zapatero, en unos términos, no lo olvidemos, que lindaban con lo ultra a menudo. Rajoy no se lo creía, posiblemente no lo deseara, pero la radicalización fue la única posibilidad de supervivencia ante una parte de su partido, con Aguirre al frente, que le quería desplazar. El señor de la sensatez se comportó de forma bastante insensata.

Fue ese momento, hagan memoria, donde el matrimonio igualitario iba a romper la familia, donde Zapatero había llegado al gobierno por una conspiración conjunta de la ETA, Marruecos, Al Qaeda, la Policía Nacional y la Orquesta Mondragón. Fue la época dorada de los radio-predicadores que agitaron sentimientos primarios y peligrosos. Y por supuesto el momento del “se rompe España”. Fue cuando los boicots a los productos catalanes, cuando se empezó a encender una absurda rivalidad valiéndose del fútbol entre Madrid y Barcelona, cuando los Papeles de Salamanca parecían una afrenta definitiva, cuando se hablaba de que los niños catalanes eran privados del español a punta de navaja. Y cuando el Partido Popular, encabezado por el señor Rajoy, hizo una campaña para recoger firmas en contra del Estatuto y presentó siete recursos de inconstitucionalidad ayudado por sus diputados, senadores y presidentes autonómicos. Aquello, por lo visto, muy bien no sentó en Cataluña.

Y el Estatuto se puso en marcha, desarrolló leyes y estuvo cuatro años sin dar mayores problemas. Hasta que en junio de 2010 el Tribunal Constitucional tuvo que contestar a los recursos de Rajoy. A pesar de que el Tribunal declaró constitucional la mayor parte del mismo, dejó sin efectos jurídicos el preámbulo, donde se hablaba de nación catalana, es decir, dejó sin consecuencias algo que no las estaba teniendo creando un problema donde no existía. Si la sentencia no fue definitoria para nadie, por su tono y su finalidad sentó el precedente que nos ha traído hasta aquí. Expresó a toda la sociedad catalana que su decisión, tras haber pasado su filtro parlamentario, tras haber sido votada en referéndum, tras haber sido negociada en las Cortes, no había valido para nada. El Tribunal Constitucional, escudándose en una visión constrictiva del Derecho, había actuado como un legislador negativo.

Ya en julio se sucedió la primera manifestación multitudinaria en Cataluña, con el lema “Som una nació. Nosaltres decidim” en la que participaron todos los partidos catalanes, los sindicatos y miles de entidades sociales, exceptuando el PPC y Ciutadans. Alrededor de un millón de personas llenaron las calles de Barcelona. No sería la última vez.

Zapatero, en una entrevista reciente, dijo que nunca había visto en Mas a un independentista y que si Carod lo era, lo era de una forma romántica. Más allá de lo acertado de sus percepciones la frase denota algo que parece evidente, ni el nacionalismo de derecha contemplaba la independencia ni los que se decían independentistas podían imaginar un escenario tan inmediato. Lo interesante es que la deriva de supervivencia que impulsó a Rajoy a adoptar un extremismo táctico fue muy similar a la que llevó a los convergentes a creerse su propio relato independentista, algo en lo que posiblemente no creían, pero que a fuerza de hechos no tuvieron más remedio que hacer suyo.

El pueblo catalán, entre el mito y el protagonismo

El independentismo no ha surgido, como parece insistir la narración oficial, por generación espontánea o por las malas artes de unos extremistas. Pero la historia reciente, ineludible para entender nuestro momento, eludida para descargar de responsabilidades, estaría incompleta si solo se cuenta como hemos hecho hasta aquí, es decir, por arriba. La pregunta que deberíamos hacernos no es por qué una parte sustancial de la sociedad catalana se declara independentista, sino qué significa el independentismo para ellos.

El 27 de mayo del 2011 una brutal carga de los Mossos desalojó la acampada del 15-M en Plaza Catalunya. La policía autonómica, al servicio de unos intereses de clase, se comportó de la misma forma que la nacional, y sus responsables políticos, CiU por un lado y por otro el PSOE y más tarde el PP, no dudaron en hacer piña en esa ocasión. La simetrías siguen con la manifestación en el Parlamento de Cataluña o el Rodea el Congreso y, en general, con todos los conflictos de índole social, laboral y política que se sucedieron en la etapa pasada. Es decir, en los momentos más duros de la crisis las derechas, aun manteniendo su duelo nacional, parecieron llegar a un acuerdo de no agresión para salvaguardar su orden mientras recortaban impunemente.

La izquierda española hizo una lectura parcial del proceso, entendiendo que los conflictos sociales anularon a los nacionales o, en todo caso, que los desplazaron. Aun pudiendo ser cierta esta aseveración en las situaciones concretas, lo que al final parece es que la crisis y sus consecuencias sí tuvieron un efecto en la cuestión que nos ocupa. Si en España el momento álgido donde se buscaba lo constituyente coincidió con la abdicación real, y si el cansancio y la aparición de Podemos desplazaron las esperanzas hacia lo electoral, en Cataluña esa esperanza constituyente encontró en una parte de su sociedad movilizada un acomodo en la idea de República Catalana.

Es difícil averiguar quién es esa parte del independentismo, lo que parece obvio es que el proceso no ha sido entendido de la misma forma por gente de clases sociales, zonas geográficas y simpatías políticas diferentes. Mientras que hay independentistas de derechas a los que les cuesta disimular una suerte de supremacismo catalán, hay otros, coincidentes con los sectores progresistas de ERC y las CUP, que sí parecen haber conseguido encajar, al menos en su narrativa, las ansias de cambio social surgidas tras la crisis con la idea de independencia.

También parece cierto que hay una parte de la sociedad catalana, de izquierdas, de clase trabajadora y no independentista, tradicional votante del PSC, que ha pasado a los Comunes, a Ciudadanos (aunque resulte contradictorio) o a la abstención, pero, que más allá de lo electoral, se siente huérfana de una propuesta que les acomode. Seguramente no quieren la independencia y no sienten, a fecha de hoy, que este sea el referéndum, como también parece probable que, tras el recrudecimiento de los ataques hacia lo catalán, o las exigencias por parte del independentismo más torpe de que abandonen una equidistancia que no es tal, se polaricen hacia una de las dos opciones.

Oportunidad constituyente contra profundización involucionista

Y ese es uno de los mayores problemas, las opciones. Tanto para la izquierda española como para la catalana sería un error fatal asumir el discurso de que solo hay dos posiciones, una unionista y una secesionista. Si estos son los límites que se aceptan, cualquier opción resultante será trágica para los intereses de los que no se sientan en los consejos de administración del IBEX.

La cuestión legalista del propio referéndum es el juego jurídico de los que hoy se arrogan la coartada de demócratas con la única intención de mantener un estatus que les beneficia. Parece arrogante definir como juego a la norma constitucional, eso si no atendemos a cómo es retorcida, ninguneada o machacada en aquellos títulos, mínimamente progresistas, donde entra en conflicto con los intereses de la clase dirigente. Nadie ha parecido recordar, cada vez que alguien ha sido desahuciado de su casa, el derecho a la vivienda, nadie ha parecido recordar, cada vez que alguien ha sido despedido de su trabajo, el derecho al empleo. De la misma forma, citar con tanto énfasis que la soberanía recae en el pueblo español cuando esa misma soberanía se cedió a los agentes de la Troika parece una burla.

Fue el propio Tribunal Constitucional el que en 2010, cuando se pronunció sobre el Estatuto de Cataluña, reconoció que algunos de los problemas planteados no lo eran en sí mismos, a un nivel de oponerse frontalmente al espíritu de la Constitución, y que por tanto lo que se requería era una reforma de la misma. Algo que se buscó pero que a instancias del PP no llegó a suceder. Sin embargo, esa reforma, para introducir el artículo 135, aquel que sí recorta la soberanía efectiva de los gobiernos electos a la hora de legislar, no tuvo ninguna dificultad en llevarse a cabo.

No es una cuestión pequeña que el próximo 1 de octubre se produzca o no el referéndum, no por sí mismo, algo que todos los actores saben que no tendrá un efecto inmediato y definitivo en la secesión catalana, sino por las formas en que suceda o deje de suceder. Puede ser un punto y seguido o puede resultar una radicalización aún mayor de las posiciones. Es sin duda una prueba de fuerza y legitimidad para ambas administraciones, central y autonómica, pero quien más se juega es el Gobierno central, ya que en su postura de evitar la votación sin ofrecer ni una sola alternativa puede empezar a ofrecer una imagen difícil de defender incluso en el plano internacional.

Sin embargo, la mirada debe sobreponerse al referéndum y contemplar un escenario más amplio, algo en lo que hemos venido insistiendo en todo este texto. Lo esencial, por romper con la dicotomía unionista/secesionista, es calcular qué significa para la derecha española esta situación. A mi juicio a Cataluña se la da por perdida, no como territorio, sino socialmente. Nada que se haga puede despertar las simpatías hacia la derecha española de ninguna forma y esto, que hoy parece obvio, no lo era, como hemos visto, en las elecciones de 2003 o mucho más recientemente en acuerdos de gobernabilidad general. La clave es que Cataluña se está convirtiendo en la piedra de toque para iniciar una profundización involucionista en todo el país a gran escala. Rajoy, que no solo complicó la situación, que no ha dado una sola solución negociada o una vía de escape, es parte ya de una inercia que le supera ampliamente y que le exige mano de hierro no para resolver el conflicto sino para eliminarlo.

No se puede entender el referéndum sin las aspiraciones constituyentes, como no se puede entender la descarnada oposición sin tener en cuenta el clima de vendetta que tras las últimas elecciones se ha impuesto en España. Este termidor está sirviendo para pasar factura a todo aquel que levantó la voz en el periodo anterior, pero sobre todo para dar cuerpo a esa hegemonía reaccionaria que comenzó en el aznarato. Frente a una economía incapaz de satisfacer los intereses generales, frente a un mercado de trabajo más que precario, frente a una imagen merecida de corrupción, la salida es reforzar el concepto reaccionario de España. Por necesidad pero también por ideología, esa que entronca con un nacional-catolicismo que estuvo aletargado pero que hoy está ya activo.

En España no existe extrema derecha partidista y relevante porque las opiniones de la extrema derecha son defendidas sin ningún rubor, y cada vez más, por los autodenominados liberales. A saber: revisionismo histórico, xenofobia, clasismo totalizador, alejamiento de la aconfesionalidad, leyes represivas… y una deslegitimación constante del adversario político, no por sus propuestas concretas, sino por su mera existencia. Y esto no es algo que afecte solo al PP, aunque en él encuentre su máximo exponente, es una tendencia compartida por C’s, el derrotado aparato del PSOE, la gran mayoría de los grandes grupos de comunicación, la judicatura y, lo que es peor, una parte de la sociedad que, espoleada por el clima de aparente excepcionalidad, está asumiendo la peligrosa idea de que solo hay una forma de país, que es la suya, y que cualquier intento de cambio es ilegítimo y por tanto susceptible de detenerse por cualquier medio. Determinadas víboras, una vez libres, son difíciles de controlar.

La izquierda española no puede abstenerse de su papel histórico, no puede caer en una táctica cortoplacista y no protagónica por miedo a un descalabro electoral. No haciendo nada, el escenario en unas elecciones puede ser demoledor: las columnas acusando de traición, se haga lo que se haga, ya están escritas. Es posible que para los intereses de clase fuera más cómodo un país en el que no existieran tensiones territoriales, pero ese país no es el nuestro. Dejar sola a Cataluña supone fortalecer a su derecha nacional, no trazar complicidades con la izquierda independentista implica renunciar a construir un nuevo escenario juntos.

Un referéndum ha de producirse, no se puede volver a la situación previa, entre otras cosas porque la derecha española ya no lo desea. Un referéndum es necesario para los que quieren la independencia, pero también para los que no, porque es igual de injusto olvidar a los catalanes que no quieren marcharse. Un referéndum no pactado tiene una menor legitimidad, el problema es cuando no hay nadie con quien pactarlo. Cataluña, aun suponiendo que consiguiera una hipotética independencia en la situación actual, pagaría cara su nueva república: hacen falta salidas. La izquierda debe definir un nuevo modelo de Estado, explicarlo, discutirlo, debatirlo y luchar por él, sea esta la república federal o sea otro nuevo contexto, lo que no puede es limitarse a heredar un conflicto que no ha provocado, un modelo que está agotado y una estructura que se resquebraja.

Por todo esto defender el derecho de los catalanes a decidir su futuro es defender a España de quienes quieren que sea losa, uniformidad y paisaje tétrico. España no es eso, no siempre lo ha sido, a pesar de esa soga que une el ahorcamiento de Riego, el fusilamiento de Companys o el asesinato de García Caparrós. Hay otro hilo que ha unido a los españoles y a los que viven en este país pero no se sienten parte de él que se activa cada vez que la gente ha buscado su lugar en la historia, más allá de ese papel de espectadores pasivos en lo esencial pero protagonistas en la agotadora maquinaria del enriquecimiento. Y es hora de encontrarlo, es hora de volver a tirar de él.

Donación a La Marea

Daniel Bernabé

Daniel Bernabé

22 comentarios

  1. monturqueno
    monturqueno 14/09/2017, 22:24

    con lo del brexit, resulta que escocia quiere seguir en la comunidad economica europea y para ello se quiere independizar . si estamos de acuerdo con el derecho a decidir de los pueblos, catalunya admitiria que los pueblos y ciudades que quieran quedarse en españa pueden quedarse, o eso no es decidir de los pueblos? todo el pueblo o ciudad que quiera quedarse y vote mayoria para ello puede quedarse en españa? historicamente la mayoria de los pueblos catalanes son españoles antes que catalanes y ademas no quieren perder su status?

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  2. Cachamuiñas
    Cachamuiñas 12/09/2017, 17:00

    Nací en Málaga, no tenia un mes cuando me trajeron a Galicia, y por eso soy gallego y español, una serie de circunstancias casuales, así lo deciden, me estoy refiriendo a los documentos que acreditan mi nacionalidad, pero Yo, no me siento gallego, español, o de otra nacionalidad. El otro día leí un articulo que se consideraba unos ilusos a los que definían su nacionalidad como internacionales, pero así es como me definiría yo la mía, he vivido la mayor parte de mi vida en países demócratas, que sin ser la panacea de la democracia, la española es solo un remedo comparado con esas democracias. Es un oxímoron el decir que un referéndum es antidemocrático, lo que será antidemocrático serán la constitución o las leyes que lo dicen. Me importa un bledo que Cataluña consiga ser una republica independiente, o no, pero de lo que si estoy seguro es que todos los pueblos tiene un derecho inalienable a decir lo que quiere, o como quiere ser. .

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  3. no tengo
    no tengo 11/09/2017, 22:54

    el nacionalismo es todo fascismo de aquellos que se creen mejores que los demas por haber nacido en un determinado lugar y momento.en cataluña ademas ,son chorizos como el p-.p.

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  4. Lucia11
    Lucia11 09/09/2017, 16:46

    Gracias por el artículo. Por crear debate sano, desde el respeto y el diálogo, rompiendo la dicotomia del si o no, dentro o fuera, conmigo o contra mi. No coincido con lo que opinais de que desde la izquierda no se abordan los temas de los nacionalismos. Al reves se hablan de los temas que nos unen y de los problemas que hay comunes o parecidos y como se pueden solucionar. ¿en donde se habla? En movimientos sociales o de partidos que se han tenido que constituir pero son agrupaciones ciudadanas, Podemos y CUP principalmente. Aun no se tiene un mínimo consensuando de que idea de convivencia legal se quiere pero se esta en ello, dialogando. Primero hablando de lo que nos une y como alcanzarlo y luego de la via formal, legal. Pero lo legal no es lo unico que nos une o tiene que unir. La solidaridad y relacion entre las personas, nunca por mucho que les joda a muchos de derechas, vendra regulado por donde ponga tu documento de identidad.
    Así que a seguir dialogando y romper el si o no.tenemos trabajo 😉 desde el respeto

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  5. Psicosofía
    Psicosofía 07/09/2017, 12:29

    https://www.lamarea.com/2017/09/06/defender-el-derecho-a-decidir-en-cataluna-es-defender-espana/

    Qué problemas genera la confusión del lenguaje.

    El lenguaje no es neutro, por supuesto, pero hay que buscar afanosamente acercarse a la verdad. Quedarnos en que no existe la neutralidad nos lleva a un nihiismo peligroso.

    Todo el rato, la concepción de artículo y comentaristas confunde Nación y Estado, y desgraciadamente así nos va. O directamente degrada la noción de Nación de hecho histórico objetivo a “construcción narrativa”. Supongo que toda la historia humana puede reducirse a la categoría de construcción narrativa, pero ¿dónde nos deja eso?

    Lo cierto es que toda la sociedad civil española, incluyendo la catalana, está secuestrada por la clase política de la partidocracia postfranquista del 78.

    No hay libertad política en Europa, ni en España, ni la habrá en Cataluña, si no la buscamos todos. Si la sociedad catalana es tan avanzada, ¿porqué no compartir claramente esa “visión” tan a la vanguardia de todo? Que lideren, les seguiríamos muchos! ¿Por qué? Porque no tienen visión diferente alguna, y están/estamos a punto de permitir que monten otra mini-partidocracia local para además con ello tapar definitivamente el saqueo que el nacionalismo de estado (en realidad estatalismo) ha estado haciendo desde prácticamente el inicio del Estado de Partidos. Y mientras, el espolio con dinero gratis de la UE en el resto de España sigue a toda máquina, al nivel de las tres administraciones que la partidocracia mafiosa tuvo a bien darse.

    España es una realidad histórica, la nación de los españoles, los nacidos y descendientes de sus habitantes. Compartimos una cultura, un idioma, un clima, un hábitat único… !!

    Busquemos desde la unidad de lo que nos une la Libertad Constituyente de todos, fuera del Estado de Partidos, y por supuesto, de sus narrativas. Éstas sí hay que desenmascararlas sin descanso ni rubor, o estaremos claramente eligiendo un bando. Ahí sí que no se puede ser neutral.

    Y !por favor! separemos realidades históricas, leyenda y leyenda negra (casi siempre promulgada desde sus enemigos históricos y de prodigiosa difusión); el nacionalismo en hispanoamérica surge también de un deseo de ser uno más, de tú a tú, en la nación española, como reconocimiento mutuo (para bien y para mal son descendientes de españoles, hijos y hermanos), !pero no quisimos nosotros! Error histórico.

    ¿Por qué no intentarlo ahora que se ha comprobado que con los que no tenemos nada que ver es con los sajones y los germanos? Y mucho menos de arriba a abajo (que es como se está haciendo también en Cataluña). ¿Por qué no tender hacia la unión de la gran nación histórica Hispánica (incluso iberoamericana si contamos Portugal , Brasil…) en lugar de promulgar su destrucción y seguir permitiendo su ruina?

    El pueblo vota, pero no elige. Elige por el pueblo el jefe de partido, sea Ciudadanos, IU, sea PP, PSOE, Podemos, nacionalistas… Esa es la principal reeducación. Nuestro sistema político es una dictadura de partidos integrados en el Estado, sin separación de poderes, establecido de arriba a abajo, sin Libertad Constituyente. Esa es la verdad, y todo el que colabora con éste régimen o subregímenes, sabiendo esto, es un enemigo de la Libertad.

    Arrrghhhh…

    O espabilamos o estamos jodidos. Y si espabiláramos, buen momento histórico para hacerlo.

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    • IsBel
      IsBel 11/09/2017, 19:21

      En efecto el pueblo no elige. Votar con listas cerradas es hacer seguidismo. Lo de la disciplina de partido suena a obediencia ciega.

      Responder a este comentario
    • Isabel Rubio
      Isabel Rubio 11/09/2017, 19:22

      En efecto el pueblo no elige. Votar con listas cerradas es hacer seguidismo. Lo de la disciplina de partido suena a obediencia ciega.

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  6. Roger24
    Roger24 07/09/2017, 09:45

    España no es ninguna nación. Es un estado formado por naciones, cuatro en concreto: catalana, que incluye Catalunya, el País Valencià y Balears (Andorra y Catalunya Nord, que actualmente son un estado independiente y la otra forma parte de Fancia respectivamente), la vasca que conforma Euskadi, Navarra y una parte de la Rioja, la gallega que forma parte Galicia y la castellana que es e resto que era toda Castilla. No confundamos. El nacionalismo español sí es un invento. Como dijo Antonio Alcalá Galviano en las Cortes del Estatuto Real en 1835:

    “Debemos propagar la imagen de la “nación”, e inculcar apego a ella y unirlo todo al país y a la bandera, a menudo inventando tradiciones o incluso naciones para tal fin. Uno de los objetos principales que nos debemos proponer los castellanos, es hacer de la nación española una nación, que no lo es ni lo ha sido nunca hasta ahora”.

    Creo que lo deja bien claro. Y programas como El Intermedio del día 6/9/17 en el que hablan de los nacionalismos basándose en las palabras que según el enteradito de Pedro Sánchez (PSOE) dijo que todas las naciones son España , sacában un mapa de España en el que cada comunidad la calificában de nación. No, no es lo mismo. Y eso no ayuda.

    A los valencianos y baleares se nos ha estado y está machacando en que no tenemos nada que ver con Catalunya, que nuestro idioma es diferente al catalán, e incluso que el catalán de la Franja (Aragón) no lo es y se inventaron el LAPAO España es simple y llanamente un estado colonialista dirigido por la nación castellana, que pisotea a todo lo que le resulta diferente. Y luego quieren que nos sintamos españoles. Jamás!

    Y esto lo escribe un valenciano, para que si me insultan no me llamen catalán de mierda, que es lo habitual.

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    • Hander
      Hander 07/09/2017, 13:36

      Pues Bien, aceptaremos pulpo como animal de compañía, y si ésta es una posible solución al monumental embrollo en el que nos ha metido nuestra distinguida clase política, estaría por aceptarlo para terminar de una vez por todas con esta agonía de lo mio siempre es lo mejor por que es lo mio, en vez de valorar lo enriquecedor que es lo bueno que nos puede aportar el vecino.
      Ahora bien, dentro del término nación cabe todo o casi todo, eso sí, respetando un poquito la historia, desde cuando Valencia ha sido un país? o desde cuando pertenece a la nación Catalana? respeto y rigor histórico que no vale todo, ni una mentira repetida mil veces se convierte en verdad.
      Me parece muy bien que ha pesar de haber nacido en Valencia te sientas afin a la Nación que quieras, ya que nación tiene más que ver con un sentimiento que con una demarcación física, pero te ruego no no nos metas en el mismo saco a quienes tenemos sentimientos bien distintos.
      Y esto lo escribe un Valenciano que no utiliza su sentimiento nacional contra nadie ni contra nada.

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    • Adrián Yagüe Pérez
      Adrián Yagüe Pérez 07/09/2017, 15:04

      ¿El País Valencià parte de la nación catalana? Habla por ti, porque yo soy valenciano y no me siento catalán, por mucho que compartamos lengua y un pasado común.

      Ese pancatalanismo de meter en el mismo saco Cataluña, Valencia, Baleares y el Rosellón es lo mismo que ese españolismo rancio que identifica España con Castilla y se desentiende de todos lo demás.

      ¡El País Valencià no es Cataluña!

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    • Blas
      Blas 08/09/2017, 02:58

      amo a vé , illo ompare, el Roger24 , a vé si tentera. De otras naciones habla lo que se te venga a la camoya, pero a Andalucía, a la Nacion Andaluza, de las mas antiguas de Europa, no la metas con Castilla ni con nadie. Desde luego, solo un hilón podria hacer lo que has montao tu, sin pajolera idea. Ante de decí naica echa un vistazo a lo que vaya largá. Testaba leyendo, y dihe, ojú, éste, ompare, desde que te vi de vení, dije, a por la burra viene. Visca Catalunya Lliure, Gora Euskal Herria Askatuta. Viva Andalucía Libre y Soberana. Andalucia es nuestro pais, expaña nuestro castigo.

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    • Equidistante
      Equidistante 10/09/2017, 11:36

      Vale, aunque no se de donde has sacado estás naciones, pero discrepo en la no existencia de España. Según tu teoría, Alemania o Italia como naciones tampoco deberían existir, porque es la manera de unificación de unos territorios con autónomia e identidad nacional. Sin embargo, los ciudadanos de Munich, capital de Baviera se consideran alemanes. Y a su vez, estos pagan impuestos que mantienen otras zonas con menos PIB y favorecieron la reunificación con la RDA. A lo mejor, es que no sabemos asumir un concepto de nación de naciones ni los unos ni los otros.

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  7. Pilar Lozano
    Pilar Lozano 07/09/2017, 08:39

    Felicidades por un artículo respetuoso,sin insultos hacia los catalanes

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  8. Franz
    Franz 06/09/2017, 22:34

    Magnífico análisis de la situación. Me parece acertado en casi todo lo expuesto. Se echaban de menos puntos de vista alejados del menosprecio y el insulto. Gracias

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  9. Josep
    Josep 06/09/2017, 22:26

    Genial Alberto…desde Cataluña.

    Responder a este comentario
  10. Sorprendida
    Sorprendida 06/09/2017, 15:13

    Como catalana independentista quiero agradeceros la valentía. Aunque no estemos de acuerdo en todo, en Cataluña esperábamos de los medios o intelectuales españoles algún análisis mínimamente objetivo que intentase explicar el desapego catalán, sin insultos, con cierto rigor y sin mentiras insultantes para la inteligencia. Este es el primer análisis que veo que lo intenta. Supongo que os llamarán traidores porque la unidad de España lo justifica todo. Muchas voces en España han callado para evitar eso, ser tachados de traidores, pero sin autocrítica, sin reflexión, no hay evolución, no hay cambios. Empatía, respeto, reflexión. Gracias

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  11. Alberto1521
    Alberto1521 06/09/2017, 13:10

    Voy a dar mi punto de vista desde lo que el autor llama “España”. La confusión políticamente intencionada entre Castilla y España no va a ayudar nunca a defender Cataluña ni mucho menos a defender España como proyecto común. Porque España, en tanto que no es nación, solo puede ser un proyecto: o bien impositivo o bien común. El impositivo está bien definido, el común solo podría existir desde el reconocimiento pleno de los pueblos que quisieramos formar parte del mismo.

    A menos de un mes del referéndum catalán, la izquierda no tiene proyecto político definido en lo nacional-territorial. Ni el PSOE, ni Podemos, ni IU, ni los pequeños partidos y organizaciones. Hemos cogido un mantra, la plurinacionalidad, traído de América Latina (aunque Dolores Ibarruri ya hablaba, y con más claridad y definición que ahora, de multinacionalidad), y otro mantra, con mucho arraigo en nuestra historia que es el del federalismo (aquel del no sé sabe qué, cómo ni con quién). La derecha por su parte inicia ya una ofensiva nacionalista de cara al 1 de octubre y aprovechando el 12 de Octubre; ellos sí tienen proyecto, un proyecto de miseria para la mayoría y de beneficio para la minoría, un proyecto que requiere de recortes democráticos y del uso de la fuerza para sobrevivir, un proyecto de Régimen del 78 que tiene los días contados pero que tiene el problema de que a día de hoy es el único (en Castila) que está encima de la mesa y el único que puede intentar vincular los sentimientos identitarios del pueblo castellano con sus ideas, con el consecuente aumento de la derechización de nuestro pueblo utilizado como arma contra Cataluña.

    Quiénes pretenden una España plurinacional que sea viable y que pueda generar un sentimiento patriótico progresista no se dan cuenta de que para que eso ocurra no pueden decir que unos somos “los españoles” (los castellanos principalmente) y que el resto son una especie de agregados a la fuerza a España a los que hay que seguir españolizando, porque es evidente que ese discurso no suma a nadie, sigue siendo impositivo y no común. Para que haya plurinacionalidad se debe reconocer en primer lugar a Castilla como sujeto político y solo entonces podremos entender España como un proyecto común y no como la extensión colonial de Castilla. Y para que exista federalismo tiene que existir algún tipo de ente a federar, para que no se rían de vosotros como se ríen de Pedro Sánchez cuando plantea convertir las 17 autonomías en naciones. Federalismo implica el reconocimiento de la República catalana que se está gestando en el proceso catalán, y como consecuencia lógica los procesos constituyentes en otros pueblos del Estado hacia nuestras repúblicas; esto es, implica empezar a hablar de la República castellana (no la de Madrid, la Rioja o la de Castilla la Mancha) y saber explicarla a nuestro pueblo.Mientras eso no exista solo queda la vía o del nacionalismo español impositivo o la de las independencias. Al menos si todos se van nos empezaremos a preocupar de los problemas de Castilla.

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