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martes 13 noviembre 2018

Opinión

Con el paso cambiado

“Lo de la Fiscalía en el caso de Altsasu no tiene que ver con lo judicial, sino con poner los cojones encima de la mesa”, reflexiona el autor.

06 julio 2017
10:26
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Con el paso cambiado

El barrio ha cambiado poco en todos estos años. Quizá los coches, algo más lustrosos, un árbol que tuvo que ser talado por exceso de crecimiento o los cortes de pelo de los chavales que andan jodiendo en los soportales del mercado. La noche es de tormenta y es el único sitio que queda a resguardo de la lluvia para dar voces, tontear con las niñas y hacer las cosas que se hacen cuando el futuro pilla demasiado lejos para plantearse pensar en él. Por lo demás todo sigue en orden, en un horizonte cerrado hasta el próximo bloque, líneas de corte con el cielo a veinte metros de altura, ladrillo marrón, frontera para la vista que pretende ir más lejos.

Hace tan solo un par de horas el suelo aún andaba seco y un grupo de mujeres estaba en el parque de tertulia en un banco, animación gestual y temas leves, voz más alta a ratos, que es cuando alguna estaba muy segura de algo. Mientras los críos jugando, quizá sus hijos o los de otras, todos se parecen. A pesar de los síntomas evidentes de que el chaparrón era inminente –nubes encendidas por relámpagos próximos, rachas de viento caliente, ambiente eléctrico– nadie se movía de sus posiciones, más atractivas, pese a la amenaza, que las habitaciones minúsculas con colcha y marido demasiado vistos. Y al rato todas corriendo, como si el agua quemara, menos un par de niños que decidieron ejecutar una danza bajo la lluvia riendo como pillastres dickensianos. A veces preferimos permanecer como estamos, pese a las señales obvias de nubes oscuras, porque nos puede más la comodidad de lo inmediato. Luego, ya con el paso cambiado, no vale de nada la carrera, nadie queda a salvo ante la magnitud del cielo.

Hace unos años escribí un relato al que titulé España era una fiesta. Lo protagonizaba un tío que cogía, de vuelta del trabajo, autobuses medio vacíos que parecían sacados de una película de Fassbinder. Era un recorrido por la vida de alguien que, siendo totalmente común, había intentado escapar de lo prosaico a toda costa. Alguien con la paciencia y las energías bajo mínimos, al borde del precipicio del desencanto, pero guardando el equilibrio gracias a una buena memoria, una gran colección de lecturas y una gran dosis de mala hostia contenida. El caso es que el pobre hombre había sido ninguneado siempre por aquellos que, siendo igual de normales que él, disfrutaban retozando como cochinillos en el barro de la convencionalidad. Pese a que intentó advertir a sus amigos que aquella orgía de ladrillo e hipotecas no iba a acabar bien nadie le escuchó. Más tarde, cuando todo el mundo andaba indignado tampoco sus palabras tuvieron mayor efecto en esos mismos que buscaban culpables como perros persiguiéndose la cola. Por último, con la restauración del descreimiento y la indiferencia, su discurso, convencido pero comprensivo, dejó la amabilidad a un lado y pasó factura, uno por uno, a los sordos voluntarios que habían tenido algún contacto con él. Se quedó solo. Muchos solo quieren amigos, opiniones y conversación para justificarse en sus errores y miserias, que no son más que los errores y miserias del mundo en el que viven. Es el precio por andar con el paso cambiado y poner límites a la estupidez consensuada, que deja de ser ese simpático excéntrico para convertirte en el raro que viene a colocar el espejo delante de la fealdad del sentido común.

Lo de la Fiscalía en el caso de Altsasu no tiene que ver con lo judicial, sino con poner los cojones encima de la mesa, que es lo que se hace cuando algún torpe ostenta el poder y cree que la mejor forma de conservarlo es lo ejemplarizante. Para el público general la cosa ha pasado desapercibida, en el mejor de los casos. En el peor llegará el aplauso, como el del andrajoso que se aprestaba el primero a ovacionar las ejecuciones públicas de plaza porticada e inquisición mohosa con la esperanza de que le cayeran unas monedas por su buen comportamiento, incapaz de advertir que eso no le iba a librar de ser el siguiente en lucir el capirote. Es lo que pasa cuando tienes a las reinas de las mañanas y compañía triturando cerebros con la minipimer, que te sale un gazpacho al intentar ejercer la crítica en ciudadanía. Lo peor no son estos, los guardabarreras titulados, sino los aprendices y aspirantes, que hace unos años, cuando la cosa olía a chamusquina, presumían públicamente de haber participado en el 15-M y hasta, con suerte, se cascaban alguna columnita impostada de crítica a los políticos, así en general, para no herir sensibilidades y por supuesto oportunidades. Hoy, con lo de Altsasu, callaban, porque para ser periodista, en nuestro momento, nunca te pueden pillar con el paso cambiado.

Hace unos días iba en un coche mirando abstraído un rascacielos en Benidorm con pinta de haber sido diseñado por un genio del mal de las historietas de superhéroes. A mi lado un buen amigo, de esos que, como decía Sillitoe, viven la vida sin armadura a riesgo de llevarse más golpes de los realmente merecidos. Delante, guiándonos por su territorio de costa, Ana e Irene, a las que conozco por asuntos políticos pero con las que trabé amistad gracias a que son algo así como Grace Slick o Janis Joplin pero en versión mediterránea. Trabajan de profesoras (sin duda como fachada social para sus fechorías) mientras que conspiran montando bandas con las que rompen el patriarcado rocanrolero y el muermo cotidiano en el que se ha convertido todo.

Si los integrantes de aquella peculiar compañía hubiéramos cotizado en bolsa seríamos un producto de una escasa rentabilidad, si un analista financiero nos hubiera podido cuantificar nos hubiera augurado un futuro muy poco brillante. Pensaba, mientras que les escuchaba cantar All the young dudes, en aquel momento de Alta Fidelidad en que se habla de lo jodido que es estar fuera de las murallas de la ciudad, de lo que cuesta todo a todos los niveles, de lo poco resguardado que se está de las invasiones bárbaras en un tiempo, como el nuestro, en el que abundan los bárbaros. Pero también pensé que, a pesar todo, siempre habrá gente que decida que necesita vivir fuera de esas murallas, hollando cabezas de reyes antes que sirviéndoles, no olvidando cómo se juega, intentando ser sublimes sin interrupción. No sé si se puede decir que consiguen hacer de este mundo un sitio menos malo, lo que sí sé es que lo hacen un lugar menos predecible. Si les ven, andando siempre con el paso cambiado, no duden en seguirles.

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Daniel Bernabé

Daniel Bernabé

Nacido en Madrid en 1980, aunque siempre vivió en Fuenlabrada, ciudad de la periferia donde las eses se sustituyen por jotas y el orgullo de clase obrera es todavía un valor a tener en cuenta. Ha probado suerte en el periodismo y la narrativa, y ha practicado el dandismo sin mucho éxito. Su último ensayo se titula La trampa de la diversidad.

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