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miércoles 21 febrero 2018

Opinión

Quiero comprarme un hijo

“¿Le dirá usted a su hijo que, según usted, la libertad se puede usar para convertir a las personas en objetos, mujeres en vasija, niños en objetos de compra y venta?”, reflexiona la escritora sobre la gestación subrogada desde la neurociencia, la psicología social y el psicoanálisis.

02 mayo 2017
00:04
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Quiero comprarme un hijo
Tres mujeres embarazadas. INDIEGOGO / HELENA SCHÄTZLE

Me muevo y me relaciono entre la comunidad gay de manera que tengo muchos, muchos amigos gays y lesbianas que han sido madres y padres. Ricardo lo hizo en un acuerdo con una amiga heterosexual. Enric y Joan lo hicieron en acuerdo con una pareja de amigas lesbianas. Nacho lo hizo con otra amiga lesbiana. En todos estos casos comparten custodia y gastos. Marta y Luisa lo hicieron con un amigo que es el padre biológico pero que dejó claro que no quería hacerse cargo de gastos o responsabilidades. Aun así, los dos hijos (mellizos) saben quién es su padre y pasan mucho tiempo con él.

Tengo también varios amigos que han acogido niños. Algunos son hombres, solteros, y han acogido a niños de más de cinco años. Esos niños ven a su madre biológica una vez al mes, en visitas supervisadas. Por último tengo infinidad de amigos heterosexuales que han acogido niños. Son niños mayores de cinco años. Esos niños tienen derecho a ver a su madre biológica en visitas supervisadas una vez al mes. Pero esa madre nunca recuperará la custodia.

Otro caso cercano a mí sería la versión ibérica de una gestación subrogada. Él es un hombre gay, soltero de más de cincuenta años, rico. Y ella es una mujer divorciada, con dos hijos. Eran muy amigos antes de llegar al acuerdo que pactaron, Ella se quedó embarazada de él por inseminación artificial, en un procedimiento en una clínica. Gestó a sus hijos y cuando los niños nacieron, cedió al padre su custodia. Pero los ve, los ve a menudo. Los niños saben quién es su madre y quiénes son sus hermanos. Él, a cambio de este favor, le hizo a ella una compensación económica. Ella necesitaba ese dinero porque estaba en paro y el padre de sus hijos no se hacía cargo de ellos.

Llamémosles (nombres supuestos) José y Ana. Por supuesto, Ana podía arrepentirse en el último momento y no ceder la custodia. O José podía haberse arrepentido y no quedarse con los niños. Si hubiera sucedido lo primero, José, en cualquier caso, casi con seguridad hubiera obtenido la custodia compartida o al menos se le hubiera concedido el derecho de visita a sus hijos. Si hubiera sucedido lo segundo, Ana habría recibido una pensión mensual, pero probablemente no lo suficientemente alta como para que le compensara cuidar de dos niños cuando ya tenía otros dos. Los dos sabían que se arriesgaban, porque allí no había contrato de por medio. Pero en todas las relaciones en la vida, en todas, todos corremos riesgos

Como se ve, existen numerosas opciones en España para ser padre siendo gay o lesbiana. O siendo heterosexual e infértil o estéril. Hay muchos niños buscando familia. Alrededor de 40.000 niños en España están institucionalizados y buscan familias que les acojan. Repito: 40.000 niños viven en centros de acogida. Aunque pueda parecer contradictorio, en ocasiones, lo complicado no es adoptar en el ámbito nacional, sino encontrar familias para aquellos niños que lo necesitan.

En España los niños de 0 a 3 años tienen a muchas familias dispuestas a adoptar. Los problemas empiezan a crecer a medida que crecen los niños. Muchos de los menores que permanecen en los centros de acogida se convierten, entonces, en “menores en situación especial”. Es decir, tienen más de 7 años, padecen algún tipo de enfermedad o son grupos de hermanos, que se deben acoger o adoptar juntos.

Si la madre  de esos niños o algún familiar está vivo pero no puede hacerse cargo de su custodia esos niños podrían ser acogidos. Es casi lo mismo que una adopción, con una pequeña diferencia: ese menor tiene el derecho de visitar a su madre o a sus familiares biológicos, en visitas supervisadas.

No es “quiero ser padre”. Es “quiero comprar un bebé”

Entonces nos encontramos con gente que dicen que quieren ser padre o madre. Quiero ser padre o madre, dicen, pero con las siguientes condiciones. Que el hijo sea biológicamente mío. Es decir, no me vale si no tiene mi carga genética. Que además de eso la  mujer que lo gestó y parió no tenga ningún derecho sobre él, ni siquiera a verle, ni siquiera a que el niño sepa cómo se llamaba.

Es decir, soy una persona muy narcisista que considero que mi carga genética es híper valiosa y que está por encima de cualquier otra. Y además soy un freak del control y no quiero que nadie más interfiera en cómo educo a mi hijo. O no quiero que mi hijo desarrolle lazos amorosos con nadie más. Y quiero de paso que todo tenga un contrato muy cerrado para que se me garantice que la madre no se arrepentirá y no se podrá echar atrás si decide que no quiere desprenderse de ese hijo que ha gestado. Quiero todo cerrado y bien cerrado y bajo control. Y como tengo cien mil euros para pagar eso, lo pago.

El sufrimiento de la madre recipiente

Yo he gestado una hija. Y la he parido. Sé que el bebé te escucha, que te entiende, que desarrolla un vínculo prenatal contigo. No solo lo sé sino que la ciencia me lo confirma en numerosos estudios. Las orejas del feto están lo suficientemente desarrollados como a las 16 semanas de embarazo para escuchar la voz de la madre y el ruido exterior. En la semana 24 el feto reconoce lo suficiente la voz de la madre como para ser tranquilizado por ella. Los recién nacidos continuarán reconociendo el sonido de la voz de la madre, y  apenas la madre se relacione con el niño, formarán un enlace. Conectarse con la madre de esta forma desarrolla el sentido de seguridad del bebé.

Numerosos estudios han demostrado que los bebés en el vientre de la madre ya saben distinguir voces y sonidos, tiene capacidad de sentir, de ver, oír y desarrollan el sentido del gusto y son capaces de reconocer a sus madres después de haber nacido. La madre no es una simple vasija o un recipiente: el vínculo con la madre se produce tanto a nivel celular como en el apego afectivo, cuyo centro neuronal está en el cerebro. La madre gestante y su bebé  desarrollan un nexo que tiene una fuerte base biológica desde las primeras semanas de la gestación.  

Con el embarazo, el cerebro de la mujer cambia, estructural y funcionalmente, al responder a las consignas básicas que recibe del feto. Este vínculo se refuerza con el parto porque se potencian los circuitos neuronales más fuertes de la naturaleza. El conocido como ”vínculo de apego” afectivo y emocional forma parte del proceso biológico natural.

Por otro lado, el parto supone la liberación de oxitocina almacenada para reforzar el vínculo de apego. La oxitocina te engancha al bebé, te hace adicta al bebé nada más nacer. Por eso es tan difícil, tan traumático, para una mujer separarse del bebé que ha gestado y parido.

Lo que aquí nos ocupa es que se han hecho estudios con mujeres embarazadas por ovodonación. Es decir, con el óvulo donado por otra mujer. Y el resultado era exactamente el mismo. Es decir, a la madre gestante le importa poco que el óvulo que generó a ese bebé no tuviera esa carga genética. La comunicación es idéntica.

La herida primaria. El sufrimiento del bebé mercancía

Nancy Verrier, psicóloga, tiene dos hijas. La primera biológica. La segunda, adoptada, le fue entregada en el mismo día del parto. Fueron criadas en la misma casa, por los mismos padres, con el mismo estilo afectivo, y siempre pensó que criar a las dos sería similar. Sin embargo, pronto descubrió su error. El miedo y la ansiedad de su hija adoptada frente al carácter equilibrado de su hija biológica. Para intentar entender el problema entrevistó a cientos de personas que habían sido adoptadas de recién nacidos. La gran mayoría no se habían enterado de que habían sido adoptados hasta en la edad adulta, y se les había dicho que eran los hijos biológicos de sus padres adoptivos. Sin embargo, todos, todos, habían crecido con una profunda desconfianza hacia sus padres.

Eso es fácil de explicar. En la asignatura de psicología de la memoria se estudia que no se tienen recuerdos conscientes antes de los tres años porque al no haber adquirido el lenguaje, esos recuerdos no se pueden organizar de forma racional. Sin embargo, a nivel inconsciente, sí nos queda una impronta de lo que nos sucedió de bebés. Esos adultos llevaban la impronta de la separación traumática de su madre. Fruto de esta investigación es el libro La herida primaria.

La separación de la madre biológica de cualquier niño, aunque sea un recién nacido, provoca una herida primaria, un sentimiento de pérdida y de abandono que dificulta las relaciones con los demás.  Y la madre gestante es la madre biológica incluso si el óvulo que gestó no era suyo, como lo demuestran los estudios en bebés gestados tras ovodonación.

Todas las personas adoptadas o apartadas de su madre biológica se plantean en algún momento de sus vidas su relación con la persona que los ha adoptado. Ella es la persona con la que más necesita conectar, pero al mismo tiempo puede ser la persona más peligrosa. El niño adoptado no siempre logra confiar en la madre o el padre adoptivo, pues su experiencia le dice que cualquier madre es capaz de abandonar a su hijo. Si tu madre biológica, en cuyo seno has permanecido nueve meses, te ha abandonado, ¿qué no será capaz de hacer una persona con la que no tienes ningún vínculo previo?

La herida primaria no es un libro contrario a la adopción, pero sí, de forma razonable y tajante, nos expone al daño que sufre el ser humano que es separado de su madre biológica. Nos invita a aceptarlo y a reconocerlo, para poder aliviarlo. Nos desengaña de la falsa ilusión de poder remediarlo. Nos enseña a superar los problemas que se presentan con los hijos adoptados.

Nancy Verrier pone en evidencia una sociedad donde el sufrimiento del bebé es, muchas veces, obviado. Por eso, en el tema de los vientres de alquiler mucho se habla de los derechos de las mujeres pero nadie habla de los derechos de los bebés.

Usted que va a ser padre de un niño o niña gestado por alquiler

Entonces, veamos, usted que va a ser padre de un niño o niña gestado por alquiler. Yo me pregunto:¿Le dirá de mayor lo siguiente?

Hijo mío, hija mía, te compré aprovechándome de la necesidad de su madre, comprando su útero, poniendo su cuerpo a prueba con un embarazo de nueve meses y un parto,  y firmando una cláusula en un contrato mercantil por la que, si el producto no me hubiera convencido, tenía el derecho a devolverlo como se devuelven los productos que no nos convencen al llegar a casa. Como si fueras una camisa o un bolso.

Hijo mío, hija mía, te compré porque no quería un niño cualquiera, sino un niño a mi imagen a semejanza. Con mi carga genética.

Hijo mío, hija mía, te compré porque no quería un niño mayor de tres años, sino que quería precisamente un bebé recién nacido para poder criarlo a mi gusto.

Hijo mío, hija mía,  te compré porque creo que la libertad es un hecho individual y no un compromiso colectivo con el bienestar y la dignidad de nuestra sociedad. Es decir, que yo creo que el hecho que haya gente que acepte un trabajo de 10 horas al día por debajo del salario mínimo es un acto de libertad, no de necesidad. Que ellos lo eligen libremente. Y por eso yo creo que el hecho de que haya una mujer que acepte pasar por el trago de sufrir las complicaciones de un embarazo y el trauma físico de un parto y ceder después al niño es un acto de libertad, no de necesidad. Que ella lo eligió libremente. Que no lo hizo por necesidad. 

Pero no se trata de libertad. Usted no tiene ni idea de lo que es libertad. Cobrar por debajo del salario mínimo es explotación, no libertad. Alquilar el vientre de una mujer es explotación, no libertad. No es libertad porque yo he pasado un parto y un embarazo y es una de las experiencias más duras de la vida de una mujer, no es un camino de rosas. Y lo paseé por amor a la niña que gestaba. Y no hubiera sido capaz de entregar a esa niña, con la que me había comunicado íntimamente durante nueve meses, por nada en el mundo.

¿Le dirá usted a su hijo que, según usted, la libertad se puede  usar para convertir a las personas en objetos, mujeres en vasija, niños en objetos de compra y venta? Pero sobre todo, ¿le dirá usted, hijo mío, hija mía, te compré porque quería un niño o niña a la carta?

Niños a la carta y la ilusión narcisista de omnipotencia

Usted quería un hijo que se pareciera a usted, con su carga genética. Recién nacido. Sin una madre que interfiriera o que pudiera criticar su estilo educativo, o a la que el bebé pudiera amar más que a usted. Usted ha hecho gala de la ilusión narcisista de la sociedad de consumo que cree que una persona con dinero puede tener todo lo que se le antoje cuando se le antoje.

Pero ¿qué sucederá si de mayor ese niño o niña no resulta ser el niño o niña maravillosa que usted deseaba? ¿Y si no es brillante? ¿Y si, pese a todo, no se parece en nada a usted? (La genética, ya sabemos, es caprichosa, yo misma tengo siete hermanos hijos del mismo padre y la misma madre y  no nos parecemos ninguno entre sí) ¿Y si de mayor el niño no comparte sus ideales? ¿Y si no le quiere? (Esas cosas pasan, no todos los niños aman a sus padres). Usted, que creía que a golpe de talonario se podía conseguir todo ¿cómo lo va a aceptar?

El narcisista es uno de los productos de esta sociedad de consumo. Es alguien que desea conseguirlo todo, que cree que puede conseguirlo todo. Que todo puede conseguirse con dinero. Que con dinero se compra el amor, la eterna juventud, los hijos. Es la lógica de la inmediatez, del cortoplacismo, del facilismo, de la falta de ética.

Cada vez menos personas toleran la frustración de percibir la brecha entre los anhelos creados por un ideal del yo reforzado socialmente y la realidad. 

La lógica de los vientres de alquiler es propia de una situación egocéntrica consonante con la vida narcisista posmoderna, es la lógica de la gratificación omnipotente. Es evidente la falta o escasez de empatía, de reflexión ante las conductas compulsivas, la falta de respuesta emocional hacia el otro.

La falta de respuesta emocional hacia el otro que se evidencia en que personas que tienen 100.000 euros para comprar un bebé no se plantean ni por un minuto acoger a un niño que vive en una institución solo porque es mayor de tres años. Para ellos, el bebé es como el coche: hay que comprarlo nuevo. No quieren ser padres: quien lucir a un niño.

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Lucía Etxebarria

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