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miércoles 18 octubre 2017

Cultura

La Escuela Moderna de Francesc Ferrer i Guàrdia

El librepensador Ferrer i Guàrdia promovió escuelas para sustituir los dogmas por la razón y la ciencia.

El 13 de octubre se cumplieron 107 años de su fusilamiento. Acusado de instigar los sucesos de la Semana Tràgica, fue condenado a muerte sin pruebas

16 octubre 2016
13:27
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La Escuela Moderna de Francesc Ferrer i Guàrdia

“Los gobiernos se han cuidado siempre de dirigir la educación del pueblo, y saben mejor que nadie que su poder está casi totalmente basado en la escuela, y por eso la monopolizan cada vez con mayor empeño”, escribía Francesc Ferrer i Guàrdia en La Escuela Moderna. En su libro póstumo, este pedagogo y librepensador nacido en 1859 en Alella (Barcelona) recoge el espíritu y la práctica de los centros educativos que ideó a principios del siglo pasado y que pronto se extendieron por España y otros países.

La primera escuela moderna se inauguró el 8 de septiembre de 1901, en la calle Bailén de Barcelona. En la clase había 12 alumnas y 18 alumnos. Dos años después, ya había abierto 147 establecimientos. Su misión, en palabras de su fundador, consistía “en hacer que los niños y niñas que se les confíaran  llegaran a ser personas instruidas, verídicas, justas y libres de todo prejuicio”. Para ello, se “sustituirá el estudio dogmático por el razonado de las ciencias naturales”.

Este argumentario, a favor de una educación “científica, racional y humanitaria”, chocaba con una sociedad católica en la que las clases trabajadoras apenas tenían formación, y donde las niñas sólo acudían al colegio en algunas zonas rurales.

Clases mixtas

El temor a que los padres se opusieran a la coeducación hizo que al principio Ferrer i Guàrdia se cuidara mucho de hacer público su propósito. Por ello, prefirió preguntar a todos los que iban a inscribir a un hijo si tenían niñas en la familia. Fue un “trabajo pesado” pero “fructífero”, asegura.

Del mismo modo, este libertario, que aprovechó su exilio en Francia para empaparse de los últimos avances pedagógicos, apostaba por una educación en común para las diferentes clases sociales. Las escuelas modernas no eran gratuitas, porque su impulsor rechazaba que hubiera colegios para pobres y otros para ricos. Para evitarlo, adoptó un sistema de retribución según los recursos económicos de cada familia.

Ferrer i Guàrdia estaba convencido de que todas las clases sociales debían refundirse en una clase única, y de que el contacto entre ricos y pobres era necesario y reparador. En su caso fue así; pudo poner en marcha su proyecto gracias a la herencia recibida de una de sus alumnas de París, la señorita Meunié, que le dejó el equivalente de un millón de euros en francos oro en abril de 1901, a pesar de los recelos que sentía ante todo lo que le recordara los tiempos de la Comuna y de su profunda religiosidad.

La apuesta por la laicidad es obvia en la Escuela Moderna: “La enseñanza racional y científica ha de persuadir a los futuros hombres y mujeres de que no han de esperar nada de ningún ser privilegiado (ficticio o real); y de que pueden esperar todo lo racional de sí mismos y de la solidaridad libremente organizada y aceptada”. Sin embargo, Ferrer i Guàrdia rechazaba que se definiera a sus centros como laicos. “La enseñanza no debiera ir seguida de ningún calificativo”, concluía con contundencia el pedagogo.

Artículo publicado en el número 6 de La Marea (junio de 2013)

 

Magda Bandera

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