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martes 21 agosto 2018

Sociedad

Las matemáticas (también) son cosa de hombres

En ciencias y tecnologías físicas, categoría que incluye a las matemáticas, las investigadoras representan únicamente el 20,45% del personal científico. Es el área de investigación con menor porcentaje de mujeres.

04 septiembre 2016
00:46
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Las matemáticas (también) son cosa de hombres

Una de las herra­mientas para medir la excelencia científica en Europa es la obtención de proyectos que concede el Consejo Europeo de Investigación (ERC por sus siglas en inglés). El Instituto de Ciencias Matemáticas (ICMAT) acumula diez de estos reconocimientos. Es la primera institución europea por número de becas concedidas en el área, superando a cualquier otro centro de investigación o departa­mento universitario de Europa, por delante de las universi­dades de Oxford y Cambridge. Además, es uno de los 23 Centros de Excelencia Severo Ochoa. Pero en este instituto en particular y en las matemáticas en general, las mujeres parecen no tener cabida.

El director del ICMAT, sus dos vicedirectores y los dos jefes de departamento son hombres. Al bajar en la jerarquía aparecen mujeres aunque de manera casi testimonial: tan solo hay un 5% de investigadoras de plantilla. En la base de la escala investigadora, el porcentaje de mujeres oscila entre el 29% y el 15%. La categoría profesional con más mujeres es la de los investigadores postdoctorales, con 6 mujeres de un total de 21.

La calidad profesional de las mujeres no explica la escasa presencia de mujeres en el centro. Para comprobarlo, podemos servirnos del índice h, sistema que mide la cantidad de citas que han recibido los artículos científicos de un investigador en relación con el número de documentos publicados por el autor: cuanto más alto sea el índice, más número de citas y mayor se considera la calidad científica. Los investigadores de plantilla (10,9) tienen el mismo índice h que las investigadoras (11).

“En mi opinión, el escaso número de mujeres entre los investigadores del ICMAT no es un dato específico de nuestro Instituto, sino una consecuencia de un fenómeno más universal que tiene sus raíces conocidas en la historia de nuestra sociedad, que no propició el acceso de la mujer a las carreras universitarias, y mucho menos a la investigación, hasta tiempos relativamente muy recientes”, opina Antonio Córdoba, director del ICMAT. “No obstante, la proporción de mujeres va, y seguirá yendo in crescendo en nuestro Instituto, como muestra nuestra pirámide de población, en la que el número de estudiantes de doctorado supera con creces al de miembros femeninos de nuestro claustro”, añade.

“En el ICMAT no ha habido nunca una discriminación, sino que se refleja la situación general de las mujeres en el colectivo científico y matemático en particular”, defiende Manuel de León, exdirector del centro. “Es un problema social más que científico, pero también los responsables de la gestión científica deben tomar medidas para corregir la situación y que haya cada vez más mujeres en puestos de responsabilidad y alcanzando los puestos más relevantes en la carrera científica”. Aunque De León no tiene constancia de una discriminación consciente en matemáticas, sí observa la “pasividad” de sus colegas masculinos “con el tema”. “No puede mantenerse más esta división de mayoría masculina en la carrera científica y mayoría femenina en las tareas de secretariado”, sostiene Manuel de León. El ICMAT ha presentado por primera vez un Plan de Género para desarrollar en el periodo cuatrienal 2016-2019.

Menos mujeres en las ciencias “puras”

Pero, ¿qué razones hay para la escasa presencia de mujeres en el mundo de la investigación? Una es la segregación horizontal y se refiere a la desigual distribución de géneros por áreas científico-técnicas o, lo que es lo mismo, las mujeres están infrarrepresentadas en ingenierías y sobrerrepresentadas en trabajos sanitarios. Otra es la segregación vertical, una desigual distribución de hombres y mujeres en la jerarquía laboral científica. Según un informe del año 2010 de la Comisión Europea, la segregación horizontal dobla en relevancia a la segregación vertical en nuestro país. Esta separación ocupacional se ha ido acrecentando en España entre los años 2000 y 2008. Es un fenómeno persistente, ocurre en diversos contextos como la Unión Europea o Latinoamérica y se da tanto en la universidad como en centros de investigación.

Las mujeres, pese a suponer un 53% de los trabajadores con educación universitaria dentro la Unión Europea y un 47% de los doctorados en 2012, las investigadoras e ingenieras solo suponen un 33% de la fuerza de trabajo de su sector, por debajo incluso del porcentaje total de mujeres trabajadoras. Una cifra que no ha cambiado desde el año 2009. En el campo de las ingenierías, sólo el 28% de las tesis doctorales de la Unión Europea durante el año 2012 fueron realizadas por mujeres, porcentaje que se reduce al 21% en el campo de la informática. En el año 2015, las mujeres representaban el 35,39% del personal científico del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), un dato mayor que la media de la Unión Europea. Distribuidas por áreas de investigación, en ciencias y tecnologías físicas, categoría que incluye a las matemáticas, las investigadoras eran únicamente el 20,45% del personal científico. Es el área de investigación con menor porcentaje de mujeres.

Por su parte, los países en vías de desarrollo muestran una mayor igualdad entre ambos géneros que los países ricos aunque están las mujeres infrerrepresentadas en el mundo científico en todas las regiones del mundo. En Norteamérica y Europa occidental, las mujeres son el 32% de los investigadoras frente al 47% de Asia central, al 44% de América Latina y Caribe y el 40% de Europa central y oriental, según datos de la UNESCO.

“Patriarcado en acción”

Marta Barrera, pseudónimo para preservar su anonimato, es matemática. Preguntada por los motivos por esta desigualdad de género, opina que la causa es una “sociedad patriarcal que establece una división social a partir de la construcción de género y asigna valores y características a las categorías dicotómicas hombre y mujer a través de la cultura y la educación”. La competitividad y el liderazgo son valores que “se consideran positivos en los hombres y negativos en mujeres”, considera la matemática. Barrera afirma que en el campo de las matemáticas se refleja esta misma realidad. “En muchos casos estas desigualdades son muy sutiles y no vienen en forma de prohibiciones, sino en base a modelos, conductas celebradas y conductas menos celebradas como la creencia de que las mujeres son peores en las matemáticas que los hombres”, afirma Barrera.

“En un entorno altamente competitivo como es el de la investigación, es necesario disponer de una gran seguridad, de un gusto por la competición y el liderazgo. Estos valores se asocian más al rol de género masculino que al femenino”, señala Barrera. La segregación horizontal, según la matemática, puede tener su origen desde los institutos: “En la etapa de ESO y Bachillerato, aunque las niñas obtengan mejores notas en matemáticas, son los chicos los que se presentan y destacan mayoritariamente en competiciones matemáticas como las Olimpiadas”. Barrera cree que todos estos principios tienen un impacto decisivo en la situación de desequilibrio de mujeres y hombres en las matemáticas.

Las mujeres con un alto estatus, en posiciones no tradicionales, se arriesgan a activar el sexismo que “ve a la mujer como un adversario en la lucha por el poder”, según los psicólogos sociales Peter Glick y Susan Fiske, y para preservar la dominancia masculina y defender la jerarquía de género, explica otro estudio. La discriminación consciente e intencional contra la mujer en el trabajo puede implicar segregación, exclusión, acoso y ataques físicos. Un trabajo de 2008 en Estados Unidos, Suiza, Hong Kong, Reino Unido, Rusia, China y Australia mostró que un 52% de las mujeres entre 35 y 40 años que trabajan en empresas privadas de ciencia y tecnología dejan su trabajo por un “ambiente hostil de trabajo y presiones extremas laborales”. El 56% de las trabajadoras entrevistadas de empresas privadas científicas y el 69% en ingeniería han sufrido acoso sexual.

Una tubería agujereada choca contra un techo de cristal

Si analizamos el porcentaje de mujeres a lo largo de la carrera científica, podemos observar el progresivo abandono de las mujeres a lo largo de su carrera investigadora. Este fenómeno se conoce como tubería agujereada. En 2004, las mujeres supusieron el 58,8% de los licenciados en matemáticas. En cambio, ese año había dos profesores titulares universitario por cada profesora y una catedrática por cerca de cada siete catedráticos. En investigación, la situación es similar. En el área de ciencias y tecnologías físicas las mujeres ocupan uno de cada cuatro puestos de científico titular, uno de cada cinco de investigador científico y uno de cada diez de profesor de investigación en el CSIC. Esta criba de mujeres se da en el resto de áreas científicas en similares proporciones y ocurre a nivel mundial.

Los estudios sobre este fenómeno muestran en la mayoría de los casos cómo la mujer es mucho más influenciada por su desarrollo vital: edad, embarazo, hijos, estado civil, cuidado de familiares… Además, el techo de cristal también lastra su ascenso en la jerarquía laboral. Son las barreras que encuentran las mujeres para acceder a puestos de mayor responsabilidad. Es invisible porque no existen leyes establecidas y oficiales que impongan una limitación explícita. “Pienso que ocurre por la falta de conciliación familiar”, señala la también matemática Patricia Ruiz. “Al ser la inmensa mayoría de catedráticos y profesores hombres, el clima es sutilmente machista. Se notaba que las mujeres de mi facultad habían tenido que demostrar el doble que un hombre”, explica.

“Creo que es fundamental fomentar las vocaciones científicas desde la formación básica, mostrando todas las posibilidades que existen para chicos y chicas por igual. En estas etapas es donde mejores resultados ha dado la concienciación de la igualdad de oportunidades porque cada vez son más las mujeres estudiantes, académicas y científicas”, indica Daniela de Filippo, investigadora del Laboratorio de Estudios Métricos de la Información de la Universidad Carlos III de Madrid. Entre las medidas para evitar “el paulatino abandono de la carrera”, de Filippo propone un periodo extra en los tiempos de finalización de tesis para quienes han tenido niños recientemente y la ampliación en un año para el ingreso a puestos de postgrado. “Iniciativas como contar con currículos anónimos y sin datos de estado civil o presencia de hijos puede ser un primer paso”, ayudaría a que las mujeres alcancen puestos de responsabilidad, según la investigadora.

Sesgos de género en acción

Diversos estudios han encontrado que los hombres y las mujeres tienen similares aptitudes para las matemáticas pero el estereotipo asignado al género puede afectar a nuestra propia percepción al respecto. En un estudio, se pidió a estudiantes de un instituto francés evaluar sus capacidades matemáticas y artísticas. Uno de los grupos tuvo que responder antes un cuestionario sobre estereotipos de género y la diferencia de talento entre chicos y chicas para las matemáticas y el arte. En este grupo, las alumnas dijeron tener mejores capacidades artísticas de las que en realidad tenían y los chicos inflaron su nota en matemáticas en la misma medida que las chicas infravaloraron su habilidad matemática respecto al grupo que no fue expuesto a preguntas sobre los estereotipos de género. El mero hecho de preguntar por el género en un test de matemáticas altera los resultados. Como un estudio en Estados Unidos ha contrastado, en aquellas áreas científicas como las matemáticas donde la genialidad se cree necesaria, las mujeres están infrarrepresentadas al considerarse una característica masculina. El efecto del estereotipo de género en matemáticas es mayor en las mujeres con más características consideradas femininas que en aquellas más “masculinas”.

¿Qué pasaría si la sociedad considerase que la genialidad en matemáticas no depende del género? Dos grupos de universitarios procedentes de más de 100 universidades de Estados Unidos, donde ellos y ellas tenían la misma nota media, realizaron un examen de cálculo. A un grupo se le dijo que el objetivo era entender qué hace a unas personas mejores que otras en matemáticas. Al otro además se dijo que no se ha encontrado diferencias entre hombres y mujeres. Las estudiantes del segundo grupo consiguieron mejor calificación que las del primero e incluso mayor nota que los hombres. Al decir que el test era igual de difícil para ambos géneros, “liberó el potencial matemático de las chicas”. El estereotipo de que las mujeres son peores en matemáticas empeora su rendimiento en una suerte de profecía autocumplida.

De manera similar, la escasa presencia de mujeres en la jerarquía laboral científica puede afectar al ascenso de las investigadoras, llevándolas a creer que los hombres son mejores en matemáticas que las mujeres, reduciendo sus posibilidades de promoción al empeorar su rendimiento. También incrementa las probabilidades de que abandonen el sector al tener la sensación de estar fuera de lugar. Otra profecía autocumplida: la mujer, según ascienda, perderá una protección efectiva contra el sesgo que la señala como inferior a los hombres, un rol femenino al que admirar. Las aspiraciones, autoevaluaciones y desempeños de una persona mejoran al tener un modelo que seguir. Estos disminuyen o desaparecen para las mujeres según avanzan en su carrera científica. “Hasta 2014, en casi 100 años, ninguna mujer había obtenido el mayor reconocimiento del campo de las matemáticas: la medalla Fields”, apunta Marta Barrera.

Numerosos estudios muestran también cómo entre un candidato y una candidata para el mismo puesto de trabajo estereotipado como “masculino”, se tiende a escoger antes al hombre que a la mujer. Esto también ocurre en el ámbito científico. Un grupo de profesores de biología, física y química estadounidenses, según un trabajo de la Universidad de Yale, tenían que escoger a un estudiante recién graduado para un puesto de jefe de laboratorio. Les enviaron el mismo currículum donde sólo cambiaba el nombre: la mitad era John y la otra mitad Jennifer. Valoraron, ante los mismos méritos, peor a Jennifer y le propusieron un salario un 12,6% menor. La discriminación la practicaron tanto las profesoras como sus colegas hombres. Los prejuicios contra las mujeres en la ciencia están causados por los estereotipos culturales dominantes. La ciencia se percibe como una disciplina masculina y las mujeres son observadas como menos competentes.

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Fermín Grodira

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