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martes 18 septiembre 2018

Política

Si tuviéramos que convertir la victoria del PP en las elecciones del 26-J en un “mensaje” de los electores, éste sería: “la estabilidad es el bien superior por encima de cualesquiera otros”, opina el autor

01 julio 2016
14:25
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La plaza y el palacio: Sobre mensajes de los electores y el fracaso del “asalto a los cielos”

“… e spesso tra ‘l palazzo e la piazza è una nebbia sì folta o uno muro sì grosso che, non vi penetrando l’occhio degli uomini, tanto sa el popolo di quello che fa chi governa o della ragione perché lo fa, quanto delle cose che fanno in India”

Francesco Guicciardini (1483-1540), Ricordi politici e civili, 141

1.

MARCOS CRIADO // Vayan por delante las cautelas. Buscar mensajes a los resultados electorales es siempre una operación arriesgada. No solo porque sea muy difícil sacar conclusiones cuantitativas de la mera cuantificación de votos organizada por opciones políticas. Sino porque dar por supuesto que el elector ha querido decir algo más que “Quiero votarte a ti y no quiero votar a los demás”, es mucho suponer.

Incluso suponiendo que el frustrado elector, como no tiene otro medio para dar a conocer sus demandas, inquietudes y zozobras, decida volcarlas en el voto como el náufrago que arroja al mar su esperanza metida en una botella, es también mucho suponer que los destinatarios puedan desentrañar el mensaje.

Por ello, fuera de todas estas suposiciones, sepan ustedes que la probabilidad de que los pretendidos mensajes de los electores no sean sino lo que los intérpretes quieren poner en su boca, es muy alta.

2.

En sus escritos políticos, a Pier Paolo Passolini le gustaba mucho utilizar la imagen del “palacio” y la “plaza” como metáfora de las relaciones entre el poder y al sociedad en nuestro tiempo. El palacio, claro está, es la forma despectiva con la que Passolini nombraba el poder, separado de la plaza desde el Renacimiento por una niebla tan espesa o por un muro tan grueso, que no puede ser penetrado por el ojo humano.

En el pasaje de Francesco Guicciardini del que Passolini toma la imagen, la niebla sirve para subrayar el desconocimiento que la sociedad tiene de lo que el poder hace y de las razones que le mueven a hacerlo. Hoy sabemos —y esto es quizá el rasgo más distintivo del poder contemporáneo— que la niebla también aisla el poder de la plaza, hasta el punto, en ocasiones, de hacérsela incomprensible.

La imagen del palacio hoy nos resulta demasiado ingenua. Passolini lo sabía y así lo dijo en el comentario a Todo modo, esa novela extraordinaria de su amigo “fraternal” Leonardo Sciascia: la imagen que mejor define el poder contemporáneo es la de la pirámide, aparentemente monolítica por fuera, pero compleja y laberíntica intersección entre poderes políticos, económicos y sociales por dentro.

Por eso resulta poco afortunada la imagen de “asaltar los cielos” para nuestros días. Porque hoy no hay palacio que asaltar desde la plaza. Las pirámides no hay forma de asaltarlas. Hoy no queda más remedio que atravesar la niebla, entrar en la pirámide y afrontar el peligro de perderse en los recovecos; de caer en alguna de las trampas que custodian los tesoros; de quedarse fascinado por ellos y no ser ya nunca capaz de salir.

3.

La incontestable victoria del PP en las elecciones del 26-J es una pésima noticia porque frena en seco cualquier posibilidad, por remota que fuera, de reforma democrática en España. Si tuviéramos que convertir esa victoria en un “mensaje” de los electores, éste sería: “la estabilidad es el bien superior por encima de cualesquiera otros”. Ese es el mensaje que reiteradamente ha repetido el PP: que ellos son la estabilidad; y que todo cambio es a peor. Las demás fuerzas políticas han dicho que algo, al menos algo, iban a cambiar. El PP ha dicho que no iba a cambiar absolutamente nada. Y es el único partido que ha aumentado los apoyos respecto al 20-D.

Esa es la coraza de teflón del PP frente a la corrupción sistemática, la práctica fascista del poder y el olímpico desprecio institucional: su electorado es inconmovible. La pirámide queda así sellada: nadie puede entrar; pero tampoco nadie puede salir. Las elecciones han cortado en seco hasta los tímidos movimientos regeneracionistas que la lucha contra la corrupción había provocado. Frente al victorioso PP, hasta Joaquín Costa es sospechoso y al tecnofascismo juvenil de Ciudadanos solo le resta elegir cómo prefiere ser engullido.

4.

Para el PSOE, los resultados electorales son trágicos. Su campaña de movilización del voto tradicional parecía prometer: “Confía en nosotros. Esta vez nos equivocaremos mejor”. Pero no hay caso. Haga lo que haga, vote lo que vote, la felicidad pasará pronto, los barones echarán cuentas, se pondrán nerviosos, habrá marejada interna y por alguna herida se seguirá desangrando. Huérfano de un triunfo nacional, el PSOE queda en manos de sus barones que, a cambio de conservar un poder territorial que no le dieron los votos, sino los pactos postelectorales, paralizan cualquier proyecto nacional que pueda llegar a afectarles. ¿Recuerdan? Exactamente igual que pasaba en Izquierda Unida. Los barones que impusieron el pacto con Ciudadanos: esos son los principales culpables de la repetición de las elecciones.

5.

Unidos Podemos creía haber entrado en la pirámide y resulta que andaba perdido en el muro de niebla. Lo mejor de sus resultados es que certifican que el sistema electoral español es un fraude democrático: un fuerza política puede perder más de un millón de votos entre elecciones, sin que sus escaños varíen.

Pero lo peor de los resultados electorales de UP no es el millón largo de votos que pierde. Lo peor es que los resultados invalidan el diagnóstico sobre el que se montó la totalidad del proyecto y que consiste en la certeza de que ya existe en España una mayoría social de cambio; y en la voluntad de que el proyecto político se oriente solo a ser capaz de articularla y agruparla.

Según este diagnóstico, el electorado que traerá el cambio político a España ya existe, sólo que no lo sabe. Hay que encontrarlo. Y por lo que hemos visto, encontrarlo consiste en dar con el tono, el mensaje y la ambigüedad justas para motivarlo a votar y después, una vez conseguido el poder, construir desde allí el sujeto político capaz de consolidar la transformación y resistir las fuerzas regresivas.

El medio para conseguir este objetivo podía ser un partido ligero, más pensado para la batalla electoral que para el día a día. Un partido que, una vez conquistado el poder, pudiera construirse tanto a sí mismo como a su base electoral.

Comparando el diagnóstico con los resultados de las elecciones cabe formular dos hipótesis que, con los datos actualmente a disposición, no pueden ser comprobadas:

Que efectivamente el electorado existe, pero no se ha conseguido dar con el tono, el mensaje y la ambigüedad adecuadas. Esta hipótesis plantea dos problemas:

El primero es que si el “mensaje” electoral que hemos concluido de la victoria del PP es cierto, no queda claro que los partidarios del cambio sean una mayoría social y, en todo caso, tienen enfrente un electorado inconmovible, vergonzante pero fiel, que hace del rechazo al cambio su misma razón de ser.

El segundo es que los tiempos que vivimos dificultan mucho los discursos socialmente transversales tipo partido “atrapatodo” y que en la práctica española la abstención es mucho más determinante de los resultados electorales que la trasferencia de votos entre fuerzas. UP creyó que su electorado urbano, joven e ideologizado ya le era fiel y que, por ello, podía moderar el discurso y no exponerse en la campaña para tener entrada en el electorado anciano y rural que sostiene el bipartidismo y que resulta más hostil al cambio político.

Sin embargo, los resultados electorales indican que Unidos Podemos perdió proporcionalmente más votos en las ciudades grandes que en los pueblos menos poblados. Por tanto, buena parte del electorado de referencia carece a día de hoy de otras ofertas políticas a las que migrar, pero que no tiene problemas a la hora de abstenerse. Encontrar un único discurso que permita movilizar el electorado de referencia y tener entrada en el sectores de más edad para asegurar mayorías, se antoja difícil. Casi milagroso.

Más sencillo parece abordar una estrategia de creación y fidelización de una base electoral, que pueda llegar a entender el manejo de distintos tipos de discurso dirigidos a distintos tipos de electorado. Más aún si tenemos en cuenta que, tomando como referencia el apoyo a la vieja y la nueva política, la distinción electoral más determinante es la edad. El sesgo del sistema electoral español generalmente se justifica como una sobrerrepresentación de territorios rurales que de otra forma apenas tendrían representación política. Sin embargo, en las circunstancias actuales puede funcionar también como una sobrerrepresentación de los viejos (que habitan de forma mayoritaria los territorios sobrerrepresentados) y, consecuentemente, de la vieja política sobre las fuerzas emergentes.

También debe tenerse en cuenta que los electores más duros e ideologizados también necesitan cariño. Las dificultades de convivencia entre Podemos e IU en muchas plazas, enmascarados por la imagen del buen entendimiento entre los líderes en medios, podría haberse mitigado con un trabajo didáctico a pié de Asamblea Local por parte de Alberto Garzón junto con algún referente de Podemos.

La segunda hipótesis es que tal electorado no existe y hay que construirlo con carácter previo a la toma del poder. Esta hipótesis plantea dos problemas: el primero es que, al menos en parte, desaparece la frescura, la novedad y se sustituye por el viejo y gastado trabajo político de toda la vida de creación y fidelización de una base electoral. Desconozco hasta qué punto las redes sociales puedan servir a este objetivo ni qué margen de innovación permita el estado del arte. El segundo problema es que desaparece la euforia, el efecto movilizador de la inmediatez del “asalto a los cielos”. Ya no salimos a conseguir algo, sino que salimos a construir las bases que permitirán estructurar un proyecto que, en el futuro, nos catapultará para asaltar los cielos. Y eso recuerda demasiado al “pitufo gruñón”.

A esto se enfrenta hoy Unidos Podemos. ¿Era solo un proyecto para “asaltar los cielos”? ¿O merece la pena ponerle el pecho a los perendengues y buscarle la vuelta a la pirámide aunque eso suponga rehacer el proyecto? Veremos.

Marcos Criado es doctor y profesor de Derecho Constitucional

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