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La gestación subrogada

“El vientre alquilado supone la utilización del cuerpo de la mujer como mero instrumento, deshumanizado, para la procreación”, afirma la autora.

11 junio 2016
12:50
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La gestación subrogada

La llamada gestación subrogada es un tema controvertido. En muchos países está prohibida, en otros es legal. A pesar de no estar permitida en nuestro país, vemos con frecuencia cómo actores, cantantes populares y otras figuras mediáticas masculinas aparecen en la prensa como héroes generosos anunciando que van a ser padres ellos solitos valiéndose de un vientre femenino al que alquilan. Y yo me pregunto ¿cual es el papel, en estos casos, de la mujer invisibilizada pero imprescindible para esta paternidad?

En palabras de Tomás de Aquino -fraile dominico que en el s. XIII quiso someter el pensamiento del filósofo griego Aristóteles a los irracionales, en tanto que dogmáticos, principios del cristianismo de su época-, en palabras de este fraile dominico, repito, la mujer es, en todo su ser, un útero. “Tota mulier in utero“: toda la mujer consiste en (ser) un útero, es decir, su ser se reduce al útero contenido en su cuerpo. Hablemos pues de la mujer-útero, de la mujer en tanto que útero, de la mujer reducida a útero. Y hablemos de úteros y vientres alquilados, que es en lo que viene a consistir la llamada, eufemísticamente, gestación subrogada.

En los casos de los que hablamos, hombres que quieren ser padres sin compartir su paternidad con la mujer que realizará la maternidad, la gestante subrogada puede serlo por afecto generoso hacia el hombre al que se va a destinar el bebé que ella concibe, gesta, y alumbra. Esto es, lo que suele llamarse su bebé biológico, para ser exactos: su hijo. En estos casos, dado el afecto que une a la gestante con el receptor del bebé, puede suponerse que el contacto madre-hijo se mantendrá después del alumbramiento, aunque no sea con la plenitud propia del vínculo materno-filial. Sin embargo, esa situación idílica no suele darse en los casos -mayoritarios- en los que la mujer alquila su útero a cambio de dinero, para concebir, gestar y parir a un hijo del que ya no volverá a tener noticias.

¿Qué es, en este caso, la mujer que gesta y alumbra de modo subrogado? Qué es su útero sino un recipiente del semen que, junto a un óvulo propio -y así es cuando el receptor y comprador del bebé es un hombre- forma el cigoto, desarrolla el embrión, luego feto y finalmente el niño o niña? ¿Qué vínculos establece esta mujer con su hijo biológico? Como muy bien ha señalado Nuria Varela, “se habla de vientres (de alquiler) como si fueran algo independiente de las personas que los albergan, como si las mujeres fueran meras incubadoras y la gestación no tuviera nada que ver con su cuerpo, su vida, sus sentimientos. Son mujeres que no existen“. Así lo decía un conocido cantante en una entrevista hablando de sus hijos, que son fruto de un vientre de alquiler: “No hay mamá”. Pero siempre hay mamá, por mucho que a algunos les pese.

El útero que gestó, el vientre que parió son los de una mujer, una mujer concreta, con su identidad única, con su personalidad, con su historia. Ya que, pese a lo que sostiene Tomás de Aquino, una mujer no es sólo un útero, sino un ser humano completo, una persona. El vientre alquilado supone la utilización del cuerpo de la mujer como mero instrumento, deshumanizado, para la procreación. Se alquilan las funciones biológicas de concepción, gestación y parto, lo que supone la anulación de la maternidad personalizada, de modo que se pueda decir que “no hay madre” en el caso de óvulos y úteros anónimos.

Se trata de anular el concepto de madre que da la vida. Ya en 1996 -cuando el uso de los vientres de alquiler aún no era popular- decía Germaine Greer en La mujer completa: “Se alude a la madre ya no como a una persona, sino como a un lugar, el medio uterino”. En el caso del que nos ocupamos ahora, es el varón que ha alquilado los servicios de las funciones de la maternidad de esa o esas mujeres anónimas (que lo serán siempre para el hijo) quien pretende arrogarse la exclusividad del vínculo parental. Pero la maternidad corresponde a la mujer: de ella es el óvulo que formará el cigoto junto con el espermatozoide, de su cuerpo se forma la placenta que proporcionará alimento y oxígeno al futuro bebé. En su vientre habitará, crecerá y llegará, finalmente, a ser humano.

En la obra que hemos mencionado, G. Greer -feminista y catedrática en Warnick y en Cambrigde- enfatiza sobre el vínculo de la mujer con su criatura. Describe el hecho de la maternidad como la situación “en la que un individuo (la madre) se encuentra unido por un cordón umbilical invisible a otra persona, de la que nada la separará jamás, ni siquiera la muerte”. Y afirma: “Si da a su criatura en adopción, sentirá un dolor inaguantable en el lugar donde estaba unida a ella y llorará a esa criatura durante toda su vida, buscando por siempre jamás sus ojos en los rostros de personas extrañas”.

Amparo Ariño Verdú, Dra. en Filosofía en la Universidad de Valencia, es socia cooperativista de La Marea.

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