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sábado 22 septiembre 2018

Opinión

El pacto y la distancia

El autor reflexiona sobre el pacto entre Podemos e IU a bordo de un tren de cercanías: “La única posibilidad de que el cambio sea algo más que un lema de campaña surge cuando la política rompe la arquitectura institucional”.

11 mayo 2016
09:29
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El pacto y la distancia

Un cercanías es un excelente lugar desde donde ver un día de lluvia. La hora, un breve lapso entre los que ya llegaron a comer y los que saldrán de tarde, deja a los vagones con gente suficiente para evitar la desolación de la máquina pero para poder ver a través de los cristales, tapizados de gotas y velocidad, la película de una gran ciudad en la distancia, una ilusión de quietud donde intuimos ajetreo. Los viajeros, a sus cosas -allá un libro, acá vista perdida, la mayoría al móvil- representan la pura repetición de cotidianidad, ese suceso que impide distinguir un día de otro.

El lunes, por contra, fue un día con personalidad, en principio por la presentación -teatral, como los tiempos requieren- del pacto electoral entre Podemos e IU. Si nos detenemos aquí tendríamos la noticia, el evento que pone fin a unos meses donde un eufemismo de negociación ha llenado de sopor el interés ciudadano por la política. Sin embargo, si el lunes fue un día con personalidad no lo fue por la presentación pública de dicho acuerdo, sino por la reacción de militantes, simpatizantes y detractores. Cualquiera menos la indiferencia.

El acuerdo, en cuanto a su impacto, nace ganador. Primero porque, aunque esperado y deseado por casi todos -los pájaros en Argumosa contestaban con seguro aplomo que la cosa marchaba-, hacía falta un punto de quiebra entre las pasadas hostilidades y la actual concordia. Segundo porque ha ocupado portadas, conversaciones y, en las redes, se percibía ilusión, que es esa palabra que empleamos cuando aún la alegría nos es distante pero el fango empieza a resbalar por los pies. Y tercero porque entre los detractores el abrazo de Sol no ha pasado desapercibido. Cuando no se es capaz siquiera de simular displicencia y hay que posicionarse, declamar, es que el primer objetivo se ha cumplido.

En el terreno de la cuestión interna hay ganadores y perdedores, aunque ahora es tan sólo momento de agradecimientos y de decir aquello de: “Yo siempre lo supe”. Los ganadores, los de verdad, son aquellos que en Podemos, en sus momentos más dulces, supieron que la línea de flotación de IU es de naturaleza ambigua y que convenía, por si acaso, dejar al barco navegar a su suerte. Ellos iniciaron la brecha electoral pero intuyeron que no tirarían el muro solos. En IU, los ganadores son aquellos que supieron bandear el dulce sueño final del replegamiento y el sálvese quien pueda, ese salto por la borda de los que hoy se reclaman pontoneros. La derrota ha emparejado a dos singularidades, la que entendía el cambio de régimen como transversalidad, por necesidad, excluyente con la izquierda y la que creía, reclamando incansable su identidad de izquierda, que el régimen no precisaba de ningún cambio.

En lo ideológico el acuerdo confirma que lo que se presenta en la prensa conservadora -ese arco de pluralidad informativa que empieza en El País y acaba en El Alcázar– como la reinvención del Frente Popular, la plaga del populismo caribeño o el Pacto del Botellín, no es más que el posibilismo de una izquierda cuya máxima aspiración es la de actuar de médicos de urgencias. Hay una hemorragia que necesita ser taponada, de momento, para dar una posibilidad de mañana. Salvando las distancias de tamaño y carácter, la experiencia que los ayuntamientos del cambio están protagonizando puede servir de anticipo a lo que nos ocupa. Para todo, lo bueno y lo malo. Está por ver si esa necesidad que surgirá en campaña de combatir el fantasma del radicalismo percibido no acabará por hacer pasar por imposibles las únicas medidas posibles frente a la Troika. Por último se demuestra que la teoría política, hace unos meses esquema inmutable para la separación, no era más que una eventualidad necesaria para reafirmar posiciones.

Vivimos un momento peculiar, algo ciclotímico, donde se pasa del abatimiento a la esperanza y de la sonrisa al llanto, como el tiempo de primavera. Un estado o bien de aparente descreimiento o bien de euforia dirigida. Puede que el cansancio de lo ya conocido, mejor, el hastío de lo que nunca ha cambiado, dote de un atractivo extraordinario a aquello que promete movimiento. El acuerdo, por necesidad, tiempo y costumbre, se ha hecho desde arriba y, aún en proceso de refrendación por parte de las bases de ambos partidos, no deja de ser pura ilusión, en el sentido emocional y sensitivo. Su descenso a lo material, para que la ilusión se vuelva certeza corpórea, pasará por el inmediato momento electoral. La pregunta, ineludible, es si nos hallamos ante el inicio de algo más que una mera coalición de partidos.

No tanto por el futuro de las propias formaciones en sí -recordemos también a Equo y las confluencias regionales- sino, sobre todo, por el posible carácter que una victoria o un buen resultado podría tener de desborde en cuanto a la extensión por abajo de la idea de un ellos y un nosotros, a la visualización de la posibilidad como anticipo de la posibilidad misma. Esa unidad popular, tantas veces reclamada, que sirva de acicate y contrapeso en la calle al trabajo en las instituciones (justo lo que en lo municipal no ha ocurrido). La única posibilidad de que el cambio sea algo más que un lema de campaña surge cuando la política rompe la arquitectura institucional, cuando se hace elemento cotidiano que singulariza cada día, cuando llega a un vagón de cercanías y la distancia entre protagonistas y observadores comienza a desaparecer.

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Daniel Bernabé

Daniel Bernabé

Nacido en Madrid en 1980, aunque siempre vivió en Fuenlabrada, ciudad de la periferia donde las eses se sustituyen por jotas y el orgullo de clase obrera es todavía un valor a tener en cuenta. Ha probado suerte en el periodismo y la narrativa, y ha practicado el dandismo sin mucho éxito. Su último ensayo se titula La trampa de la diversidad.

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