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domingo 18 febrero 2018

Los socios/as escriben

Divide y vencerás

“La minoría que acapara la riqueza de la tierra necesita imperiosamente provocar la división de aquellos que están claramente posicionados en contra de esa brutal desigualdad”, afirma el autor

25 noviembre 2015
13:03
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¿Se nos ha ocurrido preguntarnos por qué hay tantos refugiados? Refugiados no son sólo los cientos de miles que se agolpan en las fronteras europeas. Según ACNUR a finales de 2014 el número total era de 59,5 millones de personas. ¿De dónde vienen? ¿De qué huyen esas inmensas multitudes?

Si nos preocupamos de mirar, podemos ver que actualmente en el mundo están vivos más 30 conflictos amados. Unos aparecen todos los días en los medios de comunicación, de otros apenas se hace una mínima mención. Todos ellos provocan desplazamientos de población más o menos numerosos. Sumados forman los casi 60 millones de que habla ACNUR.

¿Qué motivos provocan esa enorme conflictividad? Ciertamente cada uno de esos conflictos tiene unas causas concretas que han llevado al enfrentamiento armado.  Pero, si pensamos un poco, podemos encontrar una razón básica, que está detrás de todos esos conflictos.

Partamos de una realidad escalofriante: el 1%  de los seres humanos posee el 50% de la riqueza del mundo. El otro 50% se reparte entre el 99% restante de la humanidad. Evidentemente este enorme desequilibrio tiene que crear tensiones muy fuertes, que amenazan con quebrar ese reparto tan desigual.

El 1% de privilegiados, por muy insensatos que sean, se tienen que dar cuenta de que, si el 99% viene a por ellos, sea en una lucha democrática o en un enfrentamiento violento, no tienen absolutamente nada que hacer. Ningún armamento por sofisticado que sea, puede compensar esa inferioridad numérica. Afortunadamente para ese 1% existe un arma, nada moderna ni sofisticada, pero experimentada con notable éxito por los grupos privilegiados a lo largo de los siglos. Se trata del conocidísimo “divide y vencerás”. Y los privilegiados actuales disponen de muchísimos medios para provocar y enconar las divisiones. Disponen en primer lugar de grandes y poderosos medios de comunicación para presentar la realidad a su gusto. Demonizar a los que quieren aniquilar, y ocultar todas las barbaridades que no interesa que se sepan. Y disponen de muy poderosos medios para encender la mecha de los conflictos.

Por otra parte, el 99% es suficientemente heterogéneo para encontrar fácilmente espacios donde lanzar la manzana de la discordia, reavivar  viejas discordias o crear nuevas fuentes de enfrentamiento. Lo explotan todo, diferencias religiosas, étnicas, culturales o puros conflictos de intereses. Incluso, en el colmo del cinismo, no dudan en provocar levantamientos “en defensa de la democracia”, o declarar guerras ante la amenaza de “las armas de destrucción masiva” del enemigo.

Y no olvidemos el formidable negocio que supone la venta de las armas que se emplean en los conflictos, o se almacenan ante el peligro de sufrirlos. Así pues, a poco que hurguemos en las raíces de cualquiera de esos cientos de hogueras que arden en la actualidad, o han ardido en los últimos años, podemos encontrar la mano del 1%.  Representada unas veces por el gobierno de alguna de las grandes naciones, otras por los intereses de una multinacional, o por las ambiciones de un dictadorzuelo sumiso a los deseos de alguna gran potencia. Así ellos pueden seguir tan tranquilos, acumulando cada día más, mientras hacen arder el mundo.

También hay otro tipo de diferencias que el gran capital fomenta para dividir a esa gran mayoría de la humanidad que somos todos los que no figuramos en el 1% privilegiado. Me refiero a las diferencias económicas, diferencias entre los miembros del 99%. El pequeño grupo de cabeza tiene unas posibilidades económicas que los acerca al 1% súper rico, mientras que miles de millones que están en la cola soportan una miseria extrema. Difícilmente se puede uno imaginar una acción conjunta entre ese grupo de privilegiados de segundo orden y los tres mil millones de seres humanos más pobres que, entre todos, apenas llegan a la riqueza que acumulan los 85 mayores capitalistas del mundo. La estrategia de dividir aquí está muy clara y les va dando resultado.

¿Y nosotros, dónde estamos? Yo diría que somos unos privilegiados de tercer orden. Muy lejos del grupo de cabeza con sus yates y sus palacetes, pero también muy lejos de esos mil millones de personas que literalmente se mueren de hambre. Estamos en un nivel intermedio, en una posición más o menos cómoda, que, de hecho, es envidiada por la gran mayoría de la humanidad. Es verdad que estos últimos años hemos visto nuestra comodidad bastante reducida. También hemos visto como compañeros nuestros, que disfrutaban tranquilamente de una buena posición, de repente veían como esta se venía abajo y caían en un pozo tenebroso. Nuestros mismos hijos se enfrentan  a un porvenir muy sombrío. Además  hay suficientes motivos para pensar que nuestra comodidad va a seguir disminuyendo paulatinamente. Podremos tener ciertas oscilaciones, pero la tónica general tiende al empeoramiento.

¿Qué podemos hacer? Aquí entran las opciones fundamentales de la persona, las opciones éticas, la responsabilidad moral de los seres humanos, la conciencia moral que todos los seres humanos tenemos (la conciencia moral que, por mucha tierra que le hayamos echado encima tratando de acallarla, sigue viva en el fondo del espíritu humano). Esa conciencia ¿qué nos exige? Podemos plantearnos: ¿qué me interesa hacer? O plantearnos: ¿qué es justo hacer en esta situación? ¿Trabajamos por un mundo más justo y más humano para todos? ¿O trabajo para defender mi situación y acercarme lo más posible al grupo de cabeza?

Las dos opciones entran en la libertad humana. Cada uno verá lo que hace, lo que su conciencia le pide.

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Todo lo anterior lo escribí hace unos pocos días, y nada más terminarlo me encuentro con un debate en un foro interno entre los socios y socias de La Marea a cuenta de una supuesta falta de imparcialidad en el tratamiento de las figuras de Alberto Garzón y Pablo Iglesias. Creo que todo este conflicto viene a confirmar plenamente la tesis expuesta más arriba: la minoría que acapara la riqueza de la tierra necesita imperiosamente provocar la división del resto de la humanidad, y especialmente de los sectores que ya están claramente posicionados en contra de esa brutal desigualdad. Concretamente provocar la división de los grupos de izquierda de todo  el mundo.

Pues parece evidente que esos grupos hemos caído en la trampa, y entramos al trapo del enfrentamiento mutuo con el mayor entusiasmo. (Creo que hemos contemplado tantas veces las continuas rivalidades entre las fuerzas  -o fuercecillas- de la izquierda que no hace falta extenderse en justificar la afirmación anterior).

Sería más interesante analizar los mecanismos gracias a los cuales consiguen esta división de la izquierda. Porque, claro, no vamos a pensar que IU y Podemos han acabado tirándose los trastos a la cabeza porque el señor Rajoy les haya animado a hacerlo, ni siquiera me parece probable que el Banco Santander haya necesitado financiar a grupos o personas encargadas de sembrar cizaña en el campo de la izquierda. Esto no quiere decir que no puede haber una acción directa de elementos de la derecha para provocar divisiones, pero no me parece lo más importante.  Realmente no hace falta que nadie nos anime para tirarnos los trastos a la cabeza.

Entonces, ¿cómo puede influir la derecha en las divisiones de la izquierda?  Me inclino a pensar que se trata más bien de una contaminación ideológica y ética. La derecha tiene una mentalidad y unos valores que le van muy bien para defender sus intereses, pero que asumidos por  la izquierda resultan ruinosos para sus intentos de caminar hacia un mundo más justo y libre.

En primer lugar está el individualismo egoísta tan fomentado por la ideología burguesa. Si esa actitud contamina a algunos líderes de la izquierda, estos llegarán a poner sus propios intereses y sus aspiraciones al éxito personal por encima del bien general de la sociedad, y lucharan contra quien sea para ser ellos los que encabecen las formaciones políticas. Lo de la cabeza de ratón.

Otra característica de la mentalidad capitalista es el afán por el beneficio inmediato sin pensar en las consecuencias futuras.  Esto, trasladado a la izquierda, lleva a que algunos partidos, buscando un triunfo electoral inmediato, se lancen a realizar una política de mercado, lo cual supone adaptar sus planteamientos a lo que creen que puede venderse más fácilmente. Renuncian a plantear y defender una alternativa a la sociedad existente, para asumir lo que la mayoría desea en ese momento, sin el más mínimo análisis de cuál es el imaginario colectivo de esa sociedad, y qué influjos ha tenido para llegar a adoptar ese imaginario.  Cuando ese discurso oportunista se viste con un ropaje de izquierdas, lo más probable es acabar en la frustración y el descrédito de la imagen de la izquierda.

El capitalismo parte del sagrado dogma de la eficacia inigualable del mercado para regular la vida económica de la sociedad. A esto el marxismo ha respondido  con el dogma del socialismo científico. Un problema científico normalmente sólo tiene una solución correcta. Todo lo que se aparte de esa solución es erróneo. Cuando se abraza este dogma, uno tiende a pensar que la alternativa que él ve es científica, y cualquier otra es errónea  o  malintencionada.  Es verdad que el marxismo está muy olvidado por la mayoría de la izquierda, pero el dogmatismo sigue impregnando muchos pensamientos. Y de una forma  especial en los grupos más radicales, los que siguen manteniendo  de una manera más firme su oposición frontal al capitalismo.

Yo creo que esta contaminación está muy clara, y los pensadores más lúcidos, como Zygmunt Bauman, han puesto claramente de manifiesto cómo la mentalidad burguesa ha penetrado en la cultura de nuestra sociedad.  Todo esto exigiría  un debate mucho más amplio y profundo, y que no estuviera contaminado por los intereses personales o de partido.  Creo que La Marea, que se define como una revista de “investigación, análisis y cultura” tiene en este terreno de la cultura, la mentalidad y los valores (lo que hoy se conoce como “imaginario colectivo” de un pueblo) un campo muy necesitado de investigación y análisis. Y no sólo para constatar lo que existe, sino para analizar las causas que han llevado a esa situación y las posibles alternativas.

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