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jueves 15 noviembre 2018

Economía

La economía. Una Historia muy personal

Avance editorial del último libro del economista Santiago Niño Becerra, editado por Los libros del lince, a la venta la segunda semana de febrero

<em>La economía. Una Historia muy personal</em>

Fragmentos no seguidos del libro La economía. Una Historia muy personal (Los libros del lince, colección Sin fronteras), a la venta la segunda semana de febrero.

Es probable que (en la industria del automóvil) haya demasiadas empresas, demasiadas fábricas, demasiadas marcas, demasiados modelos, demasiados concesionarios… Creo que después de la crisis habrá menos de todos ellos.

Patrick Pélata, director general de Renault. Entrevista de Ramón Casamayor en El País Negocios, 11/1/2009.

La Depresión fue la primera crisis moderna del sistema capitalista, y su origen estuvo en la oferta: la capacidad productiva que se consiguió gracias a todos los avances técnicos y organizativos aplicados a la producción tras la Primera Guerra Mundial generó una capacidad productiva que una capacidad de consumo limitada fue incapaz de absorber. Fue una de las cosas que se aprendió al estallar la Depresión.

Durante los años ochenta los costes de producción disminuyeron apreciablemente, por un lado debido a la deslocalización (de producciones enteras o de fases productivas) a países subdesarrollados; por otro, debido al acelerado e imparable descenso del poder de unas organizaciones sindicales que cada vez podían defender menos los intereses de sus asociados ya que, crecientemente, la oferta de trabajo fue haciéndose superior a la demanda de trabajo. Pero, tal como se aprendió con lo sucedido en la Depresión, se sustituyeron salarios por capacidad de endeudamiento.

Entre 1991 y el 2007 todo fue como un tiro. Cierto: hubo momentos de decaimiento: 1991, el año 2000…, pero rápidamente se solucionaron esos problemas sofisticando todavía más los productos financieros que sostenían el crédito; y aumentando a todos los consumidores su capacidad de endeudamiento para que pudieran consumir de todo. Y durante quince años se evitó lo que no había podido evitarse en 1929. Hasta que la capacidad de endeudamiento, es decir, de consumo, se agotó; entonces se puso de manifiesto que había un exceso de capacidad productiva, problema que algunos países paliaron durante unos años con las exportaciones, y todos los Estados (hasta el año 2010) con planes de estímulo y de rescate masivos alimentados con dinero público.

Posiblemente la industria del automóvil sea una de las que mejor refleje esta crisis de sobreproducción que caracteriza la actual realidad y que ha generado una gigantesca crisis de subconsumo. Sí: como en la Depresión.

El dólar ha sido un caso único al compaginar su condición de reserva principal, gran deudor internacional y un refugio financiero seguro, al mismo tiempo que la rentabilidad de sus bonos y sus billetes venía determinada por cuestiones domésticas. El cuestionamiento de esas características únicas supone un shock de primera magnitud para el sistema financiero internacional.

Barclays Capital, informe de junio de 2009. Citado por Alicia González en «La divisa de referencia pierde brillo». El País Negocios 5/7/2009.

El pacto no escrito al que se llegó en Bretton Woods en 1944 -Estados Unidos consumiría los excedentes producidos por el resto del mundo a cambio de que el resto del mundo aceptase todos los dólares que Estados Unidos precisase imprimir- se basaba en dos principios que durante tres décadas nada ni nadie cuestionaron. Por un lado, la confianza en el poder económico de Estados Unidos era absoluta, por lo que también se confiaba en el dólar; por otro, Estados Unidos era el protector y el gendarme del mundo libre. Eso venía apoyado por un nivel contenido de deuda pública norteamericana. A partir de los setenta eso empezó a cambiar y la situación comenzó a degradarse.

La economía de Estados Unidos ya no es lo que era ni el planeta es lo que fue en los años cuarenta. Hoy Estados Unidos tiene una deuda total gigantesca, y además la cantidad de dólares que están dando vueltas por el mundo es monstruosa. Y es una cantidad irrespaldable por la economía estadounidense. Pero la rueda continúa girando porque ni hay aún alternativa a que no gire ni la economía planetaria soportaría un parón en seco de esa rueda.

Es una mera cuestión de confianza: se confía en que Estados Unidos pagará su deuda, que seguirán siendo buenos los dólares que imprime y con los que paga esa deuda que emite, y que la deuda estadounidense continuará siendo aceptada en todas partes, al igual que los dólares. La pregunta es: ¿seguirá todo eso siendo así?

EE. UU. es ahora mismo más comunista que China. Pero se trata de un socialismo para ricos. Se está rescatando a los financieros, a los bancos y a la aristocracia de Wall Street, no a la gente humilde que quiere pagar su hipoteca.

Jim Rogers, cofundador junto con George Soros del fondo Quantum, al comentar la estrategia del Tesoro de Estados Unidos en septiembre de 2008, cuando decidió rescatar a Fannie Mae y a Freddie Mac. Citado por David Fernández en «Cartas desde el infierno». El País Negocios, 16/5/2010.

La quiebra del banco Lehman Brothers el 15 de septiembre de 2008 tuvo los efectos de una explosión en el mismo centro del sistema financiero, lo que equivale a decir que ocurrió en el mismo centro del capitalismo. Pues había quebrado una institución con 158 años de historia, una institución perteneciente al grupo de entidades que se suponía estaba por encima de toda duda, las que hacían posible que la confianza se mantuviese incólume incluso en momentos de zozobra. Hablo de los bancos.

Tal vez algún día la Historia explique por qué se dejó caer a Lehman Brothers. Tal vez algún día la Historia dé respuesta a todos los interrogantes que plantea el film Too Big to Fail (Curtis Hanson, 2011). Pero el hecho es que la quiebra de Lehman mostró con la máxima crudeza dos cosas: 1) que la quiebra de más bancos habría dado al traste con todo el sistema económico, y 2) que los Estados iban a tener que rescatar, con dinero público, a las entidades financieras (y no sólo financieras) que lo necesitasen pues sólo así los agentes económicos iban a recuperar la confianza.

Las entidades estadounidenses Federal National Mortgage Association (Fannie Mae) y Federal Home Loan Mortgage Corporation (Freddie Mac), la primera creada en la Depresión, son entidades respaldadas por el Estado que permiten a los prestamistas la concesión de nuevos préstamos a partir de la titulación de los préstamos hipotecarios. Al derrumbarse el mercado de la vivienda y producirse una oleada de impagos a partir del año 2007, y sumarse este hecho a la pérdida de confianza en el sistema bancario tras la quiebra de Lehman, pesaba sobre el sistema entero la amenaza del estallido de un escenario semejante al del crash de 1929, aunque amplificado varias veces por el volumen de fondos implicados. Tanto en Estados Unidos como en todo el planeta, los Estados ayudaron y rescataron a numerosas entidades bancarias.

Posteriormente los rescates fueron objeto de análisis y de críticas. Pienso que, del mismo modo que el cataclismo vivido entre el verano de 2007 y el otoño de 2008 fue inevitable, y lo fue debido a cómo las cosas habían sido hechas en el mundo financiero; también fueron inevitables los posteriores rescates ya que el inmovilismo hubiese sido aún más catastrófico. Pero hubo decisiones que debieron haber sido tomadas y no lo fueron. Tendría que haberse analizado y depurado las responsabilidades de las personas físicas y jurídicas que precipitaron aquella catástrofe; y tendrían que haber sido liquidadas algunas entidades bancarias que eran manifiestamente inviables; tendría que haberse intervenido con expertos del Estado la gestión de las entidades rescatadas con fondos públicos; y tendría que haberse explicado muy detenidamente a la opinión pública por qué se hizo lo que se hizo cuando se hizo. Porque una gran parte de esa opinión pública se quedó con una idea: que se había utilizado su dinero para salvar a unas empresas mal gestionadas a fin de que los mismos gestores continuasen haciendo lo mismo y de la misma manera, y percibiendo por esas actuaciones mayores remuneraciones incluso de las que habían percibido antes de la tragedia.

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Santiago Niño Becerra

Santiago Niño Becerra

4 comentarios

  1. Carmen
    Carmen 21/02/2015, 20:26

    Manfred Max-Neef, un economista atípico; si todos los economistas fueran Max-Neef
    sería un constante placer vivir y convivir.
    http://juantorreslopez.com/impertinencias/max-neef-necesitamos-economistas-cultos/

    Responder a este comentario
  2. Bitácora Actual
    Bitácora Actual 16/02/2015, 10:25

    Niño Becerra es uno de mis preferidos, sin duda alguna.

    Responder a este comentario

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