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miércoles 21 febrero 2018

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Versus p2p

“Es momento de empezar a buscar la fórmula idónea para abrir paso a este tipo de nuevas iniciativas de consumo colaborativo”, defiende el autor

<em>Versus p2p</em>
Un taxista por el centro de Madrid. FERNANDO SÁNCHEZ

David Peral // El alboroto generado por Uber es solo un anticipo de lo que está por venir. La ira que hoy vemos en los taxistas -y que, en mayor o menor medida, comprendemos-, se irá extrapolando progresivamente a otros colectivos, a medida que nuevos actores se vayan colando en sus respectivos mercados bajo la bandera de la llamada economía colaborativa. Por ello, antes de perder demasiadas energías analizando de manera aislada cada caso que se vaya presentando, es importante saber ver que el consumo colaborativo es el patrón común en todos ellos, y únicamente entendiendo sus principales características podremos tomar decisiones acertadas.

En líneas generales, lo que permiten las plataformas de consumo colaborativo es compartir recursos o habilidades entre sujetos que no se conocen entre sí. De esta forma, algo que hemos hecho toda la vida con personas de nuestro círculo cercano de confianza como, por ejemplo, compartir coche, ahora lo podemos hacer también con completos desconocidos. Y esto no quiere decir que nos fiemos de cualquiera. Nuestra decisión de interactuar o no con otro usuario de la red se basa principalmente en las puntuaciones y comentarios que otros usuarios han publicado sobre él. Y es que los mecanismos de reputación son la piedra angular y la clave del éxito de este tipo de iniciativas.

Volviendo al caso Uber, conviene señalar que sí, sus conductores obtienen lucro por sus actividades, y por tanto deberán tributar como cualquier hijo de vecino. Sin embargo, el principal punto de conflicto aquí no es éste, si no el de prestar un servicio de transporte sin poseer una licencia para tal fin. Y en este punto, tenemos que analizar el origen de las licencias de taxi, que fueron creadas con el objetivo de proteger al usuario ante posibles abusos y regular el mercado ajustando la oferta a la demanda. Y así, queriendo crecer a mayor ritmo la oferta que la demanda, se ha conseguido que las adquisiciones de este tipo de licencias se hayan ido encareciendo hasta llegar a las cifras disparatadas que se manejan actualmente en las principales ciudades. Y aquí está una de las claves, ya que Uber encaja oferta y demanda de manera automática y en tiempo real, sin necesidad de mecanismos de regulación artificiales. Tampoco necesitan los usuarios de Uber una regulación específica que les proteja ante abusos por parte de los conductores si el sistema de reputación de la plataforma es sólido y fiable. De hecho, si es un sistema de reputación potente, probará ser incluso más efectivo a la hora de proteger al usuario que el mecanismo regulado de licencias, que corta por el mismo rasero al taxista honrado y taxista que busca las rutas más largas con el objetivo de alargar las carreras.

Es momento, por tanto, de empezar a buscar la fórmula idónea para abrir paso a este tipo de nuevas iniciativas en nuestra economía. Para ello, es necesario abrir un debate amplio y profundo entre todos y cada uno de los afectados. Se trata de enfocarlo como una oportunidad y no como una amenaza.

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