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viernes 20 julio 2018

LA UNI EN LA CALLE

Los orígenes de la Indignación

La política de los Austrias en el siglo XVII ahondó en la brecha social y trasladó su crisis a campesinos y trabajadores urbanos. Surgió entonces una multitud en acción con ideas, líderes y organización

29 noviembre 2014
07:48
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Los orígenes de la Indignación
La ejecución de los Comuneros de Castilla en abril de 1521, vista por el pintor Antonio Gisbert.

Al comprar en 1629 el señorío de Lozoya, Sebastián Suárez se apoderó de los comunales para sus ovejas y mandó a la miseria a unos vecinos que los usaban de tiempo inmemorial. Cuando se quejaron, Suárez respondió “que cuatro caminos había, que tomasen de ellos el que quisiesen y se fuesen”. Que en 1646 lo mataran revela el apego de la población a los comunales, refugio para paliar las crisis.

¿Por qué Suárez compró Lozoya? En 1627, al entrar Castilla en guerra, Felipe IV decretó la bancarrota. La corona necesitaba mantener el aparato bélico, y el mismo rey que no escatimó recursos para construir el Buen Retiro y celebrar fiestas grandilocuentes, privatizó mucho del patrimonio público en pro de banqueros y mercaderes, funcionarios que sabían del valor de lo vendido, órdenes religiosas y notables como Suárez. Campesinos y artesanos pagarían esta política. Sabían lo que era resistir a corona y nobleza: destacaron en las Comunidades de 1520-21. Y tras éstas protestas, ¿qué? Se ha repetido que hasta en el motín contra Esquilache Castilla fue sumisa al rey. Pero no levantarse en armas ni significa conformidad con el status quo, ni ausencia de conflicto social: éste se enraizaba en la pobreza, el paro, la marginación y la segregación; vocablos que remiten a grupos sociales marcados por la desigualdad.

También estaba el conflicto de los pleitos, la delincuencia –robo, violencia, desacato a la moral impuesta- y las revueltas por crisis de subsistencia, fiscalidad y trabajo, o en contra de las alteraciones monetarias y la corrupción. El siglo XVII fue conflictivo por la brecha abierta entre ricos y pobres; lo demuestra el rosario de levantamientos que enfrentaron al común de los vecinos con nobleza y clero. Que estas revueltas fueran limitadas, no afectaran a todo el reino y no amenazaran la estructura social, no oculta la realidad: que había motivos sobrados para rebelarse.

Para las clases dirigentes, los motines fueron obra de la “hez del vulgo”, la “chusma”, desarraigados, los “perroflautas” de ayer. La realidad dista mucho de ser así. Los rebeldes eran sobre todo gente de ciudad, asentados durante tiempo y con oficio estable, artesanos, miembros de las clases medias y el bajo clero. La juventud -sobre todo, estudiantes- destacó en unas revueltas que tenían un orden y líderes: jornaleros experimentados o artesanos con prestigio. Pero no tenían influjo más allá de sus localidades. La inseguridad de los rebeldes les llevó a poner a nobles en los lugares de responsabilidad durante las revueltas. La concepción popular de la política se expuso en pasquines, actitudes de rechazo al orden vigente y motines.

Las clases populares creían en una “economía moral”, donde el valor de bienes básicos como el pan no seguía criterios de mercado, sino consideraciones éticas y sociales que aseguraban sobrevivir a los más débiles. En el campo, esta economía moral defendía los comunales. Tras esta política paternalista -practicada por los señores, auspiciada por el Estado y en la que confiaban campesinos y artesanos- estaba implícito que los súbditos respetarían las reglas del juego –trabajarían y no se rebelarían- si se les garantizaba el sustento mínimo. De no ser así, sería legítimo rebelarse, atacar diezmos e impuestos, fijar la tasación popular o precio justo de los bienes básicos; hacer protestas anti-señoriales, acosar palacios y perceptores de rentas; amotinarse. Pese a que hubo violencia -a veces en grado horrible-, destaca el escaso derramamiento de sangre en los motines. Las amenazas eran extremas –incluida la muerte- pero rara vez se cumplían. El odio popular se centraba más en la propiedad que en la vida. El saqueo nunca fue la guía de los amotinados; la propiedad de especuladores y explotadores se señalaba más para la destrucción que para la incautación. Las autoridades, por su parte, no se detenían en la vida, y la represión fue sangrienta y selectiva.

El siglo XVII presencia una monarquía que se corroe y que busca, vendiendo patrimonio público, solucionar sus problemas y encontrar aliados en la aristocracia. La política de los Austrias ahondó en la brecha social y trasladó su crisis a campesinos y trabajadores urbanos. Surgió entonces una multitud en acción con ideas, líderes y organización. No protagonizó grandes levantamientos ni tambaleó el orden vigente, pero sus luchas dejaron la simiente de movilizaciones futuras.

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José Nieto Sánchez es profesor ayudante doctor en el Departamento de Historia Moderna de la UAM y el coordinador del Grupo Taller de Historia Social de dicho departamento. Imparte docencia universitaria sobre Historia de los movimientos y conflictos sociales de la Europa y España Moderna, así como de Historia Social y Económica. También da charlas sobre éstas temáticas en la Universidad Popular de Sierra Norte y en centros sociales. Ha publicado varios libros sobre la Historia de los artesanos de Madrid.

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