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domingo 18 noviembre 2018

Sociedad

Un viaje de ida y vuelta con pasaporte de inmigrante

La historia de este país nos habla de emigración, de generaciones anteriores que tomaron su maleta con un billete de ida sin saber cuándo sería el regreso

30 agosto 2014
13:30
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Mucho se habla y se ha hablado de inmigrantes, de las vallas y las concertinas, de la necesidad para algunos de poner más límites a la libertad de movimiento. Pero existe otra migración.

Desde que comenzara la crisis, 225.000 españoles según datos oficiales, se han visto forzados a emigrar para convertirse en exiliados económicos y, en muchos casos, explotados salariales. Cifra que aumenta si se consultan otras fuentes, como los estudios de Amparo González Ferrer del CSIC, donde se documenta la salida de 700.000 personas entre el 2008 y el 2012.

La historia de este país nos habla de emigración, de generaciones anteriores que tomaron su maleta con un billete de ida sin saber cuándo sería el regreso. Encarna (*), a sus 58 años, puede contar su historia. Una vivencia que describe como “un viaje de ida y vuelta dando infinitas gracias de que, en este caso, sí pudiese ser de vuelta”. Pero también David, que con 28 años, se ha sentido abandonado aquí y “explotado” en el extranjero.

Ésta es la historia de dos generaciones en un país dominante antes y ahora: Alemania. Dos historias donde economía y política unirán a individuos sin aparentes similitudes.

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Encarnación Díez Vizoso (58 años)
Madrid, 24 de junio de 1957 – Mannheim, 6 de diciembre de 1960 – Madrid, 6 de diciembre de 1987

En los 60, la realidad española seguía siendo la de un país pobre con pocas posibilidades de desarrollo económico. La posguerra, cuyos efectos arraigaron durante largos años, y el régimen dictatorial llevaron a muchos a emigrar. “Unos, corriendo ante el fantasma de la prisión, la denuncia o las siestas nocturnas en los calabozos. Otros con la ilusión de forjar un futuro para los suyos”, recuerda Encarna. Francia, Bélgica, Suiza, Argentina o Venezuela se convirtieron en algo más que nombres de países. Como para muchos en los últimos años, el destino de Encarna fue Alemania.

La historia de su familia comienza con una expropiación, la de sus posesiones por motivos políticos y, entre ellas, el taller de pintura de la madrileña calle de La Coruña. Un “chivatazo” y de nuevo apareció la palabra que todo lo une y desune: la economía, el sustento de una familia.

Sin trabajo y señalados políticamente, los padres de Encarna se vieron en la necesidad de emigrar. “En ocasiones era más el dolor del corazón que el de cabeza. Uno te pedía no tener que abandonar nunca tus raíces, el otro te aseguraba que era la única opción”. En 1959, los consulados alemanes pedían trabajadores para la reconstrucción del país tras la Segunda Guerra Mundial. “Ésta fue la oportunidad que esperaban mi padre y alguno de sus amigos. Se apuntaron en el consulado y firmaron un contrato de seis meses con derecho a alojamiento y un puesto de trabajo en una fábrica de Alemania, en la ciudad de Mannheim, una de las zonas más industrializadas”, situada junto a las fábricas de multinacionales como BASF y BAYER. “Se podría decir que mi padre pasó de vivir en una ruina de país a un país ruinoso”, recuerda Encarna con ironía.

Es cierto que emigrando “se abría un horizonte de esperanza; pero siempre comparándolo con lo que había en España”. Al abandono de la tierra, se unían las diferencias culturales. “El principal problema con el que nos estrellamos fue el idioma. Necesitábamos comunicarnos y era muy frustrante”. El simple hecho de acudir al mercado suponía una aventura en palabras y con una nueva moneda. “Es en estos momentos cuando descubres el poder de los gestos para hacerte entender”.

Después de “casi una vida” en Mannheim (27 años) llegó su billete de vuelta. Casada con un compañero de estudios de acento gallego y con una hija ya plenamente alemana “mi empresa me daba la oportunidad que muchas veces había soñado pero que a la vez tanto miedo me daba”: un puesto fijo en la sucursal de Madrid. “La oportunidad de volver a España, el país que habíamos tenido que abandonar por obligación”. Finalmente, “el seis de diciembre de 1960 pisé Alemania y otro seis de diciembre, pero de 1987, volví a Madrid”.

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David López Pinero (28 años)
Alberche (Toledo), 20 de enero de 1986 – Jena y Oldenburg, 2 de octubre de 2008 – Alberche (Toledo), 30 de agosto de 2013.

De un pequeño pueblo cercano a Talavera, Alberche, la historia de David busca expandirse hacia el exterior. Tras trabajar con su familia en el pueblo, saltó a Toledo para convertirse en Licenciado en Ciencias Ambientales y, de ahí, a una fábrica en Alemania. Las barreras para acceder a un trabajo con una carrera de las estigmatizadas como “de pocas salidas” y por las que no se apuesta, le llevaron a buscar “un futuro que casi no existe en España”.

“Alemania siempre ha despertado en mí mucho interés por ser el país más influyente de nuestro entorno”. La misma influencia que en los 60 pero con una gran diferencia: la preparación. Cuando los padres de Encarna pisaron suelo alemán solo sabían decir “si – ja” y “no- nein”. David contó con un gran aliado al que ahora están dinamitando: el Erasmus.

“Me permitió sumergirme y mejorar mi alemán”. Y aún así “el idioma siempre fue un gran handicap”. “La autosuficiencia desaparece, al menos los primeros meses, porque apenas puedes salir de situaciones totalmente cotidianas como comprar un billete para el transporte público”. Y de nuevo la cultura. “Las costumbres y la interacción social también son un reto. Una simple conversación con un vecino no tiene nada que ver o la cercanía con la que puedes saludar”.

Mientras que una generación era llamada a trabajar, ésta llama al trabajo. Son muchos los que hacen las maletas pensando que van a encontrar su traje a medida y lo consiguen; pero por el camino también quedan jóvenes trabajando por debajo de su preparación.

“El trabajo en la fábrica era agotador, para alcanzar un sueldo decente se rozaba la explotación”. David pronto comprendió que, por mucho que trabajase, nunca conseguiría las condiciones de sus compañeros alemanes. Además, “las posibilidades de encontrar un trabajo de ambientales eran casi nulas incluso a largo plazo”. A finales de agosto del 2013 volvió al pueblo.

Tras el regreso…

Para Encarna todo puede resumirse en una frase: “era inmigrante en Alemania y volvía a serlo en mi país”. Ya no conocía prácticamente nada. Salieron de una dictadura y volvieron en democracia.

Algunas veces, sobre todo al principio, echaba mucho de menos Alemania. Es muy duro dejar una vida atrás, tus amigos y tus recuerdos”. “Recuerdo que esa extraña sensación me duró los tres primeros años. No pasaba ni un momento en el que no me preguntara el por qué de mi vida en España. Aquí no sentía nada”.

“Ahora todo me parece ridículo pero entonces era un gran problema. Soy medio española y medio alemana. Y aunque la gente dice que sigo siendo una alemana con rasgos españoles, sé que estoy en casa”.

En el caso de David pasar de una gran ciudad a un pueblo de algo más de 1.600 habitantes era la clave. Aun así, reconoce que es en Alberche donde está su vida. “No estoy loco por volver pero puede que en el futuro vuelva a probar fortuna. Tengo a Suiza en la cabeza. Pero ahora tengo que ser valiente y con mi preparación, esperar y luchar”.

Aunque la preparación da más alas, la política y la economía han llevado a estas dos personas a vivir en un camino paralelo y, como ellos, miles de personas. Un camino donde se viven problemas de adaptación, donde hay que aprender a usar los gestos y no siempre se encuentra el trabajo soñado. Un camino que lleva a “vivir sintiéndote siempre un inmigrante de ida y vuelta”.

(*) Encarnación Díez es la madre de la autora

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Natalia Castro

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