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lunes 17 diciembre 2018

Opinión

Póngame ahí diez especies singulares

El equipo de investigadores que cada año documenta especies por sus formas o los hábitats donde se encuentran ha resistido los embates de la descalificación por parte de teóricos de la filosofía de la ciencia

<em>Póngame ahí diez especies singulares</em>
Imagen de una nueva especie de caracoles translucidos encontrados en Croacia. IISE

En un planeta con una Biodiversidad menguante, una tropa de investigadores irreductibles a los ejes que marcan el ego de la profesión científica culminan el descubrimiento de las aproximadamente 20.000 especies que, de forma regular, se publican cada año desde hace ya unos decenios. Han resistido los embates de la descalificación por parte de teóricos de la filosofía de la ciencia. ”Ustedes hacen ciencia descriptiva, que es como no hacer ciencia”, critican los más sabios. “Todo lo que no es hipótesis, no implica conocimiento riguroso”.

Nadie sabe qué hipótesis había detrás del megaproyecto de describir el genoma humano en sus comienzos, salvo lo que dijo Craig Venter al Comittee on Science norteamericano (17 de junio de 1998, The Human Genome Project, Hearing, pág 34): “Es nuestra hipótesis que este enfoque tendrá éxito”. Sin embargo, sí se sabía que había un gran negocio detrás por la tecnología a desarrollar y el potencial posterior de -ahora sí- testar hipótesis que relacionen regiones de ese genoma con actividades metabólicas que dan razón o ayudan a entender el desarrollo de enfermedades y otros procesos. Pues ¿quién ha dicho que no deben aparecer las hipótesis en algún momento de la actividad de una disciplina? Sólo a los ajenos a dicha práctica se les ocurre dogmatizar en qué momento debe surgir la idea, cuándo la pregunta, dónde la hipótesis.

Ajenos también a la ignorancia supina -no cabe otro adjetivo- no sólo de parte de algunos de sus propios colegas sino también de científicos de disciplinas lejanas, que se permiten incursiones doctrinales que lo único que ponen de manifiesto es su propio desconocimiento. Cómo si no entender el comentario de ese físico premio Nobel, al que muchos califican de luminaria (seguro que lo fue en su propia especialidad, eso nadie lo discute), que es capaz de decir la tontería de que la biología descriptiva en sus comienzos “tenía que contar los pelos de los miembros de las moscas” (traduzco a vuela pluma de la edición inglesa, pág 49). ¿Ha oído hablar alguna vez el señor Feynman del concepto de homología, una forma especial de establecer el parentesco entre organismos basándose en la comparación y análisis de caracteres equivalentes en organismos que varían? ¿Sabía nuestro físico que al nombrar un organismo un biólogo no bautiza nada? ¿Que sólo establece una hipótesis preliminar de parentesco de ese organismo con otros dentro de una clade concreta? No, no lo sabía y por eso dice esa simpleza (tiene otras) en ese libro pretenciosamente titulado Seis piezas fáciles. Pues como me ha comentado Begoña Lemoche, profesora del Instituto Rosa Chacel de Colmenar Viejo, la parte del libro dedicada a analizar la relación de la Física con otras ciencias, en especial con la Biología, es un despropósito del que algún día habría que dar cuenta.

Pero este es parte del panorama al que se enfrenta el sector científico dedicado a ese eslabón tan fundacional (no digo ni básico ni fundamental) como es conocer y documentar la Biodiversidad de nuestro planeta. Y resisten a pesar de que ha quedado demostrado que el sistema tradicional de evaluación del científico por medio del número de citas de sus trabajos es un medio mecánico muy fácil para administrativos (dicho sea con todo el respecto a estos profesionales frecuentemente tan maltratados) y científicos metidos a tal. Pero las obras que realmente pueden servir de referencia en este negocio de la Enciclopedia de la Vida (por tomar el nombre de un proyecto de E. O Wilson), las monografías de grupos de organismos concretos, reciben pocas citas, son mal o nada valoradas por los administrativos ejercientes de evaluadores y descalifican al que las presenta en los procesos de valoración de esos científicos (en España los llaman ‘sexenios’).

Y se maneja como único criterio de ‘bondad científica’ un índice de citas a los científicos, llamado ‘índice h’ (no, nada que ver con un supuesto ‘punto h’, aunque a muchos científicos les produzca un extraordinario placer), sin evaluar en su conjunto trayectoria y contenidos de la actividad científica de una persona (pues qué duda cabe, que esas actividades deben ser evaluadas.) Eso llevaría demasiado trabajo a los encargados de sancionar quién es bueno o no tanto en la ciencia.

De forma que, entre la ignorancia de unos y el desprecio de otros, esta tropa resiste y documenta esos organismos que nos sorprenden por sus formas, los hábitats donde se encuentran, su distribución geográfica, tamaño o, simplemente, la dificultad de llegar a ellos.

Y hay un equipo internacional que quiere hacer una mención especial de sólo 10 especies, de las 20.000 documentadas cada año, muchas de las cuales merecerían ese puesto.

Y estos dos últimos años he tenido el honor de coordinar ese equipo internacional. Lo hacemos de forma altruista porque creemos que su esfuerzo, el esfuerzo de los Taxónomos (que es como se llaman estos especialistas) merecen una atención especial, por lo menos una vez al año.

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Antonio G. Valdecasas

Antonio G. Valdecasas

1 comentario

  1. Ygritte
    Ygritte 14/06/2014, 02:56

    También podríais hacer un circulo en Podemos, Círculo Taxónomos, por aquello de visibilizar la cuestión, o una marea que todavía quedan colores, o seguir escribiendo artículos para ilustrar un poco a quienes no tenemos ningún premio Nobel.

    Responder a este comentario

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