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El autor reflexiona acerca de la polémica suscitada en la última semana por mensajes ofensivos en las redes sociales

22 mayo 2014
17:03
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Iván Massa // En menos de un mes nacerá mi sobrino y, aunque estoy deseando que llegue el momento para poder verle y gritar eso de “me lo voy a comer vivito”, tengo que admitir que también tengo miedo de que si publico esa frase con una foto de un bebé en mi Facebook, algún ministro pretenda llevarme a la cárcel con el fin de evitar un sonado asesinato-caníbal tintado de pedofilia incestuosa. Y es que esta semana, tras el asesinato de Isabel Carrasco, la polémica sobre cuán legalmente vinculantes son las opiniones en redes sociales está más intensa que nunca, y yo en mi foro interno, no he podido dejar de darle vueltas.

Resulta que alguien va y twittea que celebra un asesinato, y en cosa de una semana tras el tweet, la justicia acusa, lleva a los tribunales, juzga y libera con cargos al twittero, en un proceso más express que dar de alta la línea adicional con FUSION; por otro lado un ministro, otro distinto, sale en televisión haciendo unas declaraciones a todas luces denigrantes para un importante porcentaje de la población, por ejemplo las mujeres, y aquí la reacción de la justicia es ninguna. Ofuscado, busco qué base lógica se está aplicando y tras darle una vuelta, llego a una conclusión que es la que voy a seguir y la que comparto aquí, sólo para quien la entienda:

Imaginemos que la frase “good morning UK people” no se escribe así, sino que se escribe “Muerte a todos esos homosexuales de mierda!!<3” – total, el inglés no se escribe como se pronuncia-, y que por tanto el Primer Ministro británico twittea “Muerte a los homosexuales de mierda!!<3” a las seis de la mañana, todos los días. Dado que puede ser ofensivo para algunos hispano hablantes, que no son pocos, ¿tendría que ir Grande Marlaska a montarla en 10 de Downing Street? ¿Es apología del asesinato, el odio y un delito?

Desde el punto de vista científico, se da comunicación efectiva cuando un emisor manda un mensaje a un receptor a través de un canal, usando un código, dentro de un contexto, y el receptor entiende el mensaje. O sea que, sin entrar en profundos análisis semióticos, el código y el contexto varían mucho el significado del mensaje y su efectividad. Si en inglés “buenos días pueblo de Reino Unido” se escribe de una forma y para que los receptores lo entiendan hay que escribirlo así, no debería ser ningún problema hacerlo. De hecho, para los hispanohablantes ofendidos ese mensaje no sería comunicación, sería… desinformación, un equívoco. Por eso si en un mes yo voy y publico la foto de un bebé en Instagram y escribo “Me lo voy a comer vivito”, mis seguidores, gente que me conoce o que atiende que hay cosas de mí que desconoce, no llamarían a la policía – alguno preocupado me preguntaría y ya está-. Yo doy las gracias a mis seguidores porque entienden mis mensajes, y lo siento por los demás porque estarían equivocados.

En conversaciones cara a cara no hay estos problemas porque controlamos la conversación y la rectificamos, pero ¿qué pasa cuando mensajes llegan a gente que no los entiende y no podemos rectificar? ¿cómo es que llegan a gente que no tiene competencia para entenderlos?

Cuando un medio es masivo, público y profesional genera (o debería generar) mensajes masivos, púbicos y afectados de una deontología profesional. Estos mensajes se construyen por gente preparada con la misión de llegar a todos y prevén la libre interpretación por parte de cualquiera. Pero no todos los medios de comunicación son masivos, públicos y profesionales. Hablar con el vecino, la carta, el teléfono, el whatsapp y su antecesor primigenio, la paloma mensajera, no lo son, y de hecho los canales que conforman las redes sociales tampoco: 1, no son un medio masivo – aunque como red afecten a masas un canal en particular está dirigido a un público nicho con unas características particulares; 2, además aunque generalmente son públicos, nunca son de difusión pública – es decir, que su difusión está restringida a aquellas personas que voluntariamente se sindican a ellos; y 3, que decir que no son necesariamente profesionales, salvo algunos autoproclamados – con lo que no requieren ningún tipo de formación, mucho menos colegiada, y a priori no deberían generar ningún tipo de transacción económica.

En otras palabras, que la comunicación que uno mantiene en sus canales sociales la diseña para que un receptor concreto la decodifique, y que un juez, un político, un niño de seis años, generalmente mi madre, o el Papa pretenda entender lo que yo he escrito es fútil y sólo demuestra su incompetencia. El grado de connotación, implicatura, suposición, referencia, personalización, ironía, chiste, fantasía, mentira, floritura y bombo, incluso efecto químico de fármacos y trauma postvacacional, enfermedad mental transitoria o “pa siempre” que rezuma cualquier mensaje mío tiende a infinito y hace absurdo que nadie lo legisle, lo juzgue y menos lo criminalice. Y si alguien borracho, o porque tiene un ataque esquizofrénico, o porque no ha podido tener una educación suficiente, va y hace un comentario susceptible de ser interpretado como apología del asesinato en un canal social, nadie salvo quien le sigue y le conoce, va a poder estar cerca de entender qué quería decir realmente. Por esto no-nunca-no debería ser acusado o juzgado, sin rectificación previa, por mucho que al final “sólo” salga libre con cargos (tal cual está la tasa de paro tener antecedentes penales y buscar trabajo es sólo ligeramente peor que vivir mantenido por las instituciones penitenciarias).

… y otro tema, me temo, sería valorar si debemos legislar, juzgar y condenar, así en express, la comunicación de alguien con una formación reconocida y cargo público, ministro por ejemplo, que diga algo en un medio masivo, público y profesional, como un programa de televisión, haciendo apología de la discriminación, que no deja de ser otra forma de odio, sin que parezca que aún analizando el contexto y el código el personaje quisiese estar diciendo algo de lo que se arrepienta lo más mínimo. Pero por desgracia y como me temo, ése es otro tema.

 

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