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martes 20 noviembre 2018

Cultura

Vània le saca una sonrisa a Chéjov

El Teatre Lliure de Barcelona acoge, hasta el 26 de enero, una versión de ‘Tío Vania’ que destaca la faceta cómica de la obra sin dejar de lado el tedio y la angustia con la que conviven los personajes

<em>Vània</em> le saca una sonrisa a Chéjov

BARCELONA// Tío Vania es la obra más representada de Antón Chéjov. A priori, puede parecer una elección fácil, precisamente porque ya se sabe que funciona. Pero, paradójicamente, es también uno de los mayores retos a los que se enfrentan quienes apuestan por este clásico. La mayoría del público ya lo conoce, e incluso habrá tenido ocasión de verlo otras veces, por lo que, quien decida representarlo, debe proponer algo nuevo para hacerlo atractivo. Un objetivo que la compañía Les Antonietes pretende alcanzar en el Teatre Lliure de Barcelona, donde permanecerá hasta el 26 de enero.

Durante todo el tiempo que duraron los ensayos, su director, Oriol Tarrasón, estuvo escribiendo un diario con el que quiso explicar (y explicarse) el proceso creativo. Y es en la última entrada de este diario donde se encuentra el reclamo que puede motivar al espectador a ir a ver la obra. “¿Seríamos los mismos si nunca hubiéramos leído Tío Vania? ¿Seréis los mismos tras ver nuestro propio Vània? Este es nuestro deseo. Aportaros algo a vuestra vida que antes no existía y que ahora no podrá dejar de existir”, escribe Tarrasón en una suerte de declaración de intenciones mezclada con un emotivo alegato en defensa del teatro.

Para poder lograrlo, Les Antonietes cuenta con tres herramientas: su director, el trabajo de los actores y la propia magia del teatro. La principal novedad del montaje es el respeto que muestra Tarrasón por el enfoque que el autor quiso darle a su obra. Es decir, la voluntad de reflejar la realidad de la aristocracia rusa de finales del siglo XIX, casi desde el costumbrismo, lo que permite aderezar con toques de humor una realidad a menudo decadente y angustiosa.

Tradicionalmente, en el mundo de la interpretación, ha existido la creencia de que son las tragedias las que hacen respetable un texto y los personajes dramáticos, entre frustraciones y lamentos, quienes hacen creíble el trabajo del intérprete. Incluso Konstantin Stanislavsk (fundador del Teatro del Arte de Moscú), que fue el director con el que más trabajó Chéjov, siempre se inclinó por potenciar la atmósfera cargada y deprimente que subyacía de sus obras, a pesar de que el autor las definía como comedias.

Sin embargo, Tarrasón ha optado por recoger y destacar esa otra faceta cómica sin dejar de lado el tedio y la angustia con la que conviven los personajes. Una decisión que, por un lado, dota de realismo a su montaje, porque refleja las contradicciones contra las que todos tenemos que pelear a diario. Pero también posibilita que, en cada representación, se le ofrezca al espectador una extensa gama de matices emocionales en los que poder adentrarse de la mano de los actores.

“Vivir el personaje”

En un libro titulado Mi vida en el arte, Stanislavski cuenta que “Chéjov demostró que la acción escénica debía concretarse en el sentimiento interior (…) Mientras la acción exterior en el escenario divierte, distrae o excita los nervios, lo interior contagia, se apodera de nuestra alma y la esclaviza”. Aunque, para lograr semejante resultado, los actores no tienen que “representar a” o “hacer el papel de”, sino que “hay que ser, vivir” el personaje, algo que se materializa en el trabajo de este reparto.

Mireia Illamola parece haber nacido para dar vida a la hermosa, joven y aburrida esposa del profesor retirado. Con su interpretación, entre altanera e ingenua, acaba atrapando irremisiblemente a cualquiera que la mira. Annabel Castan plasma de tal forma la resignación, el dolor y la frustración que le genera su amor no correspondido que incluso consigue que el público olvide que es demasiado bonita para el papel de Sonia.

Bernat Quintana, por su parte, demuestra una enorme habilidad creativa para encontrarse con Astrov a medio camino entre su propia personalidad y quien imaginó el autor que debía ser, lo que le aporta un toque original a este personaje tan manoseado. A Arnau Puig le toca lidiar con dos papeles: un terrateniente arruinado sin más aspiraciones que beber vodka y el profesor retirado, consumido por la amargura que le genera su enfermedad. Solamente por ver cómo con su cuerpo hace palpable la diferencia entre ambos, ya merece la pena ir a ver esta obra.

Tal y como sucede cuando juega el Barcelona, todo este trabajo de equipo parece orientado a hacer brillar a Pep Ambròs, que se revela como el Messi del montaje. Si bien es cierto que resuelve de forma impecable los momentos dramáticos, es su habilidad cómica la que convierte en soberbia su intepretación. Ambròs maneja con tal destreza la ironía burlesca que define a este tío Vania que acaba generando el convencimiento de que no hay nada más fácil que hacer reír.

El teatro como acto de rebeldía

Cuando Henry Ford creó la cadena de producción no se limitó a inventar una nueva forma de trabajo, sino que contribuyó a deshumanizar al obrero, a convertirlo en una máquina que actúa, pero no piensa. Esta lección fue inmediatamente aprendida por el poder económico que, desde entonces, se ha esforzado por hacer desaparecer de la sociedad todo aquello que transforma a los seres humanos en personas.

El ejemplo más claro lo tenemos en los planes de estudios. Primero se eliminaron el griego y el latín, que nos ayudan a entender de dónde venimos. Después comenzaron a degradar las materias o carreras que sirven para comprender la realidad; la Filología, la Filosofía, la Literatura o la Historia del Arte. Todas ellas, dentro de un entorno de aristócratas y burgueses machistas, se deben reservar para las mujeres, dado que su única función es la de adornar. Los hombres, que son quienes deben llevar el dinero a casa, se dedican a las profesiones serias, como la abogacía o la contabilidad.

En un contexto como el actual, en el que algunos tratan de erradicar todo lo relacionado con la reflexión y lo intangible, es cuando más necesaria se vuelve la Cultura. El mero hecho de pensar en quiénes somos, qué tipo de vida tenemos o cuáles son nuestras aspiraciones, constituye de por sí un acto de rebeldía. Un mérito que, en el caso de Vània, le pertenece a Chéjov.

Pero este montaje cuenta, además, con una segunda virtud de la que los actores y el director son los responsables. En esta sociedad materialista, en la que únicamente tiene valor lo que reporta un beneficio económico, no hay mayor muestra de reivindicación que dedicarle tiempo a una actividad que, además de para reflexionar, está orientada a que el público sea un poco más feliz cuando salga de la función. A fin de cuentas, ¿para qué otra cosa sirve el teatro?

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Maria Cappa

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