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martes 13 noviembre 2018

LA UNI EN LA CALLE

El desarrollo temprano y la importancia de la educación infantil

Marta Casla es profesora contratada doctora de la Facultad de Psicología UAM. Eva Murillo es profesora asociada de la Facultad de Psicología de la UCM. Ana Moreno es investigadora en formación de la facultad de Psicología de la UAM. Belén Romero Sevilla pertenece al personal de Administración y Servicios de la UAM.

<em>El desarrollo temprano y la importancia de la educación infantil</em>

La inmensa mayoría de las habilidades que ponemos en práctica a los largo del día se basan en aprendizajes que hemos realizado en los tres primeros años de vida. Esta etapa es un periodo de grandes cambios y de logros que nos van a acompañar a lo largo de nuestra existencia.

En lo que se refiere al desarrollo motor, nacemos con una escasa capacidad de movimiento voluntario. Sin embargo, desde el principio van a darse logros que van a propiciar la construcción de nuestras habilidades cognitivas y sociales.  Así, debemos mirar cada avance en este aspecto no sólo como una capacidad en sí misma, sino como una habilidad que proporciona a su vez la posibilidad de desarrollar otras capacidades progresivamente más complejas.

La capacidad de sostener la cabeza y de dirigir la mirada hacia los elementos relevantes del entorno favorecen el aprendizaje y la interacción social desde momentos muy tempranos. Del mismo modo, la capacidad de permanecer sentado/a sin apoyos, que se produce en el segundo semestre de vida, favorece que los niños y niñas puedan liberar las manos  y descubrir todo un mundo de objetos con los que interactuar. La marcha autónoma contribuye a dicha independencia y autonomía.

Ni el desarrollo motor ni el desarrollo comunicativo y lingüístico se producen de manera automática, pues es necesario un contexto de interacción personal que lo permita y que lo favorezca. Durante los primeros meses la información se transmite mediante sistemas como el llanto y el contacto físico, ligados al aquí y al ahora. Pero poco a poco incorporamos herramientas que nos permiten actuar a distancia, hablar de personas, objetos y eventos que no están presentes. El balbuceo y los gestos iniciales se van transformando y acaban conviviendo con las primeras palabras, que, a lo largo del tercer año, comienzan a combinarse para poder transmitir significados distintos. Los niños y las niñas no aprenden las palabras en el vacío, los adultos favorecen la construcción y el uso de herramientas lingüísticas, ya que crean situaciones que se adaptan al nivel atencional de bebés y niños y niñas pequeñas.

La escuela infantil puede convertirse en un contexto de interacción privilegiado, ya que niños y niñas tienen la oportunidad de escuchar y ser escuchados. Las rutinas, las canciones, la lectura de cuentos, los juegos, los rincones… y la forma en que las educadoras se dirigen a los más pequeños de manera individual o de manera colectiva suponen plataformas para ir construyendo el lenguaje.

A medida que los contextos de acción e interacción del niño/a se vayan ampliando, lo harán del mismo modo los vínculos afectivos. Las reacciones emocionales se verán diferenciadas dependiendo del bebé, del otro, y de la situación concreta a la que se enfrenten, lo que supone un reto desde el punto de vista de la educación.

Las emociones son el motor que orienta y desarrolla las transacciones con el medio. Las emociones son un proceso complejo, e influyen del mismo modo en el desarrollo motor y  cognitivo.

El objetivo principal de la escuela infantil es acompañar en todos los aprendizajes que en los primeros años de vida deben favorecer un desarrollo integral y equilibrado de su persona.

En estos primeros años niños y niñas van a pasar de depender totalmente del adulto, a ser parcialmente ayudados por él y posteriormente relativamente autónomos. La autonomía contribuye al desarrollo de sentimientos de competencia (soy capaz) y auto-eficacia (lo hago bien) necesarios para la formación de una imagen positiva de uno mismo.

Por ello, la figura de los adultos que están con niños y niñas se vuelve fundamental; se trata de un adulto en quien el niño pueda confiar para la la satisfacción de sus necesidades. Alguien que le procure actividades estimuladoras y con la complejidad ajustada a sus capacidades en cada momento. Este papel educador se irá complejizando según el niño o la niña vaya creciendo, al añadirse la mediación con los otros, con los iguales.

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Marta Casla es profesora contratada doctora de la  Facultad de Psicología UAM. Docencia en desarrollo cognitivo y desarrollo del lenguaje. Investigación, desarrollada en el laboratorio infantil de la Facultad de Psicología, sobre desarrollo comunicativo y tempranos.

Eva Murillo es profesora asociada de la Facultad de Psicología de la UCM. Desarrolla su actividad investigadora y profesional en el ámbito del desarrollo comunicativo temprano, tanto en lo referente al desarrollo típico, como en diversas alteraciones del desarrollo comunicativo y del lenguaje. Participa también en la investigación del laboratorio infantil de la facultad de psicología de la UAM.

Ana Moreno es investigadora en formación de la facultad de Psicología de la UAM. Licenciada en Pedagogía y Psicopedagogía y Máster en Atención Temprana por la Universidad de Málaga. Máster en Psicología de la Educación UAM. Desarrolla su tarea investigadora en desarrollo cognitivo-comunicativo temprano a lo largo del primer año de vida.

Belén Romero Sevilla pertenece al personal de Administración y Servicios de la UAM. Directora de la Escuela Infantil Bärbel Inhelder de la Universidad Autónoma de Madrid desde 2004. Del año 1988 a 2004 desarrolló su trabajo como educadora de 0 a 4 años en la Escuela Infantil Bärbel Inhelder. Es Diplomada en Profesorado de Educación General Básica, especialidad en Educación Preescolar y Máster en Mejora y Calidad de la Educación, especialidad en Liderazgo, Cambio y Gestión por la Universidad Autónoma de Madrid.

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Marta Casla, Eva Murillo, Ana Moreno y Belén Romero

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