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martes 25 septiembre 2018

Las ‘bellas durmientes’ complican el sueño de adivinar los premios Nobel

Es posible pronosticar los mejor colocados para hacerse con un Nobel de ciencias por medio del impacto que tienen los descubrimientos entre las publicaciones de sus colegas. Los desconocidos que ‘despiertan’ al ser descubiertos son la mayor traba para este método

06 octubre 2013
13:42
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Javier Salas // A partir del lunes 7 de octubre, desde Estocolmo (y Oslo) comenzarán a cantarse los ganadores de los premios Nobel. Entonces, muchos científicos e investigadores de todo el mundo estarán pendientes de la batería de sus teléfonos, expectantes ante la posibilidad de recibir una llamada tan esperada. Como cada año, quinielas hay muchas, pero suelen basarse más en la intuición que en el rigor de los datos. Sin embargo, hay motivos fiables por los que algunas personas deberían estar más atentos al móvil que otras. Del mismo modo que los Óscar del cine cuentan con la mil veces repetida “antesala” de los Globos de Oro, los Nobel pueden adelantarse gracias al reconocimiento explícito de los colegas: las citaciones en los estudios científicos.

En cada nuevo estudio que publica un investigador, propone una serie de referencias a otros trabajos anteriores en los que apoya sus propias conclusiones. Al citarlos, reconoce la importancia de su aportación y cada nueva referencia consolida un poco más al autor citado: su importancia dentro de su materia crece con cada nueva referencia. Finalmente, un gran número de citaciones es un indicador fiable de la importancia de un investigador y suele usarse para medir la valía de unos frente a otros.

Así como hay investigadores que analizan la información vertida en Twitter para vaticinar el ganador de unas elecciones y los economistas afinan criterios para pronosticar el medallero olímpico, desde hace una década en la multinacional de comunicación Thomson Reuters tratan de convertirse en la “antesala de los Nobel”. Su invento es la lista de Citation Laureates: partiendo del nivel de impacto que tenga un investigador en cada campo, proponen su porra de los premios Nobel. Afinando su sistema, el año 2011 consiguieron hacer pleno; sin embargo, el año pasado sólo dieron con el Nobel de Medicina para Shinya Yamanaka. Han acertado 27 ganadores individuales del premio. A lo largo de 11 años, han clavado el ganador en 15 de los 44 galardones que pronostican: Química, Medicina y Fisiología, Física y Economía.

“Mediante el análisis de estas citas durante muchos años somos capaces de identificar a investigadores e instituciones que tienen un mayor impacto en sus campos de estudio y, por lo tanto, tienen más posibilidades de captar la atención del jurado del Nobel”, resumió Gordon Macomber, responsable del departamento científico de Thomson Reuters al anunciar su nuevo listado de predicciones. Se refieren al top 0,1% de los más citados de cada campo, un grupito tan pequeño como selecto.

“El método permite pronosticar con ciertas garantías”, resume Félix de Moya, investigador español y uno de los mayores expertos en medir el impacto de científicos, instituciones, estudios y revistas especializadas. “Se han hecho muchos estudios que demuestran que los ganadores de un Nobel tenían un recorrido de citaciones que avala el galardón. Aunque a toro pasado es muy fácil”, ironiza. Según explica, a un determinado nivel de excelencia “lo complicado es comparar cuando hay muy poca diferencia en la relevancia”.

El síndrome de la Bella Durmiente

“Lo que no es normal en ciencia es que aparezca un desconocido. Aunque en bibliometría tenemos identificado el síndrome de la Bella Durmiente: un trabajo pasa desapercibido al publicarse y luego, mucho tiempo después, despierta al ser descubierto y resulta ser un avance importante”, explica De Moya. Si no fuera un fenómeno tan residual (uno de cada 10.000), sería la mayor traba para el método predictivo de las citaciones. Pero hay más.

Este investigador, del Instituto de Políticas y Bienes Públicos del CSIC y fundador del grupo SCImago, también recuerda otro tipo de excepción: las cartas de rechazo, escritas por editores de revistas de referencia, ante estudios científicos que terminarían recibiendo un Nobel. Según la investigación del español Juan Manuel Campanario, del Departamento de Física de la Universidad de Alcalá, en torno a una treintena de trabajos de Nobel fueron rechazados o sufrieron importantes obstáculos para ser publicados.

En algún caso, como con Robert L. Laughlin, los revisores le rechazaron algún estudio al encontrar errores importantes, aunque finalmente sería merecedor del Nobel de Física en 1998. Otros, como Frank Macfarlane Burnet, recibieron un rotundo “no” por parte de la revista de referencia porque a su trabajo le faltaba experimentación; el futuro premio Nobel persiguió los resultados con ahínco, recogió más datos y publicaría finalmente sus observaciones en un monográfico.

“Una posible explicación de la reticencia de los colegas ante un descubrimiento científico radica en el hecho de que las nuevas teorías a menudo chocan con los puntos de vista ortodoxos. Parece que el escepticismo hacia las nuevas teorías y descubrimientos no es nada raro en ciencia”, explica Campanario en su trabajo, exponiendo una idea cargada de lógica: en algunas ocasiones, los avances obtenidos por un investigador son tan rompedores que cuesta aceptarlos, aunque finalmente le supongan el reconocimiento de un Nobel.

“La comunidad científica es conservadora y recela de los grandes saltos. El sistema de conservadurismo que supone el peer review [revisión por colegas] está más enfocado hacia los avances medidos que hacia los cambios espectaculares, lo que perjudica a los rompedores”, resume De Moya. Ahí juega otro factor determinante de los Nobel: rara vez se premia un “salto” reciente, sino que se dejan madurar los descubrimientos durante décadas antes de recompensarlos.

Un viejo método con nuevas pegas

El método de servirse de las citaciones para pronosticar galardones no es nuevo; ya fue propuesto en 1968 (PDF) por Eugene Garfield, pionero en el ámbito de la medición del impacto de los científicos por medio de las citaciones. Desde entonces, el sistema se ha ido afinando, aunque ya han surgido voces que defienden que cada vez será más complejo identificar por esta vía a los merecedores de la medalla con el perfil de Alfred Nobel.

En un estudio de 2008, dos investigadores de la Universidad de Quebec hicieron un repaso —a toro pasado, lógicamente— de los Nobel de Química y Física entre 1910 y 2007, así como el impacto de sus trabajos dentro de su campo. Su conclusión es que cada vez va a ser más complicado valerse de este criterio. Yves Gingras y Matthew Wallace señalan que el avance de la ciencia en las últimas décadas ha convertido estas disciplinas en campos tan gigantescos de conocimiento que es casi imposible identificar los más destacados.

Y que, especialmente en la Física, han aparecido jerarquías internas de reconocimiento, campos específicos de investigación que reciben más referencias que otros. “Esto es importante no sólo en términos de la comprensión de los límites de la bibliometría, sino también para hacerse una idea de los contextos sociales y las jerarquías que existen dentro de las disciplinas científicas”, concluyen en su estudio, que también hace hincapié en la limitación explícita de Alfred Nobel: sólo tres personas pueden recibir el premio en cada categoría.

Esta limitación pone importantes trabas a un logro colectivo como es el del celebérrimo descubrimiento del higgs: en todas las quinielas aparecen los padres fundadores de la idea, Peter Higgs y François Englert, pero no el gigantesco equipo humano que ha trabajado durante años para bajar a la tierra las complejas teorías de estos dos físicos.

Otro de los designados por Thomson Reuters para hacerse con el Nobel (de Química) es Bruce Ames. Preguntado por esa posibilidad, dado que suena en todos los pronósticos, aseguró: “Hay un montón de personas inteligentes en el mundo. No estoy conteniendo la respiración. Lo creeré cuando lo oiga”. Una cosa es merecerlo; otra, ganar el reconocimiento de tus colegas y otra, más compleja, es que lean en voz alta tu nombre en Estocolmo.

[Artículo publicado en Materia]

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