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Cultura

Fracking en el cine: ‘Promised Land’

La industria energética de EEUU ataca frontalmente este filme, que denuncia la extracción de gas mediante esta agresiva técnica

13 junio 2013
12:16
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Fracking en el cine: ‘Promised Land’
El actor y guionista Matt Damon en una imagen de la película.

Artículo publicado en el numero de febrero La Marea que todavía puedes adquirir aquí

Empieza a ser una práctica común en Hollywood y alrededores que un actor de tirón comercial y cierto compromiso socio-medioambiental se ponga al frente de una producción que busque prender el botón de alarma sobre el enésimo escándalo de sobreexplotación capitalista. Pasó con el documental La última hora (The 11th Hour, 2007) de Leonardo Di Caprio, donde alertaba sobre el cambio climático, poco después de que Al Gore ganara un Oscar con Una verdad incómoda. Ahora, es el turno del cine de ficción y de Matt Damon para denunciar lo mismo que el multipremiado documental GasLand ya había sacado a la superficie en 2010: las nefastas consecuencias de la llamada fracturación hidráulica (fracking en inglés), una técnica para extraer gas especialmente polémica por su agresividad medioambiental.

Promised Land (La Tierra Prometida) es un film made in Damon: coescrito por el actor -junto al también intérprete de la película John Krasinski-, protagonizado y (casi) dirigido por él, aunque al final le cedió el testigo a su amigo y viejo colaborador Gus Van Sant, con quien trabajó en El Indomable Will Hunting (1997) y Gerry (2002).

La película se zambulle en la América profunda  –al ritmo sosegado y observacional habitual en Van Sant– para contar la llegada de un representante de una compañía de gas (Damon) y su compañera de trabajo (Frances McDormand) a un pueblo-tipo americano con el objetivo de alquilar o comprar tierras para extraer gas a través de la técnica de la fracturación hidráulica. Lo que parecía un trabajo sencillo y rápido, dado el declive económico de la zona y las suntuosas sumas ofertadas, acaba convertido en un conflicto moral y económico, con enfrentamiento entre la América rural y la América industrial incluido, al aparecer en escena un activista medioambiental (John Krasinski) que pondrá el grito en el cielo con el llamado fracking, advirtiendo a los paisanos de sus efectos contaminantes.

Aparte de las tundas que está recibiendo el film por parte de la crítica especializada, que la tacha de excesivamente obvia, el verdadero enemigo de la película es la industria del gas norteamericana, empezando por Halliburton, el emporio que estuvo liderado hasta el año 2000 por Dick Cheney, ex vicepresidente de George W. Bush. El sector ha emprendido una campaña frontal contra la película en Canadá y EEUU, tomando medidas desesperadas como proyectar cortos a favor del fracking entre los trailers previos a Promised Land, más un sinfín de artículos, programas televisivos, y una estrategia de descalificación del filme por condescendiente y obvio, que genera sospechas en torno a la imparcialidad de parte de las críticas cinematográficas.

Por si fuera poco, y en respuesta al impacto que tuvo sobre la opinión pública el documental GasLand, la industria del gas ha financiado el documental FrackNation, un panfleto sonrojante que glorifica el desarrollo local a corto plazo que ha generado el fracking en las comunidades rurales de EEUU. En la misma estela, y ya en referencia directa a la película de Matt Damon, la industria ha lanzado Realpromisedland.org , web que insiste en los beneficios económicos del asunto bajo el malicioso lema: “Americanos reales, historias reales, sin guiones” .

Agua del grifo en llamas

¿Por qué tanto ruido con el dichoso fracking? ¿Acaso no se lleva décadas extrayendo gas? ¿Qué es lo que enseñan estas películas que la industria se empeña en tapar? La polémica básicamente insiste en la toxicidad del asunto y, por otro lado, en su eficiencia energética.

La fracturación hidráulica consiste en la extracción de gas no convencional, o de aquel que está adherido a rocas y no en bolsas, a través de la inyección de agua con arena y un cóctel de hasta más de 500 productos químicos que sirven para abrir las fracturas en el sustrato terrestre donde se aloja el gas y así liberarlo. Las consecuencias que se barajan son la contaminación de los acuíferos y del terreno, la expulsión de metano y la actividad sísmica. El estado de Ohio admitió que las prospecciones habían causado un seísmo de 4 grados en la escala Richter.

En GasLand, su director, Josh Fox –hoy en día uno de los tipos más odiados por la industria energética americana–, muestra a familias con ganado moribundo, tierras anegadas y agua inhabilitada para el consumo. La escena icónica es aquella en que un granjero de Texas prende en llamas el agua del grifo de su cocina con un mechero.

La legislación avanza lenta y sometida a la presión de los lobbies energéticos y los conflictos de interés. En la Unión Europea la polémica por la fracturación hidráulica no pasa de recomendación en un informe no vinculante del Parlamento Europeo, donde sí se habla de consecuencias como terremotos, impacto en la biodiversidad y problemas respiratorios en la población.

En España, de momento, no hay pozos de fracturación hidráulica en funcionamiento; el proyecto Gran Enara, en el País Vasco, es el más cercano a su explotación. Este proyecto, que debería arrancar en 2015, abarca un terreno de 1.400 kilómetros cuadrados en Álava, concesionado para la exploración de gas a un consorcio vasco, europeo y americano, este último a cargo de Heyco, una de las principales empresas de fracturación hidráulica.

La luz de alarma está encendida: en el último año se han disparado el número de asambleas anti-fracking en zonas como Cantabria, Castellón, Álava, Burgos o Jaén, provincias donde ha habido o sigue habiendo proyectos para la extracción de gas no convencional.

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Sara Brito

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