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viernes 25 mayo 2018

Cultura

“No debemos idealizar las redes sin identificar sus posibles mecanismos de opresión”

Entrevista a Remedios Zafra, autora de #Despacio, una obra que se presenta hoy en Madrid en la librería Tipos infames. Esta cordobesa de 39 años describe a una comunidad de gentes que esperan en un andén, frustrados y desorientados.

26 octubre 2012
09:23
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“No debemos idealizar las redes sin identificar sus posibles mecanismos de opresión”

PAULA CORROTO (ENCUBIERTA) // Hoy se presenta en Madrid el libro #Despacio (Caballo de Troya), que nos traslada a una comunidad de gentes que esperan en un andén. Personajes frustrados y desorientados que paralelamente toman un posicionamiento de toma de conciencia. Están Aquí y quieren irse Allí. En un tono surrealista, Remedios Zafra (Zuheros, Córdoba, 1973) describe a una sociedad que se acerca mucho a la actual. Y lo hace desde una perspectiva distinta, a veces incómoda con retratos de personajes creados por el capitalismo como “laqueestápeor”. La autora, profesora en la Universidad de Sevilla, es también experta en arte y cultura contemporánea con ensayos como Netianas. N(h)acer mujer en Internet o Un cuarto propio conectado. (Ciber)espacio y (auto)gestión del yo, en los que reflexiona sobre los condicionamientos de la mujer en las redes o el aspecto de la intimidad en el mundo virtual.

¿Cómo surge #Despacio? ¿De una idea de escapar de lo que hay alrededor?
#Despacio nace como contraste a una época, o como parodia de época, respondiendo a un tiempo veloz y a unos acontecimientos que nos han dejado paralizados y que, en cierta manera, reclaman una respuesta, un movimiento por nuestra parte, tal vez el único posible: ir despacio, pensar despacio, leer despacio. Esta parece hoy una alternativa a un mundo excesivo que ha neutralizado nuestra capacidad de atención por saturación de estímulos y deseos (esos que ya no pueden tragar “los gatos” que regulan el excedente en Despacio y que “se comen lo que no decimos”), hasta tal punto de que nos hicieron confiar en que los otros (que nos gobernaban, nos vendían y nos fiaban) ya estaban pensando por nosotros… y no. #Despacio en ese sentido apunta a la parálisis y a la espera, pero en última instancia también al cómo escapar de quién desconfía y se niega a ir por la autovía, prefiriendo espacios menos transitados, aquellos donde aún no hay camino, donde es obligado ir despacio.

#Despacio tiene también su origen en el andén de una estación real y en mi propia experiencia, siempre queriendo llegar a (mi) “Allí” sin conseguirlo, y ya casi sin oportunidades para hacerlo dentro del sistema. Esta segunda razón es más personal y no profundizaré en ella, pero sí en la experiencia real que me animó a situar la obra en una estación de tren. Me interesa mucho el andén como escenario literario pues opera como un no lugar, es decir un espacio de transito por el que se pasa pero en el que no se vive. Sin embargo en #Despacio lo peculiar es que se convierte en un lugar habitado. El declive y la crisis han propiciado que los trenes pasen de largo por la estación y ya no efectúen parada, pero la gente no se marcha y optan por quedarse a vivir en el andén. Tiene que ver que en los últimos tiempos han perdido todos los sistemas públicos alternativos de transporte, pero los que están en el andén no piensan en otras opciones más sencillas para marcharse, están “paralizados”, porque además los avisos del paso de los trenes (que no paran) tienen lugar “después” del paso de los trenes, como esos avisos de despidos y bajadas de sueldo tan frecuentes en los últimos tiempos que acontecen una vez se han hecho efectivos, sin dejarnos opción a intervenir, a eso también me refiero cuando hablo de parálisis y de espera.

Y aunque la época contemporánea en este “Aquí” llamado España está como background de #Despacio, intenté desde el principio hablar de época sin dejar de hablar de subjetividad. De hecho, para mí, hay dos lecturas que predominan en las historias que conforman el libro, la que parodia y fantasea sobre escenas cotidianas de los personajes y de sus precariedades, y la que teje como hilo conductor el libro a través de la protagonista y su toma de conciencia, que no es sino una construcción subjetiva reafirmando su voluntad. Este, de hecho, fue la idea inicial de este libro, #Despacio como metáfora de la identidad y de la toma de conciencia. Una metáfora que parte de una decisión (que no se ve culminada) y de un distanciamiento, aunque sólo sea a través de un andén de la estación. Y un andén también como esas casillas vacías de algunos rompecabezas necesarias para mover el resto de fichas, ese espacio, aun siendo mínimo, necesario para salir de la parálisis.

El libro, que tiene un tono surrealista, no deja de mostrarnos a personajes muy reales. Y es triste reconocer en todos ellos algo de mediocridad, de desolación y desorientación. ¿Nos estamos convirtiendo en una sociedad triste y frustrada?

Para mí ese tono surrealista al que te refieres es fundamental en el libro y apunta a una ambigüedad que me parece potente a nivel literario y político, pues permite evidenciar determinadas contradicciones de la vida que no se pueden contar de manera realista. Creo que sólo desde la imaginación y la fantasía podemos hacer convivir determinadas situaciones de nuestra realidad y de nuestro tiempo y hacerlas visibles. Cierto que es un recurso habitual en el arte y especialmente en el arte feminista, cuando el mundo sobre el que se habla es duro, duele o no nos gusta, la parodia y la fantasía son recursos útiles, como si saturados de realidad fuera más fácil pensarnos a través de juegos de máscaras, o como si saturados de metáforas del pasado tuviéramos que imaginar otras (aunque éstas sean de un mundo más distópico). Hay, en ese sentido, hipérbole en algunos personajes, más mediocres, asfixiados y desorientados de lo que una vida real podría soportar, pero en todo caso, sí creo que apuntan no ya a una sociedad triste y frustrada, sino a un momento de frustración, y paralelamente a una secuencia de toma de conciencia y de posicionamiento.

De todos los personajes, uno que llama mucho la atención es el que denomina como “laqueestápeor”, porque es la que nos acomoda, la que nos hace ver que siempre puede haber alguien que esté en una situación peor que nosotros. Con esta ola de protestas e indignación en la calle, ¿está desapareciendo del mapa o sigue igual de fuerte?

Creo que sigue fuerte ;). Fíjate que “laqueestápeor” sería algo así como un mecanismo autorregulador de esas protestas “no violentas”, y esto que entrecomillo es en mi opinión una cuestión clave, pues en ese lugar llamado “Aquí” donde todo acontece, éste es el límite: la indignación sin contradecir unos principios de “no violencia”. Los personajes forman parte casi todos ellos de generaciones que han crecido en un sistema en el que confiaban, pacifistas, sin épicas ni grandes relatos a sus espaldas, salvo esa guerra (no considerada como tal) llamada desempleo y pérdida de derechos sociales; personas que creen que las cosas pueden conseguirse de otras maneras y se unen (más o menos) para protestar y mostrar su indignación. Pudiera parecer que a medida que la ola de precariedad aumenta, un personaje como “laqueestápeor” desaparecería, pues todos estaríamos acercándonos a ella, convirtiéndonos en ella, pero pienso que sigue reforzado pues, en gran medida funciona como herramienta del sistema. Para el poder (incluso para nuevas formas de poder) sigue siendo necesario hipervisibilizar a “laqueestápeor” para consolarnos, para tranquilizarnos y mantenernos en el límite de la no violencia, fijando así un nuevo umbral de tolerancia hasta llegar a convertirnos en “laqueestápeor”, ese límite en el que sólo se puede vivir si pensamos que es nuestro personaje o un rol temporal. Es, claro está, un personaje paródico y (junto a “La Pusilánime”) para mí uno de los más subversivos de #Despacio, pues en su toma de conciencia pone también en jaque al sistema de Aquí (desde dentro del sistema), valorando que lo subversivo lo es, no porque asuste sino porque es pensativo, es decir, porque hace pensar sobre el sistema.

El libro retrata a una sociedad “miedosa” o al menos que quiere huir… El miedo es un poco a todo: a que nuestras expectativas no se cumplan, a incluso adquirir un compromiso que no queremos, ¿por qué ese miedo? ¿Por haber sido una sociedad “acomodada”?

La respuesta sería doble atendiendo a mi intención en #Despacio de compaginar las dos lecturas (o intención de escritura al menos) que te decía antes, la que alude al momento que vive nuestra sociedad y la historia de la protagonista. En el primer caso, pienso que sí aparecen ese tipo de miedos a los que apuntas en tu pregunta, por los que marcharse o “huir” son a menudo la única opción para quienes quieren y necesitan trabajar, en los distintos grados que esto supone, trabajar para sobrevivir, pero también trabajar para responder a unas expectativas, no sólo de vida acomodada, sino de desarrollo intelectual y creativo después de años de formación e inversión familiar. De hecho, suelen ser las personas con más altas expectativas profesionales, científicas y creativas, las que se marchan primero o las que en Aquí lograron hacerlo (cuando los trenes paraban). El miedo que adviertes en los personajes es tal vez fruto de esta impotencia y de la incertidumbre de no conocer las nuevas reglas.

Pero creo que el miedo sería distinto en esa posible segunda lectura de #Despacio. Si vemos la historia de la protagonista hilada a través de los diferentes relatos, creo que incluso es valiente, pues ella no se marcha porque no tenga alternativa, ella siempre quiso marcharse y cuando todo se pone difícil y los trenes ya no paran y todo indica que es mejor quedarse donde están sus afectos y raíces, ella sigue manteniendo su deseo a costa de quedarse a vivir en la estación. Pienso que en esa lectura transversal hay una reivindicación del derecho a disentir de lo que se espera de uno, y de la “libertad de elegir”, cuando las condiciones ya no lo ponen fácil, aunque cueste ver el camino aparentemente más sencillo para esa libertad, cuando uno está paralizado.

El título del libro, #Despacio, ¿remite a que nos tomamos todas las cosas demasiado aprisa, casi sin pensar? ¿A que todo tiene que ser ya, aquí y ahora?

#Despacio es uno de esos títulos que permiten entradas distintas a una obra, incluso diferentes (y tal vez más interesantes) a las que yo seré capaz de sugerirte aquí. Es, de alguna forma, una antítesis de nuestro momento, una palabra que ha definido una época por su ausencia. En ese sentido, es un posicionamiento frente a la celeridad e impaciencia de un tiempo que pareciera habernos acostumbrado a todo al instante, al deseo cumplido a golpe de ratón, velocidad que, además, nos dificulta las decisiones propias (más allá de lo que antes dejábamos en mano de quienes confiábamos, de hecho los personajes ya no confían en casi nada, salvo -irónicamente- en la “empresa pública de ferrocarriles”); pero esa claudicación al instante también nos dificulta el acceso al mundo: “leer despacio” (frente al aforismo y el post), “planificar despacio” (frente a una vida que cada día se pone en juego por algo llamado “prima de riesgo”), mirar “despacio” (“un rostro mirado de frente es más humano que un rostro mirado desde arriba”, dice la protagonista).

Despacio es también el tiempo de distancia, la casilla vacía que te decía al principio. De manera más personal, para mí, el título despacio remite al momento y poder (pienso yo que revolucionario) de la espera, cuando nos han despojado de trabajo y de alternativas, y disponemos de un “tiempo propio”, de un tiempo que puede convertirse en un aliado para mirar con perspectiva las cosas de otra manera. Puede que esta acepción esté influenciada por algunos estudiantes y amigos que fueron capaces de dar la vuelta a una situación y aprovecharon el desempleo y la espera que de pronto les hacía vivir despacio, para formarse y retomar aquellos sueños laborales, personales o intelectuales que dejaron olvidados. Y, por supuesto, #Despacio tiene que ver con el futuro, con cualquier futuro diferente que los personajes pudieran construir sin repetir el anterior.

Todos los personajes quieren acudir “Allí”. Es una metáfora de lo que podría ser la huida de tanta gente ahora a otros países, pero ¿es “Allí” realmente el paraíso?

El paraíso es distinto para cada cual, por eso Allí no es exactamente, o no solamente, un lugar físico al que la mayoría quiere ir, es sobre todo una metáfora de nuestros deseos y de todo aquello que ponemos en el horizonte y nos moviliza en la vida. Hay veces en las que Allí coincide con Aquí, y en el libro estas corresponden con los momentos de duda sobre lo que se desea, si quedarnos donde estamos o si marcharnos, o si podemos realmente tomar una decisión sobre ello cuando el sistema paraliza los medios que antes nos permitían tomar esta decisión. Allí, por tanto, es un lugar simbólico siempre subjetivo (cada cuál tiene su Allí) y siempre relativo en su “valor”, como para los personajes de “El charco”.

Eres experta en cultura digital y en el desarrollo de la mujer en el mundo de Internet con libros como ‘Netianas’. En este momento de confusión, de escasas perspectivas laborales, donde si estás en paro y eres joven estás continuamente conectado a las redes sociales (sucede también en un capítulo de #Despacio), ¿la mujer se comporta de una manera distinta al hombre? ¿Cómo se analiza esto desde una perspectiva de género?

No creo que sea tanto cuestión de comportamiento, sino de condicionamientos. Al menos esta es la lectura que a mí más me interesa, es decir, de si social y empresarialmente se orienta más a la mujer hacia la estetización y el consumo tecnológico y a una producción tecnológica normalmente limitada a los trabajos de teleoperadoras y maquiladoras (que también aparecen en #Despacio), frente a una orientación de los hombres hacia la producción tecnológica y la ideación de los dispositivos donde, no sólo acontecen las relaciones sociales, sino que en conjunto territorializan como arquitectura Internet. Por otro lado, habría un apunte de género en relación a la tecnología y a la crisis que a mí me interesa especialmente y que también sugiero en #Despacio, me refiero a la diferente gestión del tiempo y de los afectos en las redes y en los espacios propios donde habitualmente nos conectamos. Creo que las mujeres siguen habitando más en ese territorio del empleo del “tiempo para los otros”, y que esto nos habla de un nuevo tipo de prosumo feminizado en las redes (que en algo recuerda al trabajo doméstico) que a mí me interesa especialmente y sobre el que estoy trabajando en este momento. Sin olvidar que a un nivel más general y no restringido a las redes, es en época de crisis donde los pequeños logros en igualdad volverán (están volviendo) a cuestionarse, acentuando desigualdades (menos guarderías, menos dinero para dependencia y conciliación), devolviendo a muchas mujeres a las casas y al cuidado de los demás.

Otro de tus libros es ‘Un cuarto propio conectado. Ciberespacio y autogestión del yo’. Esto me lleva a preguntarle, ¿cómo estamos gestionando el “yo” en Internet? ¿Se diluye, se transforma en las redes sociales? Porque estar conectado no es estar solo…

Pienso que la cuestión no es tanto cómo lo estamos gestionando, sino cómo nos están gestionando el yo en Internet, como estamos configurando espacios privativos con apariencia de espacio público (no olvidemos que están en manos de unos pocos), espacios además invadidos de explícitas y sutiles expectativas sobre lo que se espera de nosotros, donde lo que se pone en crisis es la capacidad de atención para autogestionar nuestros espacios e identidades, la capacidad crítica de detenerse ante ellas y actuar. En cierta forma, esta idea que se trabaja en un cuarto propio conectado también aparece en #Despacio. De hecho, el andén es una metáfora de todo espacio de distanciamiento necesario para una toma de conciencia también frente a la pantalla que acompaña a la protagonista durante toda la narración. Por otra parte, al convertir nuestro yo virtual en algo externo a nosotros a través de sus representaciones, esto nos sitúa en un escenario distinto, que nos exige un aprendizaje, aprender a diluirlo, transformarlo… autogestionarlo, sin olvidar efectivamente, “que no estamos solos”. La idea de que el yo siempre existe “para el otro”, adquiere una nueva dimensión en la red.

La escasa privacidad que hay en las redes sociales, ¿puede llevarnos también a una desorientación de nuestra propia persona?

Me interesa mucho el tema de la privacidad, aunque más el de la intimidad, aquella idea de Barthes donde insiste en que lo privado no es solamente un bien, “es también, y más allá, el lugar absolutamente precioso, inalienable, en que mi imagen es libre (libre de abolirse), (…) condición de una interioridad que creo que se confunde con mi verdad o, si se prefiere, con lo intratable de que estoy hecho, yo alcanzo a reconstituir por todo ello, mediante una resistencia necesaria, la división de lo público y lo privado, quiero enunciar la interioridad sin revelar la intimidad”. Creo que depende de nuestro control y conocimiento sobre ellas. No siempre pensamos en la vida de lo que somos en la red según nosotros mismos y “según los otros”, en el archivo de nuestro pasado y en lo que quedará (si a alguien le importa) cuando muramos, creo que el tono espontáneo, lúdico y extremadamente afectivo de las redes sociales promueve determinadas formas de identidad y nos hace confundir esta interioridad con nuestra intimidad. No tengo claro, si desorienta o no, depende, claro. Pero sí fascina y duele (a cada uno), en tanto nos convierte en protagonistas públicos de nuestra historia, más interesante y morbosa para los otros, en tanto pongamos el límite más cerca de la intimidad.

¿No parece al final que estar online continuamente recorta nuestra propia libertad? Se mide mucho lo que se escribe, se comenta, hay que hablar de determinados libros, canciones, películas para formar parte de una determinada comunidad…

Estar online puede ser liberador y emancipador, por supuesto, no olvidemos que la red es hoy el acceso al conocimiento y al mundo y nos permite intervenir en el conocimiento y en el mundo, pero como todo medio inclusivo su propio exceso limita nuestra capacidad de atención. Cierto que menos que la televisión u otros medios, de hecho la red, para quien la habite no como espectador sino como agente activo ha sido revolucionaria en ese sentido, es exigente con nosotros al convertirnos en productores y/o prosumidores. Sin embargo, en relación a tu primera pregunta no es tanto lo que nos permite sino el uso que de ella hacemos y que el ingente mundo de información que maneja nos suscita (en ese estar “siempre conectados”), mi visión al respecto está más desarrollada en lo que llamo “elogio del párpado” (Un cuarto propio conectado) reivindicando un distanciamiento de la mirada.

Sobre el comentario que sigue a tu pregunta, estoy de acuerdo en que se recorta la libertad en tanto comenzamos a jerarquizar y seleccionar contenidos (previsibles en muchos casos) que van configurando y determinando a las comunidades online. Creo que esto es un matiz importante, porque hablan de filtros que permiten visibilizar lo de por sí más visto en una comunidad y la posible claudicación a un nuevo tipo de audiencia que iguala “lo más visto” a “lo más valorado”. Es curioso, porque en #Despacio se reivindica la importancia de “los menos vistos, leídos y valorados” (de ello habla el Sr. Nuts y su stand de los menos vendidos), es decir el lugar de lo minoritario y también de la resistencia. En el fondo, quienes tienen un poder garantizan manejar las herramientas de visibilización, así que, incluso en un medio horizontal como la red, existen formas de filtro, casi siempre reclamadas por los propios usuarios (ávidos de orden y de selección en sus búsquedas), pero a las que ni mucho menos hay que presuponerles imparcialidad. De hecho, justo parece que un mundo cargado de posibilidades no nos hace más diversos, pues al final es lo más visto o “lo que tiende a seguir siendo lo más visto” lo que termina por imponerse. Ese estrés del exceso que opera como parálisis y forma de censura.

Por último, las redes sociales han conseguido una mayor coordinación entre la gente para la organización de protestas etc. Es decir, que también están jugando un juego importante en pos de la colectividad. No es solo individualismo…

Claro, no es sólo individualismo, pero esa colectividad a la que te refieres y que parte de pasar de hablar del “yo” al “nosotros” no se constituye hoy (en las redes) de una manera simple, y el hecho de ser espontánea, incendiaria a veces por su rapidez y dimensiones nos habla también de peculiaridades nuevas y de otras formas de vínculos, a mí me interesa mucho esa multitud de individualidades y de su poder político. Pienso que son hoy fundamentales para entender lo que está pasando en el mundo y también para identificar sus condicionantes y dependencias. Cierto que son potencialmente poderosas, pero no nos pueden hacer olvidar los dispositivos y redes sociales sobre los que acontecen, el poder acumulado al que señalan y las nuevas posibles formas de control que de ellas se derivan. Por otra parte, creo que nos hablan de nuevas formas de colectividad, caracterizadas más por la comparecencia que por compartir un vínculo ideológico, político o moral fuerte. No digo que esto sea negativo o que le reste eficacia a la movilización colectiva, al contrario, creo que nunca antes pudimos disponer de dispositivos tan eficaces para la generación (casi espontánea) de colectividad, pero lo que sugiero es que este tipo de colectividad y de movilización no es la misma que la que hemos visto en otros movimientos sociales en el pasado y que, entretanto nos valemos de ella para transformar y mejorar el mundo, no debemos idealizarla sin identificar y hacer visibles sus posibles mecanismos (de haberlos) de opresión simbólica y control. Llámame desconfiada, pero es lo que tiene vivir en este tiempo con las consecuencias de “haber confiado” en que alguien (bueno) pensaba por nosotros.

Entrevista publicada en la revista Encubierta.

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