Crónicas | Internacional
Barcelona zarpa a Gaza mientras Europa calla
La Global Sumud Flotilla zarpa este domingo desde el puerto de Barcelona para desafiar el bloqueo israelí y hacer llegar ayuda humanitaria a Gaza. La expedición reúne a activistas de más de 40 países. Entre los nombres confirmados figuran Greta Thunberg, la diputada portuguesa Mariana Mortágua y la exalcaldesa de Barcelona Ada Colau.
El Moll de la Fusta muestra banderas palestinas recordando que este no es un domingo cualquiera. Lo que sale de Barcelona no son eslóganes sino una expedición, una flotilla con más de veinte barcos y un objetivo tan claro como justo: romper el cerco israelí que ha convertido la Franja de Gaza en una prisión a cielo abierto –por no llamarlo directamente un campo de exterminio–.
Durante todo el fin de semana la zona del puerto se ha transformado en un espacio de actividades, talleres, charlas y conciertos gratuitos. En el cartel, artistas como Macaco, Morad o Clara Peya, junto a músicos palestinos como Marwan, Sol Band, Althroode, Sofree, Makimakkuky y Sama Abdulhad. La cultura es, a menudo, la mejor plataforma de denuncia, el terreno común desde el que movilizar solidaridad.
“Puede que no lleguemos a Gaza, pero no podemos aceptar que el mar sea otro muro”, se repite en los márgenes del muelle. La frase condensa el sentido de la acción. Europa –la misma que patrulla el Mediterráneo para bloquear migrantes– mantiene acuerdos comerciales y militares con el Estado que impone el cerco. La supuesta neutralidad institucional hace tiempo que se reveló como impostura. Por eso este grupo de barcos no pide permiso: documenta una evidencia incómoda. Si la ayuda no entra por vía oficial, habrá que empujarla por mar, con cuerpos y nombres propios.
Los organizadores presentan la salida bajo el paraguas de la Global Sumud Flotilla (“sumud” significa perseverancia). En junio, el velero Madleen –con Greta Thunberg a bordo– fue interceptado en aguas internacionales por Israel; su tripulación fue detenida y deportada. Ese precedente, denunciado por organizaciones de derechos humanos, explica por qué esta vez se ha guardado silencio sobre el número total de embarcaciones. Lo único seguro es que la marina israelí tratará de cortar el paso en cualquier momento.
Flotilla: una larga historia
Las flotillas solidarias hacia Gaza tienen una larga historia. La más recordada es la del Mavi Marmara, en 2010, cuando comandos israelíes mataron a 10 activistas turcos en un asalto nocturno en aguas internacionales. Aquel episodio marcó a fuego la conciencia global sobre la brutalidad del bloqueo y abrió un ciclo de expediciones posteriores que, pese a detenciones y deportaciones, nunca se detuvo del todo. Lo que zarpa este domingo desde Barcelona, pues, no surge de la nada: es la continuación de más de una década de esfuerzos civiles por abrir una brecha en el muro marítimo impuesto por Israel.
La elección de Barcelona no es casual. La ciudad ha sido históricamente un nodo de redes internacionalistas, desde las Brigadas Internacionales de 1936 hasta el movimiento antiglobalización o el municipalismo reciente. Que el puerto se convierta en punto de partida de un convoy hacia Gaza conecta con esa tradición de solidaridad que desborda fronteras y desafía a gobiernos instalados en la inercia diplomática.
Mientras tanto, Bruselas y las capitales europeas se mantienen en un silencio ensordecedor. Se firman acuerdos comerciales con Israel, se incrementa la cooperación en seguridad y se compran tecnologías militares desarrolladas y probadas en Gaza. Europa patrulla el Mediterráneo para frenar a los migrantes que huyen de guerras y hambre, pero mira hacia otro lado cuando un Estado asedia a más de dos millones de personas atrapadas en una franja de tierra devastada. La neutralidad, en este contexto, no es equidistancia: es complicidad.
En el puerto de Barcelona, sin embargo, la escena es otra. Familias, colectivos de barrio, sindicatos y asociaciones palestinas coinciden en un clima de expectación y gravedad. Algunos observan en silencio las banderas ondeando, otros comparten abrazos o frases breves que se repiten de boca en boca: “Lo importante es estar aquí”. Pero nadie se hace ilusiones. La fuerza de esta travesía no está en prometer lo imposible, sino en demostrar que el cerco solo se sostiene si Europa sigue mirando hacia otro lado. Y en que, mientras lo haga, habrá quienes decidan poner el cuerpo en el mar para recordarle que su silencio también tiene un precio.
Salir del «eje del bien» y del «jardín europeo», es hoy, más que nunca, una exigencia de toda persona con un mínimo de moralidad y conciencia ética.
Construir otro mundo, fuera del sometimiento de capos, criminales, asesinos, genocidas, es necesario.
Por la supervivencia del Planeta y de la especie humana.