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El refugio común de Eli y Magda

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El refugio común de Eli y Magda

Este es el relato de dos amigas que hallaron cobijo una en la otra mientras sufrían cáncer de mama.

Eli está bordando dos pajaritos para el nieto que vendrá próximamente. Cedida
Magda Bandera
29 agosto 2025 Una lectura de 5 minutos
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El artículo ‘El refugio común de Eli y Magda’ forma parte del dossier ‘Nuestros refugios’, en La Marea 107. Puedes conseguir la revista aquí o suscribirte para recibirla y seguir apoyando el periodismo independiente.

Eli y yo nos hemos visto solo una vez en los últimos catorce años. Fue por casualidad, en unas jornadas sobre el cáncer de mama en el hospital Sant Pau de Barcelona. Yo iba a hablar de la importancia de la alimentación cuando estás en pleno tratamiento. Ella, a seguir aprendiendo, como siempre. Mi hermana de enfermedad, la escultora Elisabet Ramos, es una de las personas más curiosas y divertidas que conozco. 

No sé si tardamos tres segundos en recuperar la complicidad, quizá menos. «¿Nos apuntamos luego al taller de sexualidad? Tienen un montón de muestras de lubricantes y cremas fantásticas», algo así dijo. Y allí fuimos las dos, y allí volvimos a reír juntas. Lo recordamos hace unos días, al teléfono. ¿Cómo nos conocimos? Fue en una cafetería, en Barcelona. Nos presentó la fisioterapeuta Montse Gironès, que nos explicó qué precauciones hay que tomar cuando te extirpan los ganglios de las axilas. 

–Entonces yo llevaba un poco más de ‘carrera’ que tú –dijo Eli.

–Pero muy poca, poquita.

Eli y yo siempre empleamos la palabra cáncer con naturalidad. «Una de las cosas que más me gustaron de ti desde el principio fue que pudiéramos hablar con tanta franqueza, sin usar… Ay, ahora no me sale la palabra». De repente, me sentí como en aquellos días de quimioterapia, cuando las palabras se mezclaban en mi cerebro. Eli me ayudó a buscarla, pero le pasaba lo mismo:

–¿Subterfugios?

–No, no, ¡eufemismos! Pero creo que me gusta más subterfugios en este contexto.

Cuando escuchas el diagnóstico que te transporta de inmediato al borde de un precipicio cuya altura no te atreves a calcular, desearías encontrar un lugar seguro, algo que te protegiera como lo hacían las caricias de tu madre cuando tenías fiebre. 

¿Pero cómo escapar de una amenaza que crece justo en tus entrañas y va contigo siempre: por la mañana, cuando despiertas incrédula; por la noche, cuando intentas conciliar el sueño para recuperar las fuerzas que tanto necesitas?

–Tú fuiste mi refugio, Eli. 

–Y tú el mío.

El miedo se colaba también

Nuestras charlas telefónicas empezaban y terminaban siempre con risas. Lo nuestro no era humor negro, era la voluntad de que la enfermedad no nos arrebatara la alegría. Aun así, de vez en cuando, el miedo se colaba en las conversaciones. Entonces no lo identificábamos como tal, pero estaba ahí cuando comentábamos un efecto secundario que no sabíamos identificar o un truquillo para la piel. «Lo que pasa es que lo tengo a raya total, ni lo miro, lo tengo encerrado en una habitación». Escribo las frases de Eli, transcribo sus vivencias, y me cuesta distinguirlas de las mías propias. Ambas encontramos otros refugios parecidos durante los meses de tratamiento. Uno de los más importantes, las amigas de toda la vida. 

A las mías las volví locas. Las convencí para apuntarnos a pilates; el yoga no se me dio bien y solo fui el primer día, pero dos de ellas siguen practicándolo. Por desgracia, son las mismas que enfermaron años después. «Hemos reventado la estadística, chicas, tres de cinco». Ojalá sirva para que otro grupo se libre por completo, dijo alguien. 

La última de ellas, que acaba de empezar la quimioterapia, dice que cuando piensa en lo bien que estamos las pioneras se anima. Así que ahora quedamos con más frecuencia: para andar por la playa antes de que apriete el sol; para tomar un té; para pegarnos un buen desayuno. 

El día en que vuelva a ver a Eli tengo que pedirle que me enseñe una foto de sus amigas. Quizá incluso conserve alguna de la reunión que organizó para que fuese su gente más cercana la que le cortara el pelo antes de que se cayera a causa de la quimio: «Ya que es un desastre, mejor será hacer una fiesta. Entonces aún vivía en Zaragoza. Había unos amigos que quisieron venir, estaban mis hijos… Les dije ‘venga, cortádmelo como os dé la gana, porque, total, luego ya me lo cortaré todo’. Fue un cachondeo».

Antes de la operación, Eli organizó otra performance. Transformó sus pechos en un campo de batalla en el que combatían soldaditos de «esos que antes venían en bolsas de plástico» y pidió a su marido que grabara la secuencia hasta convertirla en algo divertido y liberador. Hablando con ella, entiendo que la creatividad fue otro de nuestros refugios. 

Yo no encontré el modo de escribir sobre lo que estaba viviendo, pero no paraba de inventar historias. No lo hacía de forma deliberada, no eran estrategias psicológicas, sencillamente me sentaba en la butaca del hospital a recibir el chute, veía los viñedos a través del cristal y pensaba que estaba en un tren camino de la Toscana.  

Me sorprendía a menudo imaginando las vidas de las personas con las que coincidía en el hospital, sobre todo las de quienes me precedían en la sala de radioterapia y cuyos nombres seguían en la pantalla mientras el técnico me daba indicaciones para que me colocara con precisión sobre la camilla. Estaba convencida de que buscaba en Internet quiénes éramos sus pacientes antes de cada sesión.

¿Cuánto debieron de costar nuestros tratamientos?, nos preguntamos Eli y yo. Casi nos habíamos olvidado de un refugio imprescindible, el que permitió que no tuviéramos que añadir al miedo la preocupación de buscar y costear el tratamiento adecuado. Se llama sanidad pública. 

–Tenemos que quedar.

–Así te doy la revista en persona. 

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