Volver al cole para votar

Colegio electoral en Montijo, Badajoz (Dani Domínguez)

"Que muchas de las personas que ejerceremos hoy nuestro derecho al voto tengamos que hacerlo como intrusos de la habitación propia de los más peques, en sus colegios, es un monumento a la justicia poética y a la responsabilidad con la que debemos afrontar el voto", sostiene la autora.

Muchas de las personas que ejerceremos hoy el derecho al voto lo haremos en salas de paredes coloridas, sillitas cuyos respaldos no nos llegan a las rodillas y percheros colgados a la altura de nuestras caderas. Es un monumento a la justicia poética: que para rubricar la conciencia de que somos corresponsables del devenir de nuestras vidas y del de nuestra comunidad –¿acaso no es o debería ser eso el acto de votar?– tengamos que convertirnos en intrusos del espacio propio de los más pequeños, cuyo futuro estamos decidiendo, mientras somos atentamente observadas por sus dibujos –acaso sueños– que cuelgan de las paredes; por sus aspiraciones –acaso consignas– interpelándonos desde los tablones de corcho; y por sus pertenencias, dispuestas en las baldas de las estanterías, con sus nombres –María, Manuel, Hakim, Shui, Amy…– recordándonos la sociedad intercultural que ya somos.

Nuestro voto será secreto, pero desde luego, no es silencioso: no hay nada que pueda resultar más estruendoso dentro de nuestras cabezas que depositar un papel que recoja lo que deseamos para María, Manuel, Hakim, Shui y Amy, la verdadera España que madruga: los que cuando aún no ha salido el sol, se cuelgan sus pequeñas mochilas a sus espaldas, como quien se echa el mundo a cuestas, y aún con el desayuno en la garganta, afrontan pizpiretos un nuevo día en el que seguir aprendiendo lecciones, cuando la anterior aún burbujea en sus cabezas. Qué hermoso tener que pronunciarnos sobre su presente y futuro en un lugar que se llame colegio (electoral); qué viaje sideral hacerlo en un cole de verdad, con su inconfundible olor a mezcla de plastilina, pinturas acrílicas, sudor infantil y libros recién estrenados, ese aroma que no pierden así lleven meses siendo bregados, domesticados, performateados: no hay animal de compañía más salvaje y fiel para un niño que ese libro que madura nueve meses a su lado abriendo sus hojas, abriéndose en su compañía como una flor.


Ojalá que todas las personas que están depositando hoy una papeleta en las urnas lo pudieran hacer como si fuese un pétalo de esa flor, la hoja del índice de ese libro: un programa electoral a la medida de cada una una de nuestras prioridades, para nosotras y para los que nos miran con sus ojos-universo desde abajo cuando andamos juntos de la mano y somos mucho más que dos. Pero hoy muchas personas votarán, como tantas antes, por el partido que consideren menos incompatible con su cosmovisión; pero sobre todo, votarán para que el monstruo no salga del libro de texto de Historia y se haga carne musculada, voz impetuosa, mirada altiva: cuerpo esculpido y mimbrado desde el odio y para el odio.

¿Cómo meterán el sobre en la ranura con el baby escolar de María mirándoles a los ojos y contestarles con su voto que si fue desahuciada es porque su padre albañil y su madre limpiadora vivían por encima de sus posibilidades?

¿Cómo no cambian de opinión cuando llegan con su sobre preparado de casa –guardado en el bolso como si fuese el arma que les ha prometido el partido anticonstitucionalista–, ven en la pizarra la letra redonda y dubitativa del pequeño Hakim, y recuerdan que su padre, ese al que esa papeleta considera terrorista, es el frutero del barrio?

¿Cómo no recordar al bandera LGTBIQ+ al ver el festín de colores en los pasilllos, pensar en el aumento en los últimos años de las agresiones a las personas con distinta identidad de género u orientación sexual, y acordarse de sus propias fantasías homosexuales que no ha conseguido acallar pese a todo el auto-odio con el que las sepulta?

Hoy muchos y muchas votarán contra los que votan contra sí mismos, contra los que consideran los suyos y contra los que no saben que son los suyos: sus familiares, amistades y vecinos. Hoy muchos y muchas votarán para que los colegios públicos sigan siendo el paradigma de la sociedad que queremos construir: un espacio de convivencia entre personas de diferentes ideologías –los peques también la tienen–, orientaciones sexuales e identidades de género, clases sociales, orígenes geográficos, gustos, aficiones… Una especie de cónclave que no niega, sino que mira a la cara y trabaja desde ahí, la conflictividad que acarrea la diversidad y la interculturalidad, porque saben que esa es parte de su riqueza. Un lugar en el que personitas de distintas edades se reúnen diariamente porque si algo saben es que no lo saben todo, y que aprender es la principal motivación para existir, junto a amar. Es ahí también donde descubrimos esto último, ya de muy pequeños: el amor que es la amistad –con nuestros compañeros y compañeras–, el amor que lleva aparejada la admiración –con nuestro profesorado–, el amor de amar a rabiar, como cuando decenas de hormigas colonizan nuestro cuerpo al sentarnos junto a un hormiguero en verano, y ya no podemos dejar de pensar en esa o ese estudiante; el amor por el juego, por el conocimiento –que no es otra cosa que el amor por el juego del descubrimiento–; o el amor por la alegría que descubres el día que te echan de clase porque no puedes contener las risa y te da igual porque esa catarata que te atraviesa de la cabeza a los pies, y que escapa a tu control, querrías que se convirtiese en tsunami y que toda la clase flotase dando volteretas en el aire hasta que la profe, como buena Mary Poppins, nos hicese tocar tierra diciendo lo más triste que has escuchado hasta el momento: que ha llegado el momento de irse.

Hoy muchas votaremos por nosotras y nuestras compañeras, nuestras Santas Matronas: Mary Poppins, Pippi Langstrump, Salvamento Marítimo, el Aita y el Open Arms. Porque no vamos a invitar a cenar a ningún monstruo que no sea de los Monsters S.A. Porque me acuerdo perfectamente de lo que quería cuando era niña y no se diferencia apenas de lo que quiero ahora: vivir en paz rodeada de gente que quiera para los demás lo que quiere para sí: alegría, calor, cultura, tiempo y una mesa grande donde quepamos todos, una casita propia donde pensar en tranquilidad y un patio para nuestro recreo.

Todo esto para decirles que es una buena noticia que las encuestas estén desorientadas porque a muchos de quienes van a votar a la ultraderecha les avergüenza admitirlo. Mientras no sea políticamente correcto apoyar la indignidad, habrá esperanza. Todo esto para pedirles que voten por una opción que no les dé vergüenza admitir en público. Ni ante María, Manuel, Hakim, Shui y Ami. Acuérdense, le estarán observando.

aportacion la marea

Patricia Simón

Reportera transfronteriza especializada en derechos humanos y enfoque de género. Premio de la Asociación Española de Mujeres de los Medios de Comunicación. Me apasiona tanto viajar para reportear al otro lado del mundo, como descubrir y contar los mundos que conviven en la esquina del barrio.

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Comentarios

Una respuesta a “Volver al cole para votar”

  1. Aún no han entrado en el Parlamento español; pero ya ejercen:
    DETENIDO PABLO HASEL EN VALENCIA EN PLENA CAMPAÑA ELECTORAL.
    La que nos espera a quienes luchamos por un mundo más justo.
    ******************************************

    Urge la necesidad de ver la diferencia entre gobierno y régimen: todos los partidos, como lo han reconocido los empresarios más poderosos como el dueño de Mercadona o el dirigente de la patronal, sirven a las mismas políticas capitalistas que no ponen en riesgo. La oligarquía financiera, quien realmente ostenta el poder, es quien siempre gana. En todas las papeletas deberían aparecer los logos de bancos y grandes empresas. (Pablo Hasel).
    SOLIDARIDAD CON PABLO HASEL.

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