¿Quién me protege? Una teoría de la desconfianza

Performance sobre la crisis de valores realizada en la Puerta del Sol durante el segundo aniversario del 15M (Susana Vera /Reuters)

Tras el agotamiento del pacto de convivencia de las últimas décadas, la autora analiza cómo forjar uno nuevo y que papel puede jugar la confianza.

Hace unos meses escribí un tuit sobre lo que me parecía un tipo de ansiedad social desatada por la crisis: “Se me ocurre que lo propio de este momento no es la incertidumbre, sino la desconfianza. La primera puede ser positiva, expectante [quise decir excitante]. La segunda implica falta de certeza más miedo (a ser herido, estafado o decepcionado por personas o sistemas)”. Los acontecimientos políticos de las últimas semanas han avivado esta idea. La hipótesis es la siguiente: tras una curva de diez años acecha un deslumbre, y donde soñábamos un tobogán al mar se abre un puerto de montaña. Se nos han roto las brújulas o se nos ha movido el norte. Buscamos un amarre contra el vértigo y nos preguntamos, como Mala Rodríguez, quién me protege. Cuando se agita el curso de la historia, cuando recelamos de las normas y de la honestidad de otras personas, ¿en qué y en quién podemos confiar?

Se nos rompió el amor (y lo usamos poco)

1. La primera brújula estropeada es la idea de progreso del siglo XX. Tras la Segunda Guerra Mundial, se instaló la idea de que la vida sería cada vez mejor para cada vez más gente. El pacto social que permitió la integración europea, y al que España llegó tarde, tenía tres pilares: la expansión democrática, el desarrollo de los estados de bienestar y la economía de mercado. En 1989, Francis Fukuyama teorizó el fin de la Historia y vino a decir que con la derrota del fascismo y la caída del comunismo se acabarían las luchas ideológicas y las sociedades avanzarían hacia una especie de estación de llegada: el liberalismo político (con democracias representativas, elecciones libres y garantía de derechos y libertades) y económico (capitalismo y cultura de consumo).

Treinta años después, el edificio está en llamas y no sabemos si reformarlo o construir uno nuevo. El actual modelo económico genera desequilibrios humanos, materiales, tecnológicos, políticos y ambientales insostenibles. La última crisis ha derribado tres bolos de un golpe: ha impactado de tal modo en las condiciones de vida de la gente, y los Estados se han revelado tan incapaces de poner freno a la desigualdad, que el resultado ha sido un terremoto político en Occidente: la desconfianza en los gobiernos, la insatisfacción con la democracia, el nacimiento de nuevos partidos, la polarización y la reaparición de modelos autoritarios como alternativa.

El fin de la Historia tendrá que esperar. En su último libro, Identity, Fukuyama sostiene que las democracias liberales están amenazadas por las luchas identitarias: las “demandas de reconocimiento” de diversos grupos fragmentarían la sociedad impidiendo construir proyectos colectivos. Para explicarlo mezcla reivindicaciones proderechos (feminismo, lucha antirracista y LGTBI) con corrientes reaccionarias (los nacionalismos europeos conservadores y xenófobos, el proteccionismo de Trump o el brexit), camuflando que las primeras combaten fallos democráticos antiguos, mientras que las segundas construyen búnkers como respuesta a una globalización económica y cultural que sofistica las formas de explotación y desigualdad y disuelve los modos de vida tradicionales (lo de aquí, lo mejor, lo de siempre).

La ruptura de la idea de progreso del último siglo nos deja sin horizonte común al que apuntar. Nos sentimos vulnerables porque hemos perdido un anclaje de varias generaciones –la fe en la Santísima Trinidad de la democracia, el crecimiento económico y el Estado de bienestar– y estamos a merced del oleaje. Tenemos miedo a lo imprevisible. Buscamos refugio.

2. El segundo desconcierto es la sensación de que nos han tomado por gilipollas y el empeño de que no vuelva a suceder. “Cada hombre debe procurar la paz hasta donde tenga esperanza de lograrla; y cuando no pueda conseguirla, podrá buscar y usar todas las ventajas y ayudas de la guerra”, dice Hobbes sobre el estado de naturaleza, una situación ficticia en la que los humanos vivirían sin normas ni gobierno, y cuya única ley sería la supervivencia. El miedo a ser atacado sería constante, y no habría otra moral que la de conservar la propia vida, acumulando todo el poder y los bienes posibles para protegerse de amenazas reales o imaginarias. Porque el miedo es eso: “la angustia por un riesgo o daño real o imaginario”. Para evitar esta situación de guerra permanente, las personas se dotarían de leyes y nombrarían a un soberano que garantizase su cumplimiento (imponiendo castigos). Este pacto social limitaría la libertad individual a cambio de protección.

Las normas tienen sentido en la medida en que someten/protegen a todos los ciudadanos por igual para lograr un bien común. Nuestro comportamiento depende de las expectativas que tengamos sobre el resto de actores sociales (familiares, políticos, empresas, jueces, fuerzas de seguridad…). Si sospechamos que otros jugarán sucio buscando su propio beneficio y que respetar las reglas nos perjudicará, será más fácil que también las incumplamos alegando que todo el mundo lo hace. ¿Qué ocurre cuando los que obran mal quedan impunes, o reciben un correctivo menor o demasiado tarde? Que perdemos la confianza en las normas, en la autoridad que debe aplicarlas, en el cuento del bien colectivo y, en definitiva, en la integridad de otras personas. Y sálvese quien pueda.

3. Por último, la generación que se ha hecho adulta con la crisis ha perdido otras coordenadas: las de unas expectativas de vida –estudios, trabajo, piso, pareja, familia– que han chocado con una realidad precaria y acelerada. No todos deseábamos seguir ese modelo, ni hemos sufrido su quiebra de igual modo, pero era el que nos habían enseñado. Para andar por el margen también hay que saber dónde está el centro. La precariedad, sumada a la competitividad, el consumismo y una esfera social radicalmente pública, nos mina la autoestima y dispara la ansiedad. Es más difícil confiar en una misma.


Cierre o apertura

Vuelvo a la pregunta inicial: “¿Quién me protege?”. Si la respuesta es “yo”, pueden pasar varias cosas: que intente vivir dentro del sistema sin hacerse notar, conformándose con que no le molesten; que no vuelva a participar en política; que se suicide antes de que le desahucien; que lo haga en la plaza Sintagma porque la pensión no le llega; que vaya a una sucursal bancaria y le pegue un tiro al tipo que le estafó con un producto financiero. Elija su propia aventura.

Si aún cree que es mejor vivir en sociedad, le ofrecerán dos píldoras de seguridad: el securitismo y la justicia social.

A. La primera contiene certezas sin matices (dentro y fuera, blanco y negro), reivindica las identidades fuertes y la homogeneidad. Construye un “nosotros” en oposición a un “ellos” en términos de raza y nación, que son dos formas de enfrentar a los pobres entre sí, porque si el extranjero es un futbolista que defrauda a Hacienda nos sacamos una foto con él. El securitismo alimenta el miedo y legitima la desconfianza. Es la doctrina de la medida preventiva, del anuncio de alarmas a la hora del desayuno, de los narcopisos y los manteros, del enemigo a las puertas. “El estado de guerra no es una lucha constante, sino una disposición constante a luchar, de modo que nadie puede relajarse y bajar la guardia”. También hacen falta amenazas internas: en España hay partidos que piden ilegalizar “organizaciones comunistas, populistas e independentistas” al tiempo que se niegan a condenar el franquismo. En la práctica, la prevención se traduce en una limitación de derechos: recorte del estado de bienestar, restricción de la libertad de circulación, expresión, reunión y manifestación, ampliación del concepto de terrorismo y enaltecimiento. El securitismo debilita la democracia, la encierra, la pone a la defensiva.

B. La segunda pastilla contiene dosis de contradicción (de duda), reivindica identidades en movimiento y cree que la diversidad multiplica, no divide. Entiende que la redistribución (la justicia económica) y el reconocimiento (la justicia cultural) son interdependientes. Es decir, que ambas luchas persiguen el mismo objetivo: la vida digna (y si es plena, mejor). Esta idea de seguridad construye un “nosotros y nosotras” sobre una comunidad de afectos y cuidados. La patria no es fruto del azar, sino de la cooperación. Patriota es quien paga sus impuestos para sostener el tinglado. Patriotas son las trabajadoras domésticas de Ecuador o Perú que asumen los cuidados de muchos mayores en este país. La justicia social no se impone, se asume. Nace del convencimiento de que es lo mejor para la mayoría, y de la confianza en que el Estado usará bien sus recursos –los nuestros– para lograrlo. En la práctica, se traduce en la garantía de derechos: acceso a la vivienda, empleo y salario dignos, educación y sanidad públicas y de calidad, pensiones, acceso a la cultura, leyes contra las violencias machistas y los delitos de odio. La justicia social fortalece la democracia, la amplía, la hace propositiva.

C. Hay píldoras intermedias: el chovinismo del bienestar (una defensa de lo público pero sólo para los de casa) y el liberalismo guay (abierto a la diversidad pero no a la redistribución de riqueza; libertad para quien se la pueda pagar).

Estas dos lecturas de la seguridad responden a dos cosmovisiones opuestas: excepcionalidad y sostenibilidad. La primera invoca una supuesta urgencia histórica para justificar la reducción de la democracia y el estado social, pero sin cuestionar el dogma del mercado (tumbar unos Presupuestos Generales que recuperaban parte del bienestar perdido durante la crisis y prometer la aplicación indefinida del artículo 155 en Cataluña es un ejemplo de ello). Para tener vidas precarias necesitamos democracias precarias, y viceversa. Y para lograrlo nada mueve más que las pasiones ni disciplina mejor que el miedo.

Frente a ello, la sostenibilidad. La permanencia equilibrada de los elementos de la existencia: la vida humana (digna, diversa, libre y placentera), el medio ambiente y los recursos del planeta, las relaciones económicas, la convivencia de culturas y la democracia. “Poner la vida en el centro” es lo opuesto a poner el hombre en el centro: el antropocentrismo se basa en la sumisión del entorno a las necesidades y los deseos del ser humano. Esta visión del hombre –varón occidental– como medida del mundo ha justificado la explotación colonial y económica desde el siglo XVI, sumada a la mucho más antigua desigualdad de género.

El contraste lo resume la activista y diputada brasileña Mónica Francisco: “2018 nos ha traído la necesidad de construir un nuevo pacto social a partir de la conciencia feminista. Poner frente al patriarcado –un sistema que viene de la imposición de la violencia, la acumulación de poder y capital– el matriarcado –la vida en el centro y la organización de lo común–. Estamos ante una contraofensiva del patriarcado, una fuerza desagregadora de territorios y cuerpos. Su estrategia es el dominio y la fragmentación”. El feminismo, entendido como un cambio civilizatorio y no como una lucha restringida a los derechos de las mujeres, es ahora el único proyecto capaz de garantizar la democracia, hacer frente al neoliberalismo y defender el valor de nuestras vidas al margen de nuestra capacidad (re)productiva. Y lo es de forma afirmativa, no reactiva. No es, como se dice, el “muro de contención” de la extrema derecha: es un desplazamiento tectónico con sus propios ritmos, herramientas y horizontes.

Entonces, ¿cómo renovamos los pactos de convivencia? Renovando las relaciones de confianza.

Hacer el mundo

Cuando confiamos en alguien sentimos que su comportamiento es previsible: no cada paso, pero sí el sentido general de sus acciones. Esto nos da certidumbre, y la posibilidad de mostrarnos vulnerables sin temor a que nos dañen. La confianza nace de la experiencia, de la identificación (con quien comparte nuestras necesidades o intereses) y del simbolismo (mediante elementos que transmiten valores). Con la crisis todo se ha estremecido. Los viejos pactos no sirven como referencia porque sus llaves no abren las puertas del futuro. Las formas de identificación tradicionales –vinculadas a la clase y la profesión– han cambiado, y la cultura de consumo ha sublimado el individualismo. Los símbolos de estatus se han desgastado en paralelo a las realidades que representan; la riqueza se ve cada vez menos como una prueba de éxito y cada vez más como un indicador de desigualdad, explotación y posible corrupción.

Frente a lo anterior, tres propuestas. No hay que aferrarse a lo conocido cuando quiebra; hay que tener el coraje de avanzar y asumir riesgos en busca de un nuevo equilibrio. Si la costumbre nace de la repetición de actos, el rumbo de la historia se fija siempre aquí y ahora: rompiendo la inercia de lo habitual. Por otra parte, la crisis ha reavivado formas de identificación del ser (el nacionalismo) y ha consolidado nuevas formas del hacer (la cuarta ola feminista y la conciencia del precariado como nuevo grupo social y político, con luchas en varios frentes: empleo, vivienda, sanidad, educación y pensiones). Sólo estas últimas son incluyentes y propositivas. Finalmente, cuando los símbolos se agotan, debemos acuñar otros nuevos –“las niñas ya no quieren ser princesas, quieren ser alcaldesas”– o preñar los de siempre con nuevos significados –la bandera, las palabras país, seguridad y violencia– para que alumbren un cambio en lo real.

La confianza no es para siempre; está bien que se quiebre para reforzarla o cultivar otros vínculos, para renovar la caricia o retirar el abrazo. “No hay que darse por hecho”, me dice una amiga hablando de relaciones personales. Cuando las cosas se dan por hechas se deterioran sin darnos cuenta. En este momento, ese no dar por hecho nos alerta del debilitamiento de la democracia y del retroceso que pueden sufrir derechos y conquistas sociales que parecían incuestionables. Ese no dar por hecho es un no resignarse y un no dejar que otros nos hagan el mundo.

Estamos inmersos en un combate de lo necesario contra lo que se nos presenta como imperativo, alerta Marina Garcés, y lo que está en disputa es el sentido mismo de lo humano: “Nos jugamos el estómago, la conciencia y la dignidad del destino común de la humanidad en este tiempo que resta”. Sólo un proyecto solidario, sostenible y feminista, valga la redundancia, puede devolvernos la confianza en un futuro compartido sobre otras normas de convivencia. Y a su vez, sólo renovando nuestros lazos –con otras personas, con las leyes y las instituciones, con la economía y el planeta, con la cultura y la memoria– será posible que ese pacto salga adelante. Podemos empezar cambiando la pregunta. Cuando la historia se agita, ¿cómo nos cuidamos?

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Estefanía S. Vasconcellos

Comentarios

3 respuestas a “¿Quién me protege? Una teoría de la desconfianza”

  1. NO DEJAR QUE OTROS NOS HAGAN EL MUNDO, ahí, ahí has dado…de éso se trata.
    Confiamos demasiado en lo que nos dijeron y repitieron los nuevos profetas (Reagan/Thatcher, Fukuyamas, y un largo ect.) tal vez por no saber pensar y sacar conclusiones por nosotrxs mismxs y acabamos estafadxs y sin levantar cabeza, por creerles, por creer que no había alternativa al capitalismo, que el capitalismo era el camino…
    Nos dejamos engañar una y otra vez…
    Sospecho que los malvados de arriba nos quieren confundir hasta trastornarnos.
    ***
    Se dice que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer; pero cuidado, que también sucede a la inversa: detrás de un mal nacido hay una mujer de su misma condición.
    ***
    …”desde nuestra perspectiva, solo la confrontación con el Estado nos permite además plantear alternativas a nivel económico. En el marco de la monarquía parlamentaria del Estado, por su propia génesis –y eso requeriría de mucho más espacio para ser analizado-, hay pocas opciones de gestar un sistema económico más justo, que genere menos desigualdades. Es por tanto importante nuestra alianza con las izquierdas de ámbito estatal, que muchas veces han tenido una posición, a nuestro entender, muy centralista: no os vayáis del Estado y ayudadnos a construir uno más de izquierdas. Nuestra respuesta siempre era: ayudadnos con la república, que es la mejor manera de democratizar el Estado y sentar unas bases que permitan, a su vez, generar otros marcos económicos que el sistema actual no permite.
    …nosotrxs no luchamos por establecer un nuevo marco territorial. Nosotrxs queremos contribuir a un mundo más justo, queremos poner la vida en el centro y deseamos establecer marcos jurídico-políticos que respondan a las necesidades de las mayorías y no de las elites. Nada de esto es posible en el seno del Estado español, desgraciadamente, porque la pulsión hacia el autoritarismo está aún demasiado presente. La república catalana no sé si sería feminista, por ejemplo, pero sé que como mínimo un proceso constituyente para definir las bases constitucionales desde una perspectiva de género sería posible. Es ya mucho más de lo que tenemos y es algo a lo que no podemos ni debemos renunciar.
    25/02/2019, Anna Gabriel (C.U.P.)
    https://vientosur.info/spip.php?article14627

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