La increíble y triste historia del hombre que se hundió en su propia ideología sin saberlo

Santiago Abascal, líder de Vox, habla con los medios a la salida del Tribunal Supremo, en Madrid. Foto: REUTERS/Susana Vera

La profesora de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid inicia con este artículo una serie titulada 'Disruptiva'.

Hubo una vez un hombre que pensó que los seres humanos se hundían en el agua por la idea de la gravedad y creyó que, liberados de tan terrible superstición, una vez en el agua y desatados de la pesada e irreal idea de gravedad, no nos ahogaríamos más. “¡Las ideologías son peligrosas!” –gritó aquel hombre- “nos manipulan y deforman nuestra realidad” –gritaba de nuevo sin darse cuenta de que estaba con el agua al cuello. Y así, voceando semejantes proclamas, se hundía en su propia ideología sin saberlo. Este es, sin duda, el peligro de la ideología: creer que las propias creencias no son también ideas asociadas a una determinada visión del mundo por la cual, ideológicamente, entendemos e interpretamos la realidad. Con un ejemplo muy parecido comienza el prólogo de La ideología alemana, de Marx y Engels, aunque allí podríamos decir que el destino de aquel hombre no es hundirse, sino fallecer tras los cascotes de una realidad que, derribada, acaba desnucándolo con unas condiciones materiales que no vio venir porque no sabía ni que estaban allí. La bomba de aquel texto de 1845-1846 fue la noción de ideología, un concepto acuñado en el siglo anterior por Destutt de Tracy para designar no tanto el “estudio de las ideas” entendido como un análisis de las ideas de una sociedad dada, sino el de las formas de sistematización y conexión de ideas en base a lo que percibimos del mundo. Dime qué ves y te diré cómo es tu mundo. De ahí la etimología del concepto, según la cual el término ‘idea’, del griego idein, no es un contenido de la mente sino la forma visible de algo. La ideología sería de este modo la estructura “cerrada” a través de la cual integramos en una totalidad aquello que vemos.

De seguir a Gramsci todos estaríamos sumergidos en una ideología, orgánica la denomina él, que es necesaria y de efecto psicológico: organizan las masas humanas, forman el terreno en el que nos movemos y estructuran el mundo tal y como lo vemos. Ser consciente de la propia ideología permite combatir la cerrazón y abrir la representación que se tiene del mundo viendo al otro. Donde hay una sociedad hay una ideología y donde hay un ser humano crítico (y autocrítico) puede haber una idea disruptiva que quiebre la ideología dominante y abra mundo al mostrar las manipulaciones y deformaciones de ciertos discursos, incluso los propios. De este modo, la estructura (logos) se abre para incorporar sin adulterar aquello que no se había visto aún (idein).

Por supuesto, hay elementos que, pese a no ser vistos, están ahí como la gravedad de nuestra pequeña historia, pero sólo son lo que son para nosotros en la medida en que los vemos, los nombramos y les damos un lugar en el mundo, lo que quiere decir que podemos carecer de concepto de gravedad o de violencia de género, aunque corramos de igual modo el riesgo de ahogarnos o de sufrir las agresiones en un sistema que se defiende ocultando y falseando aquello que le perjudica. De ahí la carga negativa que para Marx y Engels adscriben la ideología, entendida ahora como una representación distorsionada de la realidad de una clase dominante que mantiene y legitima las relaciones de dominio al imponer una forma de ver el mundo y, lo que es más peligroso, de mirarlo. Para ello emplea mecanismos ideológicos destinados a mantener y defender esta representación, como la escuela, los medios de comunicación o incluso las leyes.

Si es importante ver el mundo, no lo es menos nombrarlo. En este sentido, el lenguaje no es inocuo al ser reflejo y herramienta ideológica. Qué se dice y cómo se dice orienta el modo de ver la realidad y, por tanto, de interpretarla. No es lo mismo decir morir que ser asesinado. Negar la gravedad no eliminará las muertes, pero sí conllevará el peligro de explicarlas alejándose mucho de la realidad más fidedigna que con ella debería designarse. No es lo mismo ni debe ser lo mismo la violencia doméstica que la violencia de género porque al equiparar ambos sentidos se invisibiliza algo y, al hacerlo, aunque siga estando ahí, no puede combatirse ni pensarse realmente. Se cierra el mundo y hay menos posibilidades de cambiar lo que no funciona.

La más perversa de las ideologías es aquella según la cual el propio pensamiento que se defiende no es ideológico mientras que el de los otros sí lo es. En este sentido, cuando se apela a la libertad de educación para enrocarse en las “propias convicciones” algo huele a podrido en Dinamarca porque libertad de educación significa abrir mundo y dotar al estudiante de la capacidad para elegir en qué quiere creer. Las exigencias ‘ideológicas’ de que la educación debe liberarse de la ‘ideología’ o la propuesta de implantar un pin para poder excluir a los niños y las niñas de aquellas visiones del mundo que no coincidan con la de sus padres es ya ideología. Afirmar que los niños visten de azul y las niñas de rosa es ideología de género y de la peor, porque apela a una naturalización de elementos que no son naturales sino culturales. La exigencia de prohibir difundir en los centros de enseñanza “ninguna ideología que niegue hechos científicos indubitados, con especial atención a la biología” es perversamente ideológica al ampararse en una apariencia de discurso científico. Que el sexo masculino y el femenino tienen distintos órganos sexuales es un hecho científico, pero que los niños tengan pene y las niñas vagina ya no es tan claro, sobre todo cuando al definir ‘niño ‘o ‘niña’ les adscribimos características de género. Ningún recién nacido viene al mundo vestido de un color y está destinado por naturaleza a ser valiente o sumiso. Sólo lo es en la medida en que pasa a ser ubicado en un lugar del sistema y con ello resignificado, esto es, marcado y etiquetado. Asignar características de género a los genitales equiparando planos muy distintos, como pueden ser el biológico, el social o el psicológico constituye una práctica ideológica de naturalización que no sólo trata de imponer una forma de ver el mundo como si fuera ‘imparcial’, sino que también trata de perpetuar y reproducir el sistema de dominio de una ideología patriarcal. Que algo siempre haya sido así no conlleva que no fuera ideológico y deformante desde su origen. Es preciso romper el discurso de estas ideologías mostrando sus adulteraciones porque, autoerigidas como discurso ‘verdadero’ que lucha contra las ‘ideologías’ su pretensión es reproducir un sistema de dominio a través de la negación e invisibilización de realidades que no quieren ser vistas, de la transformación de la educación en adoctrinamiento, de la apropiación del lenguaje, de la resignificación y apropiación de conceptos, de llevar al absurdo las convicciones contrarias en base a una apropiación deformante de valores en los que todo el mundo cree como la verdad y la libertad. Y todo ello enarbolando que su visión es la única que no es ideológica cuando se está con el agua al cuello.

Ana Carrasco-Conde

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