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lunes 17 diciembre 2018

cambio climático

COP 24: La plegaria de los mineros

“Tras el cierre de la mina de carbón de Makoszowy, mucha de la actividad del sindicato ZZG en el pueblo consiste en sesiones de divulgación en las escuelas”.

05 diciembre 2018
20:58
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COP 24: La plegaria de los mineros
Estación de la mina de Makoszowy, cuando aún estaba abierta. Foto: Kris Duda/Flickr. (CC BY 2.0)

El 4 de diciembre es el día de Santa Bárbara, la patrona de los mineros y otros profesionales que trabajan con explosivos. Es una festividad importante que arranca ya al amanecer con una banda de música en Zabrze, un municipio a unos 20 kilómetros de Katowice, la sede de las negociaciones de la ONU. Pero es una celebración agridulce desde que la mina de carbón de Makoszowy cerró en 2016, afirma a través de un intérprete Andrzej Chwiluk, líder del sindicato minero local ZZG.

Santa Bárbara representa una muerte tranquila, explica, lo que es importante para una industria en la que los accidentes laborales pueden ser fatales. ¿Se preocupa por las enfermedades pulmonares? A pesar de que menciona, después, sus propios problemas respiratorios, Chwiluk está a la defensiva: “Los mineros no somos responsables de la contaminación… son los políticos los que propiciaron esta situación”.

En la víspera de la fiesta, hablamos con él en su oficina de madera, adornada con trofeos de fútbol, banderas del sindicato y un cartel de prohibido fumar que –a juzgar por el olor– es puramente ornamental.

En la cumbre climática COP24, que se celebra en Katowice, la presidencia polaca promociona una declaración para la “transición justa”, prometiendo no dejar a los trabajadores atrás en el cambio a una economía limpia.

Para los activistas del clima, el ejecutivo se olvida de la parte de la “transición”: dejar la minería y avanzar hacia empleos verdes. Los gobiernos insisten en que aún se podrá usar carbón durante décadas, independientemente de las políticas climáticas de la UE o de los tratados internacionales.

Aquí en Zabrze, es el aspecto de la “justicia” el que se muestra esquivo a Chwiluk y sus compañeros. Varsovia ordenó el cierre de la mina de Makoszowy en 2016, a pesar (dicen) de las iniciativas para mejorar su rentabilidad. Más de 3.000 personas perdieron sus puestos de trabajo; a los mineros les ofrecieron la transferencia a otras minas, pero el personal administrativo, en gran parte mujeres entre 50 y 65, no tuvo tantas perspectivas. Estiman que entre el 20% y el 30% de los trabajadores y trabajadoras han abandonado el pueblo.

La ONG Bankwatch ha organizado un tour para media docena de periodistas. En un principio iba a incluir una visita a la mina clausurada, pero el permiso fue retirado en el último momento por “razones de seguridad”. “La compañía cree que sois eco-terroristas”, dice Chwiluk, riendo entre dientes.

Nuestras intenciones son no-violentas, pero las diferencias culturales con nuestros anfitriones se vuelven palpables a la hora de almorzar, cuando la mitad de las personas que integran el grupo resultan ser vegetarianas, rehuyendo el tradicional plato de raviolis y ternera. “¿Y qué tal una sopa (de pollo)?”. Risas, disculpas y negaciones con la cabeza. La cocina del club social de los mineros tiene la bondad de preparar una alternativa sin carne.

Aun así, Chwiluk recibe a los medios calurosamente. “Creo que tenemos que hablar alto y claro sobre estos problemas, para que los siguientes que se los encuentren no cometan los mismos errores”, dice.

Muchos de los argumentos del sindicato son calcados a los de la industria: “La minería doméstica es importante para la seguridad energética; las renovables no son fiables; el carbón puede ser limpio con tecnologías de captura y almacenamiento de carbono”. Uno de los cuatro exmineros que comen con el grupo se opone vigorosamente a las turbinas eólicas, a las que considera una amenaza para sus palomas.

Transformar el sistema de energía es posible. El Reino Unido ha reducido la proporción de generación por quema de carbón en el mix desde el 42% al 7% en solo cinco años.

La respuesta de Chwiluk no necesita traducción: “Arthur Scargill”. Al citar al famoso líder sindicalista minero británico de los 80, señala que la transición del carbón del Reino Unido también tuvo un precio social. Algunas comunidades que ha visitado en solidaridad aún no se han recuperado de la pérdida de sus minas.

Ahora que su principal negocio ya no existe, mucha de la actividad del sindicato ZZG en el pueblo consiste en sesiones de divulgación en las escuelas. Los antiguos mineros se visten con uniformes completos, medallas, sables y sombreros ceremoniales para hablar de la historia de la industria.

Gran parte de las niñas y niños tienen al menos un pariente en la industria y se vieron afectados por el cierre de la mina. Nos enseñan algunos de los dibujos de los de preescolar. “Papá, no llores”, dice en uno de ellos.

Los exmineros enseñan su legado a los pequeños y pequeñas, pero estas no son sesiones para captar futuros trabajadores y trabajadoras. Ni siquiera los sindicatos esperan que la nueva generación siga sus pasos. “La ética de trabajo en esta región es una de las más fuertes de todo el país”, afirma Chwiluk. “Los mineros son muy buenos trabajadores, muy disciplinados. Son honestos”.

Nadie, parece ser, se sienta a hablar honestamente con los mineros sobre la velocidad del cambio que suponen los objetivos internacionales. Chwiluk reacciona con asombro ante los resultados de análisis que indican que la UE debe dejar de quemar carbón para 2030 si quiere ajustarse al Acuerdo de París. “No puedo estar de acuerdo con lo que dices”, afirma, aceptando que el fin de la era del carbón llegará, pero viendo 2050 como una fecha más realista.

Ante la ausencia de una visión positiva con empleos verdes, los sindicalistas rezan a Santa Bárbara para conservar su industria, peligrosa y sucia, pero honesta, con vida.

Este artículo se publicó originalmente en Climate Home News. Traducido por Santiago Sáez.

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Megan Darby

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