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miércoles 19 diciembre 2018

cambio climático

Colapso climático, capitalismo y democracia

“La verdadera pregunta que tenemos que hacernos es si podemos, o no, reclamar nuestras democracias y adecuarlas al enorme e inmediato desafío al que nos enfrentamos”, reflexiona la autora.

29 noviembre 2018
12:18
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Colapso climático, capitalismo y democracia
Activistas y voluntarioss de 350.org en un acto en Australia para pedir la retirada de inversiones en el sector de los combustibles fósiles. Foto: 350.org / CC BY-NC-SA 2.0.

Cuando la BBC me pidió que participara en un debate sobre cambio climático, capitalismo y democracia, primero me entró el pánico, y luego acepté. Lo único que quería haber hecho esa semana era terminar y (re)enviar una investigación que había empezado hace bastante tiempo, y que muestra que, a pesar de su crecimiento masivo, la energía y las emisiones de carbono no pueden (según las estadísticas) explicar las mejoras internacionales en la esperanza de vida. Yo la llamo la “paradoja carbono-desarrollo”.

Pero cuando se publicó el informe especial del IPCC sobre el grado y medio, la vida, la investigación y cualquier otro plan que pudiera haber tenido tuvieron que dejar paso a una nueva y más urgente realidad. Supongo que el debate de la BBC, en sí mismo, estuvo bien. Por desgracia, como el discurso público ha estado tan huérfano de contenidos sobre este tema, sobre todo si tenemos en cuenta su importancia existencial (es decir, la amenaza real y presente que constituye para cientos, sino miles, de millones de personas a medio plazo, según las acciones que están en nuestro presente más absoluto), tan solo pudimos repetir lo más básico, y no pasar de la superficie.

Así que aquí planteo dos preguntas que me gustaría que se nos hubiesen hecho, y mi eventual contribución en forma de respuesta: ¿Es la prevención del cambio climático compatible con el capitalismo? Y ¿es prevenir el cambio climático compatible con la democracia?

¿Es la prevención del cambio climático compatible con el capitalismo?

Esta parece ser una pregunta clave, porque en algunos círculos refinados, prevenir el daño irreversible y a escala planetaria a los ecosistemas y a los humanos, solo puede justificarse si prometemos no cambiar el sistema económico del que surgieron esos mismos perjuicios. Sydney Azari, una ecosocialista de Los Ángeles (Estados Unidos), tiene, como de costumbre, el mejor resumen:

La buena noticia sobre el informe del IPCC es que la actual forma de capitalismo no existirá para finales de siglo. Que se deba al colapso planetario o a una transformación radical de la sociedad depende de nosotros y nosotras.

Capitalismo es un término amplio, y cubre muchas definiciones distintas. Kate Raworth, prudentemente, se niega a ser arrastrada a debates sobre esa palabra, por la combinación tóxica de sentimientos y significados ambiguos, entre los que distingue tres:

1. “Capitalismo = economía de mercado”.

2. “Capitalismo = separación de los medios de producción y los trabajadores”

3. “Capitalismo = economía basada en capital que persigue la acumulación infinita”. No son lo mismo, aunque coinciden en parte.

La tercera definición es la que incumbe a este artículo, y podemos afinarla: nuestro capitalismo actual está basado en los combustibles fósiles, y ha convertido a las empresas que suministran estos combustibles en las más rentables de la historia de la humanidad. Los gigantes de los combustibles fósiles y sus industrias aledañas, como la automovilística y la de la aviación, representan nuestro sistema capitalista actual. Nuestra infraestructura y nuestras ciudades están diseñadas a su medida, nuestros mercados funcionan para ellos, y nuestros gobiernos les pertenecen.

Empujando al capitalismo fósil al vacío (de las emisiones)

El informe especial sobre el grado y medio del IPCC, publicado el pasado 8 de octubre (conocido como SR15), muestra definitiva y claramente que nuestras emisiones anuales deben ir desde los casi 40.000 millones de toneladas de CO2 actuales a cero en los próximos 20 años. En la práctica, debemos arrojar al vacío nuestras emisiones, y después deben seguir cayendo sin parar.

La caída al vacio de las emisiones, extraída del resumen para legisladores del SR15

La caída al vacío de las emisiones, extraída del resumen para legisladores del SR15.

Esa caída al vacío es del todo incompatible con la existencia continuada de la industria de los combustibles fósiles y sus amiguetes. No presten atención a las maniobras de lavado en verde de empresas como Shell, pidiendo más árboles el día después de la publicación del informe del IPCC. Lo que de verdad necesitamos, por supuesto, son menos Shells. Para ser más exactos, ninguna. Cero.

Y el mero hecho de que prevenir el colapso climático sea incompatible con la propia existencia de las empresas de combustibles fósiles significa que tomarse en serio el cambio climático implica derribar el capitalismo fósil, con sus motores de acumulación, dominación, explotación y destrucción. Este es un monstruo que no puede ser domesticado ni reformado: debe ser destruido, para que el resto de nosotros y nosotras, así como los ecosistemas de los que dependemos, podamos vivir.

¿Significa esto el fin de toda la empresa privada y el ánimo de lucro? Por supuesto que no. De hecho, como ya han advertido numerosos sectores y organizaciones empresariales, sus futuros son mucho más halagüeños en un escenario sostenible (es decir, no en una devastación tipo Mad Max). Como era de esperar, sus voces y posturas se han visto ahogadas por las enormes cantidades de dinero e influencia de los barones del petróleo, el carbón y el gas. Así que acabar con el capitalismo fósil no implica el fin de los mercados, la propiedad privada o el ánimo de lucro. Sin embargo, sí significa que hay que trabajar de manera activa y consciente para detener en seco a las compañías de combustibles fósiles.

Nuevas voces, más claridad

Es esperanzador que lo que solía ser inmencionable (excepto en los extremos habitados por las Cassandras habituales, aquellas que ven y hablan solo por principios, sin preocuparse por sus reputaciones en “círculos refinados” –como Kevin Anderson, Alice Larkin o Naomi Klein–) finalmente se dice abiertamente: tenemos que hacer todo lo posible para detener a las industrias fósiles y a sus aledañas, reduciendo por lo tanto las emisiones a cero. En el fondo, cualquiera que conociera la realidad del cambio climático también sabía esto, pero era más cómodo esconder “refinadamente” esa realidad. Yo lo llamo “esconderse tras el mercado”. Sería algo así: Tendríamos un modelo del sistema energético y los costes monetarios del carbono, así como varias tecnologías (renovables, electricidad…). Entonces, para conseguir un futuro deseable, tendríamos que aumentar el precio del carbono hasta un determinado precio y a una velocidad dada. A su vez, esto haría que los productos de los compañías de combustibles fósiles dejasen de ser rentables, enviándolas al lugar al que las corporaciones más rentables y gigantescas de la historia van cuando sus números pasan al rojo.

De acuerdo, no he podido evitar embellecerlo un poco, pero creo que está más o menos claro: la idea de unos mercados en delicado equilibrio, en los que simplemente se puede aumentar el precio del carbono más allá del punto en que Exxon-Mobil, BP, Gazprom, Saudi-Aramco y el resto caen en bancarrota sin que se den cuenta o intervengan en forma alguna, es risible. Los mercados solo funcionan así en los modelos. En la realidad, los perros de presa (fósiles) hacen todo lo posible para mantener fuera de juego a los cachorritos peludos y suaves (renovables y bajo consumo de energía). Eso tiene un nombre en economía política: intereses privados.

Ha habido muchos cambios recientemente, y aunque lleguen algo tarde, son bienvenidos. Científicos y comentaristas económicos ya no se esconden silenciosamente “tras el mercado”, ni se limitan a pedir precios de carbono altos, impuestos o mercados de emisiones. Ahora están montando el rompecabezas y señalando al punto en el que esos precios, impuestos o mercados tienen que llegar para ser efectivos. Están hablando abiertamente del poder de esos intereses privados. Algunas citas recientes muestran cómo la nueva conciencia de nuestra urgente realidad ha hecho posible esta claridad:

“Una política [efectiva] de ese tipo sería un precio de carbono que empezase alrededor de los 30€ por tonelada de CO2, lo que, muy probablemente, haría que las inversiones en centrales de carbono dejasen de ser rentables. La movilidad libre de emisiones, como la de los coches eléctricos, podría entonces convertirse en una opción atractiva dado que los consumidores esperarían un aumento en el precio del carbono, y el motor de combustión interna sería reemplazado progresivamente”. Ottmar Edenhofer y Johann Rockstrom en The Guardian.

“Incluso en ausencia de un nuevo organismo, ellas [las instituciones internacionales] estarían trabajando juntas para enfrentarse a la inevitable oposición al cambio por parte del lobby de los combustibles fósiles”. Larry Elliot, editor de Economía en The Guardian.

“Creo que tenemos que empezar a debatir quién va a pagar [los costes del cambio climático y la absorción de carbono de la atmósfera], y si es correcto que la industria de los combustibles fósiles y sus clientes disfruten hoy de los beneficios, esperando que la próxima generación pague la limpieza”. Myles Allen, Universidad de Oxford, en Nature.

Esta claridad hace que nuestra misión y sus dificultades estén más claras que nunca. Nuestra lucha tiene que ser una de liberación de nuestras sociedad de los intereses privados de las industrias impulsadas por los combustibles fósiles. ¿Pero cómo?

Matando al dragón del capital fósil que plaga nuestras sociedades

Hay muchas maneras de librarnos de las industrias fósiles y su dañina influencia. Además, las acciones para prohibir los combustibles fósiles tienen efectos amplios y que empapan otros sectores. Crean ondas que atraviesan nuestras sociedades, haciendo los siguientes pasos más posibles y rápidos. Trabajar por la desinversión (retirar la inversión de las compañías fósiles) es una de las mejores maneras de actuar. El Parlamento Europeo, siguiendo el liderazgo de Molly Scott Cato (quien también estaba en el debate de la BBC), ha dado grandes pasos en esa dirección: una amplia coalición ya advierte de que invertir en combustibles fósiles es, al mismo tiempo, arriesgado y dañino. Muchos fondos de pensiones, organizaciones e instituciones (como universidades) ya han retirado con éxito sus inversiones de los combustibles fósiles, y la cuenta sigue creciendo. En un paso posterior, tendríamos que convencer a nuestros líderes y gobiernos de que acabasen con toda la financiación y los subsidios a las industrias fósiles.

Otra gran manera prohibir los combustibles fósiles es intervenir físicamente, deteniendo a estas industrias en los lugares en los que extraen o transportan los materiales. Esto es lo que buscan movimientos como el anti-fracking del Reino Unido, o el anti-oleoductos en Canadá y Estados Unidos y otros.

Estas son algunas acciones directas que podemos llevar a cabo para detener el poder de las industrias fósiles. A través de estas acciones podemos convertirlas rápidamente en industrias tóxicas e inviables. Sin embargo, esta va a ser una lucha dura e injusta, en la que todas las fuerzas del poder capitalista serán puestas en juego, como en el caso de los activistas anti-fracking británicos que fueron detenidos y condenados a hasta 15 meses de cárcel (la sentencia, por suerte, ha sido anulada por un tribunal de apelación, y los activistas puestos en libertad). Por eso creo que sería de gran ayuda describir sin complejos aquello a lo que nos enfrentamos: es el capitalismo fósil.

El dragón del capital fósil es un monstruo inmenso, rentable y acumulador, con tentáculos en todos los rincones de nuestros gobiernos y el planeta, y sin verlo no podremos prepararnos para la lucha que nos espera, y podríamos desanimarnos demasiado pronto. Si tenemos una visión realista de la lucha por nuestro futuro, aprenderemos de los esfuerzos del pasado, anticipándonos a las despiadadas acciones del lobby fósil y animándonos las unas a las otras. Porque lo que está en juego aquí es demasiado importante como para que la derrota sea una opción.

¿Es prevenir el colapso climático compatible con la democracia?

Esta pregunta se basa en una premisa falsa, una narrativa falsa que funciona, más o menos de la siguiente manera: como una gran mayoría de la gente, por su propia voluntad, no ha dejado ya de consumir combustibles fósiles o exigido cambios a gran escala, eso significa que no puede confiarse esta agenda a “la gente”, y que solo un dictador, benévolo o no, puede tomar acciones efectivas y forzar medidas impopulares.

Esa narrativa está tan llena de errores que solo porque está bastante extendida merece la pena analizarla. Lo primero es que “la gente” no es una masa uniforme, y sus miembros no comparten por igual la culpa por causar el colapso climático. Lo segundo es que no se puede decir que “la gente”, o al menos la gran mayoría, hayan recibido información imparcial sobre sus opciones. De hecho, la influencia de las poderosas industrias de los combustibles fósiles, incluyendo a los fabricantes de automóviles y la aviación, ha conseguido retrasar y reducir la acción climática, así como sembrar confusión y desinformación sobre la realidad a la que nos enfrentamos.

Así que, en vez de dictadores benévolos ficticios haciéndonos tragar acciones de mitigación climática, nos encontramos bajo el yugo de los intereses fósiles, que nos impulsa a seguir consumiendo sus productos tóxicos, nos beneficien o no. Y si esto les suena familiar, no es ninguna coincidencia que las empresas de combustibles fósiles hayan contratado al brazo propagandístico de la industria del tabaco para retrasar la acción contra el cambio climático. Por desgracia, sus tácticas han funcionado casi siempre.

La verdadera pregunta que tenemos que hacernos es si podemos, o no, reclamar nuestras democracias y adecuarlas al enorme e inmediato desafío al que nos enfrentamos. La mayor parte de las personas, aquellas que no son psicópatas (o cuyo sentido de la empatía y la decencia no se ha atrofiado al heredar riquezas en cantidades absurdas), quieren cosas buenas para sí mismas, sus vecinos y vecinas, sus familias y, en general, para otra gente. Quieren contribuir y sentir que están construyendo algo. Quieren un propósito y mejorar sus vidas y las de los demás. Y, como es natural, cuando comprendan la escala, alcance y urgencia del colapso climático, querrán actuar para reducir esa amenaza. No importa en qué país vivamos, podemos tomar ejemplo de una nueva generación de jóvenes líderes políticos, como Alexandria Ocasio-Cortez en Estados Unidos, que han propuesto planes masivos de promoción de las energías renovables. También hay iniciativas de jóvenes activistas, como ThisIsZeroHour y PlanB, que están exigiendo a sus gobiernos que actúen para evitar el colapso climático.

Todo esto nos lleva a un cambio en la pregunta: por supuesto que los procesos democráticos van a acelerar la acción climática, pero solo si se cumplen ciertas condiciones. Lo primero es que debemos realizar una labor de concienciación masiva, entre todos y todas (y no solo las personas que nos dedicamos a la ciencia), y organizar (y seguir organizando) una educación global de una escala y con una extensión nunca vista. Tenemos que concienciar sobre el cambio climático usando el informe del IPCC como base, en escuelas, comunidades y centros de trabajo. Y trazar planes para presionar a nuestros representantes electos y otras personas en puestos de responsabilidad.
Cada inversión, cada intervención, cada decisión es una encrucijada en el camino de los gases de efecto invernadero. ¿Tomaremos la ruta de las mínimas emisiones o seguiremos alimentando al dragón fósil?

Debemos asegurarnos de que, ante cada decisión, la opción que se tome sea la que conlleve menos emisiones (y si hay una alternativa con aún menos emisiones que no se esté considerando, visibilicemos y viabilicemos esa opción). Por supuesto, tendremos que seguir luchando contra un mundo de post-verdad, propaganda y manipulación, pero el antídoto para eso no es menos democracia, sino más.


Julia K. Steinberger es investigadora en Economía Ecológica y Ecología Industrial y profesora asociada en la Universidad de Leeds. Expresa sus pensamientos aquí.

Este artículo se publicó originalmente en Medium. Traducido por Santiago Sáez.

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Julia K. Steinberger

Julia K. Steinberger

2 comentarios

  1. Viejo árbol
    Viejo árbol 03/12/2018, 16:39

    Lo que propone el artículo es totalmente necesario, pero no suficiente. La ambición insaciable no es propia sólo de los capitalistas fósiles. Y la competencia espiadada no desaparecera con los combustibles fósiles, En un mundo dominado por la ambición y la competencia el medioambiente, que no compite,nos deja hacer, acabará pagando las consecuencias. Y la humanidad detrás.

    Responder a este comentario
  2. ArroyoClaro
    ArroyoClaro 01/12/2018, 19:06

    España es uno de los países más vulnerables al cambio climático y hay que actuar contundente y urgentemente para reducir las emisiones causantes de este problema. Porque los escenarios de futuro son preocupantes, tanto por sus consecuencias en el medio ambiente como en la sociedad.
    Tendemos a pensar que el cambio climático es un problema lejano, casi ajeno, pero no es así. Debemos concienciarnos sobre él antes de que sea irreversible. Ese es el objetivo de este análisis. Resaltar sus efectos no para quedarnos en ellos, no para ser catastrofistas y pensar que no se puede hacer nada, si no todo lo contrario: para decir una vez más que sí se puede y la solución está ahí.
    https://es.greenpeace.org/es/trabajamos-en/cambio-climatico/asi-afecta-el-cambio-climatico/?utm_medium=email&utm_source=newsletter-socios&utm_campaign=Cambioclimatico&utm_co

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