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miércoles 12 diciembre 2018

Opinión

Volver a Génova. Crónica imaginada de asalto y montería

“Las democracias liberales tienen estas trazas: siguen mandando los mismos que en las dictaduras pero todo se hace con algo más de discreción”.

25 julio 2018
10:08
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Volver a Génova. Crónica imaginada de asalto y montería
Pablo Casado y José María Aznar en la sede del PP, en Génova. Twitter Pablo Casado

Estas cosas, en Estados Unidos, es fácil imaginarlas gracias a la ficción televisiva. Un grupo de grandes hombres, ocasionalmente ya incluso alguna gran mujer, vestidos con ropa relajada de golfista. El mar al fondo, porche de gran mansión, el Glenfarclas del 55 en los vasos, diez mil euros la botella. El dueño de la casa hace un gesto con la ceja al jefe del servicio, los uniformados salen prestos de la escena. Y en ese momento, tras haber bromeado insustancialmente, con el cielo rojizo del atardecer, es donde se empiezan a tomar decisiones, donde se hace la política más efectiva, que es la que queda al margen de urnas y papeletas.

En España todo sucede de forma parecida, a pesar de que nuestra ficción, de momento, solo se parezca a la norteamericana cuando nos muestra los líos hace treinta años entre el narcotráfico gallego y su derecha. Por eso estos episodios primero hay que escribirlos. La escena aquí me gusta imaginarla en un reservado de asador, quizá en las últimas horas de la tarde en una casa solariega tras un día de montería, finca extensísima en Toledo o Jaén, ropa de cazador o equitación en vez de la de golfista. Brandy por whisky.

Alguien, en uno de esos conciliábulos de la política del susurro, debió pensar que el tema estaba yendo demasiado lejos y que tan malo era tener llena la calle con chavales indignados que los balcones repletos de banderas cara al sol. Para los países, esto es, para los negocios, lo mejor es la calma y la celebración. Además, reducir el conflicto ideológico a asuntos que no toquen las estructuras del dinero, como marca la moda actual, es lo más conveniente para los que atesoran y deciden.

Una vez que los profesores de la Complutense perdieron el charme no tenía demasiado sentido seguir promocionando a una banda de lunáticos acelerados de la que nadie, ni siquiera sus padrinos, acababan de fiarse del todo. “Le falta cuajo y le sobra ambición”, dice alguien que mira por la ventana; “todos tuvimos ambición de jóvenes”, responde otro desde la mesa; “ya, pero su trabajo es ocultar la nuestra, no promocionar la suya”. A menudo, quien ejerce de incendiario es detenido cuando ya no se necesita que Roma siga ardiendo, por eso a Rivera le cuesta más salir en la foto.

Hay que llegar, sin embargo, al asunto clave, por mucho que se haya postergado durante todo el día, evitado como a un acompañante del que se sabe que la enfermedad le tiene sellado el calendario. “Mariano no sale de esta, ¿verdad”, habla el nuevo, el que aún está a prueba. Silencio, miradas al suelo, uno niega con la cabeza. “¿Y no podemos hacer nada?”, insiste, más que por afinidad por el esfuerzo que ha hecho al colocar sus porteros automáticos con esta administración. “Por poder podríamos hacer todo, como siempre. Pero ya no”. Las relaciones entre el dinero y sus representantes políticos son de extrema complicidad hasta que la impericia de los segundos pone en peligro los resultados de los primeros, justo ahí se dejan de coger los teléfonos, o peor, se empiezan a hacer llamadas.

“Y a quién le toca”, murmura un hombre sexagenario y orondo con el mismo tono con que pediría un postre. “Pues primero a Sánchez y luego a Soraya”, dice ella, tan certera y cortante con las palabras como con la escopeta. “¿Ya es de fiar?, acuérdate de la entrevista aquella de la tele…”, expresa sus dudas Don Tiramisú, moviendo su cara de morsa. “Eso es lo que le pasa a alguien acorralado, que si se tiene que llevar por delante a quien sea se lo lleva. Pero ahora Sánchez sabe que tiene cerca el gobierno y a nadie, a nadie –y recalca la palabra con un golpe de su anillo sobre la mesa– se le ocurre airear los trapos sucios acariciando el triunfo. Además son como siameses, salvando a unos salvamos a los otros. Tan mal no nos ha ido”.

La decisión se toma. Se descorren las cortinas. Se vuelve a salir al aire libre ya con la luna en el cielo, con los camareros repartiendo gilipolleces en bandejitas. Las caras toman otra vez la expresión de preguntar por los nietos, por cuál va a ser el próximo fichaje, por fingir interés en la salud de la esposa, hoy ausente. Se les da bien, les educaron desde pequeños para esto. Nadie diría que allí ha pasado nada, si les hiciera falta serían excelentes asesinos: nada personal, la sangre y el dinero huelen a lo mismo.

Aquello no es fácil de comunicar. No hay llamadas directas, no hay botones que se aprietan, no hay audiencia en el Palacio del Pardo. Pero existen los cauces. Las democracias liberales tienen estas trazas: siguen mandando los mismos que en las dictaduras pero todo se hace con algo más de discreción. En ocasiones incluso hay hasta sobresaltos, a alguno hasta le gusta. Sin embargo, cuatro o cinco, de quince o veinte, a pesar de que han dado su aprobación no están conformes. Saben que no hubiera valido de nada oponerse y que ya bastante gritaron la última vez, contra los catalanes. En España todavía algunos llevan dentro la ideología antes que el utilitarismo, que es también ideología pero con la asepsia que dan los balances.

Y estos también hacen sus llamadas, también confabulan, otro día, sin que se note demasiado. Porque piensan que este país sigue necesitando un escarmiento, porque creen que lo que vale en California no es aplicable en tierra de jara y alcornoque. Son los que no tienen entre el servicio a ningún suramericano, menos a un negro, ni siquiera a ninguna española sin bautizo. Los que utilizaron expresiones como “ponerles firmes” cuando las plazas se llenaron de tricolores. Los que en el despacho de casa guardan en el cajón la lüger que Vallejo-Nájera regaló a padre. Fueron tiempos difíciles pero con honra y cojones, piensan.

Y entonces, a la conde-duquesa de Olivares, una de las mujeres mejor conectadas del país, de ese país que ocupa una cuantas hectáreas del Paseo de la Castellana, se le hiela su ya de por sí difícil sonrisa. El niñato, piensa, le ha levantado la oportunidad de volver a hacer lo que ya llevaba haciendo unos cuantos años, pero sin la sombra del gallego: gobernar. Lo ve como sube y da el discurso y ella aplaude, qué remedio. Pero lo que más le jode –y se sonroja un poco al utilizar esta palabra aunque sea consigo misma– no es perder, es que los que están allí le quieren, se emocionan, vibran como hace mucho que no lo hacían. Al menos como nunca lo hicieron con ella.

  • Ana –dice sin apenas mover la sombra de bigote.
  • Dime, cariño.
  • Dile al servicio que me planchen el traje. La semana que viene vuelvo a Génova.

(Continuará…)

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Daniel Bernabé

Daniel Bernabé

Nacido en Madrid en 1980, aunque siempre vivió en Fuenlabrada, ciudad de la periferia donde las eses se sustituyen por jotas y el orgullo de clase obrera es todavía un valor a tener en cuenta. Ha probado suerte en el periodismo y la narrativa, y ha practicado el dandismo sin mucho éxito. Su último ensayo se titula La trampa de la diversidad.

1 comentario

  1. Carmen C.
    Carmen C. 02/08/2018, 12:52

    Poderoso caballero es don dinero.
    Ellos tenían el dinero, por éso la guerra del 36 la ganaron ellos y ellos, jugadores sucios y sin escrúpulos, siguen teniendo el dinero, y por tanto los apoyos y el poder, y siguen ganándonos todas las guerras mientras han sabido adormecer y engañar una y otra vez a la clase trabajadora.

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