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viernes 20 julio 2018

Opinión

‘Queridísimes verdugues’: una historia de cambios, palabras y poder

“Que Carmena hable de ‘elles’ entra dentro de la misma dinámica que cuando se pronuncian las palabras tolerancia, cambio y libertad”.

11 julio 2018
11:32
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‘Queridísimes verdugues’: una historia de cambios, palabras y poder
El cuadro de Delacroix 'La libertad guiando al pueblo' (1830).

No cabe duda que el proyecto Carmena, eso que surge cuando un partido político deviene en un producto, es entrañable, simpático y, en términos de marketing, profundamente adaptativo: igual te firma un acuerdo especulativo con los constructores en el norte de la ciudad que te defiende el lenguaje inclusivo de última generación en el centro. Para el sur la cosa sigue como siempre. No hay contradicción de términos, el capitalismo es un sistema profundamente promiscuo capaz de asumir toda la diversidad identitaria que haga falta mientras que los individuos puedan pagar por ella.

Carmena, para cerrar el desfile del Orgullo, habló de “queridísimes”, que aunque el corrector me lo marque cuando lo escriba es la forma con la que reducidísimos activistas digitales amplían la gama de representación léxica para que ninguna identidad de género se sienta excluida. Aunque el asunto parece novedoso, ya a mediados de los noventa Mark Renton, el protagonista de Trainspotting, nos advertía de ello: “Diane tenía razón, el mundo está cambiando, la música está cambiando, las drogas están cambiando. Incluso los hombres y las mujeres están cambiando. Dentro de mil años ya no habrá tíos ni tías, solo gilipollas. A mí me parece de puta madre”.

A mí, como al escocés, me parece estupendo que la gente hable como quiera, que se sienta lo que quiera. De hecho, exceptuando a unos pocos reaccionarios que nunca entendieron que sus rigideces fueron solo una etapa que el capitalismo necesitó para meter a los rojos en vereda, casi nadie se siente ofendido por estas cuestiones de índole personal. De hecho, en un momento en que el lenguaje se pliega a todo tipo de artificialidades y presiones, una más tampoco nos va a hacer ningún daño.

Que Carmena hable de elles entra dentro de la misma dinámica que cuando se pronuncian las palabras tolerancia, cambio y libertad. Vocablos que todo el mundo cree saber lo que significan, que como fantasmas de otra época, nos evocan grandes y dignas gestas por una sociedad mejor. El problema es que en nuestro presente el lenguaje se ha vuelto como el sistema económico, promiscuo, rompiendo significados y significantes y volviéndolos a unir a conveniencia de quien pueda pagar por ellos.

Así, cuando Carmena habla de tolerancia todos creemos entender que se refiere a que las identidades sexuales mayoritarias toleren a las minoritarias, algo que por otra parte, asumiendo la mejor versión del término, a mí me parece bastante feo: tolerar significa permitir algo que no nos acaba de gustar desde una posición de superioridad. Sin embargo, habría que preguntarse si la tolerancia, en el fondo, no significa ya asumir que por el Orgullo circule una carroza de Deliveroo, si tolerar lo que acaba queriendo decir es que nos parece bien que una fila de trabajadores, atomizados en unidades de producción, se sienten en la esquina del McDonalds de Sol mirando a sus móviles mientras que esperan un nuevo pedido que transportar a toda prisa.

Libertad, por ejemplo, nos retrotrae a ese cuadro de Delacroix donde unos revolucionarios marchan tras la alegoría sobre los cuerpos de sus hermanos caídos con la pistola en ristre. La pintura, de 1830, nos explica que cuando el Antiguo Régimen volvía a asomar la patita, a los ciudadanos no les quedaba más remedio que salir a la calle a hacer política, a defender sus conquistas al precio que fuese. Eran otros tiempos, tiempos modernos, en los que todos sabían que el poder, en último término, reside en la boca del fusil. De hecho, unos años más tarde, en 1848, el tío del sombrero de copa con pinta de Lincoln, una vez que tuviera su poder bien atado, giraría las armas contra el crío desarrapado de la derecha de la escena, contra esa joven clase trabajadora que pasó de ser instrumento a amenaza.

Libertad hoy en día se refiere a que Idealista tiene la libertad de aparecer también en el desfile del Orgullo y a que quizá alguien le grite en tono zarzuelero -Madrid sigue siendo Madrid- lo caros que están los alquileres. La diferencia es que mientras que el que vocea acaba protagonizando un tuit tan celebrado como efímero, los Encinar -y otros pocos- seguirán convirtiendo el centro de Madrid en esa postal de bicicletas, cupcakes y diseño tan rentable para la banca y la gran burguesía y tan ponzoñosa para los vecinos que son desplazados como si algún tipo de guerra que no se libra con armas de pólvora asolara sus barrios.

Y llega el cambio, ese del que hablaba Renton, ese del que habla Carmena, ese del que hablan las empresas californianas de la nueva economía, ese al que se apuntan los candidatos del Partido Popular. Heráclito, que ya no es un filósofo, sino la coartada criminal de la gig economy, se pasea como un jinete del apocalipsis haciendo que celebremos cualquier novedad como positiva, en esta Isla Calavera donde a falta de pasado y futuro, tan solo nos queda bailar borrachos de soberbia sin comprender que las cuatro cosas que conseguimos en el siglo XX están a punto de vaporizarse para siempre. Permítanme un consejo: cuando alguien les hable de cambio, interróguenle, al estilo de los detectives de novela negra si es necesario, desde dónde se parte y hacia dónde se dirige esa transformación. Lo demás es humo, a lo peor, tóxico.

Porque lo cierto es que una vez acabado el Orgullo, la mayoría de ellos, ellas y elles, cogerán el metro al lunes siguiente para mover con su fuerza de trabajo una gran maquinaria para la que solo son carne de cañón, irán a vivir a unas casas que ya no son refugio si no cifra en el gran teatro de lo especulativo. Ya nos lo advierte Eagleton: “La sociedad capitalista relega a sectores enteros de su ciudadanía al vertedero, pero muestra una delicadeza exquisita para no ofender sus convicciones”.

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Daniel Bernabé

Daniel Bernabé

Nacido en Madrid en 1980, aunque siempre vivió en Fuenlabrada, ciudad de la periferia donde las eses se sustituyen por jotas y el orgullo de clase obrera es todavía un valor a tener en cuenta. Ha probado suerte en el periodismo y la narrativa, y ha practicado el dandismo sin mucho éxito. Su último ensayo se titula La trampa de la diversidad.

3 comentarios

  1. epicúreo
    epicúreo 14/07/2018, 12:37

    Las formas y el fondo o como las formas acaban por desvirtuar el fondo. No solo hay que combatir al enemigo sino que hay que procurar que las formas de hacerlo no signifiquen un arma en tu contra y el enemigo las use para desvirtuar el fondo. Hoy en día usar el fusil se volverá en nuestra contra, ETA siempre fue un apoyo al sistema y por eso el sistema lo echa tanto de menos. Hay que luchar de otras formas, sin dudas colectivas, organizadas y que tienen mucho que ver con la cultura y la educación, este capitalismo consumista es sin duda un enemigo formidable y hay que combatirlo sin tregua procurando que las pequeñas luchas no nos desvíen del objetivo principal, hay que combatir su economía y sus medios de propaganda, hoy por hoy vamos perdiendo por goleada.

    Responder a este comentario
  2. Name (required)
    Name (required) 11/07/2018, 21:57

    Qué buen artículo. Y seguimos en la trampa, y unas pequeñas batallas se ganan y los que se oponían las asumen o directamente se las apropian y lo ‘toleramos’. Pero ya hay otras luchas en marcha y otras gentes peleándolas y desgastándose porque el verdadero problema, el mal, el capital seguía ahí.

    Responder a este comentario
  3. Lechuza
    Lechuza 11/07/2018, 19:21

    Pues si, ese dualismo entre pensamiento y realidad, tan antiguo, tan actual…es a la vez el que ha movido el mundo, para bien o para mal.Menos mal que aún existe porque a juzgar por lo que vemos en los medios y redes, podría suceder que ni siquiera el pensamiento existiera y sólo tengamos realidad a palo seco…
    La alienación hace mella!!

    Responder a este comentario

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