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domingo 17 diciembre 2017

Cultura

Raquetazos contra el machismo

‘La batalla de los sexos’ relata el enfrentamiento entre los tenistas Billie Jean King y Bobby Riggs con la causa feminista de fondo.

03 noviembre 2017
10:13
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Raquetazos contra el machismo
'La batalla de los sexos'. ©2016 Twentieth Century Fox Film Corporation

El pasado 1 de marzo, el eurodiputado polaco Janusz Korwin-Mikke se levantó en el pleno del Parlamento de Bruselas y dijo, sin asomo de rubor, que era lógico que las mujeres cobraran menos dinero que los hombres puesto que son “más débiles, más pequeñas y menos inteligentes”. Su opinión, desgraciadamente, no sorprende: hay muchos hombres que piensan lo mismo. Lo que sorprende es que verbalizara ese pensamiento, que lo expresara en voz alta como si fuera algo natural, sin pensar en el revuelo que iba a producir o en las consecuencias que le podría acarrear semejante exabrupto. El sociólogo Pierre Bourdieu explicaba (en un artículo de 1998 recuperado recientemente por Le monde diplomatique) este comportamiento recurriendo a un “orden establecido” que se perpetúa con facilidad y cuyas relaciones de dominación más intolerables “pueden a menudo aparecer como algo aceptable e incluso natural”.

En el mundo del deporte sigue considerándose ‘natural’ que los hombres cobren más que las mujeres. Pero hubo una mujer, la tenista Billie Jean King, que pensó que aquello era efectivamente intolerable y se propuso corregirlo. Corría el año 1972. La final femenina del US Open vendía el mismo número de entradas que la masculina. ¿Por qué, entonces, deberían ellas cobrar hasta ocho veces menos que los hombres?, se preguntaba Billie Jean King. La respuesta que por aquel entonces le dio Jack Kramer, promotor del Abierto de Los Ángeles, no fue muy diferente a la barbaridad del eurodiputado polaco. A su juicio, la emoción y la competitividad de un partido entre hombres no podía compararse con el de uno entre mujeres. Ese era el marco mental, y lo sigue siendo en buena medida. Ese era el “orden establecido”, un sistema basado en la mitificación cultural del guerrero, un constructo de cuyos peligros ya alertó Virginia Woolf en 1938 en su ensayo Tres guineas: se trata de la imposición de “un macho monstruoso, de voz atronadora y puños duros que, de forma pueril, marca con tiza en el suelo unas líneas místicas de demarcación en las cuales quedan fijados los seres humanos, rígidos, separados, artificiales”. Para Billie Jean King, esas líneas de demarcación fueron las líneas de una pista de tenis, pero no solo. Había áreas perfectamente definidas que limitaban, de forma artificial, su vida laboral (como mujer que debía cobrar menos que un hombre) y sentimental (como lesbiana).

El duelo Riggs-King

El movimiento feminista de la década de 1970 y la pretensión de las mujeres tenistas de cobrar lo mismo que los hombres sacaron del baúl de los recuerdos a un viejo campeón, Bobby Riggs, dispuesto a poner las cosas otra vez ‘en su sitio’. Riggs volvió a las pistas con 55 años para jugar dos partidos de exhibición con las mejores tenistas del circuito femenino. Su propósito, aparte de salir del olvido y ganar unos dólares, era representar la supremacía del hombre sobre la mujer como algo natural e incuestionable. Riggs aportó a todo lo que rodeó a aquellos partidos ese aire circense y espectacular tan del gusto del público estadounidense. Se presentó como abanderado del machismo, representando un papel cómico de bocazas ultramontano (la similitud con Donald Trump es inevitable) que ganó una inmensa popularidad. Pero Billie Jean King se tomó en serio aquel duelo. No podía ser de otra manera. La película La batalla de los sexos, con Emma Stone y Steve Carell (ambos geniales) en sus papeles protagonistas y que llega a los cines este viernes, cuenta la historia de ese enfrentamiento.

Su distribuidora, Fox España, organizó un pase previo en la Academia de Cine y un coloquio moderado por Mar Mas, presidenta de la Asociación para Mujeres en el Deporte Profesional. Una de las participantes, la exgimnasta rítmica Almudena Cid, hizo hincapié en ese “orden establecido” que ella tardó mucho en identificar como pernicioso. La interiorización de determinados valores culturales acaba calando en nosotros de forma inadvertida. Así funciona el machismo. El hecho de que un atleta gane una medalla y aparezca en las portadas de los periódicos y que no ocurra lo mismo si es una mujer la que gana debería llevarnos a reflexionar. “Yo tardé mucho tiempo en darme cuenta de que había normalizado cosas que no son normales”, dijo Almudena Cid. Entre las cosas que no son normales está la visibilidad del deporte femenino, la equiparación de salarios o el respeto que se merecen las deportistas. Y por extensión, las mujeres, obvia decirlo.

“La película está ambientada en 1973, pero podría estarlo perfectamente en la actualidad”, afirmó, por su parte, Sandra Gómez, motociclista que ha sido campeona del mundo de SuperEnduro. A menudo compite en categorías mixtas, contra otros chicos, lo que sigue suscitando todo tipo de comentarios machistas. Cada vez son menos, eso es cierto, pero el cambio definitivo está llevando demasiado tiempo. Y el “poco a poco” ya no es una opción, como dice Mar Mas: “El poco a poco se ha acabado. Más portadas. Igualdad de salarios. Que las televisiones públicas emitan deporte femenino. Eso es lo que queremos. Ya”. El lema de su asociación es (políticamente) muy elocuente: “Cambiemos las reglas del juego”.

Eso es lo que se propuso Billie Jean King, y lo consiguió en su ámbito de influencia (el Open de Estados Unidos paga el mismo premio al ganador del cuadro masculino y a la ganadora del femenino desde 1973; Wimbledon, por ejemplo, tardó 34 años en igualar las bolsas). “Ojalá esta película se hubiera estrenado mucho antes”, dijo la extenista Lourdes Domínguez sobre el carácter inspirador de la cinta que dirigen Jonathan Dayton y Valerie Faris, los creadores de la magnífica Pequeña Miss Sunshine (2006). Y la historia que narran, evidentemente, va más allá del deporte o de mostrar un simple combate físico entre hombres y mujeres. Eso sería ridículo.

Como escribe la bloguera feminista Amanda Marcotte en Slate.com, “los hombres que se oponen al feminismo se apoyan con frecuencia en el hecho de que los atletas masculinos tienen, generalmente, mejores marcas que las atletas femeninas. Comprendo que muchas feministas contesten, como acto reflejo, que eso no es así, y que intenten desmentirlo sobre un campo de juego, pero la respuesta correcta es mucho más simple. Se trata de alzar los hombros y decir: ‘¿Y qué?’. Que los jugadores de la NBA puedan saltar más alto que las de la WNBA no tiene nada que ver con la legalidad del aborto. Que los futbolistas de un Mundial corran más rápido que sus equivalentes femeninas no cambia el hecho de que las trabajadoras deberían cobrar el mismo sueldo que sus compañeros hombres”. O dicho de otra forma: fuera cual fuese el resultado del Riggs-King (un evento que consiguió reunir a 50 millones de estadounidenses ante el televisor y cuyo final, por si alguien no lo conoce todavía, no desvelaremos), no cambiaría el hecho de que la causa feminista es justa y urgente. De hecho, la igualdad de hombres y mujeres es, junto al cambio climático, el gran tema de nuestro tiempo. Y como dice Mar Mas, “el poco a poco se ha acabado”. El cambio de paradigma no puede esperar más.

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Manuel Ligero

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