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martes 26 septiembre 2017

Opinión

Anteinfierno

“Esta historia aún no ha ocurrido, es un futuro que late como posibilidad del presente, pero que sin embargo se podría contar en pasado porque ya ha tenido lugar”.

13 septiembre 2017
13:51
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Anteinfierno
La imagen, de Gustave Doré, ilustra el canto 1 del Infierno de la 'Divina Comedia'.

Dante cuenta en su Divina Comedia que antes de entrar al infierno existía un lugar donde moraban los ignavi, aquellos que no habían hecho el mal pero tampoco se habían decantado por el bien. Esta antesala, a orillas del río Aqueronte, no era el infierno propiamente dicho, pero tampoco estaba fuera de este, era un castigo por contrapaso, una inversión de las faltas de los condenados, que eran obligados a perseguir eternamente una bandera sin pabellón, blanca, ni siquiera por creer en ella, sino porque era la única forma de evitar a los enjambres de avispas que les breaban. Los indiferentes, esquivos perennes, quedaban varados en la revelación de que su no postura en vida no había tenido unos altos fines éticos, sino que tan sólo había sido una estrategia buscando el interés propio, callando a tiempo y hablando a conveniencia.

Esta historia aún no ha ocurrido, es un futuro que late como posibilidad del presente, pero que sin embargo se podría contar en pasado porque ya ha tenido lugar. No conviene dar fechas ni lugares, no conviene dar nombres ni descripciones precisas, no tanto por el posible miedo que pueda sentir el narrador, sino por no despertar nuestra ceguera egoísta, aquella que nos hace creernos a salvo por pensar distantes los tiempos y alejados los lugares, por sentir a la alta figuración que traza los caminos por donde andamos inasequible a nuestras decisiones y por tanto sentirnos a salvo de las suyas. La indolencia nunca es refugio, siempre es interperie.

Tenemos a cuatro hombres que pretenden reunirse en un castillo, quizás un palacio. Podría ser el de Silling, en Suiza, o Marzabotto, en Italia, incluso el del Pardo, en el norte de Madrid. No son hombres convencionales, de los que tienen una vida de horizontes limitados por no haber nacido con una cuchara de plata en la boca. Son hombres aplaudidos, con cargo, saga y apellido, pero nosotros les conoceremos por el Presidente, el Duque, el Obispo y el Magistrado. Y son el poder. El poder es esa narración imaginada que habla por la boca del fusil, esa cesión de confianza, a veces, otra simplemente un arrebato a la misma. Los cuatro fueron y serán autócratas, porque se lo pueden permitir, pero hoy usurpan la legitimidad que les dan los procedimientos vacíos y las palabras gastadas.

Su reunión tuvo, tiene y tendrá un único objetivo, preservar su placer. Para ello se harán acompañar de diez hombres y diez mujeres, muestra perfecta y destilada de lo que se llama el pueblo, esa abstracción tan difusa y a la vez tan concreta de los que cargan sobre sus hombros el estado de las cosas. A la reunión asistirán cuatro sacerdotes de la palabra, posiblemente periodistas, encargados de contar las historias que exciten la imaginación de los allí congregados. Puede que esto no suene mal en un principio, puede que incluso alguno de los convidados al banquete se piense comensal y no plato, pero los planes ya están trazados y las piezas dispuestas, atadas a una cuerda para que los cazadores no fallen el disparo.

“Bien excelencia, se ha convencido. Ver que otros no gozan es lo que me produce goce. De que sufran las peores humillaciones se deriva el placer de poder decirse uno: bien mirado yo soy más feliz que esa canalla que se llama pueblo. Donde quiera que los hombres sean iguales y no exista esta diferencia, tampoco existirá nunca la felicidad”.

Cualquiera de los cuatro sabe cuál es su función, cualquiera de los cuatro firmaría lo anteriormente citado. Se complementan como los engranajes de una máquina ideada con el único fin de preservarse a sí misma y que, de tanto utilizarse, ya ha olvidado si sirve a los intereses concretos de alguien o si se ha elevado por encima convirtiéndose en una suerte de superchería. Como toda idea que deja de someterse a validación se ha vuelto peligrosa, arrogante y lunática, aplastando dudas y preguntas, arrinconando opciones, pateando posibilidades. Sólo con citarse, al modo de las antiguos conjuros, obtiene una incuestionable validez. Se cree incluso capaz de haber acabado con la historia, dejando todo en un suspenso permanente.

El Presidente dice representar a todos, a los de la llanura y la montaña, porque carece de sesgo ideológico. Puede ser la mano dura de la palabra encendida o el maquillaje amable, patria y patrón, sensatez y gestión, seguridad y progreso. El Duque es lo imperecedero, el enlace con el orden natural de las cosas, la línea que marca lo inalterable. Es quien todos quieren ser porque el dinero, hecho de la vida de las personas, lleva su firma. El Obispo dicta lo referente a los comportamientos, las costumbres, la tradición. Es la muralla de la ciudad, la letra escarlata en el pecho de los subversivos, quien tiene el báculo que señala lo anormal. El Magistrado es el oráculo de las leyes que se pretenden balanza pero que no son más que martillo de herejes. Dispone de la libertad o la prisión, dispone lo que se puede hacer o lo que resulta inconveniente, en su forma extrema codifica incluso el pensamiento.

A las puertas de su palacio ya está todo listo para empezar de nuevo su festín, su orgía de poder ebrio. Lo que sucederá de puertas para adentro es inútil tratar de contarlo porque nadie querría creerlo, no hoy, no aquí. No en el anteinfierno. Los diez hombres y las diez mujeres observan el balcón de los notables, donde el Presidente, el Duque, el Obispo y el Magistrado les miran con deseo y desprecio. Están a punto de decirles:

“Estáis fuera de toda legalidad, nadie en la tierra sabe que estáis aquí. Por lo que respecta al mundo, vosotros ya estáis muertos”.

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