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viernes 20 julio 2018

Cultura

Un sándwich frío

Víctor, a diferencia de la mayoría, además de haber perdido su trabajo, se había quedado sin su chica y sin su casa. Esta es la historia que centra el nuevo cuento del escritor.

26 julio 2017
10:01
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Un sándwich frío

Lo primero que Víctor notó al entrar a aquel portal fue el sudor cayéndole por la nuca, por el ambiente más fresco pero también por detenerse tras media hora andando. Nunca le había gustado coger el metro. Las distancias que había de las estaciones de Cercanías a los lugares del centro a los que solía ir siempre las hacía a pie, aunque el clima no acompañara y, como aquel día, hiciera un calor insistente de julio. Lo siguiente en lo que reparó, ya esperando el ascensor, fue en los buzones, verticales, cromados, más propios de una oficina que de un bloque de viviendas. Al abrir la puerta de la casa suspiró aliviado, de esa forma en que lo hacemos cuando anticipamos problemas que no son tales. Dejó las llaves en un cenicero, bien visibles, como temiendo olvidarlas y respiró el olor que tiene un piso cuando en él viven otras personas. Subió un poco las persianas para que entrara algo de luz, entornó una ventana y el ruido de la calle, del tráfico de tarde, pasó junto a una racha de aire que movió las cortinas. Se giró y vio a un gato pidiéndole explicaciones desde el inicio del pasillo. Ahora te doy de comer, le dijo. Vio una nota al lado de la tele en la que Nacho, el dueño de la casa y uno de sus mejores amigos, le daba unas cuantas indicaciones respecto al gato y las plantas, le recordaba el día que volvía de vacaciones y le pedía que, por favor, cogiera lo que quisiera de la nevera. El pequeño texto terminaba con una frase que invitaba a Víctor a divertirse al lado de una esquemática carita sonriente.

Seguramente Nacho tenía otros amigos que vivían más cerca, pero sabía cómo hacerle un favor a alguien y que además pareciera que la ayuda se la estabas prestando a él. Era buena persona, sobre todo porque no le hacía falta hacer bandera de ello. Aquel año, que ya estaba por la mitad, no había sido bueno para Víctor –ni para nadie– pero a diferencia de la mayoría, además de haber perdido su trabajo, se había quedado sin su chica y sin su casa. Sabía, por supuesto, qué había sucedido primero, pero no si aquella cascada de sucesos estaba unida o si a él le convenía juntarlos para darle una apariencia de mayor dramatismo al asunto. Abrió la nevera y la luz dorada de la máquina llenó la cocina. Encima me ha dejado cerveza para una semana, pensó agradecido.

Todo sucedió en los primeros días de febrero. Fue como un corrimiento de tierras, pero sin estruendo. Lo que parecía estable se fue ladera abajo, arrastrando cuatro años –casi cinco– de esas relaciones que empiezan como un descubrimiento deslumbrante y acaban siendo normalidad amable de listas de la compra y planes para el fin de semana. Aunque él fue quien abrió la caja de las dudas, un observador distanciado hubiera sabido ver que lo que parecía estabilidad era un terreno lleno de oquedades y fallas y que su vacilación fue la puerta para que ella pudiera sacar todo lo que llevaba meses rumiando, en las conversaciones a solas frente al espejo o antes de dormir, en esos silencios ausentes en los que cuando eres descubierto contestas al “qué te pasa” con un “nada” distanciado.

Una de las cosas que Víctor compartía con Nacho era la idea de que la música debía ser algo a atesorar como una de las pocas cosas que nunca te fallan en la vida. También habían compartido noches que se hacían días, batallas victoriosas y algún hundimiento. Puso su mano sobre los discos y la movió como una araña caminando apresurada. Al poco tenía entre sus manos la cubierta de uno de ellos en la que parecía verse una aldea de fábula dibujada en tonos rosas y grises, el vinilo giraba debajo de la aguja y en los altavoces empezó a sonar la primera pista: británica, nubosa, setentera y clara.

Ella se marchó unos días a casa de sus padres, aunque luego supo que fueron menos de los que le dijo y que pasó también un tiempo con una amiga, en uno de esos detalles que anticipan que ya ni siquiera el paradero de la persona con quien has despertado tantos días te es revelado. En el transcurso de ese tiempo, que fue como un limbo donde todo permanece ingrávido pero ya se atisba el peso de los cambios, volvió un día a casa con una carta de despido y una extraña sensación de anestesia, como los segundos posteriores a machacarte el dedo con un martillo, en los que el dolor es algo que aún está por venir. Echó cuentas y lo que tenía ahorrado no le daba ni para pagar el alquiler dos meses. Y en aquel instante no se vio con fuerzas ni ganas para buscar otro trabajo a la desesperada. Tampoco lo hubiera encontrado.

El gato se subió al sofá y le rozó su cara por el brazo, pidiendo cariño. Víctor respondió con una caricia temerosa, como hacen las personas que nunca han tenido animales domésticos. Con la mano libre fue pasando contactos del móvil, imaginando situaciones, lugares e incluso finales para esa noche dependiendo de las personas que se deslizaban en la pantalla. Se sintió raro, como si ya no tuviera derecho a llamar a alguno de aquellos números, tras tan solo unos meses fuera del centro, que aún seguía sintiendo suyo pese a que ya no viviera allí.

Tomó la decisión de dejarle la casa a ella, pero como lo de la ruptura, posiblemente, ese hecho ya estaba presente antes de que lo tuviera en cuenta. En todo caso, aunque sentía que era su hogar –él llegó un par de años antes, cuando ella aún no existía– prefería esa situación antes que verlo ocupada por extraños, por algún moderno con pintas o alguna estudiante que venía a vivir su experiencia cosmopolita con permiso del dinero de su padre, un farmacéutico soriano con afición a los asadores. Lo siguiente fue fácil, recoger su vida en un fin de semana. La mañana en que marchó todo se reducía a unas cinco cajas más la ropa. Vendió algunos libros y con eso pagó el camión de las mudanzas. Antes de la hora de comer estaba en su barrio, sentado en su habitación de adolescente, con la puerta cerrada, llorando. Ver la cara de optimismo fingido de sus padres, ese gesto de cariño, de ánimo torpe pero sincero, fue lo que le acabó de romper. De ahí en adelante la pena pasó a ser de trágica a contenida, nada de grandes explosiones, tan solo escombros humeantes. Le daba cosa por ellos, pero también por él. Los pobres solo se pueden permitir la ópera un rato.

Se metió en la ducha y cogió el gel de baño, un bote negro con nombre de marqués que ya solo debían usar las señoras mayores y su amigo. Mientras que se enjabonaba para quitarse el sudor de la tarde notó una presencia tras la cortina, lo que por unos momentos le dio sensación de película de terror. Al mirar se encontró al gato subido a la taza del váter, serio, otra vez con cara de reclamarle algo. Le salpicó unas gotas con la mano y el animal dio un salto y se perdió sinuoso por la puerta. Víctor recordó que en la nota ponía que no estuviera más de diez minutos en la bañera, porque aquellos desagües eran antiguos y acababan atrancándose. Como no quiso provocar una inundación salió y cogió una toalla que había doblada sobre el lavabo, limpia, algo que no había previsto a diferencia de su anfitrión ausente.

Cerrar la puerta de tu casa por última vez es igual que el resto de ocasiones, salvo que se mira a lo que se deja atrás como un condenado al rifle que le apunta. Todo lo que era cotidianidad pasa a ser recuerdo y la imagen de los objetos más indiferentes se guarda con fuerza, como temiendo perder una parte de tu vida. Así la planta de la esquina, la que regabas con desgana, acaba siendo un tesoro mental, con sus flores blancas que luego amarilleaban al cabo de poco. Como la espátula de madera del bote de cacharros de la cocina, como el cepillo que utilizabas para bruñir los zapatos y que quedó olvidado. A Víctor lo que le hizo sentir culpable fue que durante las primeras semanas la sensación de libertad anuló cualquier otra sensación y cada paso en la calle le parecía, más que un paso, el inicio de alguna aventura. Luego todo aquello, sin desaparecer, se atemperó y ni las noches, ni las camas desconocidas, ni los rostros nuevos significaban cobijo. Fue el momento en que la libertad, más que incertidumbre, se deshizo del disfraz y se tornó rutina, una más, salvo que en vez de practicarse en pareja se hacía, casi cada vez, con alguien diferente.

Aunque Nacho le había dejado, también por descuido, algo de fiambre en la nevera, Víctor bajó a la calle a cenar, a un bar que conocía de cuando trabajaba por la zona, con la esperanza de empezar la noche con una cara conocida. Se sentó en la esquina de la barra, frente a un calendario con la virgen de la Paloma, que aparecía con expresión piadosa, mirando al suelo, rezando, con su gran corona plateada y su sayón en negro sobre blanco. La camarera, filipina, le reconoció e intercambiaron saludos y preguntas de cortesía. Pidió un bocadillo de tortilla, poco hecha, de la que se muerde y deja caer parte de la yema por el plato. En la tele el informativo, sin sonido, donde unos médicos parecían haber tomado un hospital en una huelga. Mientras que el reportero hablaba a cámara, con aire profesional y el micrófono sobre el pecho, se coló en imagen lo que parecía un celador, dando voces muy airado. El periodista, como salido hacía poco de una universidad cara, se asustó y por poco perdió el equilibrio. Víctor se carcajeó y casi se atragantó con el bocadillo.

Eran ese tipo de cosas las que parecían dar punto de realidad a nuestra vida, pensó, el compartir esas pequeñas y absurdas victorias. A él le gustaba soltar dardos contra la tele, a veces frases certeras y ocurrentes, con las que ella se tronchaba, otras discursos encendidos que empezaban hablando de algún recorte y acababan en la tasa de alfabetización de la RDA. A ella, por ejemplo, le gustaba ir al museo arqueológico los sábados por la mañana y explicarle las diferencias entre periodos que, para el lego, eran prácticamente indistinguibles. Ambos eran favorables a tomar el vermú en tabernas que aún conservaran la barra de madera, a los zapatos en dos colores y a la luz de los atardeceres de abril en la cuesta de los libros viejos. Habían descubierto, hacía poco, a un cantante de soul olvidado de Nueva Orleans.

Todo aquello era más difícil de lo que parecía, porque no se trataba de una serie de coincidencias en torno a unos gustos generales, sino una de esas construcciones, casi de orfebre –como la corona de la virgen– que dos personas van haciendo con tiempo y cuidado. Luego, no sabía muy bien cómo, todo empezó a empeorar, como uno de esos restaurantes de carretera que quedan abandonados y que, en cada trayecto en los que nos los cruzamos, van deteriorándose de forma irremisible. Al principio solo son detalles leves, como una ventana rota o alguna letra del nombre del establecimiento desprendida del cártel. Para acabar, de buenas a primeras, con el tejado hundido y los muros llenos de hierbajos y con el que pasa dudando, si alguna vez, tomó un café allí, ya incapaz de reconocer nada entre las ruinas.

Víctor se puso a andar, sin trayecto definido. Podía ir a los sitios en los que sabía que encontraría a su gente, pero también a ella, y decidió postergar el momento aunque fuera por unas horas. Subió por una de las calles principales y se perdió en ese ajetreo que horroriza a los extraños a la ciudad pero que es tan grato para el que necesita ser un desconocido. Vio el hotel con su anuncio de marca de refrescos, neón encendido, uno de los últimos vestigios que quedaba visible del siglo XX. Continuó por las calles comerciales y se detuvo a ver a un hombre que hacía pompas de jabón enormes con una cuerda y un par de palos. Unos críos intentaban emular la hazaña, con nulos resultados. Cuando alguno lo conseguía, los padres, quizá algunos más jóvenes que Víctor, aplaudían.

–Se nos va a juntar la adolescencia con la vejez, tío –le dijo un día a Nacho comiendo, ni un año atrás, en uno de esos locales de cadena donde siempre tardan demasiado en traer un sándwich frío.

–Ya, pero dime tú qué es lo que quitas de estos últimos diez años. Porque yo poquito.

–Algo, todos tenemos muertos en el armario.

–Por eso, no te jode –el mal hablar de Nacho era marca personal– hasta los que han ido cumpliendo etapitas y haciendo lo que se esperaba de ellos.

–Sí, supongo. Pero a veces, y lo pienso cada día más, me hubiera apetecido ser más normal… bah, no es la palabra, pero tú ya me entiendes.

–Joder, aún estás a tiempo, tronco. Dile a Clara que te casas con ella y que quieres un par de críos y un pisito con cuarenta años de hipoteca.

–Pues sí, mira, y la hostia que me mete iba a ser pequeña.

–¿Tú crees? Se os ve bastante bien. No sé si tanto para esa puta locura, pero bien, de lejos.

–No, si te lo digo de broma. Vamos, de broma. Lo que quiero decir es que a Clara a lo mejor le gustaría –dijo Víctor mirando por los ventanales y haciendo una pequeña pausa–, puede ser, pero no es eso exactamente.

–¿Y qué entonces? ¿Tú sabes lo que le ha pasado al gilipollas de mi jefe?

–No, cuenta, venga, que se anticipa una gran historia y además lo estás deseando.

–Pues mira, el otro día se fue a su casa antes porque decía que se había puesto malo, y que le dolía la garganta o no sé qué. El caso es que llegó a su casa y se encontró a su mujer poniéndole la merienda al chaval que les hace el jardín.

–¿No jodas? –Y Víctor rió con una mezcla de maldad y satisfacción de clase.

–Sí, sí, como te cuento, niño. Y va y encima se lo dice a la secre de dirección, que todos sabemos que se la quiere pencar, y esta que pía poco se lo ha ido soltando a todo Cristo.–

–Vaya número.

–Así que fíate tú de la normalidad y de las postales idílicas y de los matrimonios por la Iglesia y toda la mandanga. Tío, vale que nosotros no somos santos y que llevamos una vida un tanto desordenada…

–Sí, desordenada, esa es la palabra, poeta –apostilló Víctor.

–Sí, gilipollas, desordenada. Pero por lo menos nos lo pasamos bien y no hacemos el parguela en la cena de Navidad de la empresa detrás de nadie.

–Eso sí es verdad. Somos un espectáculo pero no lo damos. Al menos no de esa forma.

–Claro –y Nacho le reclamó el saludo como un jugador de baloncesto.

–Ya, pero no es eso. Es ir a alguna parte. ¿Me entiendes?

–Con saber lo que voy a hacer hoy me vale.

–Pues a mí no. Y a lo mejor a ti tampoco y por eso te preocupaste de buscar un curro más o menos fijo, no como yo, que siempre ando dando tumbos.

–Puede…

–Me refiero –continuó Víctor– a qué vamos a hacer con nuestras vidas un poco más allá de pasado mañana. Que lo peor no es preguntártelo, no. Lo peor es que aunque lo tengas claro ni siquiera sabes si vas a ser capaz de conseguirlo.

–Ahí sí llevas razón, rey.

–Ya ves que sí la llevo. Es que no se puede vivir así, aunque ya nos hayamos acostumbrado y, de hecho, vivamos así. Todo el mundo debería tener el derecho a, si quiere, poder trazarse un futuro, ¿no? Y no andar aquí, comiendo esta mierda de sándwich con un andoba como tú, Nachete.

–Pues eso. Que te me pones rojo y eres un amor. Llama a Clara y vámonos los tres a meterle lumbre a los bares. Yo salgo un momento que he quedado con el figura para que nos pase uno, ¿que no?

Victor había llegado a la plaza donde estaban los cines, casi sin darse cuenta, uno de los pocos que aún quedaban abiertos en el centro. Eran sus cines como tenía sus bares, sus amigos, sus esquinas e incluso sus farolas. Un mapa de posesiones que ahora era un trazado, sino de dolor, sí de distancia, de vacío, de ver tu propia vida como un museo en el que, además, tu nombre no figuraba en ninguna parte.

Como la mayoría de las últimas sesiones ya habían empezado la taquilla estaba vacía de público. Dentro una chica con gafas contaba algo que no estaba a la vista. Llevaba el uniforme de la empresa, una camisa azul eléctrico con un chaleco negro. Prendido a este un simpático personaje –a Víctor le pareció una cámara de cine humanizada– sujetaba el nombre de la empleada.

–Hola Rosa, buenas noches.

–Buenas –le respondió ella, levantando la vista, a través de un micrófono que sonaba demasiado alto para aquel recibidor vacío– En qué puedo ayudarle.

–Pues mira, he quedado aquí con una pareja amiga mía, pero me he dejado el móvil en casa y no sé si ya han entrado o es que aún no han llegado. Tengo muy mala memoria para las citas.

–¿Ah, sí?

–Sí –continuó Víctor– me preguntaba si los habías visto. Se llaman Víctor y Clara. Vienen por aquí mucho. Él es alto, moreno y lleva el pelo largo, más o menos como yo. Ella es castaña y, cuando sonríe, le salen unos hoyitos muy graciosos al lado de los labios. Además es arqueóloga.

–Pues no. No lo sé. No sabría decirle –dijo la chica de la taquilla intentando sobreponerse– A este cine viene mucha gente y, la verdad, yo llevo aquí poco y no me quedo con las caras. Lo siento.

–Vaya.

–Sí. ¿Quiere una entrada? ¿O tres?

–Creo que mejor voy a dar una vuelta, a ver si les veo. Sé dónde pueden estar. Pasa buena noche y… perdona.

Víctor echó a andar fuera del cine, se perdió por la puerta, dejando tras de sí de nuevo el recibidor vacío, con los fluorescentes reflejados en el suelo pulido, las palomitas estáticas en sus estantes y un troquelado de un héroe de acción al lado de una de las columnas.

El empleado que andaba vigilando el acceso a las salas se acercó a la taquilla:

–Rosi, y ese, ¿qué quería?

–No sé, alguien que decía que había perdido a unos amigos y que si yo los había visto. Otro colgao. Ya sabes lo que son las noches en esta ciudad.

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Daniel Bernabé

Daniel Bernabé

Nacido en Madrid en 1980, aunque siempre vivió en Fuenlabrada, ciudad de la periferia donde las eses se sustituyen por jotas y el orgullo de clase obrera es todavía un valor a tener en cuenta. Ha probado suerte en el periodismo y la narrativa, y ha practicado el dandismo sin mucho éxito. Su último ensayo se titula La trampa de la diversidad.

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