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domingo 18 noviembre 2018

Opinión

El cochecito. Una historia de la lujuria de lo consumible

“La mezquindad nos pilla siempre a contrapié, tratando de recuperarnos del gesto obsceno de quien creíamos incapaz de la tropelía”, afirma el autor a partir de la película protagonizada por José Isbert.

10 mayo 2017
09:31
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El cochecito. Una historia de la lujuria de lo consumible
Un fotograma de 'El Cochecito'.

Marco Ferreri tenía barba de capitán Achab, talle de senador romano y una sonrisa de esas que, extrañamente, acaban con las comisuras de la boca hacia abajo. Era italiano, hacía cine y tenía la mirada de los que sin esperar ya nada al menos se las ingenian para molestar a todos. Por azares laborales nos dejó en España sus dos primeras películas, las dos tituladas en diminutivo, como una broma de humor blanco que acaba dejando el estómago revuelto. Hace veinte años que se murió.

En El Cochecito se nos narra el capricho de un anciano, José Isbert, por un ingenio situado entre la silla de ruedas y el motocarro, una tristeza motorizada. Aunque la película es del sesenta, el país aún no había despegado desde el fin de la guerra, veinte años de una parálisis tan moral como material. Según se desarrolla el argumento sentimos pena por el pobre hombre ya que su familia, pudiente, le prohíbe comprar el cacharro que él solo quiere para darse una vuelta con los amigos. Sentimos extrañeza cuando el viejo pasa del capricho a la obsesión envidiando las dificultades de movilidad del grupo motorizado: “Ser paralítico solo tiene ventajas”. Isbert acaba detenido en una carretera por una pareja en bicicleta de la Guardia Civil. Ha estafado al vendedor de cochecitos y, además, ha intentado envenenar a su familia. “Espero que en la cárcel al menos me dejen quedármelo”. El trío se aleja dando la vuelta, dirección a Madrid, por un páramo que podría ser Siberia, acompañados del petardeo del motorcillo y una música circense.

Esta película da para unos cuantos debates, algunas risas y gestos de incomodidad. Tener pena por los demás parece humano, que de la empatía pasemos a la condescendencia por desgracia también. Por eso la mezquindad nos pilla siempre a contrapié, tratando de recuperarnos del gesto obsceno de quien creíamos incapaz de la tropelía. Lo otro que destaca en El Cochecito son los primeros compases de eso que se llamó desarrollismo y que no fue más que la integración de la dictadura en la economía de mercado internacional, un cambio de dólares por gestos y por la promesa del general de mantener al país a salvo de rojos. Lo que gran parte de nuestra cinematografía celebró ni una década después como suecas en bikini y animadas fiestas fue en gran parte invención propagandística, pero también reflejo de que los baúles cargados con bisutería de cuentas se llevan por delante algunas conciencias. El Cochecito no llega a Benidorm, ni siquiera a Navalcarnero, pero ya arrastraba consigo la lujuria de lo consumible, eso que sitúa por encima del uso, la posesión.

En Dos o tres cosas que yo sé de ella, filmada por Godard en el 67, se nos presenta un París que parece futurista al lado de las calles del Madrid rodado por Ferreri. Mientras que vemos el falso documental -falso por su ficción argumental pero cierto en su paisaje narrativo- contemplamos una ciudad en transformación donde lo consumible ya no parece tan solo un objeto de deseo, sino un deseo que brota de la tierra entre grúas, autopistas elevadas y edificios en construcción. Cambia la ciudad, cambian las casas, cambian las personas que las viven y la autonomía que parecen manifestar en toda su sofisticación e individualidad -francesa, culta y hasta bella- no es sino una fantasía de su sumisión, de su órbita de satélites encadenados a la propiedad, de su tristeza maquillada en distanciamiento. Si La Chinoise, también película del director francés, solo se puede ver hoy desde la fascinación visual por el maoísmo pop parisino, Dos o tres cosas parece un anticipo de nuestro presente, un aviso que nadie debió de tomarse en serio.

Una de las mayores aportaciones del cine norteamericano de los ochenta -el único realmente existente a partir de esta década- a nuestro imaginario colectivo fue la recuperación de la idea de la tecnología como algo liberador. Mientras que en décadas anteriores los chavales admiraban a peligrosos moteros al margen de la ley, de repente surgió un nuevo modelo de protagonista que lograba cumplir sus objetivos bienhechores manejando computadoras -en la época se llamaban así- o en general siendo ayudado por cualquier aparato con cables, luces y aspecto futurista. Lo reseñable es que el antagonista solía estar representado por el gobierno o, al menos, por una agencia parte del mismo, nunca por el propio sistema en sí. El héroe ya no llevaba chupa de cuero, era cercano, razonable e inteligente, a lo sumo curioso, siempre dentro de los límites de un buen chico de clase media.

Si las lavadoras y los automóviles frenaron la idea de comunismo en la Europa de los sesenta -a modo de leyenda abreviada- los ordenadores dieron la puntilla a la contracultura de los setenta. Se introdujo un nuevo elemento en la lujuria de lo consumible, aquel en el que lo que se compraba ya no solo prometía hacernos la vida más confortable, aportarnos estatus o darnos una seguridad en nuestro rol familiar, sino que prometía cambiarnos literalmente la misma. El sueño ya no era montar una revolución -aunque fuera con LSD y guitarras- porque cambiar el mundo era demasiado costoso y arriesgado. Mejor cambiar nuestras vidas con algo tan sencillo como un teclado y un monitor de fósforo verde, una promesa en 8 bits y un manual de Basic. En otros quince años, ya a finales de siglo, los héroes nerds habían desaparecido de las pantallas, pero las universidades se habían llenado de informáticos, dando un material humano que aunque tardó poco en proletarizarse tardó mucho más en tomar conciencia de lo volátil de sus sueños adquiridos. Sin embargo la idea quedó ahí y mientras que el mundo se encaminaba a una crisis sin precedentes, la conversación de Internet en aislamiento gozoso solo giraba en torno a lo tech y todo el mundo mostraba tanta confianza en su hipoteca como en eso nuevo llamado WiFi. Si la red nos llegaba ya sin hilos, como por arte de magia, ¿cómo no iba a pasar lo mismo con el dinero?

Hoy, mientras que el disparate se ha hecho sistémico y un banquero de inversiones se nos presenta como el salvador de la democracia, hemos dado un paso adelante para pasar a comprar la nada o lo que es lo mismo, ideas que representan un vacío. Si ya pocos van a poder comprarse una casa unifamiliar, una berlina o un viaje transoceánico, si ya ni siquiera va a ser tan fácil tener un piso en propiedad, un par de televisores o ir más allá de nuestras fronteras, todos deben tener la experiencia del lujo como sucedáneo. Lo primero porque hace falta calmar las ansiedades que provoca el no poder acceder a lo tantas veces prometido, lo segundo porque es mejor muchos consumiendo muy poquito que unos pocos gastando mucho. Y ya lo tienen, una nueva generación, la que parecía tener la llave del descontento, al menos la semilla de la frustración, encaminada a este mundo de oportunidades sin fin.

Porque quién quiere alojarse en una casa de pueblo cuando puede vivir una experiencia de relax en un entorno rural. Cómo ir a un restaurante cualquiera cuando podemos elegir un menú gourmet. Qué importa que apenas se puedan disfrutar de unas horas de ocio fuera de casa cuando dentro del hogar hay que seleccionar entre cientos de series y unas cuantas miles de películas, casi con la dedicación de un abad cisterciense. Cuánto se paga por una bebida, la ginebra con tónica, que hace unos años era propiedad exclusiva de la ancianidad en bingos y que hoy triplica su valor entre destilaciones premium y cosas flotando. Cuántos nuevos expertos en vino conoces en tu vecindario, cuántos en cerveza artesana. Y ese pan hecho de centeno recogido a mano en los Cárpatos con cereales seleccionados por expertos. Ya no pidan un café con leche, déjense aconsejar por su barista. Hasta los chicles, humilde entretenimiento a duro, vienen hoy con etiqueta negra. Y así hasta el infinito, gozosos en una miseria exclusiva, con nuestro nombre y sello de calidad. Suspirando por el cochecito mientras que nos reímos del pobre Isbert, como si nosotros fuésemos algo mejores.

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Daniel Bernabé

Daniel Bernabé

Nacido en Madrid en 1980, aunque siempre vivió en Fuenlabrada, ciudad de la periferia donde las eses se sustituyen por jotas y el orgullo de clase obrera es todavía un valor a tener en cuenta. Ha probado suerte en el periodismo y la narrativa, y ha practicado el dandismo sin mucho éxito. Su último ensayo se titula La trampa de la diversidad.

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