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domingo 17 diciembre 2017

Internacional

Holanda frena a la ultraderecha a un gran coste: asume parte de su agenda

El actual primer ministro, Mark Rutte, se impone al xenófobo Geert Wilders en unas elecciones generales que configuran un Parlamento muy dividido escorado a la derecha y en el que ninguna formación progresista podrá gobernar.

16 marzo 2017
10:48
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Holanda frena a la ultraderecha a un gran coste: asume parte de su agenda
La campaña holandesa está marcada por el ascenso del xenófobo Geert Wilders.

ÁMSTERDAM // Los Países Bajos, heraldos indiscutibles de la Ilustración, salvan los muebles en unas elecciones que podrían haber alimentado la sensación de fuerza de los partidos de la ultraderecha europea. El actual primer ministro, Mark Rutte (VVD), ha ganado su pugna casi personal contra el candidato neonacionalista Geert Wilders (PVV) en las elecciones generales de Holanda. Obtiene 33 diputados, ocho menos que en 2012, pero 13 más que su rival. Detrás de ambos, empate casi técnico entre los democristianos (CDA), y los liberales más escorados a la izquierda (D66), con 19 escaños.

Los resultados amparan el principio del liberalismo en el corazón de Europa, impidiendo la victoria de un hombre con un fuerte componente antiislámico, pero ninguna de las tres fuerzas tienen la capacidad para superar los 76 escaños. Aunque la distribución final de los asientos puede cambiar ligeramente cuando termine el recuento de votos en los municipios más pequeños, no se producía un escenario similar en el que tres partidos no tenían mayoría suficiente para formar gobierno desde principios de los años 70.

La resaca electoral traerá un país con un arco parlamentario absolutamente fragmentado, al que Rutte deberá domar para lograr su tercer mandato: 13 partidos han conseguido su asiento en un Parlamento de 150 escaños distribuidos por representación proporcional directa. Los electores holandeses, debido a este sistema, solo han escogido a un partido que va a intentar formar gobierno con otros. No es un primer ministro o presidente, como ocurriría si Marine Le Pen ganara la segunda vuelta en las elecciones francesas. Sin embargo, hay una cosa clara: los Países Bajos han votado por un gobierno de centro escorado a la derecha y ninguna posible formación progresista podrá hacerse con las riendas.

Sea como fuere, aunque la posibilidad siempre hubiera sido remota, Wilders no gobernará. Ahora bien, había logrado una victoria parcial antes de empezar. La extrema derecha no necesita tocar el poder para influir en las políticas. Su programa no ocupaba más de un folio, pero como dice el investigador Maarten van Leeuwen, autor de una polémica tesis sobre los discursos parlamentarios holandeses desde un enfoque lingüístico que le tachaba literalmente de “fascista”, “Wilders ha presentado su opinión como un hecho irrefutable”. En este sentido, la sociedad de abogados holandesa ya denunció que cuatro de los principales partidos políticos que hoy tienen representación parlamentaria se han comprometido a tomar medidas en materia de inmigración “abiertamente discriminatorias”, ilegales y contrarias a la Constitución.

Wilders gana la batalla cultural

Algunas ideas ultraderechistas han calado en la sociedad holandesa. Así lo reflejaba una estudiante de 23 años, Kelsey Kolerbrander, después de depositar su voto en las urnas. La joven declaraba haber apoyado al Partido Animalista, se desmarcaba de su familia, “que ha votada en masa al PVV” y atacaba a su líder por no tener un plan. Aunque, sostenía, las personas que vienen a su país deben de adaptarse a los valores holandeses. “En esta cuestión tengo una visión conservadora. No me importaría echarles si fuera necesario”.

Incluso Rutte llegó a hacer suyo el lenguaje wilderiano con un carta abierta para “aclarar lo que es normal y lo que no en nuestro país… Actúe con normalidad o váyase”, que escribió en enero. Por lo tanto, si uno mira el resultado político la derrota se vislumbra irrefutable, pero la larga batalla por las ideas continúa. Se lo dijo el ultraderechista a los periodistas después de votar el miércoles en La Haya: “El genio no volverá a la lámpara y la revolución patriótica tendrá lugar igualmente”.

Lejos de un Ámsterdam que ha estado siempre a la vanguardia del liberalismo, donde el domingo se sucedieron demostraciones en favor de la Unión Europea y el PVV fue el sexto partido, el panorama es distinto: la inmigración y la integración europea son la cuestiones nucleares que quedarán aparcadas por la incapacidad de los partidos tradicionales. “¿Y ahora qué? ¿Volverán nuestros políticos a decirnos que nuestro peores mal han sido derrotados?”, se preguntaba Tom, un holandés europeísta de padre canadiense y madre alemana. Y sentenciaba premonitorio: “El estancamiento de nuestro país continuará”.

Sin un horizonte prometedor

La percepción que se respiraba en algunas ciudades era como si un sentimiento recorriera cual neumonía la espina dorsal de los votantes: los partidos hasta hoy hegemónicos parecen carecer de la capacidad, el coraje y la iniciativa para abordar las cuestiones que dividen a su sociedad y ofrecer propuestas tanto alternativas como realistas. “No me siento orgulloso de ser holandés”, señalaba un hombre de unos 70 años que llegó al colegio electoral de Leiden en bici y fumando en pipa. No quería ser identificado, aunque señalaba haber votado al candidato ultraderechista porque “estamos hartos de los partidos tradicionales. No son capaces de dar respuesta a los problemas”. En este contexto, Wilders se ha alzado con éxito como el iconoclasta de las élites cosmopolitas incrementando en cinco los escaños de su formación.

Hace 30 años, el Partido Laborista y los Demócratas Cristianos tenían más de dos tercios de los votos. Hoy el coste más alto de la debacle de los partidos tradicionales lo paga una izquierda fragmentada en cuatro partidos con escasas posibilidades de influir en el poder o de crear una coalición de gobierno. Tras las pasadas elecciones, la formación socialdemócrata de mayor historia en los Países Bajos ha pasado de tener 38 diputados a quedarse solo con 9.

La triada compuesta por el Partido Obrero (PvdA), el Partido Socialista (SP) y la Izquierda Verde (GroenLinks) no han logrado siquiera superar los 40 escaños, una cifra que en otro tiempo los laboristas la hubieran alcanzado por sí solos. No obstante, puede que sea cierto que el joven líder, Jesse Klaver, haya resultado un antídoto contra los partidos de corte xenófobo. La panorámica electora induce a pensar que los votantes de la izquierda han contribuido a que el Partido Verde haya casi cuadriplicado sus escaños. Aunque parezca que todo cambia, lo cierto es que el único entre 13 partidos encabezado por una mujer con representación parlamentaria ha sido el Partido para los Animales (PvdD).

A pesar del aparentemente pesimismo popular, desde la capital europea hay motivos para el optimismo. El resultado, en un país con un ecosistema político hasta ahora estable que en Bruselas lidia estrechamente con el eje franco-alemán, ha tenido un efecto balsámico y la instituciones se arman de confianza y fuerza para reivindicar el proyecto comunitario en las próximas elecciones. Aunque es importante señalar que los resultados en Holanda no medían de ninguna forma la fuerza de los populismos en el viejo continente. Wilders ha logrado sólo el 13,1% de votos en unas elecciones donde ha votado el 82% (la participación más alta desde de los últimos 31 años) de una población que representa el 3,3 % de la UE.

Definitivamente, el resultado electoral está lejos de implicar un reorden explícito del mapa liberal o la victoria de Holanda en una suerte de “cuartos de final para impedir que triunfe un mal tipo de populismo”, como señaló el lunes el que volverá a ser primer ministro holandés, Mark Rutte. Es cierto que el mensaje eurófobo y de odio no se ha impuesto, pero uno de los miembros orgánicos de esa Europa de los Seis forjada en 1957 ha pagado décadas después un precio muy alto por no ceder a la ultraderecha y volver así a los años de oscuridad. En la política europea moderna, mantener el centro ya es sinónimo de apoyarse en andamios enrocados en el nacionalismo de derecha.

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