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martes 21 agosto 2018

Opinión

El cuentista y el aventurero: una historia sobre el poder de las narraciones

“De Gilgamesh a aquí nos siguen preocupando, más o menos, las mismas cosas, las historias siguen teniendo la misma fuerza arrebatadora que hace cuarenta siglos, solo que ahora las cuentan otros y de otra forma”, escribe el autor.

08 marzo 2017
13:30
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El cuentista y el aventurero: una historia sobre el poder de las narraciones
'Le Départ des poilus, août 1914'. Albert Herter (1926)

Detrás de los grandes viajes, desde la circunnavegación de la Tierra hasta la llegada del ser humano a la Luna, se han hallado siempre necesidades económicas y políticas. Bien la apertura de nuevas rutas comerciales, afianzar un poder imperial o la búsqueda de prestigio nacional frente al adversario. Para llevarlos a cabo fue necesario un progreso científico y técnico acorde a la envergadura de la empresa, una acumulación de conocimientos y habilidades que acabaron reflejados en la Nao Victoria o el Apollo XI, en el sextante o las ecuaciones de Tsiolkovski. Para el viaje hacen falta hombres decididos, aquellos que graban sus apellidos en las páginas de la historia comandando la expedición, como Elcano o Armstrong, otros muchos apenas son recordados en algunas cuartillas desvencijadas, otras muchas, como Katherine Johnson, empiezan a ser ahora reivindicadas tras décadas olvidando sus hazañas. Economía, poder, preeminencia y memoria.

Pero hay algo más que se suele pasar por alto a la hora de pensar qué es lo que lleva a comenzar a andar y acabar tan lejos del umbral de la puerta de casa y es el convencimiento de que el viaje merecerá la pena. Alguien tiene que introducir la idea de posibilidad, contarla de una forma lo suficientemente persuasiva para mover las voluntades de los implicados, de quienes ponen sus vidas en peligro o dan la orden para que todo empiece a resultar posible. La gloria personal, la promesa de fortuna o huida de la miseria, la defensa del imperio, el rey o la religión no son nada si se quedan solo en ideas abstractas, en sermón torpe de clérigo atribulado o en petición temerosa de burócrata gris. Hay siempre alguien que conoce la capacidad de movilización de las narraciones, de cómo los datos o las ideas acaban siendo nada si no apelan a los sentimientos, si no llenan los vacíos que reclaman las esperanzas.

Contamos historias a los demás como un signo de humanidad, como el ejercicio que hace que la palabra, oral o escrita, sirva de puente entre individualidades. A través de nuestros relatos y de cómo los expresamos nos damos a conocer, dejando en el otro una parte de nosotros mismos. La narración es fundadora de empatía, es el proceso por el cual se consigue despertar en un cerebro ajeno sensaciones similares a las que una situación motivó en el nuestro, incluso saltando las fronteras del tiempo o el espacio. Es más que posible que nadie que lea estas líneas estuviera en en la Roma de finales de los años 40, es casi seguro que muchos se habrán emocionado de forma sincera al ver al personaje de Antonio Ricci andando perdido, desesperado, buscando una bicicleta que robar para no perder su trabajo entre la soledad de un gentío indiferente. Desde la película de Vittorio de Sica hasta nosotros hay más de medio siglo de distancia y un contexto que no nos pertenece, pero sentimos su pesar como nuestro porque la narración une los referentes, nos despierta identidades, hace que reconozcamos las experiencias.

A menudo incluso las personas se cuentan historias a sí mismas. El náufrago del relato de García Márquez se convencía en medio de la demente soledad del océano que sus amigos le acompañaban en la balsa, era preferible perecer acompañado de los fantasmas que hacerlo sin conversación. En Alcatraz, la prisión isla de la bahía de San Francisco, recuerdo escuchar -en una de esas audioguías que son como perros lazarillos del turista- a uno de los reclusos contar cómo oían a lo lejos, traído por el viento, el bullicio de la ciudad, del tráfico, del partido de béisbol de los Giants y cómo la única forma de soportar esa burla de la libertad era contarse a ellos mismos que formaban parte de aquello, imaginar relatos que les hacían partícipes y no meros espectadores de una vida que ya nunca volverían a vivir.

La fuerza de las narraciones llega a ser telúrica. Durante todo el  siglo XX, ese espacio de tiempo que ahora pretende ser olvidado a base apps e imagen de síntesis, millones de personas se movilizaban espoleadas por aquello que leían en la prensa, que escuchaban en la radio o que apenas acertaban a ver en las tribunas improvisadas de los mítines multitudinarios. En agosto de 1914 los trenes que salían de gare de l’est llevaban dentro hombres inflamados de discursos nacionales, de fervor guerrero por la patria que había que defender contra los boches, de la misma que les había dejado a la intemperie cuando solo eran obreros o campesinos en alguna ciudad francesa. Los rusos, tres años más tarde, en los diez días que estremecieron al mundo, acabaron con uno de las dinastías más longevas de Europa, con uno de los Estados más despiadados y absolutistas para con sus súbditos y con un sistema que solo les había deparado miseria y dolor. Tres palabras guiaron sus anhelos: pan, paz y tierra.

Los alemanes creyeron, una década y media después, en la superioridad de la voluntad, del pueblo y el sentimiento, con la salvedad de que la voluntad era dirigida, en el pueblo sólo cabía la oscuridad de la raza y el sentimiento era monopolizado por un fantoche histérico de voz atiplada. El peor insulto del Mein Kampf, en el país de los Mann, Hesse y Brecht, es que era una narración mediocre para un tiempo de arrogantes acomplejados. Los norteamericanos, en lo que quedó de siglo, se contaron a ellos y al resto del mundo que eran la tierra de la abundancia, la libertad y las oportunidades. Y funcionó. Un bloque tenía al ballet Bolshoi, el otro al ratón Mickey. No había color.

Decía el director alemán Werner Herzog que a él solo le interesaban las personas capaces de contar un cuento a un niño de cuatro años y mantener su atención. Yo, y los que escribimos, nos contamos a menudo la historia de que somos capaces de emocionar, de hacer vivir a otros lo que sentimos como propio, de conmover pasiones e intelecto juntando unas palabras, narrando unos hechos, inventando alguna ficción. No nos queda más remedio, como al náufrago, que esperar el rescate con nuestros amables fantasmas, creyéndonos útiles en un mundo que a menudo parece carecer de tiempo e interés para leer más allá de los 140 caracteres o ver algo que sobrepase los 30 segundos. No es una reprimenda ni un lloro, es constancia de inutilidad. De Gilgamesh a aquí nos siguen preocupando, más o menos, las mismas cosas, las historias siguen teniendo la misma fuerza arrebatadora que hace cuarenta siglos, solo que ahora las cuentan otros y de otra forma. Ya no hace falta ser aquel que vio todo hasta los confines de la tierra.

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Daniel Bernabé

Daniel Bernabé

Nacido en Madrid en 1980, aunque siempre vivió en Fuenlabrada, ciudad de la periferia donde las eses se sustituyen por jotas y el orgullo de clase obrera es todavía un valor a tener en cuenta. Ha probado suerte en el periodismo y la narrativa, y ha practicado el dandismo sin mucho éxito. Su último ensayo se titula La trampa de la diversidad.

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